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Hierro y Sangre - Capítulo 24

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  4. Capítulo 24 - 24 Capítulo 24 La Balanza de la Justicia
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24: Capítulo 24: La Balanza de la Justicia 24: Capítulo 24: La Balanza de la Justicia La puerta de roble tallado daba paso a un santuario que no pertenecía a una fortaleza militar.

Era un capricho personal de Varic, una sala de baño construida con mármol importado y piedra volcánica oscura.

En el centro, una piscina rectangular, lo suficientemente grande para diez hombres, humeaba suavemente.

No entramos juntos.

Einar se adelantó para “preparar el terreno”, mientras yo aseguraba la puerta de la bóveda.

Cuando llegué a la entrada del baño, me detuve.

La puerta estaba entreabierta, dejando escapar volutas de vapor aromático que olían a sándalo y eucalipto.

Empujé la madera apenas un centímetro, lo suficiente para mirar sin ser vista.

O eso creía.

Einar estaba al borde de la piscina.

Se había arrodillado junto a un brasero de piedras negras.

Lo vi chasquear los dedos, y esa chispa azulada de su magia druídica bailó entre sus nudillos antes de prender las rocas volcánicas, que comenzaron a irradiar un calor intenso al instante.

El vapor se espesó.

Einar se puso de pie y comenzó a desabrocharse.

Primero cayó el cinturón con la espada corta.

Luego, la túnica de cuero recia y manchada de sangre seca.

Cuando se quitó la camisa interior, contuve el aliento.

Su espalda era un mapa de violencia: cicatrices de garras, quemaduras viejas y líneas blancas de latigazos se cruzaban sobre una musculatura compacta y fibrosa, diseñada para la velocidad y la supervivencia.

Se quitó las botas.

Y luego, sin ceremonia, se bajó los pantalones.

Me quedé inmóvil, observando la línea de su espalda baja, sus glúteos firmes y las piernas fuertes de alguien que ha caminado por infiernos.

Era hermoso de una manera salvaje, como un animal depredador en reposo.

Di un paso hacia adentro, intentando que mis botas no hicieran ruido sobre el mármol húmedo.

—Eres tan silenciosa como un oso en la casa de un alfarero —dijo Einar, sin girarse, su voz rebotando en los azulejos.

Me congelé.

Maldito oído de cazador.

Solté una risa nerviosa, empujando la puerta por completo y entrando con una confianza fingida.

—A veces olvido que es imposible emboscar al cazador.

—¿Tantas ganas tenías de ver mi trasero, Capitán?

—pregunté él, todavía de espaldas, sumergiendo un pie en el agua para probar la temperatura.

Cerré la puerta detrás de mí y me crucé de brazos, apoyándome en ella.

El calor de la habitación comenzó a ablandar la tensión en mis hombros.

—Soy una Clériga, ¿recuerdas?

Protejo la justicia.

Mi emblema era la balanza.

Tú me viste en tu tina de madera aquella noche en la cabaña.

Estamos a mano.

Einar se rió, un sonido bajo.

—Justicia, ¿eh?

De inmediato, Einar se giró, quedando completamente de frente a mí.

Sin toalla.

Sin manos cubriendo nada.

Sentí cómo la sangre se me subía a la cara de golpe, más caliente que el vapor de la sala.

Por un segundo, mis ojos recorrieron su pecho, su abdomen marcado y bajaron…

antes de desviarse rápidamente hacia un rincón de la habitación donde una gárgola de piedra escupía agua caliente.

—Por el Sol de Hierro…

—murmuré, intentando mantener la compostura.

Einar soltó una carcajada, disfrutando mi incomodidad.

—Y bueno…

¿qué esperas?

Lo miré de reojo, aún con las mejillas ardiendo.

—¿Qué espero para qué?

—No dijiste que justicia, ante todo —dijo él, dando un paso hacia mí.

El agua goteaba de su cabello—.

