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Hierro y Sangre - Capítulo 28

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  4. Capítulo 28 - 28 Capítulo 28 Manos Inquietas
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28: Capítulo 28: Manos Inquietas 28: Capítulo 28: Manos Inquietas El alivio de ver al gusano incinerado fue instantáneo, pero el costo de invocar el Lux Aeterna Maxima llegó justo después, como un martillazo invisible en la nuca.

El mundo se inclinó peligrosamente.

Mis rodillas, que habían soportado el peso de armaduras y golpes de sombras, se convirtieron en agua.

Sentí unos brazos fuertes atrapándome antes de tocar el barro.

El olor a cuero, clavo y bosque me envolvió.

—Eres un cabrón…

—murmuré contra el pecho de Einar, mi voz arrastrando las palabras hacia la oscuridad.

Luego, nada.

El regreso a la consciencia fue lento y confuso.

No había frío, ni olor a sangre, ni el suelo duro de una plaza de ejecución.

Había sábanas suaves, un colchón de plumas que parecía tragarse mi cuerpo dolorido y un aroma a lavanda y pan caliente.

Abrí los ojos.

Estaba en una habitación enorme, con techos altos y vigas de madera oscura.

Las ventanas estaban cubiertas por cortinas de terciopelo pesado que dejaban entrar solo rayos tímidos de luz diurna.

No era una choza; era una obscena muestra de opulencia en un pueblo que moría de hambre.

Giré la cabeza.

En una silla tapizada junto a la ventana, Einar dormía con la cabeza apoyada en el puño, en una postura incómoda de vigilancia.

A sus pies, ocupando casi todo el espacio de la alfombra, Fenrir descansaba hecho un ovillo gigantesco de pelaje negro, subiendo y bajando rítmicamente con cada respiración profunda.

Sentí un toque fresco en mi frente.

—Por fin despierta, mi señora —dijo una voz suave y femenina—.

Empezaba a preocuparnos.

Me giré hacia el otro lado.

Una joven aldeana, con el cabello castaño recogido en una trenza práctica y ojos cansados pero amables, estaba sentada al borde de la cama, retirando un paño húmedo de mi frente.

La miré, confundida, tratando de ubicarme en el tiempo.

—¿Dónde…?

—Estamos en la casa del gobernador…

o lo que era la casa del gobernador —respondió la chica, escurriendo el paño en un cuenco de cerámica—.

Ha dormido por tres días, mi señora.

—¿Tres días?

—intenté incorporarme, pero un mareo repentino me obligó a recostarme—.

Maldición.

Miré hacia la silla donde el cazador roncaba suavemente.

—¿Y él?

—No se ha movido de ahí —susurró la chica con una sonrisa tímida—.

Apenas come.

No le quita la mirada de encima más que para dormir un par de horas, como ahora.

Mi pecho se apretó con algo que no era dolor físico.

—¿El pueblo?

—pregunté, mi instinto de soldado tomando el control.

—Está a salvo, mi señora —respondió ella con firmeza—.

Los lobos…

los amigos de su compañero…

patrullan las calles.

Nadie se atreve a acercarse con malas intenciones.

El oro y las buenas noticias se han repartido entre todos los habitantes que quedamos.

Los ancianos han propuesto hacer un consejo mientras decidimos la forma de gobierno que mejor resulte para nuestro poblado.

La chica me miró con una gratitud que me hizo sentir incómoda.

—Gracias a ustedes podremos sembrar de nuevo.

Comerciar de nuevo.

Nos han dado otra oportunidad, una mucho más valiosa que todo el oro que traían con ustedes.

—Los Carniceros…

la Sombra…

—susurré con urgencia, recordando la viscosidad negra y la regeneración infinita.

Intenté levantarme de nuevo, el pánico arañando mi memoria.

La aldeana me detuvo con una mano suave pero firme en el hombro.

—Debe descansar, mi señora.

Aún no se recupera del todo.

