Hierro y Sangre - Capítulo 41
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41: Capítulo 41: Hierro y Sangre 41: Capítulo 41: Hierro y Sangre Pasó una semana.
Siete días en los que el invierno pareció apretar su garra alrededor del fuerte, pero no tanto como el silencio apretaba la garganta de Einar.
Lo observaba desde el pórtico, envuelta en pieles, mientras él luchaba contra su propia leyenda en el patio cubierto de nieve.
Einar sostenía un arco recurvo que había rescatado de la vieja armería.
No era su arco, no tenía el peso ni el alma del que le habían roto, pero servía.
Levantó el arma, respiró hondo y tensó la cuerda.
Sin el dedo índice, había tenido que reaprender el agarre.
Usaba el dedo medio y el anular para tirar de la cuerda, cambiando el punto de anclaje en su mejilla.
Era una técnica válida, usada por muchos arqueros de las estepas, pero para Einar era extraña, torpe.
Soltó la flecha.
El proyectil silbó en el aire frío.
No se perdió en la nieve, ni voló hacia el muro.
Golpeó el blanco de paja con un sonido sordo.
Pero no dio en el centro.
La flecha se clavó en el círculo exterior, cerca del “hombro” del muñeco de paja.
Un disparo letal para un recluta, una herida incapacitante para un soldado común.
Pero para el hombre que solía acertar a una moneda en el aire a cincuenta pasos, aquello era un insulto.
Einar bajó el arco.
Vi cómo su mano izquierda temblaba, no por debilidad muscular, sino por el dolor fantasma del dedo que ya no estaba y por la rigidez de la cicatriz en la palma.
Además, el sol de la mañana se reflejaba cruelmente en la nieve blanca.
Vi cómo Einar entrecerraba el ojo izquierdo constantemente, lagrimeando.
La quemadura mágica en su rostro reaccionaba a la luz intensa y al viento helado como lo que era, carne viva, que no terminaba de sanar del todo, una herida abierta que se negaba a cicatrizar bajo los elementos y la magia pútrida de su naturaleza.
Gruñó, un sonido de frustración pura, y tensó el arco de nuevo con violencia, sin técnica, solo con rabia.
—¡Maldita sea!
Tiró tan fuerte que la madera vieja crujió.
La flecha salió desviada, golpeando la madera del soporte y rompiéndose.
Einar arrojó el arco al suelo y se llevó la mano a la cara, cubriendo la marca roja, respirando agitadamente.
Bajé los escalones y me acerqué a él.
No corrí a consolarlo.
Los guerreros no necesitan piedad cuando fallan; necesitan verdad.
—El tiro hubiera matado a un orco —dije, deteniéndome a unos pasos.
—Hubiera matado al aire a su alrededor —escupió él, sin quitarse la mano de la cara—.
Mi anclaje es inestable.
Mi ojo llora con el maldito viento.
Soy una sombra, Aelnora.
Una sombra patética de lo que fui.
—Entonces deja de intentar ser lo que eras —respondí dura—.
El Einar que tensaba el arco con tres dedos murió en ese sótano.
Tienes que encontrar la forma de matar con el cuerpo que tienes ahora.
Antes de que pudiera responderme con algún comentario mordaz, la puerta de la herrería, situada en el ala este del patio, se abrió.
Aeris asomó la cabeza.
Tenía manchas de hollín en la cara y el cabello recogido en una trenza desordenada, pero sus ojos brillaban con una emoción nerviosa.
—Mi señor…
mi señora…
—nos llamó, limpiándose las manos en un trapo—.
Creo que está listo.
Por favor, vengan.
Einar y yo intercambiamos una mirada.
Él recogió el arco roto del suelo, como si le doliera dejar basura en su patio, y me siguió hacia el calor de la fragua.
El interior de la herrería olía a aceite caliente, a cuero curtido y a ese aroma metálico y picante del hierro y la sangre.
Aeris había estado encerrada allí los últimos tres días, martillando y mezclando cosas que había encontrado en los almacenes del alquimista del fuerte.
Sobre la mesa de trabajo principal, había dos objetos cubiertos con paños de lino.
Aeris se colocó detrás de la mesa, adoptando una postura que, por primera vez, no era la de una sirvienta, sino la de una artífice presentando su obra maestra.
—Sé que no puedo devolverle su mano, mi señor —empezó ella, su voz ganando firmeza—.
Pero mi padre solía decir que el hierro es más fiel que la carne.
Retiró el primer paño.
Reveló un guantelete de cuero oscuro y metal opaco.
No era una pieza de armadura estándar.
El antebrazo era más grueso, ocultando un mecanismo de resortes y engranajes planos.
—La Garra —dijo ella.
Einar se acercó, intrigado.
Tomó la pieza.
—El dedo índice es rígido —explicó Aeris, señalando la falange de metal articulado—.
Tiene un gancho interno.
Si cierra el puño alrededor de una espada o una daga, el mecanismo se traba.
Podría colgarse de un acantilado y su mano no se abriría.
Einar se colocó el guantelete.
Ajustó las correas con los dientes y su mano derecha.
Flexionó los dedos.
El metal chirrió suavemente, un sonido de precisión aceitada.
—¿Y el bulto en el antebrazo?
—preguntó él.
—Estire el brazo, mi señor.
Apunte a ese saco de harina.
—Use el dedo medio, mi señor.
En la palma de la mano, justo donde lo hirió el clavo, hay un dispositivo de liberación —indicó la chica, tocando el punto exacto—.
Es una placa de presión sensible pero firme.
Presione con fuerza.
Debe aplicar presión real; es un seguro para evitar que se active accidentalmente al mover la muñeca.
Einar miró su palma.
