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Hierro y Sangre - Capítulo 44

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  4. Capítulo 44 - 44 Capítulo 44 Cazadores de Huesos
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44: Capítulo 44: Cazadores de Huesos 44: Capítulo 44: Cazadores de Huesos (Einar POV) El viento en las cumbres no soplaba; mordía.

Era una entidad física, una pared invisible de hielo y navajas que intentaba arrancarnos la piel a tiras.

Ajusté la capucha de mi capa, agradeciendo el peso del pelaje de lobo sobre mis hombros, y clavé las botas en la nieve endurecida.

El aire era tan fino aquí arriba que cada respiración sabía a metal y escarcha.

—¿Estás seguro de que fue por aquí?

—gritó Aelnora sobre el rugido del viento.

Iba unos pasos detrás de mí, su armadura cubierta por una capa gruesa de lana gris, sus botas hundiéndose profundamente en la nieve virgen.

Me detuve y me agaché, pasando la mano derecha, la sana, sobre una roca negra que sobresalía del manto blanco.

—La piedra no miente, Aelnora —respondí, mi voz amortiguada por la bufanda que me cubría la mitad inferior del rostro—.

Mira.

Señaló una marca en la roca.

No era un rastro normal.

Era como si alguien hubiera vertido ácido sobre el granito.

La piedra estaba decolorada, grisácea y quebradiza al tacto.

—Magia de tierra corrupta —murmuré, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío—.

Los Trolls de Montaña no son solo bestias grandes.

Son parásitos elementales.

Absorben la magia de la tierra y dejan esto…

podredumbre mineral.

Me levanté y miré hacia arriba, hacia la boca oscura de una cueva que se abría en la pared del acantilado, unos cincuenta metros más arriba.

—Está ahí —dije—.

Puedo olerlo.

Huele a azufre y a sangre vieja.

Aelnora desenganchó su maza del cinturón.

El arma, pesada y brutal, parecía ligera en sus manos.

—Recuerda las instrucciones de Aeris.

Nada de golpes en la cabeza.

Necesita el cráneo intacto.

—Y nada de cortar los tendones principales de las piernas —añadí, tocando inconscientemente el mecanismo de mi brazo izquierdo—.

Necesita los ligamentos largos.

—Básicamente, tenemos que matarlo con cosquillas —bromeó ella, aunque sus ojos azules escaneaban el terreno con precisión táctica.

—Tenemos que desangrarlo —corregí—.

O llegar al corazón.

Comenzamos el ascenso final.

El terreno era traicionero, una mezcla de hielo negro y roca suelta.

Aquí fue donde la “Garra” demostró su valía por primera vez fuera del patio de entrenamiento.

En un paso difícil, mi bota resbaló sobre una placa de hielo.

Por instinto, lancé mi mano izquierda hacia un saliente de roca.

Mis dedos se cerraron, pero el índice, el dedo fantasma, no estaba allí para asegurar el agarre.

Sin embargo, el dedo de metal rígido golpeó la piedra.

Clac.

El gancho interno se trabó en una grieta.

El mecanismo de la muñeca aguantó mi peso sin rechistar.

Me quedé colgando un segundo, respirando agitado, mirando el abismo a mis pies.

—¿Einar?

—la voz de Aelnora sonó tensa.

—Estoy bien —gruñí, impulsándome hacia arriba.

El metal no sentía frío, no sentía cansancio.

Era un ancla perfecta.

Llegamos a la entrada de la cueva.

El hedor era insoportable ahora, una mezcla de carne podrida y excremento rancio que hacía llorar los ojos.

—Yo entro primero —susurró Aelnora, poniéndose delante de mí.

Su escudo estaba levantado, cubriendo su cuerpo—.

Soy el cebo.

Tú busca el flanco.

No discutí.

Era nuestra danza.

Ella era el yunque, yo era el martillo.

Entramos en la penumbra.

La cueva era inmensa, una catedral natural de estalactitas y sombras.

Y allí, en el centro, rodeado de huesos roídos de cabras montesas y, sospeché, de algún viajero desafortunado, estaba la bestia.

El Troll de Montaña era una pesadilla de músculo y piedra.

Medía casi tres metros de altura, con una piel grisácea y gruesa como la corteza de un árbol milenario, cubierta de pústulas rocosas y musgo.

Dormía, o eso parecía, su respiración ronca haciendo vibrar el suelo.

Aelnora avanzó con cuidado, pero el tintineo inevitable de su cota de malla resonó en la cueva.

El Troll abrió los ojos.

Eran pequeños, amarillos y brillaban con una malicia estúpida pero hambrienta.

—¡ROAARRRR!

El rugido nos golpeó como una onda expansiva física.

La bestia se puso de pie con una velocidad aterradora para su tamaño, agarrando un tronco de árbol petrificado que usaba como garrote.

—¡Ahora!

—gritó Aelnora.

