Hierro y Sangre - Capítulo 42
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- Capítulo 42 - 42 Capítulo 42 Carne Hueso y Memoria
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42: Capítulo 42: Carne, Hueso y Memoria 42: Capítulo 42: Carne, Hueso y Memoria (POV Einar) Bastaron solo un par de días para que mi cuerpo recordara lo que era matar.
O al menos, para que aprendiera a hacerlo de nuevo.
Me acostumbré al peso del guantelete en mi brazo izquierdo más rápido de lo que esperaba.
La “Garra”, como la llamaba Aeris, se convirtió en una extensión de mi voluntad.
Podía dar en el blanco mientras corría por el patio nevado, compensando el movimiento con un instinto que creía perdido.
Incluso a caballo, el mecanismo de disparo era indulgente; no necesitaba la quietud absoluta del arco largo.
Pero lo que realmente me devolvió la sonrisa fue el “desenfundado sucio”.
Descubrí que, con un movimiento amplio del brazo izquierdo —el mismo gesto que usaba para apartar una capa o golpear con el codo—, podía disparar la flecha oculta mientras mi mano derecha desenfundaba la espada.
El resultado era brutal: el primer enemigo caería con un virote en la garganta antes de que el acero hubiera salido completamente de la vaina, dejándome armado y listo para el que venía detrás.
Era rápido.
Era letal.
Era perfecto.
Excepto por un problema.
El metal inerte.
Frío.
Muerto.
Terminé mi estofado en silencio, limpiando el cuenco con un trozo de pan duro.
Aelnora estaba sentada frente a mí, observando cómo flexionaba los dedos de mi mano mutilada, probando la resistencia del aire.
Me levanté del banco, sacudiendo las migas de mi regazo.
—¿A dónde te diriges?
—preguntó ella, sin levantar la vista de su propia comida.
—Iré a ver a Aeris —respondí, ajustándome el cinturón—.
Últimamente no sale de su taller, y el humo de la fragua me dice que sigue despierta.
Además, debo pedirle un favor.
Aelnora soltó una risita baja y me miró con esa chispa burlona que tanto me gustaba.
—No le mires mucho el trasero, lobo mañoso.
La pondrás incómoda y ella es demasiado dulce para decirte que te detengas.
Solté una carcajada ronca, negando con la cabeza.
—Tranquila, grandulona.
Mi ojo bueno solo sirve para verte a ti.
—¿Y el ojo malo?
—preguntó ella, arqueando una ceja blanca.
—Ese a veces es un poco distraído —admití, tocándome el parche improvisado que cubría mi quemadura cuando no usaba la máscara—, pero intentaré controlarlo.
—Eres un idiota, Einar —dijo ella entre risas, lanzándome un trozo de corteza de pan que atrapé en el aire.
Salí al patio y crucé hacia la herrería.
El viento nocturno mordía, pero el calor que emanaba del taller era acogedor.
Al entrar, encontré a Aeris limando una pieza pequeña de bronce.
Levantó la vista, sorprendida, y se limpió las manos en su delantal de cuero.
—Mi señor…
¿necesita más virotes?
—No, los virotes están bien —dije, acercándome al yunque—.
Pero tenemos que hablar de los materiales.
¿Qué tan buena eres trabajando con hueso y escamas?
¿O corazas naturales?
Ella me miró, parpadeando confundida.
—¿Hueso?
Puedo manejarlos.
No son tan diferentes al metal en cuanto a dureza, al menos no si se tienen las herramientas adecuadas.
Por suerte, este taller estaba muy bien surtido de sierras y limas de alquimista.
¿Qué tiene en mente?
Me senté sobre el yunque frío, dejando que mis pies colgaran.
Saqué uno de mis cigarros de clavo del bolsillo interior de mi chaleco.
Hice chasquear mis dedos para crear una pequeña chispa mágica en la punta de mi pulgar, pero cuando intenté llevar la llama a mi rostro, mi mano tembló.
El recuerdo del hierro candente acercándose a mi cara seguía ahí, vivo, una barrera invisible que mi mente aún no podía cruzar del todo.
La chispa se apagó antes de tocar el tabaco.
Suspiré, frustrado, sintiendo la humillación arder en mi pecho.
—¿Te molestaría…?
—murmuré, extendiéndole el cigarro.
Aeris asintió de inmediato, con una delicadeza que agradecí.
Tomó el cigarro, se lo llevó a sus propios labios y lo encendió con una varita de madera que tomó del fuego de la fragua.
