Hierro y Sangre - Capítulo 26
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- Capítulo 26 - 26 Capítulo 26 No Porque Debo
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26: Capítulo 26: No Porque Debo 26: Capítulo 26: No Porque Debo Los cuatro soldados que salieron de la casa del gobernador no eran reclutas asustados como los de la fortaleza.
“Los Carniceros” se ganaban su nombre.
Al ver a sus compañeros muertos en el pozo y la flecha en la pierna del sargento, no entraron en pánico.
Se dispersaron, moviéndose con una coordinación letal, sacando escudos redondos y hachas pesadas.
—Cuatro contra dos —dijo Einar, guardando el arco y desenvainando la espada corta que había robado—.
Me gusta esta proporción.
—No te confíes —gruñí, bajando al callejón—.
Estos saben cómo sangrar a la gente.
El primero se lanzó contra mí, un hombre con cicatrices de quemaduras en la cara.
Su hacha buscó mis costillas con una velocidad sorprendente.
Bloqueé con el mango de Venganza, el impacto haciendo vibrar mis brazos, y contraataqué con una patada frontal.
El hombre absorbió el golpe con su escudo y se mantuvo firme, gruñendo.
A mi lado, Einar bailaba.
No había otra palabra para describirlo.
Mientras yo era una fuerza inamovible, él era humo.
Un soldado intentó decapitarlo con un mandoble, pero Einar se deslizó bajo la hoja, girando sobre sus talones.
Su espada corta destelló, buscando los huecos en la armadura del hombre: axilas, corvas, cuello.
—¡Mueves demasiado bien la espada para ser un simple soldado!
—grité, esquivando un tajo y respondiendo con un golpe de revés que abolló el casco de mi oponente.
—¡Nunca dije que fuera un simple soldado!
—respondió Einar, desviando una estocada y cortando los tendones de la muñeca de su atacante—.
¡Hasta un general debe seguir órdenes, Aelnora!
¡Siempre hay alguien más arriba!
De repente, las puertas laterales de la casa del gobernador se abrieron de golpe.
Dos “Carniceros” más se unieron a la refriega, flanqueándonos.
La situación se complicó.
Ahora estábamos rodeados.
El hombre que peleaba contra mí se coordinó con uno de los nuevos.
Uno atacaba alto, el otro bajo.
Me vi obligada a retroceder, mi martillo moviéndose frenéticamente para mantenerlos a raya.
—¡Basta de juegos!
—rugí.
Solté una mano del martillo y abrí la palma hacia ellos.
No invoqué sanación.
Invoqué al Sol.
—Lux Aeterna!
Un estallido de luz blanca y pura explotó en mi mano, como si hubiera atrapado una estrella.
No quemaba, pero cegaba.
Los soldados gritaron, llevándose las manos a los ojos, deslumbrados por el resplandor repentino en la oscuridad de la noche.
Aproveché su ceguera.
Venganza cayó sobre el primero, destrozando su clavícula y hundiéndolo en el barro.
Giré y golpeé al segundo en el estómago con tal fuerza que lo levanté del suelo.
—¡Creí que solo podías sanar con magia, grandulona!
—gritó Einar, quien acababa de degollar a su oponente aprovechando la distracción.
—¡Dije que soy una Clériga de Batalla, no una sanadora de convento!
—respondí, limpiándome el sudor de la frente—.
¡Yo también tengo mis trucos, cazador!
—¡Druida!
—corrigió él, pateando a un soldado caído—.
¡No cazador!
—¡Y ahí van ocho!
—contó Einar.
Pero la cuenta no estaba cerrada.
De las sombras más profundas del callejón surgieron las últimas dos “sombras” de los Carniceros.
Eran los más grandes, armados con mazas de guerra similares a la mía.
Se movían en silencio, aprovechando el ruido del combate para flanquearme por mi punto ciego.
Sentí el desplazamiento del aire antes de verlo, pero estaba mal posicionada, con Venganza atrapada momentáneamente en la armadura de un caído.
El golpe iba dirigido a mi cabeza.
Iba a conectar.
—¡Aelnora!
Einar no lo pensó.
Se lanzó desde su posición, interponiendo su cuerpo entre la maza y yo.
No intentó bloquear con la espada; usó su propio brazo izquierdo, protegido solo por cuero y hueso, para recibir el impacto.
El crujido fue nauseabundo.
Einar soltó un gruñido ahogado, cayendo de rodillas por el dolor, pero su intervención desvió el golpe lo suficiente.
La furia me inundó.
Fue un calor blanco, cegador.
Solté a Venganza, me lancé sobre el atacante con las manos desnudas, rugiendo.
Lo derribé por puro peso y rabia, y comencé a golpearlo.
Puñetazos blindados llovieron sobre su rostro hasta que el casco se deformó y dejó de moverse.
Me levanté, jadeando, y busqué al último.
Pero ya no estaba.
El sargento de la capa roja, el que Einar había flechado al inicio, yacía noqueado cerca del pozo.
Corrí hacia Einar.