Ella cargó de frente, golpeando su escudo con la maza para atraer su atención.

—¡Aquí, saco de piedras!

¡Ven a por mí!

El Troll rugió y descargó el garrote.

Aelnora rodó hacia un lado en el último segundo.

El impacto hizo temblar la cueva y levantó una lluvia de esquirlas de roca.

Yo me moví hacia las sombras de la derecha, flanqueándolo.

Mi mano derecha fue a la empuñadura de mi espada, pero mi mente estaba en mi mano izquierda.

Levanté el brazo, apuntando a la axila de la bestia, donde la piel parecía más suave, menos acorazada.

Presioné la placa en mi palma con el dedo medio.

¡Clac!

El virote salió disparado.

Hubo un sonido húmedo cuando el proyectil se enterró en la carne blanda bajo el brazo del Troll.

La bestia aulló, girándose hacia mí, confundida por el dolor repentino.

—¡Mierda!

—maldije.

La piel era más dura de lo que pensaba; el virote no había entrado lo suficiente para tocar órganos vitales.

El Troll cargó contra mí.

No podía bloquear un golpe de ese tamaño.

Tuve que correr.

Me deslicé por el suelo, pasando entre sus piernas masivas, sintiendo el viento de su garrote rozando mi cabeza.

—¡Einar!

—gritó Aelnora.

La vi saltar sobre la espalda del Troll, aprovechando su distracción.

Intentó golpear la columna con su maza, pero la piel de la bestia absorbió el impacto como si fuera caucho duro.

El Troll se sacudió violentamente, lanzando a Aelnora contra la pared de la cueva.

Ella golpeó la piedra con un crujido seco y cayó al suelo, aturdida.

La bestia levantó el garrote para aplastarla.

El tiempo se detuvo.

No pensé.

El instinto del lobo tomó el control.

Corrí hacia el Troll.

No hacia sus piernas, sino hacia su espalda.

Salté sobre una roca y me lancé al aire.

Mi mano izquierda, la Garra, buscó agarre.

El dedo de metal rígido se enganchó en los pliegues gruesos de la piel del cuello del Troll.

Cerré el puño con todas mis fuerzas.

El mecanismo se trabó.

Quedé colgado de su espalda, mis botas buscando apoyo en su piel rugosa.

El Troll se sacudió, intentando agarrarme, pero la Garra no se soltó.

Era parte de mí.

Saqué mi espada con la mano derecha.

—¡Te sacare los malditos huesos!

—gruñí, una plegaria extraña.

No podía cortar el cuello; era demasiado grueso.

Tenía que ser quirúrgico.

Vi la base del cráneo, justo donde se unía con la columna.

Había una pequeña separación entre las placas óseas naturales de la bestia.

El Troll giró, intentando aplastarme contra la pared.

Apreté los dientes, aguantando el mareo, y clavé la espada.

No fue un tajo.

Fue una estocada precisa, directa a la médula.

La hoja se hundió hasta la guarda.

El Troll se quedó rígido al instante.

El garrote cayó de su mano, rodando por el suelo con un estruendo.

La bestia se desplomó hacia adelante como una torre derrumbada.

Salté justo antes de que golpeara el suelo, rodando para amortiguar la caída.

Me puse de pie de un salto, espada en mano, listo para rematar.

Pero el Troll no se movió.

Solo un espasmo final recorrió su cuerpo inmenso, y luego, silencio.

Respiré hondo, el aire frío quemándome los pulmones.

Mi mano izquierda, todavía cerrada en un puño, dolía por la tensión, pero el guantelete estaba intacto.

Corrí hacia Aelnora.

Ella se estaba incorporando, frotándose la cabeza.

Tenía un corte en la ceja, pero sus ojos estaban claros.

—¿Estás viva?

—pregunté, ofreciéndole mi mano sana.

Ella la tomó y se puso de pie, haciendo una mueca de dolor.

—He tenido caídas peores en las escaleras de la taberna —dijo, escupiendo un poco de sangre—.

Buen trabajo, druida.

Lo derribaste como a un saco de papas.

Miró el cadáver masivo del Troll.

—El cráneo está intacto.

Las piernas también.

Aeris va a estar contenta.

Miré mi mano izquierda.

La Garra estaba cubierta de mugre y sangre negra de Troll, pero el metal brillaba bajo la suciedad.

Había funcionado.

Había aguantado el peso de un monstruo y la violencia del combate.

—Sí —murmuré, sintiendo una satisfacción oscura—.

Ahora empieza el trabajo sucio.

Hay que despiezarlo antes de que la sangre se congele.

Aelnora sacó un cuchillo de caza de su cinturón.

—Espero que tengas estómago fuerte, Einar.

Esto va a oler peor que tus pies.

Sonreí bajo la bufanda.

—Después de lo que hemos pasado, grandulona, esto huele a victoria.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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