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Hierro y Sangre - Capítulo 23

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  4. Capítulo 23 - 23 Capítulo 23 Lobos y Zorros
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23: Capítulo 23: Lobos y Zorros 23: Capítulo 23: Lobos y Zorros La Fortaleza de Hielo había caído, pero el silencio aún no reclamaba sus pasillos.

A lo lejos, el viento traía los ecos guturales del huargo, seguidos por el crujido húmedo de huesos rompiéndose.

La bestia estaba terminando el trabajo sucio, asegurándose de que nadie en la torre principal quedara para contar la historia.

Caminamos por la galería que conectaba el patio con las estancias privadas del comandante.

El suelo de piedra estaba resbaladizo por la sangre de la guardia de élite que había intentado huir.

Un soldado, al que le faltaba la mitad de una pierna, se arrastró desde una alcoba oscura, dejando un rastro carmesí.

Se aferró a mi bota con manos temblorosas, manchando el cuero.

—Piedad…

—gimió, con los ojos vidriosos—.

Por los dioses, clemencia…

No me detuve.

Ni siquiera cambié el ritmo de mi paso.

Bajé la bota con un movimiento seco y pesado.

El cráneo cedió bajo mi talón con el sonido de una nuez rompiéndose.

El lamento cesó.

Limpié la suela en la alfombra raída unos pasos más adelante, sin mirar atrás.

—Bueno, cazador —dije, rompiendo el silencio mientras pateaba una puerta abierta—.

¿Me vas a contar cómo hiciste eso allá abajo?

Tengo que admitir que estoy impresionada.

Y no le diría eso a cualquier humano.

Einar soltó una risa ronca, caminando a mi lado con las manos relajadas, como si estuviéramos paseando por un jardín y no por un matadero.

—Me siento honrado, entonces.

Le di un empujoncito con el hombro, lo suficientemente fuerte para desequilibrarlo un poco.

—¡Habla ya!

Einar se detuvo y sacó una cajita de metal abollada de su bolsillo.

Extrajo uno de sus cigarros de clavo, lo encendió con una chispa rápida de sus dedos y dio una calada profunda.

El humo gris y aromático llenó el pasillo, luchando contra el hedor a muerte.

—Nada como el olor del clavo para mitigar la peste de la sangre —murmuró, exhalando hacia el techo—.

En fin, no hay mucho que decir, Aelnora.

Yo nací del otro lado de la frontera.

En las mismas Tierras Sombrías que vieron nacer a ese huargo.

Me detuve en seco, girándome para mirarlo.

La sorpresa rompió mi máscara de indiferencia.

—Creí que no había humanos en esas tierras…

Se supone que nada vive allí, excepto los monstruos.

—Son muy pocos —explicó él, mirando la brasa de su cigarro—.

Pequeñas tribus nómadas.

Nunca nos quedamos en un solo lugar; el suelo es tóxico y la noche es peligrosa.

Aprendes a moverte, a esconderte o a morir.

—Con tanta criatura extraña suelta, vivir ahí sería un suicidio —dije, tratando de imaginar a un niño creciendo en ese infierno perpetuo.

—Así es —continuó Einar, su voz perdiendo el tono burlón por un momento—.

Por eso mismo acabé en estas tierras con mi familia.

Mi padre decidió que era demasiado difícil sobrevivir allá.

Cruzamos las montañas, buscamos refugio en el reino “civilizado”.

Y mira nada más cómo es de caprichoso el destino…

Estando en tierras supuestamente más seguras, unos humanos de mierda mataron a mi familia por ser “salvajes”.

Ellos eran las verdaderas bestias, no los huargos.

Hizo una pausa, sacudiendo la ceniza.

—Pero bueno, me desvío del tema.

No solo soy un cazador, Aelnora.

Gracias a las tierras que me vieron nacer y a mis antepasados, soy un druida de la Vieja Sangre.

Puedo domar casi a cualquier bestia.

Entiendo su idioma.

E incluso, si la situación lo requiere, puedo adquirir una “forma salvaje”, por llamarlo de alguna manera.

