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Hierro y Sangre - Capítulo 27

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  4. Capítulo 27 - 27 Capítulo 27 Reflejo Negro
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27: Capítulo 27: Reflejo Negro 27: Capítulo 27: Reflejo Negro La espera fue peor que el combate.

—Ahora vuelvo —había dicho Einar, ajustando las correas de su armadura de cuero mientras el sol comenzaba a teñir el cielo de sangre—.

Voy a preparar el terreno para nuestro amigo y su comandante herido.

—No tardes, cazador —respondí, limpiando una mancha imaginaria en la cabeza de Venganza—.

La paciencia no es una de mis virtudes clericales.

Él soltó una risa corta, se dio la vuelta y caminó hacia las afueras del pueblo, desapareciendo entre las sombras alargadas de los graneros abandonados.

Me quedé sola en la plaza central de Cruce del Sauce.

Comencé a dar vueltas, marcando un círculo en el barro seco con mis botas.

Esperaba que, ante el reto directo de haber masacrado a su guardia, la tal “Sombra” saliera a enfrentarme de inmediato.

Pero las horas pasaron.

El sol murió definitivamente y la luna de invierno, pálida y fría, reclamó el cielo.

Einar no volvía.

Los aldeanos, que horas antes habían recibido el oro con esperanza, sintieron el cambio en el aire.

Se encerraron en sus chozas, trancando puertas y ventanas, dejando el pueblo en un silencio sepulcral.

Cruce del Sauce parecía ahora un pueblo fantasma, un escenario preparado para una obra macabra.

Cae la noche cerrada.

Me senté en el borde del pozo donde habíamos dejado los primeros cadáveres, masticando una tira de carne seca que sabía a ceniza.

Mis ojos estaban fijos en la puerta de la casa del gobernador, pero mi mente estaba en el bosque, pensando más en Einar que en la pelea por venir.

¿Había caído en una trampa?

¿Había subestimado al enemigo?

La preocupación era una distracción peligrosa.

De pronto, el chirrido de goznes oxidados rompió el silencio.

Las puertas dobles de la casa fortificada se abrieron de par en par.

Una figura salió primero: el sargento de la capa roja.

Tenía la mano atravesada por la flecha envuelta en vendas sucias y sostenía una espada corta con la mano buena.

Su rostro estaba pálido por la pérdida de sangre, pero sus ojos brillaban con una arrogancia renovada.

—Te dije que Él vendría —escupió el sargento, deteniéndose a unos metros de mí.

—¿Dónde está?

—pregunté, levantándome despacio, tomando a Venganza con ambas manos—.

¿O es que la “Sombra” necesita que un lisiado pelee sus batallas?

El sargento sonrió con dientes manchados de sangre.

—Él no está detrás de mí, elfa.

Él está en todas partes.

Entonces, la vi.

No salió por la puerta.

Se alzó desde el suelo, detrás del sargento, como si la oscuridad misma hubiera decidido ponerse de pie.

Era inmensa, fácilmente tan alta como tres hombres, una columna de negrura absoluta que parecía absorber la escasa luz de la luna.

Pero cuando terminó de formarse, la masa imperfecta tomó una forma definida.

Una forma que me heló la sangre.

Era yo.

O una versión de pesadilla de mí misma.

La criatura estaba enfundada en una armadura de placas completa, idéntica a la armadura imperial que yo había portado con orgullo durante años antes de la traición.

Pero esta no brillaba como el acero pulido bajo el sol; era de un negro mate, profundo como un pozo sin fondo, que goteaba una sustancia viscosa y oscura que se evaporaba al tocar el suelo.

Donde debería estar el rostro, bajo el yelmo, solo había vacío.

Un reflejo vil y corrupto de mi pasado, traído a la vida por la brujería de las Tierras Muertas.

La criatura no rugió.

No habló.

Simplemente avanzó.

El sargento se lanzó al ataque primero, un movimiento torpe destinado a distraerme.

Lo aparté con un golpe lateral del mango de mi martillo, pero ese segundo de distracción fue suficiente.

La Sombra estaba sobre mí.

Levantó un puño blindado y golpeó.

Bloqueé con Venganza, pero la fuerza del impacto fue impresionante, inhumana.

Me hizo retroceder tres metros, mis botas dejando surcos profundos en la tierra.

Mis brazos vibraron hasta los hombros.

—¡Nada mal para un eco!

—gruñí, lanzando un contraataque.

Venganza silbó en el aire, buscando el pecho de la criatura.

El martillo conectó, hundiendo la placa pectoral de negrura.

No hubo sonido de metal contra metal, sino un chapoteo asqueroso.

Pedazos de podredumbre negra saltaron y se disolvieron en el aire…

y la armadura se regeneró instantáneamente, cerrando la herida como si fuera agua.

