Hierro y Sangre - Capítulo 45
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- Capítulo 45 - 45 Capítulo 45 Acero Negro y Labios de Fuego
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45: Capítulo 45: Acero Negro y Labios de Fuego 45: Capítulo 45: Acero Negro y Labios de Fuego El trineo improvisado pesaba una tonelada.
Arrastrar los restos del Troll montaña abajo no había sido una tarea heroica, sino un castigo físico que me dejó los hombros ardiendo y las botas empapadas de nieve sucia.
Pero ver la cara de Aeris valió la pena.
Cuando entramos al patio del fuerte, la chica salió corriendo de la herrería, limpiándose las manos en su delantal, con los ojos brillando como dos lunas llenas al ver el cargamento.
—¡Por los dioses!
—exclamó, rodeando el cráneo masivo y las extremidades cercenadas del Troll—.
¡Es perfecto!
El hueso es denso, grisáceo…
y la piel…
¡miren estas placas!
Son más duras que el hierro forjado.
Einar se dejó caer sobre una caja de suministros, respirando con dificultad pero con una sonrisa satisfecha en el rostro.
Su “Garra” metálica estaba cubierta de sangre negra y seca.
—Espero que sirva, pequeña artífice.
Casi nos cuesta un par de costillas.
Aeris asintió frenéticamente, tocando una de las garras del monstruo con reverencia.
—Sirve.
Oh, vaya si sirve.
Con esto podré hacer la máscara y el revestimiento del brazal.
Se adaptarán a su transformación como si fueran su propia piel.
Se detuvo un momento, mordiéndose el labio, y nos miró a ambos con una timidez repentina.
—Y…
bueno, mientras esperaban, estuve revisando los viejos libros de la biblioteca del fuerte.
Encontré algo.
No solo para el señor Einar.
Me miró a mí.
—Tengo bocetos para mejorar su armadura, mi señora.
Y para Venganza.
Levanté una ceja, apoyando mi maza en el suelo.
—Mi martillo ya es perfecto, Aeris.
Ha roto más cráneos de los que puedo contar.
—Pero podría ser más ligero y golpear el doble de fuerte —insistió ella, ganando confianza—.
Si logramos una aleación de Acero Negro para el núcleo y recubrimos las placas de su armadura con Mythril…
sería imparable.
Podría recibir el golpe de un gigante y ni siquiera sentirlo.
—Acero Negro y Mythril…
—murmuró Einar—.
Eso no crece en los árboles, Aeris.
Y ciertamente no hay en este fuerte.
—Lo sé —dijo ella, bajando la mirada—.
Por ahora es solo una idea en el papel.
Pero si alguna vez encontramos los materiales…
yo sabré qué hacer con ellos.
Einar se puso de pie y se acercó a ella.
Con su mano sana, le apretó el hombro con suavidad.
—Haces demasiado por nosotros, Aeris.
Tu mente vale más que todo el oro que Varic nos robó.
Vi cómo la chica temblaba levemente bajo su toque.
Un rubor intenso subió por su cuello hasta sus mejillas, y sus ojos se clavaron en las botas de Einar, incapaz de sostenerle la mirada.
—Solo…
solo hago mi parte, mi señor —balbuceó.
Rápidamente, como si huyera del fuego, tomó las cuerdas del trineo y comenzó a arrastrar los pedazos de Troll hacia el interior de su taller, murmurando sobre sierras y tiempos de curado.
Nos quedamos solos en el patio ventoso.
Me crucé de brazos, mirando la puerta cerrada de la herrería y luego a Einar, que estaba sacudiendo la nieve de su capa con total indiferencia.
—Pobre niña —dije, negando con la cabeza—.
Le arden las entrañas con solo verte.
Einar soltó una risa corta y seca.
—No seas ridícula, Aelnora.
—Ridículo tú, que no ves las señales —repliqué, acercándome a él—.
Para alguien con tan buen instinto para cazar, me sorprende que no veas a la presa que se te quiere entregar en bandeja de plata.
Einar se encogió de hombros, esa mueca de arrogancia habitual curvando sus labios.
—¿Qué puedo hacer, Aelnora?
No puedo controlar mi magnetismo animal.
Es una carga que debo llevar.
Le di un golpe fuerte en el hombro, justo donde la correa de su armadura se unía con la capa.
—Más vale que no quieras sacar ventaja de la situación, druida.
Ella es inocente.
