Hierro y Sangre - Capítulo 30
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- Capítulo 30 - 30 Capítulo 30 El Ojo del Lobo
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30: Capítulo 30: El Ojo del Lobo 30: Capítulo 30: El Ojo del Lobo El sueño del beso no duró.
No hubo un despertar suave con rayos de sol y el olor a pan recién horneado.
Hubo un estruendo.
Un grito.
Y el olor inconfundible a madera quemada y pánico.
Me incorporé de golpe en la cama, con la cabeza palpitando por el vino de la noche anterior, justo cuando la puerta de la habitación se abrió violentamente, golpeando contra la pared de piedra.
—¡Fuego!
—gritó una voz quebrada por el terror.
Era Aeris.
Pero no la chica tímida que me había servido vino horas antes.
Estaba pálida como un fantasma, temblando incontrolablemente.
Su vestido estaba desgarrado desde el hombro hasta la cintura, apenas cubriendo su piel llena de rasguños y suciedad.
Salté de la cama, ignorando el mareo.
—¿Qué carajo pasó?
—pregunté, acercándome a ella—.
Aeris, tu vestido…
¿qué sucede?
La chica se abrazó a sí misma, tratando de cerrar la tela rota sobre su pecho, sollozando.
—Nos atacaron…
emboscaron a los lobos…
Incendiaron la granja del viejo Finn…
Su voz se rompió en un gemido.
—Uno de los merodeadores que nos atacó…
intentó…
—se quedó en silencio, incapaz de terminar la frase, pero sus ojos llenos de horror lo decían todo.
—Einar…
Fenrir me salvó —logró susurrar finalmente—.
El lobo le arrancó la garganta antes de que pudiera…
La furia me golpeó como un balde de agua helada, despejando la niebla del alcohol al instante.
No perdí tiempo con palabras vacías de consuelo.
Me quité el vestido verde de seda, rasgando los cordones con impaciencia, y se lo puse a Aeris sobre los hombros, cubriendo su vergüenza y su dolor.
—Ponte esto —ordené con voz dura—.
Y quédate aquí.
Me calcé las botas y comencé a ponerme la armadura.
Cuero, malla, placas.
Cada pieza encajaba con un clic metálico que sonaba a promesa de muerte.
Ajusté los brazaletes, sentí el peso familiar del acero y tomé a Venganza.
—¿Dónde está Einar?
—pregunté mientras me dirigía a la puerta—.
Si Fenrir te salvó, él ya debe estar peleando.
Aeris levantó la vista, con lágrimas negras de hollín corriendo por sus mejillas.
—Eran demasiados, mi señora…
Eran soldados profesionales, no bandidos…
La frase me dejó helada por un segundo.
—¿Dónde está Einar?
—repetí, más lento, sintiendo un nudo en el estómago.
—Se lo llevaron —susurró ella.
El mundo se detuvo.
¿Llevarse al druida?
¿A un hombre capaz de convertirse en bestia?
Tuvieron que haberlo tomado por sorpresa, o él se entregó para proteger algo…
o a alguien.
Salí corriendo de la casa del gobernador.
El cielo del amanecer estaba teñido de un naranja enfermizo, no por el sol, sino por las llamas que consumían el horizonte.
Corrí hacia la columna de humo negro que se alzaba desde la granja del viejo Finn.
El camino estaba sembrado de caos.
Aldeanos corrían con cubos de agua.
En el barro, vi los cuerpos de dos ancianos que habían intentado defender sus hogares con herramientas de labranza; yacían en charcos de sangre, cortados por acero militar.
Llegué a la granja en llamas.
El calor era sofocante.
El granero ya era una estructura esquelética de vigas ardientes.
De entre los escombros humeantes, una figura cojeó hacia mí.
Fenrir.
El inmenso lobo negro no se veía majestuoso esa mañana.
Su pelaje estaba chamuscado en parches, y caminaba con dificultad.
Detrás de él, otros dos lobos de la manada yacían muertos, atravesados por lanzas.
Fenrir soltó un aullido bajo al verme, un sonido lleno de dolor y rabia.