La placa de metal oscuro descansaba exactamente sobre la cicatriz circular del clavo.
Para disparar, tendría que presionar sobre su vieja herida.
Einar obedeció.
Levantó el brazo izquierdo, apuntando al saco al fondo de la herrería.
Cerró parcialmente el puño y, con el dedo medio, presionó la placa en su palma.
Sintió la resistencia del mecanismo.
Tuvo que apretar los dientes y forzar el dedo ¡CLAC!
Un sonido seco, metálico.
Algo salió disparado del brazalete a una velocidad que apenas pude seguir.
¡THWACK!
Un virote corto, de apenas un palmo de largo, se enterró profundamente en el saco de harina, levantando una nube blanca.
Einar se quedó paralizado, mirando su brazo y luego el blanco.
—El alcance es corto —se apresuró a explicar Aeris, nerviosa por el silencio—.
Unos veinte metros para ser letal.
Pero es silencioso.
Tiene capacidad para cinco virotes alojados dentro del mismo brazal.
Se cargan por aquí —señaló una ranura de carga lateral discreta en la carcasa—.
Olvídese de los carjacs estorbosos de capacidad limitada; ahora puede llevar bolsos pequeños en el cinturón con decenas de estas municiones.
Además, el mecanismo es adaptable: si mantiene la presión sobre la placa, la Garra escupirá dos flechas seguidas, hará una breve pausa mecánica para auto-recargar el muelle, y soltará otras dos.
Si retira la presión de inmediato, como acaba de hacer, disparará una a la vez con precisión quirúrgica.
Einar bajó el brazo.
Una sonrisa lenta, depredadora, se extendió por su rostro.
No era la sonrisa del arquero noble.
Era la sonrisa del asesino.
—Es perfecto —murmuró.
Luego se giró hacia mí—.
Necesitaremos veneno.
Asentí, entendiendo su pensamiento al instante.
—Acónito o paralizante de viuda negra.
Si las flechas son pequeñas, necesitamos que cada rasguño cuente.
Podemos adaptar un cinturón con viales para que empapes las puntas antes de cargar.
—Química y mecánica…
—dijo Einar, acariciando el metal frío del brazal—.
Me gusta.
Aeris soltó el aire que había estado conteniendo.
—Hay…
una cosa más.
Se acercó al segundo objeto cubierto.
Dudó un segundo antes de retirar el paño.
Debajo había una máscara.
O más bien, media máscara.
Estaba hecha de hierro martillado, oscuro y sin brillo.
Cubría la parte izquierda del rostro, desde la frente hasta el pómulo y la nariz, dejando libre la boca y el ojo derecho.
Tenía una estética brutal, casi tosca, pero con una forma que se adaptaba anatómicamente al cráneo.
La sonrisa de Einar se desvaneció.
Dio un paso atrás.
—No.
—Mi señor…
—Soy un guerrero, Aeris —dijo tajante, su orgullo herido aflorando de nuevo—.
Las cicatrices son historias.
No me voy a esconder detrás de un pedazo de metal como un leproso avergonzado.
Que me miren.
Que vean lo que me hicieron.
Aeris no retrocedió esta vez.
Sostuvo la máscara con firmeza.
—No es para ocultar sus cicatrices, mi señor.
Es para que usted no sienta dolor, para que puedan sanar.
Einar se detuvo.
—¿Qué?
Aeris giró la máscara.
El reverso no era metal frío.
Estaba forrado con un lino grueso, acolchado, que brillaba húmedo con una sustancia verdosa y oscura.
—Lo he visto —dijo la chica con suavidad—.
He visto cómo le llora el ojo cuando mira la nieve.
He visto cómo se cubre la cara cuando sopla el viento del norte.
La magia de la quemadura odia los elementos.
Acercó la máscara un poco más.
Un olor a tierra mojada y raíces llenó el espacio.
—Es un ungüento de raíz de musgo de hielo y hongos anestésicos que encontré en la despensa del druida.
Mientras la lleve puesta, el metal bloqueará el viento y el sol, y el ungüento calmará el ardor de la piel.
—Aeris lo miró a los ojos—.
No es una máscara para ocultar, mi señor.
Es una herramienta médica.
Es para curar…
y para sobrevivir.
Einar miró el objeto.
Miró el ungüento.
Recordó el dolor punzante en el patio hace apenas unos minutos.
—Además…
—añadió Aeris, bajando la voz—.
Si vamos a cazar a los Inquisidores…
¿no prefiere ser la última pesadilla que vean antes de morir?
Un rostro de hierro es mucho más difícil de olvidar que uno quemado.
Einar guardó silencio un momento largo.
Luego, extendió la mano y tomó la máscara.
Se la llevó a la cara.
Encajaba perfectamente.
Aeris se puso de puntillas y le ayudó a ajustar las correas de cuero grueso detrás del cráneo.
El cuero crujió al tensarse.
Einar cerró el ojo visible y soltó un suspiro largo y profundo.
Sus hombros se relajaron.
El alivio en su postura fue evidente; el dolor constante, ese ruido de fondo que lo había estado atormentando, se había silenciado.
Abrió el ojo derecho.
Me miró.
Se echó la capucha negra de su capa sobre la cabeza.
La sombra ocultó las correas de cuero, dejando visible solo su boca torcida en una línea dura, su ojo sano brillando con determinación, y el resplandor opaco y siniestro del hierro donde debería estar su humanidad.
Ya no parecía un hombre.
Parecía un espectro de venganza surgido del hielo.
Sentí un escalofrío real recorrer mi espalda.
Ya no veía al druida amable del bosque.
Veía al verdugo en el que se había convertido.
—Einar…Te ves…
aterrador
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