Hierro y Sangre - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 Capítulo 3 El humo de los malditos
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3: Capítulo 3: El humo de los malditos 3: Capítulo 3: El humo de los malditos El aburrimiento es más doloroso que una costilla rota.
Habían pasado dos días.
Mi cuerpo, alimentado por la magia residual de mi linaje y los caldos espesos de Einar, estaba tejiendo carne y piel a una velocidad que a un humano le tomaría semanas.
Ya podía sentarme sin ver estrellas, aunque ponerme de pie seguía siendo una apuesta arriesgada.
Observé a Einar desde mi rincón.
Estaba sentado en un taburete bajo, encordando un arco nuevo con tendones de ciervo.
Sus manos se movían con una paciencia irritante.
La cabaña era pequeña, pero ordenada con una obsesión militar.
Cada herramienta en su lugar.
Cada arma limpia.
No había adornos, nada personal.
Solo supervivencia.
—Dijiste que desertaste por una aldea —solté, rompiendo el silencio que solo interrumpía el crujido de la leña.
Einar no levantó la vista.
Sus dedos tensaron el tendón.
—Dije muchas cosas anoche.
Tal vez hablaba el cansancio.
—No había vino —repliqué, cruzando mis brazos con cuidado sobre mi pecho—.
Y no pareces el tipo de hombre que inventa historias para impresionar a una elfa moribunda.
Él se detuvo.
Dejó el arco sobre sus rodillas y soltó un suspiro largo, como si el aire en sus pulmones pesara demasiado.
Metió la mano en el bolsillo de su chaleco de cuero y sacó una pequeña bolsa de tela y un papel fino, arrugado.
Con movimientos lentos, casi rituales, comenzó a liar un cigarrillo.
—Clavo —dije, reconociendo el aroma picante de las hierbas trituradas antes de que lo encendiera.
—Ayuda con el frío.
Y con el olor a sangre —murmuró.
Chasqueó los dedos, creando una pequeña llama mágica en la punta de su pulgar para encender el papel.
Dio una calada profunda, cerrando los ojos mientras el humo gris y aromático llenaba el espacio entre nosotros, ocultando su rostro por un segundo.
Cuando exhaló, la dureza en sus ojos se había agrietado.
Solo un poco.
—Era una operación de limpieza en la frontera norte —empezó, su voz bajando de tono, volviéndose áspera por el humo—.
El primer escuadrón entró antes que nosotros.
Su reporte fue claro: todos los civiles evacuados, colaboradores rebeldes ejecutados.
Zona despejada.
Einar giró el cigarrillo entre sus dedos, mirando la brasa roja consumirse con resentimiento.
—Nuestra orden fue “tierra ardiente”.
Quemar las estructuras clave para que los rebeldes no pudieran volver a usarlas.
Un trabajo sencillo.
Sin sangre, solo fuego.
O eso creíamos.
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con la nieve exterior.
Conocía esa eficiencia burocrática del ejército.
Yo misma la había escuchado en los labios de mis superiores en el Templo, una sentencia de muerte disfrazada de procedimiento administrativo: Purificar a través del fuego.
—Rodeamos las casas marcadas —continuó él—.
La herrería, el almacén…
y la panadería.
Lanzamos las antorchas y nos alejamos.
Me quedé allí, montando guardia a las afueras del pueblo, asegurándome de que el fuego hiciera su trabajo.
No escuchamos nada que no fueran las llamas consumiendo madera… una simple misión de limpieza.
Dio otra calada, más larga, más desesperada.
—Al amanecer, entré a verificar los escombros de la panadería.
Según el informe, el panadero pasaba armas de contrabando a los rebeldes y había huido días antes.
—Su mandíbula se tensó—.
Encontré la puerta del sótano.
No estaba bloqueada por vigas caídas ni escombros del incendio, Aelnora.
Levantó la vista y sus ojos negros brillaron con una furia fría.
—Había restos quemados de cajas de suministros apiladas contra la puerta.
Desde fuera.
Estaban colocadas perfectamente para impedir que se abriera.
