Hierro y Sangre - Capítulo 35
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- Capítulo 35 - 35 Capítulo 35 La Palma Roja
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35: Capítulo 35: La Palma Roja 35: Capítulo 35: La Palma Roja Mis brazos estaban abiertos, atados a los travesaños de una cruz de madera podrida.
Los grilletes de magia corrupta en mis muñecas ardían contra la piel, cortando mi conexión con la naturaleza, dejándome solo con mi carne mortal y mi dolor.
El encapuchado estaba frente a mí, limpiándose las uñas con una daga pequeña.
—Cuando Aelnora llegue —dije, escupiendo sangre acumulada en mi boca—, tu jefe deseará no haber nacido.
El hombre se detuvo y soltó una risita seca, sin mirarme.
—El jefe no está aquí, imbécil.
Él tiene asuntos más importantes que atender con el Alto Consejo.
Solo unos cuantos afortunados nos quedamos atrás para acabar con ella.
—Si creen que pueden acabar con ella, son más idiotas de lo que parecen —gruñí, tirando inútilmente de las cadenas—.
Y tu jefe es más cobarde de lo que pensaba.
El hombre se movió rápido.
En un parpadeo, estaba sobre mí.
Presionó la punta de su daga contra mi pecho desnudo, justo sobre el esternón.
Empujó despacio, rompiendo la piel, hasta que un hilo de sangre caliente corrió por mi abdomen.
—No estás en posición de hacerte el rudo, cambiapieles.
Le escupí en la cara.
Una mezcla de saliva y sangre le dio en el ojo.
Su respuesta fue mecánica.
Guardó la daga y me lanzó una serie de puñetazos al rostro.
Uno.
Dos.
Tres.
Sentí cómo mi pómulo crujía y la oscuridad amenazaba con llevarme.
Bajé la cabeza, mareado.
—Oh, no, no, no —dijo el encapuchado, agarrándome del mentón—.
No es hora de dormir.
Apenas nos vamos a divertir.
Tomó un cubo de madera y me arrojó el contenido en la cara.
Agua helada, sacada de algún pozo profundo.
El choque térmico me obligó a jadear, sacudiendo la cabeza, mis sentidos alerta de nuevo por puro instinto de supervivencia.
Busqué posibles salidas con la mirada borrosa.
Paredes de piedra.
Antorchas humeantes.
Una única puerta de roble reforzado frente a mí.
Y detrás de la cruz, nada más que sombra y muro.
La única salida era a través de mi captor.
Intenté mover un brazo, pero la magia quemó mis muñecas y mis pies estaban atados firmemente a la base de la cruz.
—¿Qué planean hacer, maldito loco?
—pregunté.
El hombre se dio la vuelta y caminó hacia una mesa de trabajo llena de herramientas oxidadas.
—Yo planeo divertirme hasta el amanecer.
Si de alguna forma la Clériga sobrevivió a la emboscada en el camino…
le tendré aquí una increíble sorpresa.
Una obra de arte hecha con tu carne.
Regresó con un clavo de hierro largo y grueso en una mano y un martillo pesado en la otra.
Mis ojos se abrieron de par en par.
—No…
Sin dudarlo, tomó mi mano izquierda, la aplanó contra la madera podrida de la cruz y colocó la punta del clavo en el centro de mi palma.
El primer golpe del martillo fue el sonido más fuerte que había escuchado en mi vida.
El metal atravesó piel, músculo y tendones, raspando contra los huesos metacarpianos antes de morder la madera.
Mi grito fue desgarrador, un sonido animal que rebotó en las paredes de piedra.
Mi cuerpo se convulsionó, tratando de alejarse del dolor, pero el clavo me mantuvo fijo, anclado a mi tortura.
El encapuchado rió, admirando su trabajo.
—¿Cuántas flechas ha sostenido esta mano, druida?
—preguntó, acercando su rostro al mío, sus ojos brillando con fanatismo enfermo—.
¿Cuántas veces has tocado la sucia vagina de la hereje con estos dedos?
