Hierro y Sangre - Capítulo 38
- Inicio
- Todas las novelas
- Hierro y Sangre
- Capítulo 38 - 38 Capítulo 38 El Beso del Hierro
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
38: Capítulo 38: El Beso del Hierro 38: Capítulo 38: El Beso del Hierro (Einar POV) No había luz.
Solo existía el sonido rítmico y húmedo de un martillo golpeando metal y carne.
Clac.
Clac.
Clac.
Y luego, el olor.
Ese hedor dulzón y cobrizo que se te pega al paladar y que sabes que es tu propia sangre cocinándose.
Intenté moverme, pero la madera podrida de la cruz me sujetaba.
Intenté aullar, invocar al oso, al lobo, a cualquier cosa que pudiera romper las cadenas, pero la plata en mis muñecas era un veneno frío que silenciaba mi alma.
—Hora de la marca —susurró una voz en la oscuridad.
Entonces llegó.
Calor.
Eso fue lo primero que sentí.
Un calor intenso, seco, violento, golpeándome el lado derecho del cuerpo como una bofetada física.
El olor a humo invadió mis fosas nasales, pero no era humo de leña; en mi mente fracturada, era el humo de mi piel siseando bajo el hierro.
De inmediato, mi conciencia fue arrastrada de vuelta al sótano.
Regresó al momento exacto en que el guantelete al rojo vivo descendía hacia mi cara, brillando como un ojo de demonio en la penumbra.
—¡NO!
El grito me desgarró la garganta, rasposa y seca como papel de lija, un sonido que rasguñó las paredes de mi propia realidad.
Abrí los ojos de golpe.
Lo primero que vi fue el fuego.
Llamas naranjas y amarillas danzaban a pocos metros de mí, lamiendo la leña, crujiendo con un hambre que me pareció personal.
El resplandor llenaba mi visión periférica, cegándome, transportándome al instante a la forja del Inquisidor.
El pánico me inyectó una dosis de adrenalina tóxica, directa al corazón.
No pensé.
No razoné.
El cerebro humano se apagó y dejó al mando al animal herido y acorralado.
Solo reaccioné.
Me impulsé hacia atrás con una violencia desesperada, pataleando las pieles pesadas que me cubrían, luchando por alejarme de la fuente de calor.
Mi cuerpo, rígido por días de inmovilidad y dolorido hasta la médula, protestó a gritos.
Sentí el tirón de costillas recién soldadas y músculos atrofiados.
Choqué contra algo sólido —una pared de piedra fría— y me encogí allí, jadeando, con el corazón martilleando contra mis costillas como un pájaro atrapado que busca romper la jaula.
Me llevé las manos a la cara para protegerme, esperando el contacto del metal hirviendo, esperando el dolor que partiría mi mundo en dos.
Pero mis manos encontraron piel.
Y vendas.
Me detuve, temblando.
El aire que entraba en mis pulmones era frío, no viciado.
Toqué mi mejilla izquierda.
La sentía acartonada, rugosa bajo la yema de mis dedos.
No era piel normal.
Palpitaba con un calor febril que no venía de fuera, sino de dentro, como si hubieran dejado brasas encendidas debajo de mi carne.
Mis dedos recorrieron la forma de una quemadura atroz, una geometría de dolor que atravesaba mi rostro desde la frente hasta el pómulo.
Marcado.
La palabra resonó en mi cráneo.
Ganado.
Bajé la mirada a mis manos.
Mi mano izquierda…
El cerebro envió la orden: Mueve el dedo índice.
Señala.
Sentí el impulso eléctrico viajar por mi brazo.
Sentí el fantasma del dedo intentando doblarse.
Pero mis ojos vieron la verdad.
Faltaba un dedo.
Donde debía estar el índice, solo había vendas manchadas y un vacío aterrador.
El muñón estaba allí, una prueba irrefutable de mi derrota.
Un arqueo de náuseas me dobló el estómago.
Sin ese dedo, yo no era nada.
