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Hierro y Sangre - Capítulo 22

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  4. Capítulo 22 - 22 Capítulo 22 El Monstruo de Varic Parte 2
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22: Capítulo 22: El Monstruo de Varic (Parte 2) 22: Capítulo 22: El Monstruo de Varic (Parte 2) La sombra de la bestia cayó sobre él.

Pero Einar no se quedó quieto para ser devorado.

Justo cuando las fauces iban a cerrarse, el cazador se dejó caer hacia atrás, levantando las botas y plantándolas en el pecho expuesto del huargo.

Usando el propio impulso asesino de la criatura, rodó hacia atrás, lanzando a la bestia de trescientos kilos por encima de su cabeza en un arco perfecto.

Ambos aterrizaron en la nieve.

El huargo, confundido por la falta de impacto, intentó girarse, pero Einar fue más rápido.

Se montó sobre el lomo de la criatura, atrapando sus orejas negras y tirando de ellas hacia atrás con fuerza inhumana, obligando a la cabeza del monstruo a mirar hacia arriba.

—¡Mírame!

—rugió Einar.

El huargo intentó sacudirse, pero se quedó congelado.

Los ojos de Einar, usualmente oscuros e indescifrables se encendieron con una luz azulada, brillante y fría como el núcleo de un glaciar.

La luz no solo emanaba de él; se clavó en los ojos violetas de la bestia, invadiéndolos, sofocando la corrupción.

—Pare.

Obsecunda.

Servire.

—La voz de Einar resonó con una autoridad antigua, palabras en una lengua muerta que hicieron vibrar el aire mismo.

La bestia dejó de luchar.

El brillo violeta de sus ojos se apagó, reemplazado por el mismo azul eléctrico que ardía en la mirada del cazador.

El huargo bajó la cabeza, soltando un gemido sumiso, y lamió la nieve.

Einar soltó las orejas y, con una calma aterradora, acarició el pelaje erizado y putrefacto del monstruo.

—¡Disparen!

—chilló Varic desde la torre, su voz quebrándose—.

¡Maten al brujo!

Los ballesteros, saliendo de su estupor, soltaron una lluvia de saetas.

—¡Ni lo sueñes!

—grité.

Me interpuse en la trayectoria, haciendo girar a Venganza.

El acero y la madera chocaron con violencia.

Desvié tres flechas con el mango de mi martillo y recibí una cuarta en la hombrera de cuero endurecido, donde se quedó clavada sin tocar carne.

Einar se inclinó hacia la oreja del huargo, susurrando algo que el viento se llevó.

La bestia se tensó y, con un rugido que ya no sonaba a locura sino a guerra, salió disparada.

No contra nosotros.

El huargo cargó contra el resto del pelotón de guardia que quedaba en el patio.

Fue una carnicería.

Garras y dientes separaron extremidades de torsos en segundos.

Luego, sin detenerse, la bestia corrió hacia el muro de la Torre del Homenaje.

Clavó sus garras en la piedra helada y comenzó a escalar verticalmente, desafiando la gravedad, una mancha de oscuridad ascendiendo hacia el balcón.

—¡Varic era mío!

—protesté, viendo cómo mi presa estaba a punto de ser alcanzada.

Einar se puso de pie, sacudiéndose la nieve de las rodillas.

Sus ojos volvían a ser negros.

—Tranquila.

Observa.

En el balcón, el pánico era total.

El huargo saltó la barandilla.

Los ballesteros intentaron huir, pero fueron despedazados y lanzados al vacío.

Varic intentó correr hacia el interior, pero la bestia fue más rápida.

La criatura lo atrapó entre sus fauces, pero no mordió para matar.

Apretó lo justo para inmovilizarlo, sus dientes abollando la armadura costosa y rasgando las pieles finas.

Con Varic gritando en su boca, el huargo saltó de vuelta al patio, aterrizando con un impacto pesado que levantó una nube de nieve.

Soltó a Varic en el suelo, a los pies de Einar.

El comandante intentó levantarse, pero la bestia le puso una pata enorme sobre el pecho, gruñendo.