La Sombra contraatacó, y entonces comenzó la verdadera pesadilla.

Justo antes de que mi siguiente golpe conectara, la criatura se deshizo.

Se convirtió en un charco de oscuridad que se deslizó por el suelo a una velocidad imposible, fusionándose con la sombra alargada de una casa cercana.

Giré, buscándola, el pánico arañando mi garganta.

—¡Atrás!

—gritó el sargento, riendo.

La Sombra emergió de la propia sombra del pozo a mis espaldas.

Sentí el golpe en los riñones antes de verlo, un impacto demoledor que me sacó el aire y me hizo caer una rodilla al suelo.

La pelea se convirtió en un juego imposible de gato y ratón.

La criatura no necesitaba contacto físico para viajar; saltaba de una mancha de oscuridad a otra.

Me golpeaba desde la izquierda, desaparecía y reaparecía a mi derecha.

Incluso, en un momento de horror puro, vi cómo se sumergía en mi propia sombra proyectada por la luna, emergiendo frente a mí para darme un gancho ascendente que casi me disloca la mandíbula.

Estaba siendo abrumada.

El sargento, envalentonado, lanzaba estocadas cobardes cada vez que la Sombra me derribaba.

Intenté concentrarme en él, el blanco más fácil, pero cada vez que Venganza iba a aplastarlo, la Sombra se interponía, absorbiendo el daño y regenerándose.

—¡¿DÓNDE CARAJO ESTÁS, EINAR?!

—grité, desesperada, mientras un golpe de revés de la Sombra me arrojaba contra la pared de una choza.

El impacto me aturdió.

Sentí el sabor metálico de la sangre en mi boca.

El sargento se acercaba para rematarme, la Sombra se alzaba detrás de él, inmensa e imbatible.

La furia reemplazó al miedo.

Una furia caliente, sagrada, que no venía de la venganza, sino de la supervivencia pura.

—¡A la mierda con esto!

—rugí, poniéndome de pie tambaleante.

Solté una mano del martillo y la alcé al cielo.

No invoqué un rayo de ataque.

Invoqué todo lo que tenía.

—¡LUX AETERNA MAXIMA!

No fue un destello.

Fue una supernova.

La plaza entera se iluminó con una luz blanca, cegadora, tan intensa que parecía mediodía en pleno desierto.

Cada rincón, cada grieta, cada centímetro de suelo fue bañado por el resplandor sagrado.

No había sombras.

No había dónde esconderse.

La criatura chilló.

Fue un sonido horrible, como metal rasgándose y almas gritando.

Bajo la luz implacable, su forma de armadura negra comenzó a hervir.

Se retorció, incapaz de encontrar refugio, y se disolvió en una nube de ceniza y vapor fétido que la luz incineró al instante.

El sargento cayó al suelo, gritando y cubriéndose los ojos quemados.

El destello pasó, dejándome jadeante, con mis reservas mágicas peligrosamente bajas.

La plaza volvió a la penumbra de la luna, pero la Sombra ya no estaba.

Enfoqué mi atención en el sargento, que intentaba ponerse de pie a ciegas.

—Parece que se ha quedado solo, comandante —dije, mi voz ronca por el esfuerzo.

Levanté a Venganza para el golpe final.

El sargento, aterrorizado, miró al suelo.

—¡Ahora!

—gritó a la nada.

De la pequeña y débil sombra que proyectaba el cuerpo del sargento bajo la luna, algo se movió.

La negrura se hinchó, se levantó y, en un segundo, la inmensa figura de mi armadura corrupta estaba allí de nuevo, interceptando mi martillo con su brazo blindado.

Se había regenerado.

—¡No!

—grité, retrocediendo.

El sargento, viendo su oportunidad, se lanzó al ataque con su espada corta, buscando mi estómago expuesto.

Pero nunca llegó.

Un aullido rompió la noche.

No uno solitario, sino un coro salvaje y primordial que heló la sangre.

De los callejones, una manada de lobos irrumpió en la plaza.

Eran enormes, con pelajes grises y negros, moviéndose como una sola entidad de dientes y garras.

El sargento giró la cabeza justo a tiempo para ver al primer lobo saltar sobre él.

La bestia no fue al cuello.

Sus fauces se cerraron sobre la mano buena del sargento, la que sostenía la espada.

Hubo un crujido húmedo y un grito agónico cuando el lobo arrancó la mano y el arma de un tirón brutal.

El resto de la manada cayó sobre él.

No hubo pelea.

Fue una ejecución.

Los gritos del sargento fueron ahogados por gruñidos y el sonido de carne siendo desgarrada.

La Sombra ignoró a los lobos y se centró en mí.

Miré hacia el líder de la manada.

Un lobo negro gigantesco, más grande que el resto, con ojos inteligentes que me resultaron dolorosamente familiares.

Me miró un segundo y luego miró a la Sombra.

