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Hierro y Sangre - Capítulo 39

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  4. Capítulo 39 - 39 Capítulo 39 Una Lanza Rota
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39: Capítulo 39: Una Lanza Rota 39: Capítulo 39: Una Lanza Rota Había ordenado que trajeran a Fenrir adentro.

Los lobos no suelen entrar al Gran Salón; pertenecen a la nieve y a la guardia, pero esta vez rompí mis propias reglas de seguridad.

Interrumpí su patrulla y lo hice acostarse junto al catre.

Necesitaba que, cuando Einar abriera los ojos de nuevo, lo primero que viera fuera algo familiar, algo leal.

Quería que viera a su viejo amigo y se sintiera seguro, anclado a este mundo y no a las sombras de su mente.

El fuego crepitaba, proyectando sombras largas en las paredes de piedra.

Einar se removió entre las pieles.

Sus ojos oscuros se abrieron, esta vez sin el pánico ciego de antes, pero con una pesadez que me dolió ver.

Bajó la mirada hacia su cuerpo, notando la túnica de lino limpia que llevaba puesta en lugar de sus harapos ensangrentados.

Me miró y una sonrisa débil, casi una mueca, asomó en sus labios agrietados.

—No podías esperar a desnudarme, ¿eh, grandulona?

Solté una risa corta, una mezcla de alivio y tristeza.

—Silencio, lobo tonto.

Necesitas descansar, no decir estupideces.

Él intentó levantar la mano izquierda para tocarse el rostro, para explorar el ardor que sentía en la piel.

Me adelanté de inmediato y le sujeté la muñeca con suavidad pero con firmeza, deteniéndolo antes de que sus dedos rozaran la marca.

No…

no lo toques —susurré.

Einar frunció el ceño, confundido.

—¿Por qué?

¿Tan mal se ve?

Tragué saliva, luchando contra el nudo en mi garganta.

—Mi magia…

no puede borrar esa cicatriz, Einar.

Lo intenté todo.

Hay algo mágico y corrupto en ella, una maldición que se niega a abandonar del todo a su víctima.

—Apreté su muñeca, sintiendo el pulso bajo mis dedos—.

Lo siento tanto…

debí estar a tu lado.

Debí haber llegado antes.

—No digas eso, grandulona.

Llegaste.

Eso es lo que importa.

Einar dejó de intentar tocarse la cara.

En su lugar, levantó la mano que yo sostenía y la puso frente a sus ojos.

Se quedó mirando el espacio vacío, el muñón vendado donde debería estar su dedo índice.

No hubo gritos, ni llanto.

Solo un silencio resignado.

Fenrir, que había estado dormitando, levantó la cabeza.

El lobo gigante se acercó y olió la mano mutilada de su amo.

Con una delicadeza sorprendente para una bestia de su tamaño, lamió el dorso de la palma de Einar, ofreciendo consuelo.

Einar acarició la cabeza del lobo con sus dedos restantes, deteniéndose en la cicatriz que cruzaba el ojo tuerto del animal.

—Viejo amigo…

—murmuró con voz ronca—.

A ti también te rompieron.

En ese momento, la puerta se abrió con un chirrido suave.

Aeris entró llevando una jofaina con agua fresca y paños limpios.

Al ver a Einar despierto y tranquilo, sus ojos se iluminaron.

Einar se tensó un poco, recordando sus gritos anteriores.

—Aeris…

—dijo, bajando la vista—.

Lamento haberte gritado.

No sabía quién eras…

no sabía dónde estaba.

La chica negó con la cabeza rápidamente, dejando el agua en la mesa.

—No hay nada de qué disculparse, mi señor.

Me alegra que esté bien.

Durmió durante días; el miedo habla por nosotros a veces.

Einar soltó un suspiro largo y se dejó caer contra las almohadas, mirando el techo de vigas oscuras.

—Vaya…

parece que me convertí en una carga para todos.

—Eso no es verdad —dije de inmediato, con un tono más duro del que pretendía.

—Claro que sí, Aelnora —respondió él, girando la cabeza para mirarme.

Había una oscuridad en sus ojos que no había visto antes—.

Incluso lo veo en tu mirada.

Me miras con lástima.

—No es lástima, es preocupación —repliqué.

