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Hierro y Sangre - Capítulo 40

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  4. Capítulo 40 - 40 Capítulo 40 Piel y Ceniza
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40: Capítulo 40: Piel y Ceniza 40: Capítulo 40: Piel y Ceniza Aeris regresó con los paños limpios y un cuenco de agua humeante, pero no se quedó.

Dejó las cosas en la mesa de noche con una discreción que agradecí en silencio y salió de nuevo, cerrando la puerta con suavidad, dejándonos en una burbuja de intimidad que se sentía frágil como el cristal.

Einar me seguía con la mirada mientras yo exprimía el primer paño.

Sus ojos oscuros, normalmente llenos de burla o desafío, ahora estaban cargados de una vulnerabilidad que me apretaba el pecho.

—No tienes que hacer esto, Aelnora —murmuró cuando me acerqué a él—.

Puedo hacerlo yo mismo.

O Aeris…

—Cállate, druida —le dije suavemente, sentándome en el borde del catre—.

Ya te lo dije.

No te voy a dejar.

Empecé por su pecho.

Pasé el paño tibio sobre los músculos definidos que conocía tan bien, limpiando el sudor frío de su pesadilla reciente.

Él se tensó bajo mi tacto, no por dolor, sino por vergüenza.

Sentía cómo contenía la respiración, como si esperara que yo retrocediera con repulsión en cualquier momento.

Limpié los cortes superficiales en sus costillas, ahora cerrados pero aún rojos.

Bajé hacia su abdomen, rozando la piel suave justo por encima de la línea de sus pantalones de lino.

—Mírame —le pedí.

Einar tenía la vista clavada en la pared opuesta.

—No quiero que me veas así —confesó, su voz apenas un rasguño—.

Roto.

Mutilado.

—Einar…

—Era un Alfa, Aelnora.

—Se giró hacia mí, y la angustia en su rostro era cruda—.

Se supone que debo protegerte.

Se supone que debo ser fuerte.

Y ahora…

mírame.

Me falta un dedo.

Tengo la cara marcada como una bestia de carga.

¿Cómo puedes mirarme y no sentir asco?

Dejé caer el paño en el agua.

Sin decir una palabra, llevé mis manos a su rostro.

Él intentó apartarse, girar la cara para ocultar el lado izquierdo, el lado de la marca roja.

—¡No te escondas de mí!

—le ordené, sujetando su mandíbula con firmeza, obligándolo a mirarme a los ojos.

Mis pulgares acariciaron sus pómulos.

La piel de su lado derecho estaba fresca y suave.

La de su lado izquierdo…

ardía.

La palma roja, grabada a fuego y magia oscura, irradiaba un calor febril bajo mis dedos.

No aparté la mano.

—Escúchame bien, lobo idiota —susurré, acercando mi rostro al suyo hasta que nuestras respiraciones se mezclaron—.

Tú no eres tus heridas.

Tú no eres esa marca.

Esa marca es la prueba de que sobreviviste al infierno por mí.

Es la prueba de que eres más fuerte que su hierro y su fuego.

Bajé una mano hasta tomar su mano izquierda mutilada.

Entrelacé mis dedos con los suyos, llenando el espacio vacío donde antes estaba su índice.

—Para mí no estás roto.

Solo estás…

reforjado.

Einar tragó saliva, sus ojos brillando con lágrimas contenidas que se negaba a dejar caer.

—Te ves…

decepcionada.

—Estoy furiosa —corregí—.

Furiosa con ellos.

Pero contigo…

contigo solo siento orgullo.

Y algo más.

Me incliné hacia adelante.

Busqué su dolor.

Besé su mejilla izquierda.

Einar soltó un jadeo ahogado, su cuerpo entero sacudiéndose como si lo hubiera electrocutado.

Mis labios se posaron suavemente sobre la piel quemada y rugosa de la marca roja.

No me dio asco.

Sabía a ceniza, a magia antigua y a él.

Recorrí la cicatriz con besos lentos, deliberados.

Besé su frente, su sien, el pómulo marcado.

Con cada beso, sentía cómo su tensión se deshacía, cómo sus hombros bajaban, cómo se rendía ante la evidencia de que yo no iba a huir.