La criatura miró a Einar, esperando órdenes.

El cazador asintió levemente hacia la torre.

El huargo entendió.

Dejó a su presa y volvió a escalar el muro a toda velocidad.

Segundos después, los gritos de los soldados restantes que se asomaban desde el balcón fueron silenciados uno a uno, seguidos por el sonido húmedo de cuerpos siendo destrozados.

En el patio, solo quedaba el silencio, el viento y un hombre arrodillado.

Caminé lentamente hacia él.

Mi sombra cayó sobre Varic, cubriéndolo por completo.

Estaba temblando, pálido como un cadáver, mirando con horror a los dos monstruos que tenía delante.

—¿Por qué no moriste?

—balbuceó, con los ojos inyectados en sangre—.

¿Cómo es posible…?

¡Maldita elfa!

Me detuve a un paso de él, apoyando la cabeza de mi martillo en la nieve.

—Hola, Varic.

—¡Creí que jamás te prestarías a negocios sucios!

—escupió él, intentando recuperar algo de dignidad, aunque el olor a orina en sus pantalones lo delataba—.

¡Tan jodidamente blanca y pulcra, siempre hablando de honor y luz!

¡Y mírate aquí!

Vestida de cuero robado, cubierta de sangre, asesinando a tus propios hermanos de armas como una bandida cualquiera.

Me incliné hacia él.

—Ustedes me traicionaron —dije, mi voz fría y dura como el hierro—.

Por un par de monedas de oro extra en tu bolsillo decidiste deshacerte de mí.

Y mira a dónde te llevó esa decisión.

Estás arrodillado frente a mí, temblando como un perro callejero.

La cara de Varic se descompuso.

El orgullo dio paso al terror puro.

Juntó las manos en un gesto patético.

—Piedad…

Aelnora, por favor…

No fui solo yo.

¡Hay más oficiales corruptos!

¡Es una red!

Todos llevan ganancia, cada uno debe cumplir una cuota…

yo solo hago mi parte y…

Sus ojos bajaron un instante.

Su mano derecha se movió hacia su bota.

—¡Me deshago de cabos sueltos!

—gritó, sacando una daga oculta y lanzándose hacia arriba en un último intento desesperado.

Fue lento.

Patéticamente lento.

Aelnora la Clériga habría dudado.

Aelnora la guerrera no parpadeó.

Reaccioné de inmediato.

Apenas Varic despegó las rodillas del suelo, Venganza ya estaba en movimiento.

No fue un golpe lateral.

Fue un martillazo descendente, directo, con todo el peso de mi cuerpo y mi odio detrás.

El impacto sonó como una sandía reventando contra el pavimento.

La cabeza de hierro se hundió en la masa amorfa que solía ser su cráneo, aplastando hueso, casco y cerebro en una sola explosión roja.

La presión fue tal que uno de sus ojos abandonó la cuenca, salió disparado y rodó por la arena del patio, deteniéndose junto a mi bota, mirando ciegamente al cielo gris.

El cuerpo de Varic se desplomó como un títere al que le han cortado los hilos.

Me quedé allí un segundo, respirando el aire helado, sintiendo cómo la adrenalina comenzaba a bajar.

Saqué un trapo de mi cinturón y, con una tranquilidad pasmosa, comencé a limpiar los restos de sesos y fragmentos de hueso que se habían pegado a Venganza.

—Sorprendente…

—dijo Einar detrás de mí.

Me giré para mirarlo, alzando una ceja mientras terminaba de pulir el metal.

—¿De qué mierda hablas, cazador?

—dije, señalando el cadáver destrozado—.

Solo le hundí un martillo en su asqueroso cráneo.

Cualquiera con suficiente fuerza puede hacer eso.

Guardé el trapo manchado y lo miré fijamente, mis ojos grises clavándose en los suyos.

—Lo que fue realmente sorprendente es lo que hiciste con el huargo —dije, bajando el tono a algo peligroso—.

¿Te molestaría explicarme cómo mierda hiciste eso?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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