La acusación, vulgar y sucia, encendió una ira blanca en mi cerebro que superó el dolor de la mano clavada.
—¡Cierra la boca!
—¿Será acaso que estos dedos han entrado en la puta Clériga?
—continuó, disfrutando de mi reacción—.
¿La has profanado así?
Lo miré con odio puro, deseando tener mis colmillos para arrancarle la garganta.
—Te arrepentirás de tus palabras, bastardo.
Te juro que te mataré.
Me golpeó de nuevo en el rostro, un revés despreciativo, y regresó a su mesa.
Esta vez trajo unas pinzas de herrero.
Se acercó a mi mano clavada, inmovilizada y palpitante.
Tomó mi dedo índice con delicadeza.
—Seguramente han tenido sexo rudo, salvaje, profano.
En ese caso…No queremos que le rasguñes el culo a tu puta, ¿o sí?
Te ayudare para que no puedas lastimarla en sus obscenos actos carnales.
Apretó las pinzas sobre mi uña.
Y tiró.
No fue un tirón rápido.
Fue lento, pausado, dejando que la carne se desgarrara milímetro a milímetro hasta que la uña se desprendió de raíz.
Grité hasta que mi garganta se sintió como si hubiera tragado vidrio.
Estuve a punto de desmayarme, de dejarme ir al vacío negro, pero otro balde de agua helada me golpeó, seguido de una bofetada que hizo zumbar mis oídos.
—¡Despierta!
—ordenó.
Volvió a la mesa y regresó con unas tijeras de podar, grandes y oxidadas.
Volvió a tomar mi dedo índice, ahora una masa sanguinolenta en la punta.
—Estos dedos guiaron flechas a los cráneos de los verdaderos seguidores de los dioses —susurró como si estuviera rezando—.
Estos dedos guiaron a la Clériga al pecado.
Este dedo no volverá a hacerlo.
Colocó las tijeras justo debajo del nacimiento de la uña que acababa de arrancar.
En la primera falange.
Crak.
El hueso cedió.
El trozo de dedo cayó al suelo sucio.
Seguí retorciéndome, maldiciendo a sus dioses, a su madre y a su estirpe, mientras las lágrimas de dolor se mezclaban con el agua helada en mi cara.
Las horas siguientes se convirtieron en una neblina de agonía.
Otros soldados entraron al sótano.
Se reían, bebían vino barato y, como burla final a mi dignidad de Alfa, se turnaron para orinar sobre mis pies atados mientras el encapuchado afilaba sus cuchillos.
Después de un tiempo que me pareció eterno, el líder de la tortura se acercó de nuevo.
Me tomó del cabello empapado y tiró mi cabeza hacia atrás.
—Dime, animal…
¿cuántas veces has follado a la grandulona?
—preguntó con curiosidad genuina—.
¿Fornica mejor de lo que pelea?
Reuní la poca fuerza que me quedaba en el cuello y lancé un cabezazo hacia atrás.
Mi frente chocó contra su nariz, pero estaba demasiado débil.
Apenas logré hacerlo retroceder un paso.
El encapuchado se tocó la nariz, fingiendo dolor.
—Lo siento, lo siento…
—dijo con tono burlón—.
¿Toqué una fibra sensible?
¿Será acaso que ella te coge a ti?
En ese caso…
definitivamente no necesitas el dedo.
Volvió a tomar lo que quedaba de mi índice mutilado.
Colocó las tijeras en la segunda falange.
Crak.
Cortó de nuevo.
Y antes de que pudiera recuperar el aliento, presionó una daga al rojo vivo contra el muñón expuesto para cauterizar la herida.
El olor a mi propia carne quemada llenó mis pulmones, haciéndome arcadas mientras gritaba.
—Tranquilo, tranquilo…
no morirás esta noche —me susurró al oído—.
Si ella llega al amanecer, primero la torturaré a ella frente a ti.
Verás cómo monto su cuerpo antes de que se enfríe, cuando no quede más de ella que un trozo de carne putrida.
Entonces…
entonces te permitiré morir.