Entendí.

—¡Vamos!

—grité.

Imbuí a Venganza con la poca luz que me quedaba.

El martillo brilló con un resplandor dorado tenue pero constante.

Me lancé contra mi reflejo oscuro en un ataque desesperado.

Fue una danza de violencia.

Justica sombría contra venganza luminosa.

Mi martillo chocaba contra su armadura negra, cada golpe imbuido de luz arrancaba trozos de oscuridad que no se regeneraban tan rápido.

La criatura golpeaba con fuerza demoledora, pero yo estaba en un trance de batalla, esquivando, parando, devolviendo cada golpe con el doble de furia.

Estaba cansada.

Sentía cómo mi magia se agotaba, cómo mis músculos ardían.

La Sombra lanzó un golpe descendente que habría partido una roca.

Me deslicé hacia un lado, la maza negra golpeó el suelo, y vi mi apertura.

—¡MUERE!

Lancé un golpe ascendente con todas mis fuerzas, un impacto con el martillo iluminado directo a la barbilla del yelmo vacío.

La cabeza de la criatura estalló hacia atrás.

La armadura negra se evaporó violentamente, incapaz de sostenerse tras el impacto crítico de luz.

Y entonces lo vi.

Del humo negro que se disipaba, algo salió volando por los aires.

No era grande.

Era un gusano negro, grueso como un dedo, cubierto de cien patas pequeñas y una boca circular llena de dientes diminutos.

La verdadera forma de la corrupción.

El gusano se retorció en el aire, buscando desesperadamente una sombra donde caer para empezar el ciclo de nuevo.

No tocó el suelo.

El lobo negro gigantesco saltó.

Fue una mancha de movimiento en el aire.

Sus fauces se cerraron alrededor del gusano con un chasquido audible.

El lobo aterrizó con gracia y escupió.

El gusano había sido partido en dos.

La mitad delantera, aun retorciéndose, cayó cerca de mi bota.

La mitad trasera quedó frente al hocico del lobo.

No dudé.

Bajé el talón de mi bota con fuerza sísmica, reduciendo la mitad del gusano a una mancha negra en el barro.

Al mismo tiempo, el lobo grande clavó sus garras en la otra mitad y la destrozó, desgarrándola hasta que no quedó nada más que podredumbre.

El silencio volvió a la plaza, solo roto por los jadeos de los lobos que terminaban de alimentarse del sargento.

Me apoyé en el mango de Venganza, exhausta, mirando al enorme lobo negro que se lamía una pata con tranquilidad.

El silencio de la plaza era pesado, solo roto por los jadeos de los lobos que terminaban de alimentarse del sargento.

Me apoyé en el mango de Venganza, exhausta, mirando al enorme lobo negro que se lamía una pata con tranquilidad.

—Bonita forma salvaje, druida —jadeé, sintiendo una mezcla de alivio y una extraña admiración, asimilando que mi compañero era esa bestia magnífica—.

Te tomaste tu tiempo.

Apenas había terminado la frase cuando un sonido viscoso me heló la sangre.

Bajé la mirada hacia el barro.

Las dos manchas de podredumbre negra que deberían haber estado muertas…

se movían.

Como mercurio atraído por un imán, las dos mitades del gusano dentado se arrastraron la una hacia la otra y se unieron con un chasquido húmedo.

El gusano estaba completo de nuevo.

Y se retorcía, buscando una sombra desesperadamente.

No tuve tiempo ni de pensar, mucho menos de levantar a Venganza.

Un silbido agudo cortó el aire frío.

Una flecha envuelta en llamas azules y naranjas cruzó la plaza como un cometa y atravesó al gusano, clavándolo contra la tierra congelada.

La criatura emitió un chirrido tan agudo y horrendo que sentí que mis muelas vibraban.

El fuego mágico lo consumió en segundos, incinerando la corrupción hasta que no quedó nada más que una mancha de ceniza humeante en el barro.

Esta vez, el silencio fue definitivo.

La muerte lo había alcanzado de verdad.

Levanté la vista, buscando el origen del disparo.

De entre las sombras del callejón opuesto al que habían usado los lobos, Einar apareció.

Estaba en su forma humana, sacudiéndose el polvo de la capa y guardando su arco con esa calma exasperante suya.

Caminó hacia nosotros, pasando entre los lobos que le abrían paso con respeto.

—¿Por qué le dices mi nombre al lobo, grandulona?

—preguntó, ladeando la cabeza con una sonrisa divertida, mirándome a mí y luego a la bestia gigante a mis pies.

Einar llegó junto al lobo negro y le rascó detrás de la oreja.

El monstruo cerró los ojos, disfrutando la caricia como un cachorro.

—Él es mi amigo —dijo Einar, guiñándome un ojo—.

Se llama Fenrir.

Y creo que le caes bien.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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