No era el Arquero.
No era la Muerte Silenciosa.
Era un lisiado.
Miré alrededor, frenético, buscando los barrotes, buscando al verdugo.
El lugar era amplio.
Techos altos de vigas oscuras, estandartes roídos por el tiempo colgando en las sombras.
Piedra gris y antigua.
Nieve acumulada en las esquinas de las ventanas altas.
¿Una celda más grande?
¿Un nuevo escenario para sus juegos?
—Mi señor…
tranquilo…
La voz vino de mi derecha.
Era suave, musical, demasiado pura para este infierno.
Giré la cabeza con un movimiento brusco, ignorando el latigazo de dolor en el cuello y el mareo que amenazaba con volcarme.
Había una figura pequeña de pie junto a una mesa de madera tosca.
Llevaba un vestido sencillo de lana gris, limpio y bien ajustado, y su cabello oscuro caía brillante sobre sus hombros.
La luz del fuego delineaba su silueta con un halo dorado, suavizando sus rasgos.
Por un segundo, mi mente rota pensó: He muerto.
Finalmente me mataron y esto es lo que sigue.
Es un ángel.
Pero entonces ella dio un paso hacia mí, con un cuenco de agua en las manos, y la luz iluminó su rostro por completo.
El miedo en sus ojos era humano.
Demasiado humano.
La reconocí.
Aeris.
La imagen del granero en llamas me golpeó como un mazo en la nuca.
La vi arrinconada por el soldado.
La vi gritar.
La vi correr mientras yo era arrastrado a la oscuridad.
Mi confusión se transformó en una certeza helada y paranoica.
Ella estaba ahí.
Ella estaba limpia.
Su ropa no tenía hollín ni sangre.
Su piel no tenía cortes.
Yo estaba destrozado, mutilado y marcado, y ella estaba…
inmaculada.
En el mundo de sombras donde yo vivía, solo había una explicación para eso.
—¡Tú!
—rugí, mi voz quebrándose por la falta de uso, sonando más como un gruñido bestial que como una palabra.
Aeris se detuvo, asustada, el agua del cuenco temblando en sus manos.
—Mi señor Einar, por fin despier…
—¡Tú fuiste el cebo!
—la acusé, señalándola con mi mano mutilada, el muñón vendado apuntando hacia su corazón como una acusación sangrienta—.
Tú eras la persona del pueblo que nos traicionó…
¡Tú llamaste a la Inquisición!
Todo encajaba en mi delirio.
Su aparición oportuna en el granero.
Que la dejaran vivir.
Que estuviera aquí, vigilándome.
—¿Qué?
¡No!
Yo jamás…
—¡Aléjate de mí, bruja traidora!
—intenté ponerme de pie, arañando la pared de piedra con mis uñas para impulsarme.
Pero mis piernas eran gelatina; los músculos no respondían.
Caí de rodillas, golpeando la piedra con fuerza, el impacto reverberando en mis huesos—.
¿En dónde me tienes ahora?
¿Dónde está Aelnora?
La idea de que Aelnora estuviera en otra habitación, sufriendo lo que yo había sufrido por culpa de esta chica, encendió una furia negra en mi pecho.
—¡Si le hicieron algo, te juro que te arrancaré la garganta con mis dientes!
—escupí, la saliva mezclada con sangre de mis labios partidos.
Aeris retrocedió paso a paso, aterrorizada por la violencia de mi voz, con los ojos llenos de lágrimas, levantando las manos para mostrar que no tenía armas.
—¡No, escúcheme!
¡Yo no los traicioné!
¡Estamos en el fuerte!
¡Aelnora lo salvó!
—¡Mientes!
—grité.
No podía creerle.
La esperanza era peligrosa.
La esperanza dolía más que el hierro—.
¡Mientes para mantenerme dócil!
Me arrastré hacia la esquina más oscura, lejos de la luz del fuego, lejos de ella, buscando algo, cualquier cosa con qué defenderme.
