Hierro y Sangre - Capítulo 29
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- Capítulo 29 - 29 Capítulo 29 Vino y Caballeros
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29: Capítulo 29: Vino y Caballeros 29: Capítulo 29: Vino y Caballeros La taberna de Cruce del Sauce no era un lugar refinado, pero esa noche se sentía como el salón de banquetes del palacio imperial.
El calor de la chimenea, el olor a carne asada y el ruido de las risas llenaban el aire, borrando el recuerdo del frío y la muerte que habían gobernado el pueblo horas atrás.
Afuera, a través de las ventanas empañadas, se veían sombras grandes y ágiles moviéndose por las calles.
Fenrir y su manada patrullaban.
Por primera vez en años, los aldeanos no temían a lo que acechaba en la oscuridad; sabían que los monstruos de afuera trabajaban para los monstruos de adentro.
Entré al salón acompañada de Aeris.
La chica había hecho un trabajo…
interesante.
Me sentía extraña, ajena a mi propia piel.
Llevaba un vestido de terciopelo verde bosque, de corte sencillo pero elegante, que se ajustaba a mi cintura y caía hasta el suelo.
No había cuero, ni escamas, ni el peso reconfortante del acero sobre mis hombros.
Solo tela suave y mi propia vulnerabilidad.
Einar estaba recargado en una columna de madera, sosteniendo una jarra de cerveza.
Me vio entrar y se enderezó de inmediato.
Sus ojos oscuros me recorrieron de arriba a abajo, lentamente, sin disimulo.
Su mirada se detuvo un segundo, apenas un latido, en el escote del vestido, donde mis pechos se marcaban más de lo que mi peto de batalla permitía, antes de volver a subir a mis ojos.
—Vaya —dijo, dejando escapar un silbido bajo—.
Aún sin la armadura y con esas ropas de dama…
te ves enorme.
La indignación fue automática.
Cerré el puño y le di un golpe seco en el hombro, lo suficientemente fuerte para que un hombre normal se quejara.
—Tú sí que sabes cómo conquistar a una chica, druida…
—mascullé, pasando de largo hacia la mesa de la comida.
Pero no llegué lejos.
Su mano callosa atrapó la mía, deteniéndome con suavidad, pero con firmeza.
Tiró de mí hasta que quedamos frente a frente.
—Enorme…
e increíblemente hermosa —corrigió él, bajando la voz para que solo yo lo escuchara entre el ruido de la fiesta.
Sentí cómo la sangre me hervía en las mejillas, una mezcla traicionera de deseo y vergüenza que ninguna batalla me había provocado jamás.
Lo miré a los ojos, buscando la burla, pero solo encontré una sinceridad que me desarmó.
Einar sonrió, soltando la tensión del momento, pero no mi mano.
—Prueba el conejo.
No es mejor que mi estofado de campamento, pero sabe increíble.
Me llevó a la mesa como si fuera una dama de la corte y no una mercenaria capaz de aplastar cráneos.
Llenamos los platos y las copas.
Comimos entre la gente, rodeados de granjeros, herreros y madres que lloraban de alegría.
La celebración subió de tono.
El alcohol que Varic y sus hombres habían acaparado ahora fluía libremente, soltando lenguas y relajando hombros tensos.
Bebimos.
Una copa se convirtió en dos, luego en tres.
El calor del vino comenzó a difuminar los bordes de la realidad.
—Podría acostumbrarme a esta vida de héroe —dijo Einar, recargándose en el banco con una sonrisa floja—.
Buena comida, vino gratis y nadie intentando matarme cada cinco minutos.
Asentí, riendo mientras Aeris se alejaba para rellenar mi copa con una jarra de barro.
La miré, luego miré a Einar, y el vino me soltó la lengua.
—Pura mierda, druida —solté.
Einar parpadeó, confundido.
—¿Qué?
—Dije que es pura mierda —repetí, inclinándome sobre la mesa, apuntándole con mi copa—.
Eso de que tú “conoces mejor los broches de mi armadura”.
Es pura mierda.
