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Hierro y Sangre - Capítulo 31

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  4. Capítulo 31 - 31 Capítulo 31 Cenizas en la Garganta
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31: Capítulo 31: Cenizas en la Garganta 31: Capítulo 31: Cenizas en la Garganta El Camino del Este no era un camino; era una cicatriz de tierra muerta que atravesaba el bosque.

Los árboles aquí no tenían hojas, solo ramas negras que parecían dedos esqueléticos intentando arañar el cielo gris.

Yunque galopaba como si el mismo infierno le mordiera los talones, sus cascos levantando terrones de tierra congelada.

Delante de nosotros, Fenrir era una mancha negra, una sombra tuerta impulsada por el dolor y la lealtad, dejando un rastro de sangre que se mezclaba con el barro.

El viento helado me cortaba la cara, secando las lágrimas de rabia antes de que pudieran caer, pero no podía enfriar el incendio que tenía dentro de la cabeza.

Mi mente era una tormenta de ruido blanco y preguntas sin respuesta que gritaban sobre el estruendo de los cascos.

¿Cómo?

Einar no era un hombre cualquiera.

Era un Druida.

Un Alfa.

Tenía la fuerza de un oso y la astucia de un zorro.

Tenía una manada de lobos gigantes a su disposición.

¿Cómo mierda logras someter a una fuerza de la naturaleza así?

¿Magia?

¿Veneno?

¿Traición?

La imagen de la granja de Finn ardiendo se superpuso en mi visión, mezclándose con recuerdos más antiguos y oscuros.

El olor a madera quemada y carne chamuscada que traía el viento no era solo del pueblo que acabábamos de dejar; era el mismo olor de las aldeas fronterizas que yo misma había visto arder bajo el estandarte del Imperio.

Vi caras.

No las de los ancianos de Cruce del Sauce, sino las de aquellos que no pude salvar años atrás.

El fuego era el mismo.

La ceniza sabía igual.

¿Y si no vuelvo a verlo?

La pregunta me golpeó en el pecho, robándome el aire.

Recordé su tacto en el baño.

Su risa ronca.

La forma en que sus ojos se oscurecieron cuando me vio con el vestido verde.

Y ese beso…

ese maldito beso interrumpido por un código de honor estúpido y noble.

“Cuando no haya vino en tu cabeza, grandulona.” —¡Idiota!

—grité al viento, mi voz quebrándose—.

¡Maldito caballero idiota!

La culpa me arañó la garganta.

Si no hubiera bebido tanto…

si hubiera estado alerta…

si hubiera dormido en mi habitación conmigo… si se hubiera quedado… Sentía una picazón insoportable en el pecho, justo sobre el corazón.

Sin darme cuenta, solté una rienda y comencé a rascarme frenéticamente sobre el cuero endurecido de mi armadura.

Mis uñas buscaban piel, buscando arrancar algo que ya no estaba ahí.

Sentía como si el corazón quisiera rajar mi esternón para escapar.

Cada latido era un golpe violento contra las costillas, un animal enjaulado por el miedo que amenazaba con reventarme por dentro.

Me faltaba el aire.

La traición de Varic, la posible pérdida de Einar, la culpa por haber bajado la guardia y el coraje puro…

todo se arremolinaba en mi pecho y en mi mente en una espiral asfixiante.

Era un ataque de pánico, frío y brutal, que me nublaba la vista mientras el mundo pasaba borroso a mi alrededor.

Me rasqué hasta que sentí que el cuero crujía bajo mis guantes.

Quería arrancarme el pecho, sacarme el corazón para que dejara de doler, para que dejara de sentir este miedo paralizante a estar sola de nuevo…¡Basta!

Sacudí la cabeza violentamente, obligándome a respirar.

El aire frío llenó mis pulmones, doloroso y real.

—¡Concéntrate, Aelnora!

—me ordené—.

¡El pánico no salva a nadie!

Alcé la vista, enfocando mi mirada más allá de las orejas de Yunque, buscando la figura de Fenrir.

El lobo se había detenido en la cima de una loma pelada.

Estaba aullando, un sonido silencioso por la distancia.

Espoleé al caballo, obligándolo a subir la cuesta con un último esfuerzo de sus músculos tensos.

