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Hierro y Sangre - Capítulo 43

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  4. Capítulo 43 - 43 Capítulo 43 El Calor de la Fragua
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43: Capítulo 43: El Calor de la Fragua 43: Capítulo 43: El Calor de la Fragua (POV Aeris) La puerta de la herrería se cerró tras él, pero el frío del exterior no logró entrar.

O quizás fui yo la que no lo sintió.

Me quedé de pie junto al yunque, con las manos apretadas contra el delantal de cuero manchado de grasa y hollín, mirando la madera oscura de la salida como si esperara que Einar volviera a entrar en cualquier momento.

El aire denso y caliente del taller todavía guardaba su rastro.

No era solo el olor metálico de la sangre seca en sus vendas o el aroma a cuero viejo de sus botas; era ese olor penetrante y especiado de sus cigarros de clavo.

Un aroma que se me había pegado al paladar y que ahora, mezclado con el carbón de la fragua, me parecía el perfume más embriagador del mundo.

Levanté mi mano derecha.

Mis dedos estaban negros por el trabajo, con las uñas rotas y la piel callosa, muy lejos de las manos suaves de las damas que solía servir en la casa del Gobernador.

Pero no me importaba la suciedad.

Me importaba el hormigueo.

Todavía podía sentir el roce áspero de sus dedos cuando le pasé el cigarro encendido.

El calor de su piel, febril y viva, había saltado a la mía como una chispa de pedernal.

—Eres increíble, Aeris.

Sus palabras resonaban en las paredes de piedra, rebotando contra los escudos oxidados y las herramientas colgadas.

Increíble.

Cerré los ojos y solté un suspiro tembloroso, dejando que mi espalda se deslizara por la mesa de trabajo hasta quedar sentada en el suelo, abrazando mis rodillas.

Nadie me había dicho eso nunca.

Mi padre…

los recuerdos de la vieja herrería en Cruce del Sauce me asaltaron, amargos como la bilis.

Recordé sus manos grandes y torpes, siempre rápidas para el golpe y lentas para la caricia.

Era un herrero mediocre, un hombre que golpeaba el hierro con ira, no con entendimiento.

—¡Quítate de ahí, niña inútil!

—gritaba siempre que me veía cerca del fuelle—.

El fuego no es para mujeres.

Las mujeres son para amasar pan y abrir las piernas.

Vete a limpiar los cerdos.

Nunca vio cómo yo arreglaba sus mezclas de temple cuando él estaba demasiado borracho para medir el aceite.

Nunca supo que las espadas que “mágicamente” salían más afiladas y resistentes eran las que yo había martillado en secreto durante las noches, guiada por los libros de alquimia que mi madre había dejado escondidos antes de morir.

Para él, yo era solo una boca más que alimentar, una carga, una sirvienta glorificada esperando ser vendida al mejor postor.

Y luego…

la casa del Gobernador.

Ser invisible.

Ser un mueble.

Bajar la cabeza, decir “sí, mi señor”, “no, mi señor”, mientras sentía cómo mi mente se atrofiaba, cómo mis manos picaban por crear, por construir, por hacer.

Pero Einar…

Einar no vio a una sirvienta.

No vio a una “niña inútil”.

Vio a una artífice.

Me confió su vida.

Me pidió que reconstruyera su capacidad de matar.

Me miró a los ojos, no a mi escote, y me llamó “parte de la manada”.

Sentí una punzada aguda en el bajo vientre, un calor líquido y traicionero que nada tenía que ver con la gratitud y todo que ver con el deseo.

Me mordí el labio, avergonzada en la soledad del taller.

No podía evitarlo.

Había algo en él que despertaba un hambre primitiva en mí.

No era el típico héroe de los cuentos, brillante y perfecto.

Einar era un desastre.

Estaba roto, cosido a base de cicatrices y rencor.

Su cara, partida por esa quemadura mágica que le daba el aspecto de un demonio a medio formar; su mano mutilada, testimonio de torturas que me daban pesadillas solo de imaginarlas.

Pero esa oscuridad…

dioses, esa oscuridad me atraía como la polilla a la llama.

Quería acercarme a él.

Quería ser yo quien cambiara sus vendas, no por deber, sino por el derecho de tocar esa piel castigada.

Imaginaba cómo sería recorrer con mis dedos la línea de su mandíbula tensa, besar esa cicatriz que tanto odiaba hasta que dejara de dolerle.

Imaginaba su voz ronca, esa que usaba para dar órdenes o para maldecir su suerte, susurrando mi nombre en la oscuridad, ronca por otra razón muy distinta.