Tenía una flecha de plumas rojas clavada profundamente en la cuenca del ojo izquierdo.
La sangre oscura manchaba su hocico y goteaba al suelo.
Me arrodillé frente a él en el barro, sin importarme el calor del incendio cercano.
—Mierda…
—susurré, viendo la gravedad de la herida.
No era profunda en el cerebro, pero el ojo estaba perdido.
—¿Me permites ayudar, chico?
—le pregunté, extendiendo mis manos temblorosas hacia su rostro.
El lobo, a pesar del dolor que debía estarlo volviendo loco, se quedó quieto.
Asintió levemente, confiando en mí.
Confiando en la compañera de su Alfa.
Agarré el astil de la flecha.
No había forma bonita de hacer esto.
—Va a doler.
Tiré con un movimiento seco y rápido.
Fenrir soltó un aullido desgarrador que silenció el crepitar del fuego.
Sangre fresca brotó de la cuenca vacía.
—Sana —invoqué de inmediato, presionando mis palmas brillantes contra la herida.
Mi magia fluyó, cálida y dorada, tejiendo la carne desgarrada, deteniendo la hemorragia y cerrando los vasos sanguíneos.
Sentí cómo el tejido se reparaba bajo mis dedos, pero también sentí el límite de mi poder.
Podía curar la carne, pero no podía restaurar lo que había sido destruido por el acero.
Cuando retiré las manos, la herida estaba cerrada, convertida en una cicatriz limpia.
Pero el ojo…
el ojo estaba allí, intacto en forma, pero completamente gris.
Nublado.
Muerto.
Una perla de niebla en un rostro de oscuridad.
Fenrir parpadeó, sacudiendo la cabeza.
Su visión por el lado izquierdo había desaparecido para siempre, pero seguía en pie.
Más mujeres y los pocos hombres que quedaban en el pueblo llegaron corriendo, sofocando las últimas llamas del granero con tierra y agua.
Uno de los ancianos, con la cara manchada de ceniza, se acercó a mí.
Miró a los lobos muertos y luego a Fenrir tuerto.
—Al parecer, Varic nos seguirá dañando aún desde la tumba —dijo con amargura—.
Sus fantasmas no descansan.
Me puse de pie, limpiando la sangre del lobo en mi pantalón.
—No —dije, mi voz fría y cortante como el viento del norte—.
Esto no fue un fantasma.
Los fantasmas no usan flechas de calidad militar ni se llevan prisioneros.
Apreté el mango de Venganza hasta que mis nudillos se pusieron blancos.
—No lo permitiré.
Acabaré con quien sea que haya hecho esto, así tenga que derribar al Imperio entero piedra por piedra.
Me giré hacia el lobo gigante.
—Fenrir —llamé su atención.
El lobo me miró con su único ojo bueno, amarillo y brillante de ira—.
¿Puedes rastrear a Einar?
El lobo olfateó el aire, cargado de humo y ozono.
Luego, bajó el hocico hacia el suelo, siguiendo un rastro invisible de sangre o esencia que solo él podía percibir.
Levantó la cabeza y señaló hacia el Este, soltando un gruñido profundo que vibró en mi pecho.
—El camino del Este…
—dijo otro de los ancianos, palideciendo—.
Ese camino lleva a las Catacumbas de los Reyes Olvidados.
Más allá, no hay pueblos ni asentamientos en kilómetros.
—Entonces ahí es a donde iré —dije, sin dudar un segundo.
Caminé hacia donde Yunque estaba atado, nervioso por el olor a humo.
Lo solté y monté de un salto.
—Los pocos lobos sobrevivientes volverán a patrullar las calles —ordené a los aldeanos—.
Recojan los cuerpos y los escombros.
Manténganse a salvo.
Fenrir no esperó.
Echó a correr hacia el bosque del Este, una sombra tuerta buscando a su hermano perdido.
Espoleé a Yunque y galopé tras él, dejando atrás el pueblo que habíamos salvado, y adentrándome en la boca del lobo para salvar al único hombre que había logrado, por un breve momento, hacerme olvidar la guerra.
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