Solo querías…
Einar dejó su copa en la mesa con un golpe suave, interrumpiéndome.
Su expresión se tornó seria, atravesando la neblina del alcohol.
—Solo quería que estuvieras a salvo, Aelnora —dijo, y su voz no tenía ni rastro de broma—.
No podía confiar a ciegas en Aeris, ni en nadie más en este pueblo, para que estuviera contigo a solas en una habitación.
Sin la protección de tu armadura y tú inconsciente…
eras vulnerable.
Por eso no me separé de ti ni un instante.
Por eso te quité yo la armadura y revisé tus heridas.
Me sostuvo la mirada, intenso.
—Puedes estar tranquila.
No “aproveché” la situación para ver o tocar de más.
No soy esa clase de hombre.
Suspiré, sintiéndome un poco tonta por la acusación, pero al mismo tiempo aliviada.
—Bueno…
no es como si no conocieras ya cada palmo de mi piel desnuda después de lo del baño.
Él rió un poco, recuperando su brillo habitual.
—Lo sé, grandulona.
Lo sé…
Y es una vista que no olvido.
Jugué con el borde de mi copa, mirando el líquido rojo oscuro.
—¿En verdad crees que me veo bien con este vestido, Einar?
—pregunté en un susurro—.
Yo no estoy muy segura.
Lo mío es el cuero y el acero.
No la seda.
Me siento…
disfrazada.
Einar suspiró, negando con la cabeza.
—¿En verdad harás que lo repita, grandulona?
—Tal vez necesito escucharlo un par de veces más…
antes de estar ebria y olvidarlo, así que sí, quiero que lo repitas mientras aún estoy sobria…o casi sobria.
Él sonrió, dio un trago a su vino y me miró con esa intensidad de lobo.
—Te ves hermosa, Aelnora.
Con acero o con seda.
Antes de que pudiera responder o derretirme ahí mismo, Aeris regresó, esta vez con dos ancianos del pueblo detrás de ella.
—Mi señora, disculpe la interrupción.
Los ancianos desean agradecerle ahora que se encuentra mejor.
Einar me dio un empujoncito con el hombro.
—Anda, grandulona.
Báñate de gloria.
Te lo ganaste.
Me levanté, alisando el vestido verde, y fui con Aeris.
Los ancianos, hombres curtidos por el sol y la miseria de Varic, tenían lágrimas en los ojos.
Agradecieron por la libertad, por los lobos que ahora custodiaban sus sueños y, sobre todo, por el oro devuelto.
—¿Qué sigue para los héroes de Cruce del Sauce?
—preguntó uno de ellos.
Tomé aire, sintiendo el peso de la responsabilidad.
—Hemos tomado la Fortaleza de Hielo —anuncié para que todos escucharan—.
La usaremos como centro de operaciones.
Al amanecer, volveremos a marchar hacia allá.
Y de ahí, iremos al siguiente pueblo.
Uno a uno, liberaremos cada asentamiento que Varic haya tomado.
Devolveremos todo el oro posible a sus víctimas y después…
Me detuve.
¿Qué pasaría después?
No lo había pensado.
—Después, nos aseguraremos de que nadie vuelva a ponerles una cadena —concluí.
El anciano asintió y sacó un pequeño objeto envuelto en tela.
—No tenemos mucho, mi señora.
El oro que nos dio es para comer y sembrar.
Pero el platero del pueblo salvó esto de los recaudadores.
Abrió la tela.
Era un broche de plata, simple pero bellamente trabajado, con la forma de una hoja de sauce llorón.
—El sauce se dobla con la tormenta, pero no se rompe —dijo el anciano, prendiendo el broche en mi vestido—.
Usted nos enseñó a levantarnos de nuevo.
Llévelo como recuerdo de que aquí siempre tendrá un hogar.
Agradecí el gesto, conmovida, y prometí honrarlo.
Cuando la pequeña ceremonia terminó y la música volvió a sonar, busqué a Einar entre la multitud para mostrarle el regalo.
Pero ya no estaba.
—¿Dónde está el druida?
