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Hierro y Sangre - Capítulo 32

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  4. Capítulo 32 - 32 Capítulo 32 Clériga de la Venganza
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32: Capítulo 32: Clériga de la Venganza 32: Capítulo 32: Clériga de la Venganza El polvo se asentaba lentamente sobre el camino del este, cubriendo los cuerpos del primer caballero y su montura, una tumba improvisada de tierra y fracaso.

Me puse de pie, escupiendo una mezcla espesa de saliva y sangre.

El impacto me había sacudido hasta los huesos, pero el dolor era distante, amortiguado por una capa de adrenalina hirviendo que inundaba mi sistema.

A mi alrededor, los cinco caballeros restantes de la Mano Roja desmontaron con una disciplina escalofriante.

No hubo gritos de guerra, ni insultos.

Solo el sonido sincronizado de botas de acero golpeando la tierra dura y el susurro metálico de espadas bastardas y mazas de guerra siendo desenvainadas.

Formaron un semicírculo perfecto, cerrándome el paso, atrapándome entre su acero y el talud del camino.

Sus yelmos cerrados no revelaban nada, pero la insignia roja en sus pechos parecía palpitar, burlándose de mí, burlándose de los lobos muertos y de la granja incendiada.

Creían que esto era una ejecución.

Veían a una mujer sola, derribada, con una armadura de cuero y un martillo que parecía demasiado grande para ella.

No veían la tormenta que se estaba gestando bajo mi piel.

Apreté el mango de Venganza.

El cuero de la empuñadura crujió bajo la presión de mis dedos.

Sentí mi núcleo mágico en el pecho, no como la brasa débil de la noche anterior, sino como un volcán a punto de entrar en erupción, alimentado por la furia pura y destilada de los últimos meses.

Levanté la vista hacia el caballero central, el que parecía dirigir la operación.

—Hacer encabronar a una clériga de la venganza —dije, mi voz saliendo ronca, vibrando con una energía que nunca había sentido—, fue su último error.

No esperé su respuesta.

No les di tiempo de procesar la amenaza.

Liberé el dique.

—¡LUX!

No fue un destello defensivo.

No fue una luz para iluminar el camino.

Fue una explosión de poder solar concentrado que brotó de mi cuerpo en una onda expansiva.

El mundo se volvió blanco absoluto.

No un blanco puro, sino un blanco violento, abrasador, que quemaba las retinas incluso a través de los párpados cerrados.

Los cinco caballeros se tambalearon, cegados al instante, llevándose las manos instintivamente a los yelmos mientras sus monturas, que esperaban más atrás, relinchaban aterrorizadas y huían en estampida hacia el bosque seco.

Yo no estaba cegada.

Yo era la fuente.

Canalicé ese torrente de poder directamente hacia Venganza.

La cabeza del martillo de guerra no solo brilló; se incendió.

El acero rúnico se volvió incandescente, blanco como una estrella moribunda, irradiando un calor tan intenso que el aire a su alrededor trémulo.

Me moví.

No como una guerrera cansada, sino como un espectro de juicio.

El primer caballero a mi derecha estaba tratando de recuperar la visión, parpadeando detrás de la visera.

Fue el primero en caer.

Me lancé hacia él, pivotando sobre mi talón derecho para darle impulso al golpe.

Venganza silbó en el aire, dejando una estela de luz quemante.

El martillo impactó en su costado izquierdo, justo debajo de la axila, donde las placas de la armadura se superponían.

No hubo un simple sonido de metal contra metal.

Hubo un estruendo húmedo, el sonido de la cerámica y la carne siendo pulverizadas simultáneamente.

La armadura no detuvo el golpe; se hundió hacia adentro, deformada por la fuerza bruta y el calor extremo que fundió los remaches al instante.

Sentí la vibración del impacto subir por mis brazos hasta los hombros, una sensación de poder absoluto.