Tragué saliva, entendiendo al instante.
—Los encerraron —susurré.
—El primer escuadrón mintió.
No huyeron —escupió Einar—.
Los golpearon, los amordazaron para que no pudieran gritar y los arrastraron al sótano como ganado.
Bloquearon la salida y nos dejaron a nosotros el trabajo sucio para ahorrarse el acero y el papeleo de un juicio.
La voz se le rompió, pero continuó, obligándose a sacar el veneno.
—Cuando moví las cajas y abrí la puerta…
el calor todavía golpeaba.
Estaban acurrucados en una esquina.
El panadero…
y su familia.
Carbonizados.
Fundidos en un solo bloque de carne negra.
Se habían agazapado… juntos hasta el final.
Cerró los ojos con fuerza, como si intentara borrar la imagen de sus párpados.
—Y entre los restos de la madre…
vi mechones de pelo dorado que el fuego no había tocado del todo.
Dos niñas pequeñas.
No tendrían más de cinco años.
La madre había intentado protegerlas con su cuerpo.
La imagen golpeó mi mente con la fuerza de un mazo.
Podía verlo.
Podía olerlo.
El silencio volvió, pero ahora estaba cargado de fantasmas.
El humo del clavo flotaba alrededor de su cabeza como una corona funeraria.
Yo había visto la muerte.
Había causado muerte.
Pero la guerra de frente, escudo contra escudo, era una cosa.
Quemar a niños escondidos en un sótano era otra muy distinta.
Einar aplastó el cigarrillo contra la suela de su bota, matando la brasa con una violencia innecesaria.
—Me uní al ejército cuando tenía dieciséis años porque los rebeldes mataron a mis padres en una incursión —dijo, levantándose bruscamente.
Caminó hacia la ventana, dándome la espalda, mirando hacia el bosque nevado—.
Quería justicia.
Quería proteger a otros.
Apoyó la frente contra el vidrio frío.
—Me uní porque perdí a mi familia, Aelnora.
Y deserté el día que el ejército y yo… asesinamos a una.
No supe qué decir.
Mis oraciones al Dios de la Guerra parecían vacías en esa pequeña cabaña.
Justicia, se llamaba mi maza.
¿Qué justicia había en dos niñas de cabello dorado convertidas en ceniza?
—La Corona… te decepcionó —dije finalmente, mi voz suave pero firme—.
Te convirtió en un arma y te fuiste cuando te diste cuenta de que tenías un alma.
Einar no se giró.
Sus hombros subían y bajaban con respiraciones pesadas.
—No tengo alma —dijo él—.
La dejé en ese sótano.
Ahora solo tengo puntería y ganas de que me dejen en paz.
—Einar…
Si no tuvieras alma, yo estaría muerta en la nieve.
Tu familia… habías mencionado un hermano.
—Haces demasiadas preguntas, grandulona.
Te lo dije, lo asesinaron Los Marcados.
A él y a su esposa.
Solo por estar en el lugar y momento equivocado.
Él no era el objetivo… Los Marcados no dejan testigos.
—Necesito salir de aquí —dije, cambiando el foco.
El aire en la habitación se había vuelto irrespirable.
Einar se apartó de la ventana.
Su rostro había vuelto a ser esa máscara impenetrable de piedra y cicatrices.
—No vas a ir a ninguna parte hoy.
Mañana…
mañana veremos si ya puedes caminar sin abrirte las tripas.
Y luego te ayudaré a rastrear a los bastardos que tienen tu anillo.
—¿Me ayudarás?
Él se giró.
Sus ojos se encontraron con los míos y, por primera vez, dejó caer la máscara.
Había hambre en esa mirada.
No solo de supervivencia.
—Tal vez estoy aburrido, elfa.
Tal vez me cansa ver a los imbéciles Marcados salirse con la suya siempre.
—Se encogió de hombros, restándole importancia, pero no apartó la vista—.
O tal vez simplemente quiero ver la cara de quien les haya pagado por matarte cuando una elfa de dos metros regrese reluciente de la tumba para romperle los dientes.
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