Puede estar tranquila.

Los aldeanos pensaron que los cuerpos de los soldados estaban malditos…

ya sabe, por la cosa esa de las sombras.

Los quemaron a todos en una pira fuera del pueblo.

No queda nada más que ceniza.

Cerré los ojos y exhalé, permitiéndome sentir mi propio cuerpo.

Busqué mi núcleo mágico, esa pequeña esfera de calor en mi pecho.

Estaba allí, pero latía débilmente, como una brasa bajo la lluvia.

Aún no estaba recargado del todo.

No podría usar magia de curación en mí misma todavía sin arriesgarme a otro desmayo.

Abrí los ojos y miré a la chica.

—Gracias…

—dije, esperando su nombre.

—Aeris, mi señora.

Mi nombre es Aeris.

Asentí.

Fue entonces cuando la brisa movió las sábanas y noté la sensación de la tela contra mi piel.

Bajé la vista.

Ya no llevaba mi armadura de cuero y escamas, ni mis pantalones de montar sucios de barro y sangre.

Llevaba solo mi ropa interior y una túnica de seda ligera, casi transparente, que claramente pertenecía a alguna amante del gobernador anterior.

Mi armadura negra estaba apilada, limpia y pulida, en una esquina de la habitación, junto a Venganza.

Un déjà vu de mi despertar en la cabaña del bosque cruzó mi mente.

El calor subió a mis mejillas.

Miré de nuevo a la chica, entrecerrando los ojos.

—Supongo que te debo agradecer el favor de cambiarme las ropas a ti, Aeris.

La chica se sonrojó furiosamente y negó con la cabeza, mirando sus manos.

—No, mi señora.

Su pareja…

—hizo un gesto hacia la silla—.

Él insistió en hacerlo él mismo.

Dijo que…

bueno, que conocía mejor los broches de su armadura.

La indignación me dio la fuerza que la magia no podía.

Me senté de golpe en la cama, ignorando el mareo, tomé el paño húmedo y frío que Aeris acababa de dejar en la mesita y lo arrojé con una puntería letal hacia la silla.

El trapo mojado golpeó a Einar en plena cara con un sonido húmedo.

—¡ERES UN CABRÓN!

—grité.

Einar ni siquiera se sobresaltó.

Su mano se movió rápido, atrapando el paño antes de que cayera al suelo.

Levantó la mirada lentamente, revelando unos ojos oscuros y despiertos que brillaban con diversión.

No había estado dormido.

Se limpió la cara con el mismo trapo y sonrió.

—Buenos días a ti también, bella durmiente.

—¡Me desnudaste otra vez mientras estaba inconsciente!

—le recriminé, cubriéndome mejor con la sábana—.

¡¿Es que no tienes límites?!

Einar se encogió de hombros, poniéndose de pie y estirando los brazos con un crujido de huesos.

—Estabas cubierta de sangre de Sombra, sudor y barro, Aelnora.

Tus heridas se hubieran llenado de podredumbre si te dejaba así.

Además…

—me guiñó un ojo—.

Cuando yo caiga en batalla, tú tendrás el honor de cambiarme y lavarme con esponja.

Considéralo un pago por adelantado.

Por ahora, recupera tus fuerzas y deja de quejarte.

—Cuando recupere toda mi fuerza —respondí, señalándolo con un dedo acusador—, te aplastare esas manos que no saben mantenerse quietas.

Ante la amenaza directa, la montaña de pelaje negro a sus pies se movió.

Fenrir se levantó.

No gruñó.

No aulló.

Simplemente giró su inmensa cabeza hacia mí y me clavó esos ojos amarillos inteligentes.

Era una mirada fija, pesada, que decía claramente: “Cuidado con el tono, elfa.

Él es mío”.

Me quedé quieta bajo la mirada del depredador alfa.

Entendí al instante la devoción absoluta del lobo guardián.

No importaba que yo fuera aliada; Einar era su manada.

