Hierro y Sangre - Capítulo 25
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- Capítulo 25 - 25 Capítulo 25 La Sombra del Recaudador
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25: Capítulo 25: La Sombra del Recaudador 25: Capítulo 25: La Sombra del Recaudador Pasaron dos noches antes de que dejáramos la Fortaleza de Hielo.
Dos noches de limpiar la muerte de los pasillos, de arrastrar cuerpos a las piras funerarias en el patio trasero y de fregar la sangre de las losas de piedra.
El humo de la carne quemada se había mezclado con el aire helado, creando una niebla grasienta que se pegaba a la garganta.
Pero adentro, en las habitaciones privadas que habíamos reclamado, el aire era diferente.
Todavía sentía el calor fantasma de la piel de Einar bajo mis dedos.
Cada vez que nos cruzábamos en los pasillos o nos sentábamos a comer raciones secas frente al fuego, la memoria de ese baño compartido flotaba entre nosotros.
No habíamos vuelto a hablar de ello, ni habíamos cruzado la línea de nuevo, pero la tensión ya no era un muro; era un hilo tenso que vibraba con cada mirada, con cada roce accidental de hombros al cargar suministros.
El frío del invierno no lograba apagar el incendio que habíamos encendido en esa piscina.
Pero éramos soldados antes que otra cosa, y la misión tenía prioridad.
El amanecer del tercer día nos encontró en la puerta principal.
La fortaleza estaba vacía de vida, cerrada y trancada, pero ya no era una tumba.
Era nuestra base.
—Es demasiado oro —dijo Einar, ajustando la cincha de su caballo.
Miró con desconfianza la única carreta pequeña que habíamos decidido llevar, cubierta con una lona vieja—.
Si intentamos mover todo el tesoro de Varic en carretas, seremos un faro para cada bandido, desertor y bestia desde aquí hasta la capital.
—Por eso solo llevamos una muestra —respondí, montando a Yunque.
El caballo de guerra resopló, ansioso por dejar el olor a muerte—.
Vamos a tantear el terreno.
El primer pueblo es Cruce del Sauce.
Está a medio día de camino.
Si la red de Varic sigue activa, ahí es donde empezaremos a cortarla.
El viaje fue silencioso y rápido.
El paisaje cambiaba a medida que nos alejábamos de la frontera con las Tierras Muertas; los árboles retorcidos daban paso a bosques de pinos más sanos y, eventualmente, a tierras de cultivo.
Pero la “salud” del paisaje no se reflejaba en sus habitantes.
Al llegar a la loma que dominaba Cruce del Sauce, detuve el caballo.
La vista era lamentable.
Lo que alguna vez debió ser un puesto comercial próspero era ahora un conjunto de chozas con techos hundidos y caminos de barro.
No había humo saliendo de las chimeneas, lo que significaba que no tenían leña o no tenían nada que cocinar.
Los campos estaban yermos, y las pocas figuras que se movían entre las casas parecían espectros envueltos en harapos grises.
—Huele a miseria —murmuró Einar, su nariz arrugándose—.
Y a miedo.
Bajamos la colina al paso, sin ocultar nuestras armas.
El sonido de los cascos sobre la tierra congelada atrajo la atención de inmediato.
La reacción no fue hostilidad, sino terror.
Las madres agarraron a sus hijos y se encerraron en las casas.
Los hombres que quedaban, la mayoría ancianos o lisiados, se arrodillaron en el barro del camino principal, bajando la cabeza como si esperaran un golpe.
Un anciano, con la piel tan fina como el pergamino y las manos llenas de nudos artríticos, se adelantó temblando.
—Por favor, mi señor, mi señora —suplicó, sin atreverse a mirarnos a los ojos—.
No…
no tenemos el pago de impuestos aún.
El invierno ha sido duro, la cosecha murió bajo la helada.
Nos cobran más rápido de lo que podemos producir.
El hombre comenzó a sollozar, un sonido seco y roto.
—Tengan piedad.
Aplacen un poco el pago.
Solo necesitamos una semana más.
Intercambié una mirada con Einar.