Me acabas de ver de frente.

Una Clériga honorable que protege el equilibrio como tú debería hacer algo al respecto para que la balanza esté realmente nivelada, ¿no crees?

Me quedé mirándolo.

Tenía razón, el maldito.

Y más allá del juego, había un desafío en sus ojos oscuros.

No era solo lujuria; era vulnerabilidad.

Él se había expuesto completamente.

Si yo no lo hacía, la barrera entre nosotros seguiría ahí.

Suspiré, bajando las manos a las correas de mi armadura.

—Lobo astuto.

El sonido del cuero reforzado con las placas de metal cayendo al suelo resonó en la sala.

Primero las hombreras.

Luego el peto de cuero reforzado, pesado y rígido.

Mis botas.

Mis pantalones.

Me quité la última prenda, quedando completamente desnuda frente a él.

No me cubrí.

Dejé que me viera tal como era: una mujer grande, de caderas anchas y pechos pesados, con los muslos gruesos de una jinete y los brazos de una guerrera.

Mi piel pálida también contaba historias; la cicatriz reciente en mi costado, la marca vieja de una flecha en el hombro, los moretones frescos de la pelea con el batallón de Varic.

Einar no dijo nada burlón esta vez.

Sus ojos recorrieron mi cuerpo con una lentitud que se sentía como una caricia física, deteniéndose en mis curvas y en mis heridas con la misma intensidad.

—Maldición —murmuró, pasándose una mano por el cabello húmedo—.

No debí provocar tanto vapor.

Me pierdo los detalles.

Solté una risa, rompiendo el hechizo, aunque mi corazón latía con fuerza contra mis costillas.

—Cállate y métete al agua, Einar.

—Vamos, grandulona —dijo él, sonriendo de nuevo y caminando de espaldas hacia la piscina—.

Ambos apestamos a mierda y muerte.

Entró al agua, sumergiéndose hasta el cuello y soltando un gemido de satisfacción.

—Los dioses bendigan el contrabando de Varic.

Caminé hacia la piscina, sintiendo su mirada en cada paso, y me deslicé en el agua caliente.

El líquido me envolvió, aliviando el dolor de mis músculos y lavando la suciedad del camino.

Me senté en el escalón sumergido frente a él, el agua cubriéndome hasta los hombros.

Estábamos a un metro de distancia.

Desnudos.

Solos.

Y aunque el agua limpiaba la sangre, la tensión entre nosotros solo se hacía más espesa.

—¿Mejor?

—preguntó Einar, observándome a través de la neblina.

—Mucho mejor —respondí, cerrando los ojos un momento—.

Pero la balanza aún tiembla, cazador.

Ten cuidado.

—Me gustan los riesgos —susurró él, cerrando los ojos también, pero con una sonrisa de lobo que no desaparecía.

Me giré, buscando con la mirada en el borde de piedra alguna tela o cepillo.

Tenía sangre seca en la espalda que me picaba horriblemente.

—¿No viste una esponja?

—pregunté, salpicando un poco—.

Tengo costras de sangre ajena que no salen solo con agua.

Sentí un movimiento en el agua detrás de mí.

Unas manos callosas se posaron sobre mis hombros con firmeza.

—Creo que tengo justo lo que buscas, grandulona —susurró Einar cerca de mi oído.

En su mano tenía una esponja natural, suave y cargada de agua jabonosa.

Comenzó a frotar mi espalda alta.

No era un movimiento rápido ni puramente funcional.

Era rítmico.

Sus dedos presionaban los nudos de mis músculos trapecios, deshaciendo la tensión acumulada por cargar a Venganza.

Me estremecí, inclinando la cabeza hacia adelante.

—Eso…

se siente bien.

Einar no respondió.

Siguió bajando, trazando la línea de mi columna con la esponja caliente.

Luego, dejó la esponja y usó sus manos desnudas.