Lo miré de arriba abajo, reevaluando todo lo que sabía de él.

—Viejo zorro…

y no me habías contado nada.

—Lobo —me interrumpió, dándome una mirada de reojo.

—¿Qué?

—Dijiste zorro, Aelnora.

Soy un lobo.

Hay diferencia.

Soltó una risa corta y siguió caminando.

Lo alcancé, rodando los ojos, pero con una nueva curiosidad ardiendo en mi pecho.

Llegamos al final del pasillo.

Había una puerta de roble reforzada con acero, justo detrás del balcón desde donde Varic había ladrado sus últimas órdenes.

La cerradura estaba abierta; probablemente Varic pensaba sacar algo de ahí antes de huir.

Entramos.

No era una oficina.

Era una bóveda.

Cofres abiertos rebosaban de monedas de oro y plata con el sello del reino y de imperios vecinos.

Había joyas arrancadas de cuellos nobles, armas ceremoniales y estantes llenos de lingotes.

Era el pago por años de contrabando, extorsión y traición.

Silbé bajo.

La cantidad era obscena.

—Creo que con esto podemos saldar la deuda, cazador —dije, tomando un puñado de monedas y dejándolas caer en cascada entre mis dedos—.

Te puedes comprar tu propio castillo con esto.

—Solo si queda algo —dijo Einar, apoyándose en el marco de la puerta, sin mostrar interés en el brillo dorado.

—¿De qué hablas?

—pregunté, sorprendida—.

Hay suficiente para tres vidas.

Einar apagó su cigarro contra la suela de su bota.

—Te ayudé con tu venganza, Aelnora.

Te curé cuando estabas herida.

No me malinterpretes, no me debes nada, ni siquiera las monedas por la armadura.

Pero…

si pudiera pedirte un favor, me haría muy feliz.

Me crucé de brazos, sintiendo un cambio en la temperatura de la habitación.

—Sí, claro, Einar.

Lo que tú quieras.

Él sonrió, esa sonrisa lenta y peligrosa que me hacía olvidar por un segundo dónde estábamos.

—No me tientes, Aelnora.

Sentí el calor subir a mis mejillas, traicionándome a pesar de la mugre y la sangre.

—¿Qué dijiste?

—Nada, grandulona —se rió, separándose de la puerta y caminando hacia el centro de la sala—.

Quiero que terminemos de limpiar este lugar.

Quemar a los muertos, asegurarnos de que el huargo regrese a su lado de la frontera.

Quiero descansar en camas reales una o dos noches.

Después…

viene el verdadero favor.

Señaló hacia atrás con el pulgar.

—En la armería donde tomé estas flechas, había un mapa en la pared.

Tenía varios puntos marcados en rojo a lo largo de la frontera sur.

—¿En serio?

—fruncí el ceño—.

Ni lo noté.

Estaba ocupada limpiando mi martillo.

—Estoy seguro de que son los pueblos que saquearon.

Quizás incluso lugares que conquistaron silenciosamente bajo el estandarte de Varic.

Pudieron haber dejado a uno de los suyos al mando para mantener el flujo de contrabando.

Varic está muerto, pero la red sigue viva.

Entendí a dónde iba.

Miré el oro, luego lo miré a él.

—Limpiamos la mierda y devolvemos el oro a los pueblos —dije.

No era una pregunta.

—Esa es la idea.

—Trato hecho, cazador —dije, sintiendo una extraña satisfacción.

La venganza había terminado, pero la misión acababa de empezar—.

Yo no tengo uso para esta obscena cantidad de oro, y la corona tiene más que suficiente.

Además…

no me molestaría pasar un par de días más contigo.

Einar arqueó una ceja, abriendo la boca para decir algo ingenioso, pero lo corté levantando una mano.

—Pero primero báñate.

Hueles a mierda, clavo y sangre.

Y ni siquiera yo tengo el estómago para eso.

Einar se rió a carcajadas, un sonido limpio y humano que resonó en la bóveda llena de oro sucio.

—Como ordene, Capitán.

Como ordene.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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