Bajé hacia su mano.

Levanté su palma herida y besé el centro, justo sobre la cicatriz circular del clavo.

Luego besé el muñón de su dedo.

—Aelnora…

—mi nombre salió de su boca como una plegaria.

Levanté la vista.

Él me miraba como si yo fuera la única luz en un mundo de tinieblas.

—Ven aquí —dijo, tirando suavemente de mi mano.

No lo pensé dos veces.

Me acerqué lentamente a su rostro, cerrando la distancia que nos separaba, y nos fundimos en un tierno beso.

No fue un beso de pasión desbordada, sino de reconocimiento, de dos almas que se encuentran en medio de los escombros.

Me separé apenas unos centímetros.

Me puse de pie y me quité la camisa y el pantalón gastado, quedando expuesta al frío del salón.

Tomé una camisa de lino limpia que habíamos dejado a los pies de la cama para él y me la puse; me quedaba corta, pero era suave y olía a limpio.

Me deslicé bajo las pieles junto a él.

El catre era estrecho, diseñado para soldados comunes, no para una mujer de mi estatura.

Me acomodé frente a él, pecho contra pecho, entrelazando nuestras piernas.

Einar me rodeó con su brazo sano, atrayéndome hacia su calor, enterrando su rostro en mi cuello.

Mis pies sobresalían del borde del colchón, colgando en el aire frío de la habitación.

Sentía el viento helado que se colaba por las rendijas de la piedra acariciando mis talones desnudos, recordándome el invierno cruel que nos rodeaba.

Pero el calor de la respiración de Einar en mi rostro, el latido firme de su corazón contra mis costillas y el peso de su cuerpo vivo junto al mío hacían que no me importara en lo absoluto.

El frío era insignificante comparado con este fuego.

Entre susurros, caricias y suaves besos dormimos en un nudo.

Dos cuerpos que de a poco se unían en un solo ser.

Mi lobo estaba vivo, roto pero despierto, y eso era todo lo que necesitaba saber.

El amanecer llegó demasiado pronto, cruel y brillante, disipando la magia de la noche anterior.

La luz grisácea del invierno se filtró por las ventanas altas del Gran Salón, despertándonos a la realidad de piedra fría y dolor persistente.

Nos separamos con lentitud.

Ayudé a Einar a sentarse en la mesa tosca cerca de la chimenea para el desayuno.

Aeris trajo cuencos de avena caliente y algo de pan duro.

Se veía cansada, pero nos dedicó una sonrisa tímida antes de retirarse a un rincón para limpiar las vendas sucias de la noche anterior.

El ambiente, que horas antes había sido de paz, se tensó rápidamente.

Einar intentó tomar la cuchara con su mano izquierda, la dominante.

Fue un acto reflejo, memoria muscular de toda una vida.

Sus dedos se cerraron, pero el índice no estaba allí para hacer pinza con el pulgar.

Además, la cicatriz circular en su palma, donde había estado el clavo, había dejado el tejido rígido e insensible.

La cuchara resbaló de su agarre torpe y cayó sobre la mesa con un clac metálico que resonó demasiado fuerte en el silencio.

Einar se quedó mirando el utensilio como si fuera su peor enemigo.

Lo intentó de nuevo.

Esta vez logró levantarla, pero su mano temblaba por el esfuerzo de compensar la falta de equilibrio.

La avena se derramó antes de llegar a su boca.

Soltó la cuchara con violencia.

—¡Mierda!

—gruñó, empujando el cuenco lejos de él.

El cuenco se volcó, derramando la avena caliente sobre la madera de la mesa.

—Einar…

déjame ayudarte —dije, estirando la mano.

—¡No!

—ladró, apartándose bruscamente—.

¡Mírame!

Si no puedo ni alimentarme correctamente…

¿cómo mierda podré defenderte?

¿Cómo voy a acompañarte si soy un inútil que no puede sostener una cuchara?

Se miró la mano, flexionando los dedos restantes con furia impotente.

—Si mi mano no sostiene una puta cuchara, Aelnora, ¿cómo tensaré una flecha?