—le pregunté a Aeris.
—Lo vi salir de la taberna hace unos minutos, mi señora.
Iba hacia la casa del gobernador.
—Sigan disfrutando la fiesta —le dije a la chica—.
Yo debo descansar un poco más para recuperar mi núcleo mágico y partir al amanecer.
Salí al frío de la noche.
Fenrir levantó la cabeza desde una esquina de la plaza al verme, pero no se movió, dejándome pasar.
Entré a la casa del gobernador.
Subí las escaleras en silencio y empujé la puerta de la habitación donde había despertado.
Ahí estaba Einar.
Sentado en el borde de la cama, con una botella de vino medio vacía en la mano, mirando hacia la oscuridad de la chimenea apagada.
—¿Qué haces aquí solo, lobo amargado?
—pregunté, cerrando la puerta tras de mí.
Él no se giró de inmediato.
Dio un trago largo a la botella.
—Recordando —dijo, su voz ronca.
—¿Qué recuerdas?
Einar suspiró y se pasó una mano por el cabello.
—Recordando lo bien que se siente ayudar a la gente.
Recordando cuando era joven y creía que en el ejército haría el bien, que protegería a los débiles…
Es extraño, Aelnora.
Ahora, enfrentándome a esos mismos soldados, siento que verdaderamente estoy haciendo lo correcto.
Me miró, y vi una tristeza vieja en sus ojos.
—No quiero ensuciar ese sentimiento vanagloriándome con banquetes y aplausos.
Solo quiero…
ayudar.
Sentir que mi fuerza sirve para algo más que sobrevivir.
Me acerqué a él despacio.
El vestido verde susurró contra el suelo.
Me detuve frente a él, entre sus piernas abiertas, y tomé su rostro entre mis manos.
—Has ayudado mucho, Einar —le dije suavemente—.
Más de lo que imaginas.
Me ayudaste a mí.
Me incliné y lo besé.
No fue un beso tímido.
Fue un beso cargado de vino, gratitud y una atracción que ya no podíamos negar.
Einar se tensó por un segundo, sorprendido, pero luego soltó un gruñido bajo y me correspondió, sus manos aferrándose a mi cintura sobre la tela del vestido.
El beso se profundizó.
Sentí su lengua, su sabor a vino y clavo.
El calor en mi vientre se convirtió en un incendio.
Deslicé mis manos por su pecho y luego hacia mis propios hombros.
Bajé lentamente uno de los tirantes del vestido verde, exponiendo mi piel a la luz de las velas, invitándolo a seguir.
La mano de Einar subió rápidamente.
No para tocar, sino para detener.
Su palma caliente cubrió mi hombro desnudo y subió el tirante de nuevo con firmeza.
Se separó de mis labios, respirando agitadamente, con la frente apoyada en la mía.
—No —susurró.
Abrí los ojos, confundida y herida por el rechazo.
—¿Einar?
Él se puso de pie, apartándose de mí como si yo quemara.
—Cuando no haya vino en tu cabeza, grandulona —dijo, su voz tensa, luchando contra su propio instinto—.
No así.
No voy a tomarte cuando estás ebria y agradecida.
Mereces más que eso.
Caminó hacia la puerta sin mirarme.
—Descansa, Aelnora.
Partimos al amanecer.
Salió de la habitación, cerrando la puerta con suavidad.
Me quedé sola en la penumbra, con el corazón latiendo desbocado y la piel erizada donde él me había tocado.
Me dejé caer en la cama, mirando el techo.
—Vaya momento escogió ese cascarrabias para ser un caballero…
—mascullé, golpeando el colchón con frustración.
Me toqué los labios con la yema de los dedos.
Aún podía sentir su beso, la aspereza de su barba, la fuerza contenida.
—¿Qué estoy haciendo?
—me pregunté en voz alta, sintiendo cómo el sueño y el vino me arrastraban—.
¿Qué estamos haciendo?
Me acomode entre sabanas y almohadas, sabiendo que, aunque esta noche dormiría sola, algo fundamental había cambiado para siempre entre el lobo y yo.
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