Dio una calada pequeña para avivar la brasa y, de inmediato, comenzó a toser violentamente, con los ojos llorosos.
—Cof, cof…
dioses…
Me devolvió el cigarro ya encendido, abanicándose la cara con la mano.
—Vaya…
su mezcla de clavo y especias es fuerte, mi señor.
¿Cómo puede fumar eso?
—Calma el dolor —respondí simple, dando una calada profunda.
El humo picante llenó mis pulmones y entumeció un poco el latido constante en mi mano—.
En fin, te pregunto sobre el hueso, Aeris, porque tenemos un problema de logística mágica.
Exhalé el humo hacia el techo oscuro.
—Si en batalla llego a necesitar mi forma salvaje…
la máscara de hierro no cambiaría conmigo.
Podría lastimarme o romperse, dependiendo de si cede primero el metal o mis propios huesos.
Y viendo la calidad de tu trabajo…
creo que yo perdería esa batalla.
Aeris palideció ligeramente al imaginar la escena.
—Lo mismo aplica para el brazal —continué, señalando mi antebrazo—.
Mi pata de lobo quedaría hecha añicos en su interior si intento transformarme con esto puesto.
El metal es inerte.
No tiene memoria.
Me incliné hacia ella.
—Pero si la Garra y la máscara estuvieran hechas de algo que alguna vez estuvo vivo…
hueso, coraza, tendón…
cambiaría conmigo.
Es como mis ropas.
Siempre son de cuero y piel curada; cambian conmigo, se integran al pelaje de mi forma salvaje porque la magia druídica reconoce la naturaleza del material.
Si vistiera de lino o seda, la magia solo me haría cambiar a mí, y la ropa se desgarraría y caería al piso.
Miré el guantelete de metal sobre la mesa.
—Por eso necesito saber si puedes reforjar la Garra y la máscara en hueso y coraza.
Para no perder tiempo en batalla quitándome los accesorios y ocultándolos.
Necesito ser una sola arma.
Ella me miró con los ojos muy abiertos, llena de una mezcla de admiración y curiosidad técnica.
—La magia druida es increíble…
—murmuró—.
Si tuviera el material, supongo que podría hacerlo.
Quizás pueda sustituir los resortes metálicos con ligamentos tensados y tiras de cuero de uros, quizá con algunos tendones curados…
Comenzó a caminar de un lado a otro, murmurando para sí misma, ya en modo artífice.
—Hueso fuerte y resistente para el armazón…
cuero y pieles tratadas dentro de la máscara en lugar de lino empapado…
el problema es la densidad.
El hueso común se astilla bajo la tensión de la ballesta.
Se detuvo y me miró a los ojos, con una intensidad nueva.
—Mi señor, ¿cree que el hueso macizo del cráneo de un Troll de Montaña funcione?
Sonreí.
Esa era la respuesta que buscaba.
—Sí funciona para tu diseño, funciona para mí.
Para la magia druida, todo lo que sea natural y haya tenido vida, cambiaría conmigo.
Tu idea es buena Aeris, el hueso de Troll es más duro que el granito.
—En ese caso…
—Aeris se cruzó de brazos, calculadora—.
Aprovecharemos la geografía del fuerte.
Hay una montaña cerca, con muchas cuevas profundas.
Usted y la señora Aelnora podrían cazar un Troll de Montaña.
Levantó un dedo, advirtiendo.
—Pero intenten no dañar mucho las extremidades.
Hay partes que puedo usar además del cráneo.
Los tendones de un Troll son elásticos y fuertes como el acero trenzado; perfectos para el mecanismo de disparo.
Para la alquimia y la mecánica, todo sirve.
Así que si me traen el cuerpo de uno…
yo haré el resto.
Me quedé mirándola un momento.
Hace una semana era una sirvienta asustada que temblaba ante mi voz.
Ahora, estaba dándome órdenes de caza para construir armas de guerra.
—Eres increíble, Aeris —dije sinceramente, apagando el cigarro contra la suela de mi bota—.
Me alegra que nos hayas acompañado.
La chica se sonrojó furiosamente, bajando la vista hacia sus manos manchadas de hollín.
—Gra…
gracias, mi señor.
Es lindo saber que por fin soy útil más allá de las tareas del hogar…
—Eres más que útil.
Eres parte de la manada —le aseguré.
Asentí una última vez y me retiré del taller, dejando a la pequeña artífice soñando con huesos y engranajes, mientras yo salía a afilar mis cuchillos para la cacería de mañana.
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