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Hierro y Sangre - Capítulo 34

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  4. Capítulo 34 - 34 Capítulo 34 El Precio de la Paz
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34: Capítulo 34: El Precio de la Paz 34: Capítulo 34: El Precio de la Paz (Einar POV) El aire frío de la noche me golpeó la cara en cuanto salí de la casa del gobernador, pero no fue suficiente para enfriar la sangre que me hervía bajo la piel.

Caminé por las calles de Cruce del Sauce, maldiciendo en voz baja.

Mis manos todavía recordaban la textura de su piel, el calor de su hombro desnudo bajo mi palma.

Haberla rechazado había sido lo correcto —un acto de honor, de respeto—, pero mi cuerpo de hombre y mi instinto de lobo aullaban en protesta, llamándome idiota a cada paso.

—Se necesita vino en la cabeza para olvidar…

—mascullé, pateando una piedra.

Me detuve en la plaza.

Todo estaba en calma.

Las pocas antorchas que quedaban encendidas iluminaban casas que ya no eran prisiones.

No había gritos, no había llanto.

Solo el silencio de la paz.

Respiré hondo.

Por primera vez en años, el aire no sabía a ceniza ni a miedo.

Se sentía…

bien.

Habíamos hecho algo bueno aquí.

No era solo sobrevivir, no era solo matar por oro.

Era justicia.

Y esa sensación era más embriagadora que cualquier vino de la bodega de Varic.

—Quizás la elfa tenga razón —le dije a la noche—.

Quizás este camino de héroe no sea tan malo.

Un gruñido bajo me sacó de mis pensamientos.

Fenrir emergió de las sombras de un callejón, con las orejas pegadas al cráneo y el pelaje del lomo erizado.

No era un saludo.

Era una advertencia.

—¿Qué pasa, chico?

—pregunté, mi mano yendo instintivamente a la empuñadura de mi espada.

El lobo giró y comenzó a trotar hacia las afueras, hacia la granja del viejo Finn.

Lo seguí.

Había movimiento allí, sombras que no encajaban con el viento.

Llegamos al granero.

La puerta estaba entreabierta.

Fenrir entró primero, olfateando el aire cargado de paja seca y algo más…

algo metálico.

—¿Hay alguien ah…?

No terminé la frase.

El silbido fue apenas audible.

Thwack.

Fenrir soltó un aullido corto y cayó al suelo, sacudido violentamente.

Una flecha de plumas rojas estaba clavada profundamente en su ojo izquierdo.

—¡NO!

—grité, lanzándome hacia él.

Pero antes de que pudiera tocarlo, las sombras del granero cobraron vida.

No eran fantasmas.

Eran hombres.

Al menos veinte figuras emergieron de los rincones oscuros, ballestas cargadas y espadas desenvainadas, apuntándome a la cabeza.

—Muy astutos…

—gruñí, levantando las manos lentamente, evaluando mis opciones.

Eran demasiados para pelear sin armadura y con Fenrir herido—.

Lograron evadir mi instinto de caza.

—Es fácil preparar la batalla cuando conoces al enemigo, druida —respondió una voz desde el fondo.

Un hombre alto, vestido con una túnica sobre una armadura ligera, dio un paso adelante.

En su pecho llevaba un símbolo pintado en rojo sangre: una palma abierta.

—Alguien del pueblo envió un cuervo pidiendo nuestra intervención —dijo el hombre con una sonrisa torcida—.

Parece que no todos están felices con sus “libertadores”.

Me quedé helado.

¿Traición?

¿Después de todo lo que hicimos?

—¿Hay alguien tan imbécil que quiere de vuelta esa mierda de Imperio aquí?

—escupí con desprecio.

El hombre rió suavemente.

—Imperio no, druida.

Religión.

Somos la Inquisición de la Palma Roja.

Y venimos en busca de la Clériga que ha roto sus sagrados juramentos.

La hereje Aelnora.

Mis músculos se tensaron.

Iban tras ella.

—Preferiríamos no derramar sangre de más —continuó el inquisidor, haciendo un gesto a sus hombres—.

Así que tienes dos opciones, sucio Cambiapieles.

Vienes con nosotros voluntariamente para que ella corra tras de ti hacia nuestra trampa…

o mueres aquí mismo y quemamos el pueblo entero para obligarla a salir.

Miré a Fenrir, que yacía en la paja, gimiendo de dolor, con sangre manchando su hocico.

Luego miré hacia el pueblo dormido.

Una imagen del pasado me golpeó como un mazo: el sótano de una panadería en llamas, el olor de los cuerpos carbonizados, el peso de la carne quemada que nunca se iba de mis manos.

Yo había causado eso una vez.

No podía permitir que pasara de nuevo.

No a esta gente.

No a Aeris.

No a Aelnora.

Apreté los dientes hasta que me dolieron.

—Vámonos —dije, bajando las manos—.