La rabia me quemó el estómago.
Varic no solo contrabandeaba; exprimía a esta gente hasta la muerte para financiar sus operaciones.
Einar desmontó con un movimiento fluido.
Sus botas chapotearon en el barro mientras caminaba hacia el anciano.
No sacó un arma; extendió una mano abierta.
—Levántate, abuelo —dijo Einar, su voz suave pero firme—.
No vengo a cobrar.
Vengo a devolver lo robado.
El anciano levantó la vista, confundido, como si Einar le hubiera hablado en otro idioma.
—¿Mi señor?
—Cuéntame, hermano —continuó el cazador, ayudándolo a ponerse de pie—.
¿Cuál es la situación aquí?
¿Quién los tiene así?
El campesino miró a su alrededor, temeroso de que las sombras tuvieran oídos.
—Vivimos bajo la sombra de Varic el Cruel —susurró—.
Su gente manda.
Su gente cobra demasiados impuestos en oro y sangre.
Ya no podemos más.
Los jóvenes fuertes han abandonado el pueblo o han sido llevados a la fuerza para trabajar en la fortaleza.
Quedamos ancianos, mujeres y niños que no podemos defendernos.
—Varic el Cobarde ha muerto —dije desde lo alto de mi caballo, mi voz proyectándose para que los que se escondían tras las ventanas me escucharan—.
Corre la voz, campesino.
Que se corra el rumor de que esa basura fue aniquilada y sus asesinos están en tu pueblo, buscando a sus perros falderos.
El anciano me miró, la incredulidad luchando con la esperanza en sus ojos llorosos.
—¿Muerto?
¿El comandante Varic?
—Es verdad —dijo Einar.
Metió la mano en su alforja y sacó una bolsa de cuero pesado.
Soltó el cordón y volcó el contenido en las manos temblorosas del anciano.
Monedas de oro y plata cayeron, brillando obscenamente en el barro gris—.
Como prueba, traemos esto.
El anciano jadeó, casi dejando caer el tesoro.
Era más dinero del que el pueblo había visto en diez años.
—Repártelas, campesino.
Pronto habrá más.
Acabaremos con los hombres de Varic y liberaremos tu pueblo.
Pero esta noche…
no salgan de sus casas.
—Mi señor, señora…
no saben cuánto agradecemos esto —balbuceó el hombre, apretando las monedas contra su pecho—.
Pero tengan cuidado.
El hombre que dejó Varic mandando aquí…
El anciano tragó saliva, el miedo volviendo a nublar su rostro.
—Dicen que no es un hombre.
Es una Sombra.
Nadie lo ha visto la cara, pero dicen que es tan alto como tres hombres juntos y que la piel no le sangra.
Tiene una guardia de diez soldados, “Los Carniceros”, muy bien entrenados.
Nuestros mejores guerreros intentaron rebelarse hace un mes…
y no duraron ni un suspiro.
Fruncí el ceño.
¿Alto como tres hombres?
Eso no era humano.
Podía ser un ogro de las montañas o algo peor, traído del otro lado, igual que el huargo.
—Si ustedes pudieron matar a Varic, seguro que algo podrán hacer —terminó el anciano, con una fe desesperada renaciendo en su voz.
Se dio la vuelta y comenzó a cojear hacia las casas, gritando nombres para repartir las monedas.
Einar volvió a montar, mirando pensativo hacia la casa más grande del pueblo, una estructura de piedra fortificada en el extremo norte que seguramente servía como cuartel del gobernador.
—Si esta es la situación en cada pueblo, no podemos llegar cargados de tesoros, Einar —dije, viendo cómo la gente salía tímidamente a recibir las monedas—.
Seremos un blanco móvil demasiado lento.
Y si hay “Sombras” y guarniciones en cada aldea, necesitaremos movilidad.
—No, grandulona, creo que no —concordó él, encendiendo uno de sus cigarros—.
Lo más prudente es llegar armados y ligeros.
Matamos a toda la mierda que dejó Varic atrás, limpiamos el lugar y establecemos el orden.
Me miró, y vi el brillo estratégico en sus ojos.