Se estaba sujetando el brazo izquierdo, con los dientes apretados y la cara pálida.
—¡¿Qué carajo fue eso?!
—grité, agarrándolo por la pechera de su túnica y sacudiéndolo levemente—.
¡Sabes que ese golpe no me habría hecho nada!
¡Aun con esta armadura de cuero y escamas, mi propio cuerpo hubiera resistido mejor que el tuyo!
Le arranqué la manga de la túnica para examinar la herida.
—¡Mira nada más!
—señalé el hematoma oscuro y deforme que ya se extendía desde su codo hasta el hombro—.
¡Está completamente morado!
¡Podría estar roto!
Einar me miró, con el sudor perlando su frente, y esbozó una sonrisa dolorosa.
—Si tan solo conociera a una Clériga con el poder de curar…
—¡Einar, no bromeo!
—le solté, furiosa, mis manos temblando mientras comenzaba a invocar la luz dorada de la sanación—.
¡Pudieron hacerte mucho daño!
¡No soy una damisela en peligro que debas proteger!
¡Soy el maldito tanque de este equipo!
La luz cálida fluyó de mis manos hacia su brazo, tejiendo el hueso y disolviendo el hematoma.
Einar suspiró al sentir el alivio, pero sus ojos no se apartaron de los míos.
—Damisela en peligro no, Aelnora —dijo suavemente, interrumpiendo mi regaño—.
Eres una grandulona con muy mal genio y una facilidad alarmante para la violencia.
Me detuve un segundo, mirándolo.
—Entonces, ¿por qué?
Einar se inclinó hacia mí, ignorando el caos a nuestro alrededor.
—Te protejo porque quiero, no porque debo…
Tragó saliva, y por primera vez, el cazador pareció dudar.
—Porque te quiero.
El mundo se detuvo.
El frío, los cuerpos, el olor a sangre…
todo desapareció.
Me quedé helada, con la mano aún sobre su brazo sanado, la boca entreabierta, a punto de decir algo, cualquier cosa.
—Malditos…
—una voz rasposa rompió el momento.
El sargento de la capa roja se estaba despertando, arrastrándose por el barro, escupiendo sangre.
—Ya verán…
cuando Él venga por ustedes…
los aplastará como a insectos…
La Sombra no perdona…
La magia del momento se rompió como cristal.
Einar parpadeó, sacudiendo la cabeza como si despertara de un trance, y su rostro se endureció de nuevo, la vulnerabilidad desapareciendo tras la máscara del depredador.
Se giró con un movimiento rápido, sacó una flecha de su carcaj y, sin tensar el arco, la clavó manualmente en la mano del sargento, inmovilizándolo contra el suelo.
El hombre aulló de dolor.
—Corre, perro —gruñó Einar, su voz cargada de una furia gélida—.
Lleva el mensaje a tu amo.
Dile que estamos aquí.
Dile que lo esperamos.
El sargento se levantó a duras penas, sujetándose la mano herida, y echó a correr hacia la oscuridad de la casa del gobernador, donde la verdadera Sombra aguardaba.
Nos quedamos en silencio unos segundos, escuchando los pasos apresurados alejarse.
—Uno…
dos…
—Einar comenzó a caminar entre los cadáveres, señalándolos con la punta de su arco—.
Tres, cuatro…
los dos del pozo son cinco y seis…
Caminó hacia los que yo había destrozado.
—Siete…
ocho.
Se detuvo y miró hacia la oscuridad por donde había huido el sargento.
—Más el perro herido llevando el mensaje, nueve.
Fruncí el ceño, mi mente de estratega volviendo a funcionar a pesar del latido errático de mi corazón.
Miré en todas direcciones, contando las formas oscuras en el barro.
—El viejo dijo que la guardia era de diez hombres.
Falta uno, pero no lo veo.
Einar no respondió.
Simplemente levantó su arco, tensó la cuerda con un movimiento fluido y giró el torso hacia la derecha.
No apuntó.
No dudó.
Disparó hacia la pared ensombrecida de una choza a veinte metros de distancia, un lugar donde solo había negrura.
Thwack.
El sonido fue inconfundible: carne y hueso cediendo ante el acero a alta velocidad, seguido de un golpe seco contra la madera.
De entre las sombras, una figura se tambaleó hacia adelante.
El último de los Carniceros cayó de rodillas y luego de bruces al barro, con la flecha de plumas negras brotando perfectamente entre sus cejas.
—Diez —dijo Einar, bajando el arco.
Lo miré, y luego miré el cadáver.
Con ese acto de precisión y violencia absurda, me di cuenta de que la delicadeza del momento anterior se había roto.
Las palabras dulces habían sido devoradas por la realidad de la sangre.
Einar me quería, sí, pero seguía siendo un asesino letal.
Respiré hondo, llenando mis pulmones de aire frío, y apreté el mango de Venganza.
—Vamos —dije, mi voz dura de nuevo—.
La Sombra nos espera.
Debo estar lista para seguir luchando.
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