La cicatriz en la palma me quita sensibilidad y el maldito dedo…

—Soltó una risa seca, carente de humor—.

Ese hijo de puta sabía exactamente lo que hacía.

Sabía cuál era el dedo más importante para un arquero.

Me quedé helada.

—Fue crueldad calculada.

Einar se recargó en el respaldo de la silla, mirando al techo con una sonrisa torcida y amarga.

—¿Sabes qué me dijo cuando lo cortó?

—Me miró a los ojos, y vi un destello de locura momentánea en ellos—.

Dijo que me lo quitaba para que no te lo volviera a meter.

Para que no “rasguñara tu culo”.

Sentí que la sangre se me helaba y luego hervía en cuestión de segundos.

El asco me revolvió el estómago.

—¡¿Es en serio?!

—Oh, sí —rio Einar, pero sus ojos estaban muertos—.

Supongo que era su intento de tortura psicológica.

Quería hacerme sentir que te estaba protegiendo al mutilarme.

Quería que pensara en ti mientras me destrozaba.

Pasó su pulgar por el muñón cicatrizado.

—En fin…

supongo que tendré que acostumbrarme a usar otro dedo para mis flechas…

o en ti.

—¡Einar!

—exclamé, golpeando la mesa con la palma abierta—.

¡No entiendo cómo puedes bromear con esas cosas, druida!

Es repugnante.

—Es lo que me queda, Aelnora —respondió con voz apagada—.

El humor o la locura.

Elige.

Antes de que pudiera responderle, una voz suave interrumpió desde el rincón.

—Un guantelete, mi señor.

Ambos nos giramos.

Aeris se había acercado, con un trapo sucio en las manos, pero con una expresión pensativa y los ojos fijos en la mano de Einar.

—¿Qué?

—preguntó él, frunciendo el ceño.

—Un guantelete con relleno en el dedo —explicó la chica, ganando confianza mientras hablaba—.

Usted tiene…

bueno, tiene una parte del dedo, la falange proximal.

Si rellenamos el resto del dedo del guante con algo rígido, quizá madera reforzada o hueso tallado, podría usarlo como apoyo.

Einar la miró con escepticismo.

—Un dedo de madera no se dobla, niña.

No podría sentir la cuerda.

—No sería un dedo articulado perfecto, no al principio —admitió Aeris, acercándose a la mesa y trazando una forma imaginaria en el aire—.

Pero si diseñamos un nuevo tipo de agarre…

quizá un gancho pequeño en la punta del dedo falso para enganchar la cuerda, o si logramos articularlo con un sistema de resortes simples en los nudillos…

un nuevo tipo de disparo sería posible.

Se quedó pensando, mordiéndose el labio inferior, con la mirada perdida en cálculos invisibles.

—¿De qué hablas?

—pregunté, sorprendida por el cambio en su actitud sumisa habitual.

Aeris levantó la vista y sonrió, una sonrisa pequeña pero orgullosa.

—Soy hija de un herrero y una alquimista, mi señora.

Crecí entre fuelles y matraces antes de…

antes de que todo se fuera al infierno.

Sé cómo funciona el metal y sé cómo funcionan las mezclas para endurecer el cuero.

Miró a Einar directamente a los ojos, sin miedo.

—Algo se me ocurrirá, mi señor.

Trataré de hacer algo por usted.

No le devolveré su dedo, pero le devolveré su arco.

Einar la miró en silencio durante un largo momento.

La desconfianza inicial se desvaneció, reemplazada por una gratitud reacia.

—Ya hiciste suficiente alimentándome y bañándome mientras estaba inconsciente —dijo el druida, bajando la voz.

Aeris me miró, y yo la miré a ella.

No hizo falta decir nada más.

—Era necesario —dijimos ambas mujeres al unísono.

Einar soltó una carcajada breve, sorprendido por nuestra coordinación.

Fue un sonido genuino, el primero en mucho tiempo.

Pero cuando la risa se apagó y volvió a mirar su mano mutilada sobre la mesa, su mirada aún se veía un tanto hueca, como si una parte de él se hubiera quedado para siempre en aquel sótano oscuro, colgada de una cruz.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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