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Hierro y Sangre - Capítulo 37

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  4. Capítulo 37 - 37 Capítulo 37 Ecos en el Hielo
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37: Capítulo 37: Ecos en el Hielo 37: Capítulo 37: Ecos en el Hielo Perdí la cuenta de los amaneceres.

Aquí, en la Fortaleza de Hielo, el tiempo no se mide en horas, sino en el aullido del viento que golpea las murallas y en el goteo constante de los paños húmedos sobre la fiebre de un hombre roto.

Habíamos dejado Cruce del Sauce la misma mañana del rescate.

No hubo despedidas, no hubo celebraciones.

Mi instinto, afilado por años de intrigas palaciegas y traiciones, me gritaba que la Inquisición no había llegado ahí por casualidad.

Había ojos dentro del pueblo.

Alguien había vendido a su libertador por unas monedas de plata o por fanatismo ciego.

No podíamos quedarnos.

Aeris vino con nosotros.

Intenté disuadirla, le dije que el camino sería duro y que la muerte nos seguía los talones.

Pero la chica, con el vestido verde que yo le había regalado ahora manchado y roto, se plantó frente a mí con una determinación que no sabía que tenía.

“Él me salvó del fuego”, dijo.

“Y usted me salvó de una vida de esclavitud.

No tengo a dónde ir.

Déjenme ayudar”.

Y gracias a los dioses que lo hizo.

Porque yo sola, con mis manos entrenadas para destruir, quizás me habría derrumbado.

El Gran Salón de la fortaleza se había convertido en una enfermería improvisada.

Habíamos movido uno de los catres cerca de la inmensa chimenea de piedra, donde el fuego crepitaba día y noche, luchando contra el frío eterno de estas montañas.

Einar yacía allí, envuelto en sábanas de lino blanco y pieles de oso.

Se veía más pequeño así.

Sin su armadura de cuero, sin su postura desafiante, sin esa sonrisa torcida que solía irritarme y encantarme a partes iguales.

Se veía…

mortal.

Aeris y yo nos movíamos alrededor de él en una danza silenciosa y agotadora.

—El agua se ha enfriado, mi señora —susurró Aeris, sacándome de mis pensamientos.

Asentí.

Tomé el cuenco de madera y lo vacié, volviendo a llenarlo con agua tibia que manteníamos calentando cerca del fuego, infusionada con corteza de sauce y hierbas para el dolor.

—Ayúdame a girarlo —pedí.

Entre las dos, con cuidado reverencial, levantamos el torso pesado e inerte del druida.

Aeris sostenía sus hombros mientras yo pasaba el paño húmedo por su espalda.

Limpiamos el sudor frío de su fiebre, lavamos la piel pálida, recorriendo cada músculo tenso, cada vieja cicatriz de batalla que contaba una historia que ahora, quizás, nunca escucharía.

No había pudor en la habitación.

No había espacio para la vergüenza ni para los celos.

Ver el cuerpo desnudo de Einar no despertaba deseo en mí ahora, solo una angustia profunda y punzante.

Éramos dos mujeres cuidando a un soldado caído.

Aeris lavaba sus pies con delicadeza, ignorando la suciedad y la sangre seca que habíamos tardado días en quitar del todo.

Yo limpiaba su pecho, rozando con el paño la zona donde la daga del inquisidor había cortado la piel.

Pero eran las otras heridas las que me quitaban el sueño.

Terminamos de lavarlo y lo acomodamos de nuevo sobre las almohadas.

Me senté en el borde del catre y tomé su mano izquierda.

Ya no había clavo.

La carne se había cerrado gracias a mi magia, dejando una cicatriz circular, rosada y brillante, en el centro de la palma y en el dorso.

Pero la magia no podía regenerar lo que ya no estaba.

Pasé mi pulgar por el espacio vacío donde debía estar su dedo índice.