El caballero ni siquiera gritó; el aire fue expulsado de sus pulmones junto con una lluvia de sangre que hirvió al tocar el martillo.

Sus costillas se hicieron añicos, clavándose en sus pulmones y corazón.

Salió despedido tres metros hacia atrás, cayendo como un saco de chatarra inerte.

Los otros cuatro reaccionaron al sonido de la muerte de su compañero.

Dos de ellos, recuperando la vista, cargaron contra mí en un ataque coordinado, uno con espada alta, el otro con una maza baja buscando mis rodillas.

Eran buenos.

Pero yo estaba más allá de la técnica.

Estaba en un estado de gracia berserker.

Bloqueé la espada alta con el mango reforzado de Venganza, desviando la hoja con un chispazo de luz.

El calor de mi martillo calentó su espada al contacto, y vi cómo el caballero soltaba el arma un segundo por la sorpresa del metal ardiendo en sus guantes.

Ese segundo fue todo lo que necesité.

Ignoré al de la maza por un instante y me centré en el espadachín desarmado.

Lancé un golpe ascendente, un uppercut brutal con la cabeza incandescente del martillo directo bajo su barbilla.

El impacto sonó como un trueno.

La fuerza del golpe le levantó los pies del suelo.

Su yelmo se deformó hacia arriba, la visera se incrustó en su propio rostro.

Escuché el chasquido seco de su cuello al romperse.

El calor de Venganza selló el metal del yelmo contra su mandíbula rota.

Cayó de espaldas, muerto antes de tocar el suelo.

El tercer caballero, el de la maza, dudó al ver caer a sus dos compañeros en menos de diez segundos.

Su golpe a mis rodillas perdió fuerza.

Lo esquivé con un paso lateral y respondí con una patada frontal a su rodilla, reforzada con un estallido de luz que hizo crujir la articulación.

El hombre gritó cuando su pierna se dobló en un ángulo antinatural.

Cayó sobre una rodilla, intentando levantar su escudo para protegerse.

No hubo piedad.

No esa día.

Bajé a Venganza en un arco vertical, como un verdugo partiendo leña.

El martillo golpeó el borde superior de su escudo.

El acero del escudo se partió como hielo delgado bajo el calor y la fuerza.

El martillo siguió su trayectoria, impactando en el hombro del caballero, destrozando la clavícula y hundiendo el peto.

El hombre colapsó sobre su propio escudo roto, gorgoteando sangre.

Quedaban dos.

El cuarto caballero, al ver la carnicería, rompió filas.

El miedo pudo más que su entrenamiento.

Dio media vuelta y comenzó a correr pesadamente hacia donde habían estado los caballos, buscando una vía de escape.

—¡Ninguno se va!

—rugí.

Invoqué la luz de nuevo, pero esta vez no como un arma contundente, sino como una lanza.

Un rayo concentrado de magia ofensiva, una jabalina de luz sólida se formó en mi mano libre.

La arrojé con todas mis fuerzas.

El proyectil de luz cruzó la distancia en un parpadeo y atravesó la espalda del caballero que huía, justo entre los omóplatos.

La armadura de placas no ofreció resistencia.

El rayo lo atravesó de lado a lado, quemando carne y hueso, y salió por su pecho antes de disiparse.

El hombre cayó de bruces, deslizándose por el camino de tierra, inerte.

Solo quedaba uno.

El líder.

Estaba parado a unos metros, con la espada en guardia, pero sus manos temblaban.

Podía oler su terror a través del acero, mezclado con el olor a orina y carne quemada que llenaba el aire.

Caminé hacia él.

Despacio.

Dejando que el sonido de mis botas sobre la tierra fuera la única advertencia.

Venganza seguía brillando, goteando luz líquida.

—¿Por quién pelean?

—pregunté, mi voz fría y carente de emoción—.

¿Quién les ordenó cazar al druida?

El caballero no respondió.