Humedeció sus palmas y comenzó a limpiar mis brazos, mis hombros, bajando por mi clavícula.

Me giré lentamente para mirarlo, pero él no detuvo su tarea.

Su rostro estaba concentrado, serio.

Levantó una mano y, con el pulgar, limpió suavemente los restos de sangre que había usado como pintura de guerra en mis mejillas.

—Ya no necesitamos esto —murmuró, revelando mi piel limpia debajo.

Bajó la mano, pasando la esponja por mi cuello y sobre mi pecho, rozando la piel sensible con un cuidado reverente, evitando mis pechos por milímetros, pero dejando que el agua jabonosa corriera sobre ellos.

El aire en mis pulmones se sentía denso.

Le quité la esponja de la mano suavemente.

—Mi turno.

Einar se dejó hacer.

Me moví a su espalda y repetí el ritual.

Froté sus cicatrices, sintiendo la textura rugosa de la piel quemada y los cortes antiguos bajo mis dedos.

Lavé sus hombros anchos, su cuello tenso.

Era una comunión silenciosa, una forma de decir “estoy aquí” sin palabras.

Cuando terminé con su espalda, me aparté, sintiendo que el agua se estaba volviendo demasiado caliente, o quizás era yo.

Me acerqué a la orilla de la piscina y salí del agua, sentándome en el borde de mármol frío, dándole la espalda a la piscina.

El agua escurría por mi cuerpo, brillando a la luz del fuego.

—¿Me ayudas con el resto de la espalda, cazador?

—pregunté, mi voz un poco más ronca de lo habitual—.

No alcanzo bien la zona lumbar.

Escuché el chapoteo del agua cuando él se acercó al borde.

—De inmediato.

Sentí la esponja en mi espalda baja, seguida por sus manos calientes masajeando la zona.

Mientras él trabajaba en mi cintura, estiré una pierna sobre el mármol, ofreciéndosela.

Einar entendió la invitación sin necesidad de palabras.

Su mano bajó de mi cintura a mi cadera, y de ahí a mi muslo.

Limpió la piel, sus dedos trazando la forma de mis músculos cuádriceps, fuertes y definidos.

Aseó mi rodilla, mi pantorrilla, tomándose su tiempo, admirando la fuerza de la extremidad.

Ninguno dijo nada.

Solo nos cubrimos en caricias líquidas durante lo que pareció una eternidad, perdidos en el vapor y el tacto, suspendidos en un limbo donde la guerra no existía.

Finalmente, el agua comenzó a enfriarse.

—Deberíamos salir —dijo Einar, aunque su mano se demoró un segundo más en mi tobillo antes de soltarme.

—Sí.

Deberíamos.

Salimos del baño y nos secamos con unas toallas gruesas que encontramos en un estante.

Había túnicas limpias de lino guardadas en un arcón; nos las pusimos, agradeciendo la suavidad de la tela contra la piel limpia.

Pero el descanso total tendría que esperar.

Éramos soldados.

Llevamos nuestras ropas y armaduras al patio trasero de la torre.

Lavamos el cuero y el metal en los abrevaderos, quitando la mugre y la muerte con cepillos duros y agua helada.

Dejamos las piezas secando bajo la luz de la luna, listas para ser usadas de nuevo si el destino lo requería.

Caminamos hacia las barracas de la guardia de élite, ahora vacías.

Había filas de catres bien hechos.

Elegí uno cerca de la ventana.

Einar tomó el de al lado, dejando un espacio respetuoso entre nosotros.

La distancia física era de apenas un metro, pero después de lo que acababa de pasar en el baño, se sentía como si estuviéramos durmiendo en la misma cama.

Me recosté, sintiendo el cansancio golpearme de golpe, pesado y dulce.

—Gracias, Einar —susurré en la oscuridad—.

Por todo.

Escuché el crujido de su catre cuando se acomodó.

—Descansa, Aelnora.

Mereces una noche tranquila.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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