Einar soltó una risa suave y le dio una palmada en el flanco al lobo.

—Tranquilo, chico.

Ella solo está siendo…

ella.

Fenrir se alegra mucho de que estés bien, Aelnora.

El lobo pareció aceptar la explicación.

Soltó un resoplido que movió mi flequillo, dio una vuelta en círculo y se recostó de nuevo con un suspiro pesado, volviendo a dormir.

—Bueno…

—dije, bajando la voz y relajando los hombros—.

A mí me alegra que Fenrir le arrancara la mano al idiota que quería apuñalarme.

Dale las gracias de mi parte cuando despierte.

—Se las daré en carne fresca —dijo Einar, acercándose a la cama—.

¿Puedes levantarte?

Hice una evaluación rápida de mi cuerpo.

Dolorida, sí.

Hambrienta, definitivamente.

Pero mis piernas parecían obedecerme.

—Claro que sí.

Estoy bien, solo necesito comer para que mi núcleo mágico se recupere por completo.

Siento que podría comerme un caballo entero.

—Justo lo que tenía en mente —dijo Einar, ofreciéndome una mano para ayudarme a salir de la cama, aunque sus ojos recorrieron descaradamente la túnica de seda—.

No el caballo, claro, pero sí comida de verdad.

Me puse de pie, tambaleándome un poco, pero su agarre fue firme.

—Vamos —dijo él, guiándome hacia donde estaba mi ropa de verdad—.

El pueblo se reunirá en la taberna para comer y beber con nosotros.

Quieren celebrar a sus libertadores.

No los hagamos esperar.

Me detuve un momento antes de dar un paso, frunciendo el ceño mientras mi estómago rugía.

—Espera…

¿y de dónde planeas sacar comida para un pueblo entero, druida?

¿Tus lobos fueron de cacería?

Einar se acercó a la puerta, apoyando una mano en el marco con una mueca de disgusto.

—Los Carniceros…

esos hijos de puta tenían las bodegas a reventar.

Mientras el pueblo comía raíces, ellos tenían carne salada, vino, harina y conservas escondidas.

Un banquete no dejará al pueblo más pobre; créeme, hay suficiente ahí abajo para sobrevivir tres inviernos de asedio.

Abrió la puerta y me miró de nuevo.

—Te dejo para que te cambies.

Aeris puede ayudarte si aún estás adolorida y no puedes levantar los brazos.

De inmediato, la chica se animó, asintiendo con entusiasmo.

—¡Sí!

Le traeré ropas apropiadas para la cena, mi señora.

Algo digno de una libertadora, no…

bueno, no esa túnica de dormir.

Agradecí con un gesto de cabeza.

Aeris salió disparada de la habitación, esquivando a Einar con una mezcla de respeto y miedo reverencial, dejándonos solos.

Bueno, casi solos.

Miré hacia la alfombra.

La montaña de pelo negro seguía allí.

—Hey, Fenrir —dije con voz suave.

El lobo inmenso abrió un ojo, suspiró como si el peso del mundo estuviera en sus hombros, y se levantó despacio, estirando sus patas delanteras con un crujido de articulaciones.

Se quedó mirándome, esperando.

Me crucé de brazos, sosteniendo su mirada amarilla e inteligente.

—Tu amigo —dije, señalando con la barbilla hacia la puerta donde Einar esperaba—, puede ver a través de tus ojos, ¿no es así?

Fenrir no ladró.

No gruñó.

Simplemente me miró con una intensidad casi humana, inclinó la cabeza y soltó un resoplido corto que fue, inequívocamente, una afirmación.

Asintió, y como si entendiera la indirecta, dio media vuelta y caminó hacia la salida con paso elegante, pasando junto al druida.

Einar, atrapado en su propia trampa, soltó una carcajada baja desde el pasillo.

—Elfa astuta —dijo, antes de salir detrás del lobo y cerrar la puerta tras de sí, dejándome por fin, verdaderamente sola.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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