En cambio, lanzó un grito desesperado y cargó en un último ataque suicida.

Fue patético.

Paré su estocada con el dorso de mi guantelete, un movimiento casi despectivo.

Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, le di un cabezazo con mi propia frente blindada directo en su visera.

El metal chocó contra el metal, aturdiéndolo.

Soltó la espada y se tambaleó hacia atrás.

No usé el martillo para acabar con él.

Solté a Venganza, dejando que cayera al suelo con un ruido sordo.

Me acerqué al caballero aturdido, lo agarré por las correas del peto con ambas manos y lo levanté ligeramente del suelo, rugiendo con una fuerza que nacía de la desesperación.

Lo arrojé contra el talud de tierra del camino.

Él intentó levantarse, gateando.

Lo agarré por la parte trasera del cuello y golpeé su rostro protegido contra una roca saliente del talud.

Una vez.

El yelmo se abolló.

Dos veces.

La visera se rompió.

Tres veces.

El sonido de hueso rompiéndose reemplazó al del metal.

Seguí golpeando hasta que dejó de moverse.

Hasta que mis propios brazos ardieron por el esfuerzo.

Hasta que la rabia se drenó de mi cuerpo, dejándome vacía y temblando.

Lo solté y retrocedí, jadeando.

El silencio volvió al Camino del Este, solo roto por mi propia respiración irregular y el sonido lejano de los caballos enemigos huyendo en el bosque.

Cinco caballeros de élite.

Destrozados.

Y yo apenas tenía un rasguño, una fina línea de sangres escurría desde mi frente.

La venganza, al parecer, era un combustible poderoso.

La luz de Venganza se apagó lentamente.

Me acerqué y recogí mi martillo, limpiando la sangre y la ceniza en mi pantalón de cuero.

Miré a mi alrededor.

La nube de polvo del ejército principal había desaparecido por completo en el horizonte.

Estábamos solos.

Fui hacia Yunque.

Mi valiente caballo estaba de pie, pero temblaba violentamente.

Tenía una herida fea en el hombro derecho donde el otro caballo lo había embestido; la piel estaba rasgada y el músculo hinchado.

No podía apoyar peso en esa pata.

—Tranquilo, chico…

—susurré, acariciando su morro sudoroso.

Invoqué la poca magia curativa que me quedaba, una luz suave y dorada, muy diferente a la furia blanca de hacía momentos.

Mis manos recorrieron la herida.

La piel se cerró y el sangrado se detuvo, pero el daño interno en el hueso y el tendón era profundo.

No sanaría hoy.

Fenrir se acercó cojeando.

El lobo gigante estaba exhausto.

Se sentó pesadamente sobre sus cuartos traseros, su único ojo bueno mirándome con una inteligencia cansada, mientras la sangre seca marcaba el camino desde su cuenca vacía.

Miré el camino interminable y desolado que se extendía hacia el este, hacia las catacumbas.

Kilómetros de tierra muerta.

Suspiré, sintiendo el peso de la armadura y del día.

Tomé las riendas de Yunque con suavidad, asegurándome de que me siguiera sin forzar su hombro herido.

—Te dije que yo te arrastraría de ser necesario —le dije al caballo, acariciando su cabeza una vez más—.

Jamás podría dejarte, chico.

No después de todo esto.

Empecé a caminar, sintiendo la tierra dura bajo mis suelas.

Detrás de mí, escuché el resoplido de Fenrir mientras se ponía de pie para seguirnos.

—A ti tampoco te abandonaré, Fenrir —dije al aire vacío, mi determinación endureciéndose con cada paso—.

Ni a ti…

ni a Einar.

Éramos un trío lamentable: una clériga asesina a pie, un caballo cojo y un lobo tuerto.

Pero mientras el sol luchaba por atravesar las nubes grises, supe que ninguna fuerza en este mundo o en el otro nos detendría hasta encontrar lo que nos habían robado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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