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Hierro y Sangre - Capítulo 36

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  4. Capítulo 36 - 36 Capítulo 36 Carne y Clavos
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36: Capítulo 36: Carne y Clavos 36: Capítulo 36: Carne y Clavos (Narra Aelnora, la noche anterior) Las Catacumbas de los Reyes Olvidados bostezaban ante nosotros como las fauces de una calavera de piedra negra.

El aire que salía de la entrada olía a incienso rancio, podredumbre y algo metálico que hizo que los pelos de mi nuca se erizaran: sangre fresca.

Me detuve un segundo frente al umbral.

Fenrir estaba a mi lado, respirando con dificultad, su único ojo bueno fijo en la oscuridad.

Yunque esperaba atado a un árbol seco unos metros atrás; esto no era terreno para cascos.

—Están esperándonos —le dije al lobo, apretando el mango de Venganza hasta que mis guantes crujieron—.

El rastro de sangre termina aquí.

No hubo necesidad de planear una estrategia.

La estrategia era simple: matar a todo lo que se interpusiera entre Einar y yo.

Di el primer paso hacia la oscuridad.

Apenas crucé el arco de entrada, las sombras se movieron.

Cuatro figuras con armaduras ligeras y túnicas rojas salieron de los nichos funerarios, bloqueando el pasillo principal.

Ballestas alzadas.

—La hereje —siseó uno.

No les di tiempo de disparar.

—¡Lux!

—grité, liberando un destello cegador desde mi mano libre.

Las saetas volaron a ciegas, repiqueteando inofensivamente contra las paredes de piedra y mi hombrera.

Antes de que pudieran recargar, Fenrir fue una mancha negra de violencia.

El lobo saltó sobre el guardia de la izquierda, cerrando sus mandíbulas en el cuello del hombre con un crujido húmedo que resonó en el túnel.

Yo me encargué de los otros tres.

Cargué con el hombro por delante, usando mi peso y la inercia de la armadura como un ariete.

Choqué contra el guardia central, lanzándolo contra la pared de roca.

Su coraza se abolló con el impacto.

Sin detenerme, giré a Venganza en un arco bajo.

El martillo trituró las rodillas del tercer guardia.

El cuarto intentó sacar una espada corta.

Fue un error.

Solté el martillo un instante para agarrar su muñeca, torciéndola hasta que el hueso cedió, y le clavé su propia espada en la garganta, justo sobre el borde de la tráquea.

Sangre caliente me salpicó la cara.

La limpié con el dorso de la mano sin dejar de avanzar.

El pasillo descendía en espiral hacia las entrañas de la montaña.

Fenrir iba delante, olfateando el suelo de piedra con desesperación.

Gruñía bajo, un sonido continuo de angustia.

—¡Búscalo!

—le ordené.

Corrimos por laberintos de tumbas antiguas.

En cada bifurcación, encontrábamos más fanáticos de la Mano Roja.

No eran guerreros de élite como los del camino; eran carniceros y torturadores.

Caían rápido bajo el acero y el colmillo.

Pero algo estaba mal.

No intentaban detenernos de verdad.

Solo intentaban ganar tiempo, como si entendiera que su misión solo era estorbar.

Llegamos al nivel inferior.

El aire aquí era denso, pesado, y el olor a humedad se mezclaba con el inconfundible hedor a carne humana quemada.

El pasillo se abrió en un pabellón largo y estrecho de piedra gris, iluminado por antorchas parpadeantes en las paredes.

Al final del corredor, una única puerta de roble reforzado con bandas de hierro negro bloqueaba el camino.

Pero no estaba sola.

Cuatro guardias de la Inquisición, más grandes y mejor armados que los de arriba, formaban una barrera humana frente a la puerta.

Al vernos, desenvainaron espadas bastardas y prepararon escudos, listos para defender la cámara de tortura.

—¡La hereje!

—gritó uno, bajando la visera de su yelmo.

No me detuve.

No bajé el ritmo.

—¡LUX!

Grité la palabra de poder con toda la furia acumulada en mi garganta.

Liberé un destello de luz sagrada tan intenso que el pabellón entero se convirtió en una supernova contenida.

La luz rebotó en las paredes de piedra, amplificándose, quemando las sombras y penetrando por la rendija inferior de la puerta del fondo.

Los cuatro guardias gritaron, llevándose las manos a los ojos, cegados al instante por el resplandor blanco.

Fue una masacre.

Fenrir, guiado por el olfato y el odio, fue el primero en llegar.

Saltó sobre el guardia de la derecha, que agitaba su espada a ciegas.