Una piedra suelta.
Un trozo de leña.
Mis propias manos inútiles.
Entonces, escuché pasos afuera.
Pasos fuertes.
Decididos.
Botas pesadas golpeando la piedra del pasillo con urgencia.
Bum, bum, bum.
Cada paso era una sentencia.
El verdugo.
Venía a terminar el trabajo.
Venía a ver si su juguete se había roto del todo.
Me agazapé contra el muro, respirando agitadamente, el aire silbando en mis pulmones.
La visión se me nublaba por los bordes, pero forcé a mis ojos a enfocar la puerta.
No me llevarán vivo de nuevo, pensé.
No volveré a esa cruz.
Me preparé para pelear con uñas y dientes si era necesario.
No me llevarían sin arrancarles un pedazo de carne.
Moriría matando.
La puerta del gran salón se abrió de golpe, chocando contra el muro de piedra.
—¡Einar!
Me encogí, esperando ver la túnica roja.
Esperando ver el brillo sádico del guantelete de hierro.
Esperando el dolor final.
Pero no era el encapuchado.
Era ella.
Aelnora estaba parada en el umbral.
La luz grisácea del pasillo la enmarcaba.
No llevaba su armadura brillante, solo pantalones de cuero gastado y una camisa de lino amplia manchada de hierbas.
Su cabello blanco estaba revuelto, una maraña de nieve sucia, y tenía ojeras profundas y violáceas bajo los ojos, marcas de noches infinitas sin dormir.
Se quedó paralizada al verme despierto, tirado en el suelo, arrinconado como un animal salvaje.
Nuestros ojos se encontraron.
—¿Despertaste?
—susurró.
Su voz no tenía la burla del verdugo.
Estaba cargada de una emoción tan cruda, tan frágil, que rompió mi escudo de pánico en mil pedazos.
Me quedé mirándola, parpadeando, incapaz de procesar la imagen.
El terror se evaporó lentamente, dejando un vacío inmenso y doloroso en mi pecho que se llenó de golpe con un alivio devastador.
No era una alucinación.
El dolor en mi mano era real, y ella también lo era.
—Grandulona…
—murmuré, la palabra saliendo como una exhalación.
Intenté ponerme de pie de nuevo, impulsado por una necesidad desesperada, primaria, de tocarla.
De confirmar que era sólida, que no era un fantasma invocado por mi agonía.
—Aelnora…
Mis rodillas cedieron por completo.
El poco combustible que le quedaba a mi cuerpo se agotó.
El mundo se inclinó violentamente hacia la izquierda.
Caí hacia adelante, esperando el golpe contra el suelo frío, cerrando los ojos.
Pero el golpe nunca llegó.
Unos brazos fuertes me atraparon en el aire.
Sentí su calor inmediato, su olor a hierbas medicinales, a invierno y a ella.
Aelnora me sostuvo contra su pecho con una fuerza sorprendente, bajando conmigo suavemente hasta el suelo, amortiguando mi caída con su propio cuerpo.
—Te tengo, lobo tonto.
Te tengo —dijo ella, su voz temblando cerca de mi oído, húmeda por las lágrimas.
Apoyé la frente en su hombro, inhalando su aroma como si fuera oxígeno.
—Estás bien…
—susurré contra la tela basta de su camisa, sintiendo cómo mis fuerzas me abandonaban por completo, dejándome pesado e inerte—.
Estás viva.
—Estoy bien.
Estamos bien.
Nadie te va a tocar.
Sentí sus manos en mi espalda, firmes y protectoras, acariciando mis cicatrices a través de las vendas, anclándome a la realidad.
Cerré los ojos.
La tensión, el miedo, la paranoia, el dolor…
todo se soltó de golpe, como una cuerda cortada bajo tensión.
Me dejé ir en sus brazos, hundiéndome en la oscuridad de nuevo, pero esta vez no era el abismo del inquisidor.
Esta vez, sabía que mi manada montaba guardia.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com