—Cuando ella llegue…
—jadeé, con la voz rota— tu cabeza adornará esta cruz, maldito imbécil.
—No me gusta esa actitud.
Me pateó con fuerza en la entrepierna.
El dolor fue tan agudo que me dejó sin aire, incapaz siquiera de gritar más maldiciones.
Pasaron más horas.
El silencio del sótano solo se rompía por mi respiración entrecortada.
El encapuchado volvió a golpearme la cara para despertarme.
Levanté la vista apenas pudiendo ver entre la hinchazón de los párpados y la sangre seca.
—Casi amanece —dijo, mirando hacia la puerta—.
Hora de decorar el regalo para la hereje.
Se colocó un guantelete extraño.
Por fuera era de metal liso, pero por dentro parecía tener muchas capas de piel y lana gruesa.
Caminó hacia el brasero donde calentaba sus hierros y metió la mano enguantada directamente en el fuego.
Esperó.
Veía la tensión en su mandíbula; el calor debía ser intenso incluso a través de la protección, pero no la retiró hasta que el metal exterior comenzó a brillar con un tono cereza oscuro.
Caminó hacia mí.
—Una marca de propiedad —dijo.
Puso su mano al rojo vivo sobre mi rostro.
La palma abierta cubrió desde mi mejilla izquierda, cruzó mi nariz y llegó hasta la frente.
El metal hirviendo se encontró con la piel.
No hubo grito.
El sonido se quedó atrapado en mi garganta, ahogado por la intensidad del dolor que sobrepasó cualquier límite que mi mente pudiera procesar.
Me sacudí violentamente contra la cruz, casi arrancando el clavo de mi mano izquierda por la fuerza de los espasmos.
Me estaba tatuando una palma roja indeleble en la cara.
Cuando por fin quitó la mano, sentí que la mitad de mi rostro seguía ardiendo.
Me arrojó otro balde de agua, pero esta vez el alivio fue mínimo.
—Perfecto —dijo, admirando la quemadura atroz.
Entonces, sucedió.
Un estruendo lejano.
El sonido inconfundible de metal contra piedra.
Gritos ahogados.
El ruido de una batalla en la entrada de las catacumbas.
El encapuchado sonrió de oreja a oreja, una expresión demencial.
Me agarró del cabello de nuevo y, en un acto que me revolvió el estómago, pasó su lengua por mi mejilla quemada, saboreando el suero y la piel muerta.
—Parece que tu puta está aquí —rió.
Una luz con un brillo increíble se filtró por debajo de la puerta del sótano.
Magia de luz.
Magia sagrada.
—Hora de partir —dijo el hombre.
Caminó hacia la parte trasera de la cruz, hacia la pared de piedra que yo creía sólida.
—Dale mis saludos a la hereje.
Y dile que esto fue solo el preludio, cuando te vuelva a ver, te arrancare las pelotas.
Escuché el ruido de roca contra roca moviéndose.
Un mecanismo oculto.
Un click.
Y luego, pasos que se alejaban en la oscuridad de un túnel secreto.
Quedé solo en el silencio, jadeando, colgando de mis heridas.
Pasaron unos minutos eternos.
¡BOOM!
La puerta frontal voló en pedazos, destrozada por un impacto masivo.
La luz dorada inundó el sótano, cegándome por un instante.
Entre el polvo y el brillo, una figura entró.
Estaba cubierta de sangre ajena de pies a cabeza.
Su armadura de cuero estaba empapada en rojo, su cabello blanco revuelto y sucio.
Venganza goteaba en su mano.
A su lado, una bestia negra cojeaba, con un brazo humano cercenado aún apretado en sus fauces.
Aelnora se detuvo al verme.
Sus ojos se abrieron con un horror que rompió su máscara de furia.
Vio la sangre.
Vio la mano clavada.
Vio el dedo mutilado.
Vio la marca en mi cara.
—¡EINAAAR!
Su grito fue puro dolor.
Intenté sonreír, intenté decirle que estaba vivo, pero la oscuridad finalmente me reclamó.
Mi cabeza cayó hacia adelante y me dejé ir.
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