El muñón estaba sano, la piel había cubierto el hueso cortado, pero ver esa mano fuerte, esa mano que había guiado flechas y acariciado lobos, ahora mutilada…

me llenaba de una rabia fría y silenciosa.

—Eres un idiota —susurré, apretando su mano mutilada entre las mías—.

Podrías haber huido.

Podrías haberlos matado a todos antes de que te atraparan.

¿Por qué te dejaste llevar?

Einar no respondió.

Su pecho subía y bajaba en un ritmo lento, demasiado lento.

Levanté la vista hacia su rostro.

Habíamos cambiado los vendajes esa mañana.

La mitad izquierda de su cara estaba expuesta.

A pesar de incontables sesiones de curación, a pesar de que vertí mi núcleo mágico hasta quedar vacía y temblando, la marca seguía ahí.

No era una quemadura normal.

El fuego normal sana, deja una cicatriz blanca o plateada con el tiempo.

Esto era diferente.

La palma roja que cruzaba su rostro, desde la frente hasta el pómulo, parecía estar hecha de tinta viva bajo la piel.

Era una herida imbuida de una magia sucia, profana, diseñada para resistir la luz de los dioses.

Era una marca de propiedad.

Una burla eterna.

—Maldita sea…

—siseé, sintiendo la frustración arder en mis ojos.

Mi magia había cerrado la piel, había evitado la infección, había salvado el ojo…

pero la marca roja permanecía, pulsando con un calor febril que se negaba a abandonar a su víctima.

—Está bebiendo un poco mejor hoy —dijo Aeris, acercándose con un poco de caldo tibio—.

Logró tragar casi media taza sin toser.

—Su cuerpo está sanando, Aeris —dije, apartando un mechón de cabello negro de la frente sudorosa de Einar—.

Sus costillas han soldado.

Su mano ha cerrado.

La fiebre está bajando.

—¿Entonces por qué no despierta?

—preguntó la chica, con la voz llena de miedo.

Miré al hombre que amaba —sí, ya no podía negármelo a mí misma, lo amaba—.

Lo miré atrapado en su propia oscuridad.

—Porque el trauma no solo rompe huesos —respondí suavemente—.

Lo que le hicieron en ese sótano…

lo que le dijeron…

su mente se ha refugiado en algún lugar profundo para protegerse.

Está en el limbo.

Afuera, en el patio de armas cubierto de nieve, escuché un aullido solitario.

Fenrir.

El lobo tuerto patrullaba el perímetro incansablemente junto a los pocos miembros restantes de la manada.

Él también estaba herido, él también estaba incompleto, pero no dejaba de vigilar a su Alfa.

—Ve a descansar un poco, Aeris —le dije—.

Yo me quedaré con él.

Montaré la guardia.

—Pero usted no ha dormido en…

—Ve —ordené, pero suavicé mi tono con una media sonrisa—.

Necesito que estés fresca para el turno de la noche.

Si él despierta, querrá ver una cara amable.

Aeris asintió, dudosa, y se retiró a un rincón del salón donde habíamos puesto mantas para nosotras.

Me quedé sola con él y el crepitar del fuego.

Acerqué mi silla al catre.

Volví a mojar el paño en el agua tibia y lo pasé con infinita suavidad sobre la marca roja en su cara, como si pudiera borrarla con pura insistencia.

—No sé dónde estás, druida —le susurré al oído, en la intimidad de la penumbra—.

No sé en qué bosque oscuro te has escondido dentro de tu cabeza.

Pero tienes que volver.

Besé su frente, justo encima de donde empezaba la cicatriz maldita.

—Me prometiste que no me dejarías sola.

Y los Alfas no rompen sus promesas.

Así que lucha.

Lucha y vuelve a mí… te lo suplico.

Einar siguió durmiendo, perdido en una pesadilla de la que mi magia no podía despertarlo, mientras la nieve comenzaba a caer de nuevo sobre la fortaleza, enterrándonos en el silencio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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