Deja al pueblo en paz.

Dos inquisidores se acercaron y me golpearon en las costillas antes de encadenarme las manos con grilletes cargados de magia corrupta.

El contacto con el metal quemó mi piel y suprimió mi magia al instante.

El líder asintió.

—Bien.

Pero no podemos dejar cabos sueltos.

Lanzó una antorcha encendida sobre un montón de paja seca cerca de donde yacía Fenrir.

—¡Ese no era el trato!

—grité, tratando de liberarme, pero tres hombres me sujetaron—.

¡El lobo no!

—Es mejor así —dijo el líder con frialdad—.

Que ya no sufra más el animal.

Y el fuego…

bueno, el fuego siempre purifica.

Me arrastraron fuera del granero mientras las llamas comenzaban a lamer las paredes de madera.

Fenrir se quedó adentro, inmóvil.

Al salir, dos ancianos que habían escuchado el ruido se acercaron por el camino, con faroles en las manos.

—¿Qué sucede?

—preguntó uno, el viejo Finn.

Sin detenerse, el inquisidor líder hizo una seña.

Dos saetas volaron.

Los ancianos cayeron al barro con las gargantas atravesadas.

—¡Malditos hijos de perra!

—rugí—.

¡Dijeron que no habría sangre!

Me golpearon en la boca con el pomo de una espada, rompiéndome el labio, y me colocaron una mordaza de cuero apretada.

—El trato era no quemarlo todo —susurró el líder en mi oído—.

Ahora cállate.

Si más gente nos ve, más gente morirá.

El fuego en el granero crecía, iluminando la noche.

Comenzaron a arrastrarme hacia el bosque.

Fue entonces cuando la vi.

Por uno de los callejones laterales, Aeris caminaba con paso vacilante, atraída por la luz del incendio.

Se detuvo en seco al ver a los hombres armados y a mí encadenado.

Uno de los inquisidores se detuvo y sonrió lascivamente bajo su capucha.

—Vaya, una ovejita perdida.

—Yo me encargo —dijo el soldado, desenvainando un cuchillo.

El líder se detuvo un momento y miró a la chica aterrorizada.

—Diviértete —dijo con indiferencia—.

Pero que no muera.

Necesitamos que alguien le dé el mensaje a la hereje.

Que sepa lo que le espera.

El soldado asintió y avanzó hacia Aeris, arrinconándola contra la pared del granero en llamas.

Ella gritó, pero el sonido se perdió en el rugido del fuego.

Yo tiré de las cadenas, desesperado, ahogándome en mi propia impotencia.

Iba a violarla frente a mí y yo no podía hacer nada.

El soldado rasgó el vestido de la chica.

De repente, la pared de madera del granero estalló hacia afuera en una lluvia de ascuas y astillas.

Una sombra inmensa y humeante saltó a través del fuego.

Fenrir.

El lobo, con el ojo destrozado y el pelaje ardiendo en parches, no estaba muerto.

Estaba furioso.

Cayó sobre el soldado que atacaba a Aeris.

Sus fauces se cerraron en el hombro del hombre y tiró de él con una fuerza brutal, arrastrándolo hacia el interior del infierno que era ahora el granero.

El grito del soldado fue inhumano mientras desaparecía entre las llamas, devorado por el fuego y la bestia.

Aeris, en estado de shock, miró al pelotón de la Inquisición, me miró a mí con los ojos desorbitados, y luego echó a correr hacia la casa del gobernador.

El líder inquisidor chasqueó la lengua, molesto.

—No es lo que esperaba…

pero funciona.

¡Vámonos!

Me empujaron hacia la oscuridad del bosque.

Mientras caminábamos, notaron movimiento detrás.

Sabían que los lobos sobrevivientes o la propia Aelnora vendrían pronto.

—Tú, quédate con tu escuadrón —ordenó el líder a uno de sus caballeros de élite—.

Prepara una emboscada en el camino.

Veremos si tu Clériga es tan fuerte como dicen las leyendas.

El caballero asintió y se quedó atrás con un par hombres más para encargarse de mis lobos.

El líder se giró hacia mí, agarrándome del cabello y obligándome a mirarlo a los ojos mientras seguíamos avanzando hacia las catacumbas.

—Veremos si tu amor vale tanto dolor, druida —susurró—.

Porque te prometo que gritarás su nombre hasta que no tengas voz.

Antes de que pudiera intentar cabezearlo, sentí un golpe demoledor en la nuca.

El mundo se apagó.

Desperté con el sabor a sangre vieja en la boca y un dolor agudo en las muñecas.

Abrí los ojos.

Estaba oscuro, húmedo y olía a moho y muerte antigua.

Estaba en un sótano profundo.

Frente a mí, entre las sombras, ojos rojos me observaban.

Y supe, con la certeza de quien ha visto el infierno, que la verdadera pesadilla acababa de comenzar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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