Apreté los muslos, sintiendo la humedad caliente entre mis piernas, una prueba física de mi traición silenciosa.

¿Cómo podía ser tan egoísta?

La imagen de Aelnora apareció en mi mente, brillante y feroz como una valquiria.

Aelnora, la mujer que había entrado en el fuego por mí.

La mujer que me había sacado de las garras de los soldados cuando ya me había dado por muerta.

Ella era el sol: inquebrantable, cálida, justa.

Einar era la luna: cambiante, oscuro, peligroso.

Se pertenecían el uno al otro.

Su amor no era dulce; era necesario.

Era la gravedad que mantenía este pequeño mundo girando.

Verlos juntos, incluso cuando discutían o se lanzaban bromas crueles, era ver dos mitades de una misma alma guerrera.

Yo no tenía lugar en esa ecuación.

—Soy la chispa —susurré al vacío—.

Solo la chispa que mantiene el fuego encendido para que ellos no se congelen.

La culpa me revolvió el estómago.

Sentir esto…

desear al hombre de la mujer a la que le debía la vida…

me hacía sentir sucia.

Más sucia que el hollín que cubría mis brazos.

Mi lealtad hacia Aelnora era absoluta.

Si tuviera que ponerme delante de una flecha para salvarla, lo haría sin parpadear.

Si tuviera que trabajar hasta que mis manos sangraran para que ella tuviera la mejor armadura del reino, lo haría.

Pero la lealtad no apagaba el fuego entre mis piernas.

La lealtad no llenaba el lado vacío de mi cama por las noches.

Me levanté del suelo, sacudiendo la cabeza para despejar esos pensamientos peligrosos.

Me acerqué a la mesa de trabajo donde comencé a trabajar en los bocetos del cráneo de Troll.

Mis dedos trazaron las líneas de tinta.

Tendones.

Hueso denso.

Coraza.

Einar tenía razón.

El metal era estático.

Necesitábamos vida.

La emoción técnica empezó a reemplazar la melancolía.

Mi mente de artífice tomó el control, analizando el desafío.

Unir biología y mecánica.

Crear una prótesis que pudiera transformarse mágicamente junto con su portador.

Era algo que ningún herrero común se atrevería a intentar.

Era el trabajo de un artifice de alto nivel.

Era…

arte.

Sonreí, una sonrisa pequeña y triste, pero llena de determinación.

Esto era lo que yo tenía.

Esto era lo que yo era.

No la amante, no la guerrera.

La Creadora.

Tomé un martillo pequeño y lo sopesé en mi mano.

El equilibrio era perfecto.

Quizás…

solo quizás…

este mundo cruel no estuviera completamente vacío para alguien como yo.

Miré hacia las llamas danzantes de la fragua.

—Algún día —le prometí al fuego—.

Algún día encontraré mi propio lobo.

No necesitaba que fuera un comandante, ni un druida legendario, ni un rey.

Me conformaría con menos.

Me conformaría con un hombre que tuviera las manos ásperas por el trabajo honesto.

Quizás un herrero de otro pueblo que entendiera por qué el acero canta cuando lo golpeas.

O un cocinero que supiera mezclar especias con la misma pasión con la que yo mezclo aleaciones.

O simplemente un soldado cansado, uno que no buscara salvar el mundo, sino solo un lugar cálido donde descansar la cabeza.

Alguien en quien pudiera volcar todo este calor que me sobraba.

Alguien que me mirara a mí, a Aeris, la chica del hollín y los engranajes, con la misma devoción hambrienta con la que Einar miraba a Aelnora.

Alguien a quien yo pudiera reparar.

Pero por ahora, ese hombre no existía.

Por ahora, solo existían el martillo, el yunque y la promesa de una cacería.

Tomé el trozo de bronce que estaba limando antes.

Einar y Aelnora iban a traer un Troll de Montaña.

Iban a traerme huesos, sangre y tendones.

Y yo iba a convertirlos en la armadura más letal que jamás hubiera existido.

Iba a asegurarme de que, cuando Einar desatara a su bestia, nada en este mundo pudiera hacerle daño, lo convertiría en un lobo acorazado.

Era mi forma de amarlos a ambos.

Era la única forma que tenía permitido.

Avivé el fuego con el fuelle, y las llamas rugieron, tragándose mis dudas y convirtiéndolas en calor puro.

El trabajo empezaba ahora.

Y por los dioses, iba a ser magnífico

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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