No es como nosotras.
La sonrisa de Einar se suavizó un poco, volviéndose más honesta.
—Sabes que no lo haría, grandulona.
No soy ese tipo de hombre.
Suspiré, mirando hacia las montañas.
La verdad era que confiaba en él, pero no podía evitar sentir una punzada extraña.
No eran celos, me dije.
Era protección.
—La chica es linda —admití, dándole la espalda para caminar hacia el Gran Salón—.
Y joven.
Y te mira como si fueras un dios.
—Si, es muy linda, pero no es mi tipo…Me gustan altas —dijo él a mi espalda.
Y entonces sentí el golpe.
Una palmada firme, sonora y descarada en mi trasero.
Me giré de inmediato, con la mano yendo instintivamente a la empuñadura de mi daga, la indignación (y una chispa eléctrica) recorriéndome la espalda.
—¡¿Acaso quieres perder la mano bue…?!
Einar no me dejó terminar.
Dio un paso rápido, invadiendo mi espacio personal, me agarró de la nuca con su mano sana y estampó sus labios contra los míos.
No fue un beso suave.
Fue hambriento, posesivo, con sabor a frío, a victoria y a tabaco de clavo.
Me quedé rígida un instante, sorprendida por la audacia, pero mis defensas se derrumbaron como un castillo de naipes.
Mis labios se abrieron, respondiendo, buscando más, fundiéndome en ese calor que solo él sabía provocar en mí.
Cuando se separó, me quedé quieta, con los ojos ligeramente desenfocados, procesando lo que acababa de pasar.
No era nuestro primer beso, ni mucho menos.
Pero cada vez que probaba esos labios, simplemente me desarmaba por completo.
Mi cerebro táctico se apagaba.
Tardé unos segundos en reaccionar.
Einar ya estaba caminando hacia la entrada del fuerte.
—¡Ey!
—grité, recuperando el aliento y la compostura—.
¡Druida!
¿A dónde vas?
¡No puedes dejarme así!
Corrí tras él, mis botas resonando en la piedra.
Lo alcancé en el Gran Salón.
Einar estaba de pie frente a la mesa larga donde habíamos desplegado el mapa de la región, el mismo que habíamos movido desde la armería hacía unas noches.
Su expresión había cambiado.
Ya no había burla ni lujuria.
Había enfoque.
—Mira, grandulona —dijo, señalando un punto en el pergamino gastado.
Me acerqué, todavía sintiendo el hormigueo en mis labios, pero obligándome a mirar el mapa.
—Aquí —su dedo trazó una línea desde el fuerte hasta una cadena montañosa al este—.
Hay una mina.
Está marcada con un círculo rojo, al igual que Cruce del Sauce.
Me incliné para ver mejor.
La marca era inconfundible.
Era uno de los asentamientos controlados por los hombres de Varic.
O al menos, lo había sido.
—Una mina…
—murmuré—.
Si Aeris necesita Acero Negro y Mythril, ese es el lugar más probable para encontrarlos.
Y si está marcada en el mapa de Varic, significa que hay gente allí.
Esclavos, probablemente.
—Exacto —dijo Einar, levantando la vista.
Sus ojos oscuros brillaban con esa determinación fría que precedía a la violencia—.
Otro asentamiento que liberar.
Y metales que recolectar.
Dos pájaros de un tiro.
Me enderecé, asintiendo lentamente.
La idea de la misión disipó la niebla del beso, aunque no el calor.
—Muy bien —respondí—.
Una nueva misión.
Esperé un momento, un silencio breve, a ver si Einar mencionaba algo sobre lo que había pasado en el patio.
Sobre el beso.
Sobre nosotros.
Pero él seguía estudiando la ruta, calculando distancias y suministros en su cabeza.
Típico.
Rompí el silencio, resignada pero lista.
—¿Salimos mañana, druida?
Einar se enderezó.
—Así es, grandulona.
Pero por hoy…
solo quiero cenar y dormir.
La cacería me abrió el apetito.
Pasó por mi lado, rozando mi brazo, y se dirigió a la cocina.
Lo vi alejarse, ese lobo solitario que a veces me dejaba entrar en su guarida y a veces me cerraba la puerta en las narices.
Sonreí para mis adentros, tocándome los labios una última vez.
—Descansa mientras puedas, lobo —susurré a la sala vacía—.
Porque mañana vamos a la guerra otra vez.
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