—Una vez hecho eso, correremos la voz.
Haremos que los pueblos manden representantes a la Fortaleza de Hielo.
Convertiremos nuestro hogar en un banco y un tribunal.
Ahí repartiremos el oro y ofreceremos protección.
Que vengan a nosotros.
—Algunos caminos son peligrosos, cazador —señalé.
—El oro puede pagar escoltas, Aelnora.
Y para los pueblos más lejanos o peligrosos, iremos tú y yo personalmente.
Pero por ahora…
debemos enfocarnos en esa “Sombra” que mencionó el viejo.
Miré hacia la casa fortificada.
El sol comenzaba a bajar, alargando las sombras.
—Propongo la misma estrategia que en el fuerte.
Guerra psicológica.
—Si vemos abanderados de Varic en las calles, les cortamos la garganta y los exhibimos en la plaza —sugirió Einar con una sonrisa fría—.
Para el anochecer, el resto ya debería estar cagado de miedo, encerrado en la casa del gobernador.
Y entonces…
llamamos a la puerta.
—Me gusta cómo piensas.
Dejamos la carreta oculta tras un granero abandonado y cubrimos a los caballos.
Nos quitamos las capas de viaje, revelando las armaduras limpias y las armas listas.
La noche cayó sobre Cruce del Sauce.
El viento aullaba entre las casas vacías, pero esta vez, el viento traía algo más que frío.
Traía a dos depredadores.
Nos movimos por los callejones, evitando la luz de las pocas antorchas.
No tardamos en encontrar a la primera patrulla.
Eran dos hombres, bien alimentados y con armaduras de calidad, riéndose mientras pateaban a un perro callejero.
—Mira eso —susurró Einar—.
“Los Carniceros”.
No hizo falta decir más.
Salí de la oscuridad como un espectro de venganza.
Mi mano izquierda se cerró sobre la boca del primer soldado, silenciando su grito, mientras mi derecha hundía un cuchillo en la base de su cuello.
Cayó sin sonido.
El segundo soldado se giró, desenfundando la espada, pero una flecha de Einar le atravesó la garganta antes de que pudiera levantar la guardia.
Arrastramos los cuerpos hacia el pozo de la plaza central.
—¿Los colgamos?
—preguntó Einar.
—No —dije, tomando el cuerpo del segundo soldado y sentándolo en el borde del pozo, como si estuviera descansando—.
Los dejamos aquí.
Que sus amigos los encuentren.
Que sepan que la noche ya no les pertenece.
Colocamos a los dos cadáveres sentados, uno frente al otro, con las cabezas gachas.
En sus regazos, dejamos sus propios cascos llenos de su sangre.
Nos retiramos a las sombras de un tejado bajo para observar.
Media hora después, un grupo de cuatro soldados salió de la casa del gobernador, probablemente para el cambio de guardia.
Sus risas se cortaron de golpe cuando vieron a sus compañeros en el pozo.
—¡Alarma!
—gritó uno—.
¡Han matado a Jorek y a Stig!
—¿Quién fue?
—preguntó otro, mirando frenéticamente a su alrededor con la espada en mano—.
¡Salgan, ratas campesinas!
Desde nuestra posición elevada, Einar tensó su arco.
—¿Ves al grande de la capa roja?
—susurró—.
Ese parece el sargento.
—Déjalo para el final —respondí, acariciando el mango de Venganza—.
Quiero que corra a decirle a su amo, esa tal “Sombra”, que tenemos un mensaje para él.
Einar soltó la cuerda.
La flecha voló, invisible en la noche, y se clavó en el muslo de uno de los soldados.
El hombre gritó y cayó.
El caos estalló de nuevo.
—Esto nunca pasa de moda —dijo Einar.
—No te confíes —le advertí, saltando del tejado hacia el callejón para flanquearlos—.
Si esa Sombra es tan grande como dicen, vamos a necesitar algo más que trucos baratos.
—Tengo trucos caros también, Aelnora.
La cacería había comenzado de nuevo.
Y esta vez, el premio no era una fortaleza, sino la libertad de un pueblo entero.
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