Hierro y Sangre - Capítulo 21
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- Capítulo 21 - 21 Capítulo 21 El Monstruo de Varic
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21: Capítulo 21: El Monstruo de Varic 21: Capítulo 21: El Monstruo de Varic Salimos de la oscuridad de los pasillos al aire libre del Patio de Armas.
El contraste fue brutal.
Atrás dejábamos el calor asfixiante del incendio y el olor a brea quemada; frente a nosotros, el viento helado de la noche nos golpeó la cara, cargado de nieve y del silencio tenso de una ejecución inminente.
El patio era un rectángulo vasto de piedra cubierta de escarcha, rodeado por murallas altas y dominado al fondo por la Torre del Homenaje.
En lo alto, en un balcón de piedra protegido por gárgolas, estaba él.
Varic.
Llevaba un abrigo de pieles finas que parecía demasiado grande para sus hombros encogidos.
A su lado, ballesteros de élite apuntaban hacia abajo, pero sus manos temblaban.
Varic se aferraba a la barandilla de piedra con tanta fuerza que podía ver la tensión en sus nudillos desde aquí.
Antes de avanzar, me detuve.
Mis guantes seguían húmedos con la sangre de los guardias que habíamos masacrado en la escalera.
Me llevé una mano al rostro y tracé dos líneas verticales sobre mis mejillas, desde los ojos hasta la mandíbula.
Pintura de guerra.
Sangre por sangre.
Einar me imitó, marcando una línea horizontal sobre su nariz.
Luego, con una calma metódica, se agachó para saquear el cadáver de un oficial caído en la nieve.
Tomó un par de dagas de equilibrio perfecto y las enfundó en sus botas.
Verificó que su carcaj robado estuviera lleno y aseguró una espada corta en su cinturón.
Se enderezó, pareciendo un arsenal ambulante.
Me miró, evaluando mi falta de armas secundarias.
—¿Solo el martillo?
Levanté a Venganza, dejando que la cabeza de hierro descansara en mi hombro.
—Con Venganza es suficiente.
Caminamos hacia el centro del patio.
La nieve crujía bajo nuestras botas.
—¡Maldita seas!
—el grito de Varic rompió el viento.
Su voz era aguda, teñida de histeria—.
¡Debiste morir en el bosque, Aelnora!
¡Te di una muerte limpia!
Me detuve, clavando el mango de mi martillo en la nieve.
Alcé la vista, dejando que viera mis ojos grises, las marcas de sangre en mi cara y la promesa de dolor que traía conmigo.
—Lo hice, Varic —grité, mi voz resonando en las murallas de piedra—.
Morí en la nieve.
Pero regresé por ti.
El cobarde tembló visiblemente.
Dio un paso atrás, como si mis palabras fueran flechas físicas.
—¡No eres nada!
¡Solo una perra traidora que no supo cuándo quedarse abajo!
Movió la mano en un gesto espasmódico de mando.
—¡Mátenlos!
¡Ahora!
Las puertas dobles bajo la torre de Varic se abrieron con un gemido metálico.
Una tropa de veinte hombres, la guardia personal del comandante salió en formación de escudo.
Eran disciplinados, pero podía oler su miedo desde aquí.
Habían oído los gritos en los túneles.
Sabían lo que habíamos hecho.
Pero Varic no había terminado.
—¡Y abran la jaula lateral!
—chilló—.
¡Veamos si el fantasma puede sangrar!
na puerta reforzada con hierro negro a nuestra derecha se abrió de golpe.
Un hedor a carne podrida y azufre inundó el patio, superando incluso el olor a humo.
De la oscuridad surgió una pesadilla.
No era un lobo, ni un oso.
Era un Huargo de las Sombras, una criatura de las Tierras Muertas que nunca debió cruzar la frontera.
Era gigantesco, del tamaño de un caballo de guerra, pero su anatomía estaba mal.
Tenía demasiado músculo, la piel negra y aceitosa se caía a tiras revelando hueso y tendón, y sus ojos eran pozos de luz violeta enferma.
Baba negra goteaba de unas fauces llenas de colmillos irregulares.
La bestia rugió, un sonido que vibró en mi esternón.
Salió disparada hacia el centro del patio, pero no nos atacó a nosotros primero.
En su frenesí ciego, embistió el flanco de la formación de soldados.
Gritos de terror llenaron el aire mientras el huargo despedazaba a uno de los hombres de Varic, lanzando partes de armadura y carne al aire como si fueran muñecos de trapo.
La criatura no reconocía aliados.
Solo reconocía carne.
—¡Puto cobarde!
—le grité a Varic, viendo cómo su propia mascota masacraba a sus hombres—.
¡¿Ahora también te escondes tras las bestias para hacer tus negocios sucios?!
Varic se rió desde el balcón, una risa maníaca y aguda.
—¡La bestia es el negocio, elfa!
—respondió, señalando la carnicería con orgullo—.
¡Pagan muy bien por estas cosas de este lado del muro!
Peleas clandestinas, defensas para nobles paranoicos…
¡Las posibilidades son enormes!
¡Y podré cerrar el trato con el Gremio de Mercaderes una vez que tenga tu cabeza en mi mano!
El huargo, habiendo probado sangre, levantó la cabeza.
Sus ojos violetas se fijaron en nosotros.
Ignoró a los soldados restantes, que huían despavoridos, y se centró en la mayor amenaza.
O en la presa más apetitosa.
Gruñó, agachándose para tomar impulso.
Me tensé.
Mis músculos se prepararon para el impacto.
Venganza vibró en mis manos.
Iba a doler.
Iba a ser brutal.
Pero podía detenerlo.
Tenía que detenerlo.
Di un paso al frente para interceptar la carga.
—¡NO!
Una mano me agarró del hombro y me tiró hacia atrás con fuerza.
Einar.
—Te dije que yo sería tu arma secreta —dijo, su voz extrañamente tranquila en medio del caos.
Antes de que pudiera protestar, se adelantó un par de pasos, poniéndose entre la bestia y yo.
Se quedó allí, de pie, sin sacar el arco, sin desenvainar la espada.
Solo él, su capa ondeando al viento y esa maldita arrogancia suicida.
—¡¿Qué demonios planeas, cazador?!
—grité, el pánico arañando mi garganta—.
¡Te va a despedazar!
La bestia rugió y cargó.
Era una locomotora de músculo y odio, devorando la distancia entre ellos en zancadas monstruosas.
Einar no se movió.
Ni un centímetro.
Giró la cabeza solo un segundo para mirarme por encima del hombro.
Sus ojos oscuros estaban serios, intensos.
—Confía en mí.
Regresó su atención al frente.
La bestia estaba a solo tres metros.
Dos.
El huargo dio un salto monumental, sus garras extendidas, sus fauces abiertas lo suficiente para tragar la cabeza de Einar de un bocado.
Pude ver las hileras de dientes podridos, la garganta negra, la muerte suspendida en el aire.
Einar seguía quieto, con los brazos relajados a los costados.
—¡Mierda, haz algo!
—grité, corriendo hacia él, sabiendo que no llegaría a tiempo.
La sombra de la bestia cayó sobre él.
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