El lobo esquivó el acero con un movimiento fluido y cerró sus fauces en el brazo del hombre, justo por encima del codo.

Hubo un crujido repugnante de hueso y cota de malla cediendo.

Fenrir sacudió la cabeza con violencia salvaje y tiró hacia atrás.

El guardia aulló mientras el lobo le arrancaba el brazo de cuajo, separándolo del hombro en una explosión de sangre arterial.

Yo me encargué de los otros tres.

Venganza se movió como una extensión de mi propia ira.

El primer golpe reventó el pecho del guardia central, hundiendo el peto hasta la columna.

El segundo, un barrido horizontal, destrozó las piernas del siguiente.

El último intentó huir hacia la puerta, pero le lancé mi daga, clavándola en su nuca.

El silencio volvió al pabellón, roto solo por los gorgoteos de los moribundos.

La luz de mi hechizo se desvaneció, dejando el pasillo en penumbra de nuevo.

Caminé sobre los cuerpos.

Fenrir me seguía, cojeando, con el brazo cercenado aún apretado en sus fauces como un trofeo macabro.

Llegué a la puerta de roble.

Estaba cerrada.

—¡ABRE!

—rugí.

Canalicé la última reserva de fuerza en mis brazos y golpeé la cerradura con Venganza.

¡BOOM!

La madera estalló hacia adentro en una lluvia de astillas y metal retorcido.

La puerta salió volando de su marco, golpeando el suelo del interior con un estruendo.

Entré a la habitación, preparada para matar, con la luz de mi magia iluminando cada rincón oscuro del sótano.

Y entonces, me detuve.

El mundo se detuvo.

No había enemigos.

Solo había una cruz de madera podrida en el centro de la sala.

Y en ella, colgaba mi druida.

—¡EINAAAR!

La escena me golpeó más fuerte que cualquier mazo de guerra.

Einar estaba inconsciente, su cabeza caída sobre el pecho desnudo cubierto de cortes y quemaduras.

Sus pies estaban manchados de orina y sangre.

Pero fueron sus manos las que me robaron el aliento.

Su mano izquierda…

clavada.

Un clavo de hierro oxidado atravesaba su palma, fijándolo a la madera.

La sangre había corrido por su antebrazo y goteaba al suelo en un ritmo lento y mortal.

Faltaba un dedo.

El índice de la mano izquierda había sido cortado en dos secciones; el muñón cauterizado era una masa negra y roja de carne quemada.

Me acerqué, temblando, sintiendo que las piernas me fallaban.

Fenrir pasó a mi lado cojeando y comenzó a lamer los pies de su amo, gimiendo suavemente.

Levanté la cara de Einar con suavidad infinita.

—No…

—el susurro salió de mi garganta como un vidrio roto.

Una marca reciente, todavía humeante, cruzaba su rostro desde la frente hasta la mejilla.

Una palma roja, grabada a fuego en su piel, desfigurando sus facciones nobles y salvajes.

Lo habían marcado como ganado.

La furia desapareció, reemplazada por un horror absoluto y un dolor que amenazaba con partirme en dos.

—EINAAAR…no…Solloce su nombre con el escaso aire que no abandonó mis pulmones ante la sorpresa, un lamento que no pedía respuesta, sino que exigía al universo que no se lo llevara.

Sus ojos no se abrieron.

Su respiración era superficial, errática.

Dejé caer a Venganza.

Mis manos, manchadas con la sangre de sus verdugos, volaron hacia los grilletes de sus muñecas.

Estaban recubiertos con una magia oscura, profana, que contradecía sus gritos de herejía.

Quemaban al tacto, pero no me importó.

Tiré de ellos, pero estaban cerrados con llave.

—¡Maldita sea!

Miré el clavo en su mano izquierda.

No podía sacarlo así como así.

Necesitaba herramientas.

Necesitaba magia.

Necesitaba…

Me giré hacia la mesa de tortura del inquisidor.

Ahí estaban las tenazas.

El martillo.

Las tijeras con trozos de dedo aún pegados en las hojas.

Sentí una bilis ácida subir por mi garganta, pero me la tragué.

Tomé las tenazas.

Tenía que ser yo.

Tenía que lastimarlo una vez más para salvarlo.

Volví a la cruz.

Fenrir me miró, entendiendo lo que iba a pasar.

El lobo apoyó su cabeza contra la pierna sana de Einar, ofreciendo consuelo.

Agarré la cabeza del clavo con las tenazas frías.

Mis lágrimas caían sobre su brazo ensangrentado.

—Perdóname, Einar…

perdóname, por favor —sollocé.

Y tiré.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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