Hierro y Sangre - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 Capítulo 4 Acero y Zanahorias
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4: Capítulo 4: Acero y Zanahorias 4: Capítulo 4: Acero y Zanahorias El agua caliente era un lujo que no merecía, pero que mi cuerpo reclamaba con la desesperación de un adicto.
Einar había llenado una tina de madera vieja en la esquina de la cabaña, calentando el agua cubo a cubo sobre el fuego.
La cabaña reflejaba crudamente su vida solitaria: no había puertas interiores, ni cortinas, ni siquiera una manta colgada que ofreciera un mínimo de pudor alrededor de la zona de baño.
Todo estaba a la vista.
Einar vertió el último cubo y se secó el sudor de la frente.
—Disculpa la falta de privacidad —comenzó a decir, con un tono ronco—, pero la soledad no la requería, y…
No dejé que terminara la frase.
La urgencia por limpiar la suciedad de tres días superaba cualquier reserva.
Mientras él aún hablaba, yo ya me había despojado de la ropa mugrienta y estaba de pie frente a la tina, completamente desnuda, lista para entrar.
Sentí su mirada pesada recorriendo mi cuerpo antes de detenerme en sus ojos.
—No me avergüenza la desnudez —dije con frialdad—, pero un caballero voltearía a otro lado.
Einar, ya puedes dejar de mirarme las tetas.
Una sombra de sonrisa cruzó su rostro curtido.
No se apresuró a apartar la vista.
—Por suerte, soy un cazador, no un caballero.
Me sostuvo la mirada un momento más, una evaluación descarada y primaria, antes de finalmente darme la espalda para ocuparse de preparar sus armas y bolsos para la cacería.
Solo entonces me sumergí hasta la barbilla, dejando que el calor penetrara en mis músculos agarrotados.
Miré mis piernas bajo el agua.
No eran las extremidades suaves y pálidas de las elfas de la corte que pasaban sus días bordando y cantando a la luna.
Mis muslos eran gruesos, bandas de músculo denso construidas para soportar el peso de una armadura completa y empujar líneas enemigas.
Mis brazos estaban marcados por cicatrices finas y blancas, un mapa de cada error que había cometido en el campo de entrenamiento y en la guerra.
Y ahora, una nueva cicatriz, fea y rosada, cruzaba mi costado.
Cerré los ojos, buscando esa chispa en mi pecho.
Mi núcleo mágico.
Estaba allí.
Débil, como una brasa bajo una montaña de ceniza, pero estaba allí.
Sanctum.
La luz comenzaba a acumularse de nuevo.
Un día más, tal vez dos, y podría sanar la herida por completo sin dejar marca.
Salí del agua antes de que se enfriara.
El aire de la cabaña golpeó mi piel húmeda, recordándome que el invierno no tenía piedad, pero había otro calor que erizaba mi piel.
Mientras me daba la espalda para secarme, sentí su mirada clavada en mi culo.
No era sutil; se sentía pesada, física, recorriendo la curva de mis caderas con la desvergüenza de quien ya ha dejado claro que no es un caballero.
No me giré para confrontarlo, ni le di la satisfacción de cubrirme más rápido.
Me vestí con dificultad, gruñendo cuando la tela rozó el vendaje, y me puse mi túnica interior y los pantalones de cuero que Einar había limpiado de sangre seca.
Para cuando termine de vestirme y me giré, Einar ya estaba en la puerta, ajustándose el carcaj a la espalda.
Llevaba su arco en la mano y esa expresión de concentración absoluta que lo hacía parecer más lobo que hombre.
—Voy contigo —dije, alcanzando mis botas.
Einar ni siquiera se detuvo.
Abrió la puerta, dejando entrar una ráfaga de viento helado.
—No, no vienes.
—Puedo caminar —insistí, ignorando el pinchazo en mi costado al agacharme para calzarme—.
Y mi magia está volviendo.
Si nos encontramos con algo más grande que un conejo, querrás tener a una Clériga de Guerra a tu lado.
Él se giró lentamente, apoyando una mano en el marco de la puerta.
Su mirada recorrió mi postura, notando cómo favorecía mi pierna izquierda para no estirar el abdomen, cómo mi respiración era superficial para evitar el dolor.
—Haces ruido al respirar, Aelnora.
Cojeas.
Y hueles a jabón de lavanda —enumeró con frialdad—.
Si vienes, espantarás a cualquier presa en tres kilómetros a la redonda.
Solo me estorbarías.
La palabra me golpeó más fuerte que un puñetazo.
Estorbar.
Me enderecé, usando cada gramo de mi estatura para mirarlo desde arriba.
Mi orgullo, herido y furioso, rugió.
—No soy una carga, humano.
He cazado bestias de sombras en los bosques negros.
He… —Ahora mismo eres una herida que camina y sangra —me cortó él, sin levantar la voz—.
Y necesito carne.
No historias de gloria.
Señaló hacia la mesa rústica donde había dejado unas verduras de raíz deformes y un trozo de carne seca.
—Prepara un caldo.
Corta las verduras, mantén el fuego vivo y prepara la mesa.
Yo traeré la carne fresca.
Sentí que la sangre me subía a la cara, calentando mis orejas puntiagudas.
—¿Perdona?
—di un paso hacia él, olvidando el dolor por un segundo—.
Soy una guerrera de la Casta de Hierro.
He liderado vanguardias.
Mi mano está hecha para sostener escudos y romper huesos, no para picar zanahorias mientras el hombre de la casa sale a trabajar.
No soy tu criada.
Einar me sostuvo la mirada.
No había burla en sus ojos, solo una lógica aplastante y brutal.
—Eres una mujer hambrienta haciendo su parte para que ambos comamos esta noche.
Nada más.
Dio un paso hacia afuera, pero se detuvo y me miró por encima del hombro.
—Además… si no tienes la disciplina para manejar un cuchillo de cocina y cortar una papa sin quejarte, dudo mucho que tengas la fuerza para levantar esa maza tuya.
Justicia, ¿verdad?
Miré hacia la esquina donde descansaba mi arma.
Parecía inmensa y pesada en la penumbra.
—Si no puedes hacer lo pequeño, Aelnora, no podrás hacer lo grande.
Demuéstrame que eres útil aquí, y tal vez mañana te deje salir al bosque.
Cerró la puerta.
El sonido del cerrojo resonó en la cabaña.
Me quedé de pie en medio de la habitación, temblando de rabia.
Quería gritar.
Quería salir tras él y demostrarle que podía cazar un ciervo con mis propias manos y arrastrarlo hasta sus pies.
Pero entonces, el dolor en mi costado palpitó, agudo y cruel, obligándome a doblarme.
Maldita sea.
Tenía razón.
Y odiaba que tuviera razón.
Caminé hacia la mesa arrastrando los pies, furiosa con el mundo, con los mercenarios y su estúpido emblema de los marcados, y sobre todo, con el estúpido desertor arrogante.
Agarré el cuchillo de cocina.
Era pequeño, ridículo en mi mano acostumbrada a empuñaduras de guerra envueltas en cuero.
Miré una zanahoria arrugada como si fuera el cuello de un enemigo.
—Haciendo mi parte —murmuré con veneno, y dejé caer el cuchillo con un golpe seco que hizo vibrar la madera.
Acepté de mala gana.
Pero le juré a la zanahoria que, en cuanto sanara, Einar se tragaría sus palabras.
Y tal vez el cuchillo también.
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