Al llegar a la cima, lo vi.

Abajo, en el valle seco que llevaba a las antiguas catacumbas, una nube de polvo se levantaba contra el horizonte gris.

Eran caballos.

Muchos caballos.

Un contingente militar disciplinado, moviéndose a galope tendido, alejándose de nosotros.

No eran bandidos.

La formación era demasiado perfecta.

Las capas rojas y negras ondeaban al viento como lenguas de fuego.

—¡Ahí están!

—gruñí, sintiendo cómo la sangre volvía a circular por mis venas, caliente y letal.

El ataque no había sido hace tanto.

Los teníamos a la vista.

Miré a Fenrir.

El lobo me devolvió la mirada con su único ojo amarillo, brillante de odio puro.

No necesitaba decir nada.

Apreté los talones contra los flancos de Yunque.

—¡Corre!

—le grité al caballo, inclinándome sobre su cuello—.

¡Corre o te juro que te arrastraré yo misma!

Nos lanzamos colina abajo, devorando la distancia.

Yunque galopaba tan rápido como le era físicamente posible, sus cascos resonando como truenos en la tierra dura.

Yo lo seguía espoleando con desesperación, clavando mis talones una y otra vez, sin darme cuenta del daño que le hacía, ciega ante el sufrimiento del animal por la urgencia de alcanzar lo inalcanzable.

Corríamos contra el tiempo, pues la mancha de polvo al frente no parecía acercarse.

Al menos no al principio.

Pero unos kilómetros más adelante notaron nuestra presencia.

La formación enemiga no se detuvo, pero un pequeño grupo se separó del grueso de la columna.

Giraron sus monturas y galoparon directamente hacia nosotros en una carga suicida para interceptarnos.

Cuando la distancia se cerró, pude verlos con claridad.

Eran siete.

Siete jinetes con armaduras de acero completo, brillantes y pesadas, cual caballeros del reino.

Pero no llevaban los colores del Emperador ni el blasón de ninguna casa noble que yo conociera.

En sus petos y escudos, pintado con un rojo violento y brillante, había un solo símbolo: la palma de una mano abierta.

Una mano de sangre.

Los malditos pasaron sobre Fenrir como una avalancha de metal.

No se detuvieron ni intentaron rodearlo; simplemente lo arrollaron.

El impacto hizo girar al lobo en el suelo, golpeado por los cascos, pero la bestia tuerta era puro odio concentrado.

Desde el suelo, Fenrir lanzó una dentellada ciega y logró cerrar sus fauces en el tobillo del último caballo.

Hubo un crujido de hueso y un relincho agónico.

El caballo cayó de bruces, rodando y aplastando a su jinete bajo media tonelada de músculo y armadura.

No tuve tiempo de celebrar.

Los seis restantes estaban sobre mí.

Recibí al primero con un golpe seco de Venganza.

El martillo conectó con su yelmo con un sonido de campana rota, arrancándolo de su montura como si fuera un muñeco de trapo.

Pero el segundo jinete hizo algo que jamás vi en ninguna táctica de guerra, ni en las justas más salvajes del norte.

En lugar de atacarme con su lanza o espada, el imbécil soltó las riendas, se puso de pie en los estribos y saltó desde su propio caballo en pleno galope.

Se lanzó sobre mí como un proyectil humano, un misil de cien kilos de armadura.

El impacto fue demoledor.

Logró derribarme de la silla, sacándome el aire de los pulmones.

Caímos juntos en el camino duro, rodando entre el polvo y los cascos.

Al mismo tiempo, escuché el sonido terrible de carne y hueso chocando a alta velocidad.

Otro de los caballos enemigos, guiado por un fanatismo ciego, chocó de frente contra Yunque.

Mi caballo salió despedido hacia un lado, aturdido y sangrando, relinchando de dolor.

Me puse de pie a duras penas, escupiendo tierra, con Venganza en la mano y la visión borrosa.

Entre el polvo que se asentaba y el caos de los caballos gritando, cinco caballeros de la mano roja desmontaban, desenvainando sus armas en silencio.

La batalla estaba por comenzar y no había tiempo que perder.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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