Él levantó su mano mutilada de nuevo, mostrándomela como si fuera la prueba de un crimen.

—Soy una lanza rota, Aelnora.

Si no sirvo para la batalla…

¿cómo podría ayudar a terminar el trabajo?

¿Cómo voy a devolver el oro y acabar con la Inquisición si ni siquiera puedo sostener un arco?

—Dejó caer la mano sobre las sábanas con un golpe sordo—.

Los días de héroe se acabaron para mí.

Sentí una llamarada de molestia.

No con él, sino con lo que le habían hecho creer.

—¿Qué?

¿Acaso no quieres venganza?

—pregunté, inclinándome hacia él—.

¿Vas a dejar que ganen?

Einar cerró los ojos y respiró profundo, como si le doliera cada costilla.

—Quiero vivir, Aelnora.

Y de preferencia, quiero que no te maten a ti también.

Abrió los ojos y me clavó una mirada llena de terror lúcido.

—Esto me lo hicieron solo para divertirse.

Solo para pasar el rato mientras te esperaban.

El verdadero objetivo eras tú.

Son sádicos, son infinitos…

Tienes que irte.

Huye al fin del mundo, a algún lugar donde no te encuentren.

Olvídate del oro, olvídate de la venganza.

Me puse de pie de un salto, indignada.

—Eres un estúpido si crees que voy a huir —le espeté—.

Y eres aún más estúpido si crees que te abandonaré aquí tirado.

Te hemos cuidado, te hemos alimentado gota a gota, limpiamos tus heridas cuando supuraban, te bañamos y te vestimos mientras estabas en el limbo.

No me iré ahora que por fin despiertas.

Einar parpadeó, procesando mis palabras.

Miró a Aeris, que estaba arreglando unos frascos, y luego me miró a mí.

—Dijiste que me bañaron…

¿ambas?

Aeris se puso roja hasta la raíz del pelo y se concentró muy fuerte en doblar una toalla.

Einar hizo un ruido gutural, mitad gemido, mitad suspiro, que sonó a derrota absoluta.

Se cubrió los ojos con el antebrazo sano.

—Gracias a ambas…

supongo.

—Su voz sonaba ahogada—.

Aelnora…

agradezco tu lealtad y tus cuidados.

De verdad.

Pero esos tipos están dementes.

No tienen límites.

Debemos huir.

Me senté de nuevo en el borde de la cama, suavizando mi postura.

—Tranquilo, druida.

Primero descansa.

Recupérate.

Después pensaremos qué sigue.

Hasta ahora todo indica que este lugar es seguro; la nieve ha cubierto nuestros rastros.

Tendrás tiempo para pensar.

Aeris, notando que necesitábamos espacio, sonrió tímidamente.

—Iré a preparar comida.

Un caldo caliente le hará bien, mi señor.

Se retiró de la habitación en silencio.

Fenrir, sintiendo el cambio en el ambiente, bufó, se levantó perezosamente y siguió a la chica hacia la cocina, probablemente esperando algún hueso o sobra.

Nos quedamos solos.

El fuego y nosotros.

Me puse de pie, sacudiendo mis pantalones.

—Iré por más paños húmedos.

Es hora de limpiar tus heridas de nuevo y cambiar los vendajes de tu mano.

Di un paso para alejarme, pero sentí un tirón.

La mano sana de Einar se cerró alrededor de mis dedos.

No con fuerza, sino con desesperación.

—No…

—su voz fue un susurro roto—.

No me dejes solo…

por favor.

Me detuve, mirando cómo sus nudillos se ponían blancos al aferrarse a mí.

El gran lobo alfa, el guerrero estoico, tenía miedo de la oscuridad.

Mi corazón se rompió un poco más, y al mismo tiempo, se llenó de una determinación feroz.

—Jamás, druida —respondí.

Volví a sentarme en el borde de la cama, entrelazando mis dedos con los suyos.

Desde la puerta abierta, la voz de Aeris llegó suavemente: —Le traeré los paños antes de hacer la comida, mi señora.

No se preocupe.

Asentí hacia el pasillo vacío, agradecida, y volví mi atención al hombre que tenía enfrente, jurándome a mí misma que, lanza rota o no, él era lo único por lo que valía la pena arder.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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