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Hierro y Sangre - Capítulo 33

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  4. Capítulo 33 - 33 Capítulo 33 El Peso de la Promesa
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33: Capítulo 33: El Peso de la Promesa 33: Capítulo 33: El Peso de la Promesa El silencio después de la batalla fue más pesado que el acero de mi armadura.

Caminamos durante horas.

El sol, un disco pálido y enfermo tras las nubes de invierno, comenzó a descender, alargando nuestras sombras sobre la tierra estéril.

Cada paso era una tortura.

No para mí —mi cuerpo de Clériga estaba entrenado para marchas forzadas—, sino para mis compañeros.

Yunque cojeaba visiblemente, resoplando de dolor cada vez que su casco derecho tocaba el suelo.

La magia había cerrado la herida superficial, pero el músculo seguía desgarrado por dentro.

Fenrir no estaba mejor; el lobo caminaba con la cabeza baja, su único ojo bueno entrecerrado por el agotamiento y la pérdida de sangre sufrida antes de mi intervención.

El hambre comenzó a arañarme el estómago.

En mi prisa ciega por salir de la casa del gobernador, no había tomado nada.

Ni agua, ni carne seca, ni una manta.

Nada.

Solo acero y rabia.

Y la rabia no llenaba el vientre.

Cuando la luz comenzó a morir y el viento helado del este se volvió cortante como navajas, me detuve.

Miré hacia el horizonte oscurecido.

Sabía que Einar estaba allá adelante, en algún lugar, quizás siendo torturado, quizás ya muerto.

Mi instinto gritaba: corre.

Podía dejar a los animales aquí.

Podía correr sola a través de la noche, llegar a las catacumbas antes del amanecer y matar a todo lo que se moviera.

Pero miré a Yunque, temblando de frío y dolor.

Miré a Fenrir, que se dejó caer en el suelo en el momento en que me detuve, lamiéndose la pata.

Si los dejaba, morirían.

Los lobos carroñeros o el frío los acabarían antes de que saliera el sol.

—Mierda…

—susurré, cerrando los ojos.

Recordé la voz de Einar.

“No me separé de ti ni un instante”.

Él no me había dejado cuando yo era una carga inútil e inconsciente.

—No voy a correr —dije en voz alta, clavando el talón de mi bota en la tierra—.

Acampamos aquí.

Obviamente, no hubo objeciones.

Busqué refugio bajo un saliente de roca que ofrecía una protección miserable contra el viento.

No había mucha leña, solo arbustos secos y raíces muertas.

Usé una chispa de magia menor —un chasquido de mis dedos— para encender una fogata precaria.

El fuego era pequeño, apenas suficiente para calentar nuestras manos y hocicos, pero era luz.

Nos sentamos alrededor de las llamas débiles.

El sonido de nuestros estómagos rugiendo era el único ruido en kilómetros.

De repente, Fenrir levantó la cabeza.

Su oreja izquierda giró, captando un sonido que yo no podía oír.

A pesar de su estado, el instinto depredador seguía intacto.

El lobo se levantó despacio, se deslizó hacia la oscuridad fuera del círculo de luz y desapareció.

Esperé, tensa, con la mano en el martillo.

Minutos después, volvió.

No traía un ciervo ni un jabalí; la tierra estaba muerta.

En sus fauces colgaba un zorro famélico, con el pelaje rojizo opaco.

Era poco, pero era vida.

Fenrir dejó la presa a mis pies y me miró con su ojo único.

Entendí el mensaje.

Saqué mi daga.

Con movimientos rápidos y precisos, desollé al animal.

No desperdicié nada.

Usé mi yelmo como cuenco improvisado para recoger la sangre caliente mientras destazaba la carne.

La escena habría horrorizado a los nobles de la capital.

Acerqué el yelmo lleno de sangre oscura y espesa al hocico de Yunque.

Los caballos no comen carne, pero en la guerra y en el invierno profundo, la sangre es sal y es líquido.

El animal, movido por la desesperación, bebió.

Fenrir lamió lo que quedó, limpiando el metal.

Ensarté la carne fibrosa del zorro en una rama verde y la puse directo sobre las brasas.

No había sal, ni especias.

Solo carne chamuscada por fuera y cruda por dentro.

Comí con voracidad, ignorando el sabor almizclado, sintiendo cómo la energía volvía a mis músculos.

Le di los huesos y las sobras a Fenrir, que los trituró con un crujido satisfactorio.

Con el estómago algo lleno, sentí mi núcleo mágico vibrar.

La comida y el breve descanso habían permitido que se recargara lo suficiente para una segunda ronda.

—Ven aquí, chico —le susurré a Yunque.

Puse mis manos sobre su hombro herido.

Esta vez, la luz fue más fuerte, más profunda.

Sentí cómo el tendón se tejía de nuevo, cómo la inflamación bajaba.

El caballo suspiró y apoyó peso en la pata por primera vez en horas.

Hice lo mismo con la cuenca vacía de Fenrir, asegurándome de que no hubiera infección.

Nos acurrucamos juntos.

Yo en el centro, con la espalda contra el flanco caliente del caballo y el lobo gigante enroscado a mis pies, actuando como una manta viva.

El frío intentó mordernos, pero la manada se mantuvo unida.

El amanecer llegó gris y sucio, pero nos encontró vivos.

Nos levantamos entumecidos.

Comimos lo poco que quedaba del zorro frío y bebimos agua de un charco medio congelado.

Pero cuando nos pusimos en marcha, el trío lamentable ya no lo parecía tanto.

Yunque caminaba con firmeza.

Fenrir trotaba con una nueva determinación sombría.

Y yo…

yo tenía el objetivo claro.

Caminamos durante toda la mañana, devorando kilómetros de desolación.

Cerca del mediodía, el paisaje cambió.

Los árboles secos desaparecieron por completo, dando paso a una llanura de roca volcánica y ceniza antigua.

Y entonces, las vimos.

Al final del valle, incrustadas en la base de una montaña negra que parecía una calavera, estaban las Catacumbas de los Reyes Olvidados.

No eran una simple cueva.

Eran una estructura monumental tallada en la propia roca, con columnas inmensas y desgastadas por los siglos que flanqueaban una entrada oscura y bostezante.

Estatuas de reyes sin rostro vigilaban el umbral, cubiertas de musgo negro y líquenes rojos.

El lugar apestaba a muerte antigua y magia rancia.

Pero también había algo más reciente: el rastro de cientos de caballos y el humo de antorchas.

Me detuve, mirando la entrada al inframundo.

—Ahí estás —murmuré, apretando los dientes—.

Aguanta un poco más, druida.

Ya llegué.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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