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Hierro y Sangre - Capítulo 47

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Capítulo 47: Capítulo 47: El Martillo y la Sombra

(POV Einar)

El olor a azufre y sangre fresca subía desde el valle como el aliento de una bestia moribunda.

Aelnora y yo observábamos el caos desde la cornisa. Abajo, la mina no era una batalla ordenada; era una carnicería. Los esclavos, famélicos y desesperados, armados solo con herramientas de excavación, se lanzaban contra una guarnición de soldados bien equipados.

Era valiente. Era estúpido. Iban a morir todos.

Excepto por un detalle. Un detalle inmenso.

En el centro del remolino de violencia, una montaña de hombre con barba de chivo y el torso desnudo, cubierto de polvo de roca y mugre, estaba reescribiendo las leyes de la física. Blandía un pico de minero de dos manos con una velocidad y una fuerza que no parecían humanas.

Vi cómo un soldado con cota de malla intentaba bloquear un golpe con su escudo. El pico de la bestia atravesó la madera, el acero, el pecho del hombre y probablemente la roca del suelo detrás de él. El gigante arrancó el arma del cadáver con un tirón brusco y, en el mismo movimiento de retroceso, la punta roma del pico le destrozó el cráneo a otro guardia que intentaba flanquearlo.

—Por los dioses antiguos… —murmuró Aelnora a mi lado—. Ese tipo es inmenso

—Fuerza bruta sin refinar —dije, analizando el campo de batalla—. Es un ariete vivo. Está abriendo hueco, pero no tiene apoyo. Los ballesteros de las torres que aún no arden se están reagrupando para convertirlo en un cadáver lleno de flechas.

Señalé hacia la torre de vigilancia este, donde tres tiradores estaban apuntando hacia el gigante.

—Si cae, la rebelión termina en cinco minutos. Los soldados retomarán la formación y masacrarán a los mineros.

Aelnora desenganchó su martillo de guerra. Su rostro estoico se endureció.

—Entonces no dejemos que caiga.

Miré al gigante rugiendo abajo, cubierto de sangre enemiga.

—Salvemos al gigante —coincidí, sintiendo un respeto repentino por esa furia—. Podría ser un aliado valioso. Tú eres el yunque, grandulona. Haz ruido. Atrae todas las miradas. Carga por la rampa principal y rompe su línea de escudos.

Ella asintió, entendiendo su papel al instante.

—¿Y tú?

—Yo seré la sombra. Voy a silenciar esas torres antes de que lo maten. Nos encontramos en el medio.

—No te diviertas demasiado sin mí —dijo ella, y saltó por el borde del terraplén, deslizándose por la pendiente de grava hacia la entrada principal.

La vi llegar abajo. Su armadura brilló bajo el sol gris. Levantó el martillo y soltó un grito de guerra que resonó en todo el valle, un desafío puro de clériga guerrera.

Los soldados se giraron hacia ella, confundidos por la nueva amenaza.

Mi turno.

Me moví rápido, pegado a la pared de roca, usando las sombras y las estructuras de madera destrozadas como cobertura. Fenrir se pegó a mis talones, una sombra blanca y silenciosa.

Llegué a la base de la torre este. Desde mi posición, vi a los tres ballesteros arriba. Mi mano derecha fue instintivamente a mi espalda, buscando un carcaj que ya no existía.

Con mi arco largo, estarían muertos ya, pensé con amargura. Desde aquí podría atravesar sus gargantas sin que me vieran.

Pero esos días habían terminado. Ahora tenía que ser un fantasma. Tenía que acortar la distancia.

Trepé por los andamios laterales en silencio, apretando los dientes por el esfuerzo en mi brazo izquierdo. Llegué a la plataforma superior justo detrás de ellos. Estaban demasiado ocupados apuntando a Aelnora, que abajo destrozaba rodillas con una eficiencia brutal.

Me deslicé detrás del primer tirador.

Levanté mi brazo izquierdo. El mecanismo de la Garra estaba cargado.

Presioné la placa en mi palma.

¡Clac!

El virote corto se enterró en la base del cráneo del hombre. Cayó sin un sonido.

Los otros dos se giraron al oír el golpe seco del cuerpo.

Desenfundé mi espada con la mano derecha en un movimiento fluido. Antes de que el segundo hombre pudiera levantar su ballesta, mi hoja le abrió el cuello.

El tercero intentó gritar, pero Fenrir saltó sobre él, derribándolo y cerrando sus mandíbulas sobre su garganta con un crujido húmedo.

La torre era nuestra.

Desde arriba, vi que el gigante estaba empezando a cansarse. Estaba rodeado por seis lanceros que intentaban pincharlo desde lejos, manteniéndose fuera del alcance letal de su pico.

No podía disparar desde aquí; la Garra no tenía el alcance de un arco. Tenía que bajar.

Salté desde la torre al techo de un barracón, y de ahí al suelo, cayendo justo detrás de la línea de lanceros.

Los soldados estaban tan concentrados en la bestia que no me vieron llegar hasta que fue demasiado tarde. Ataqué por la espalda, rápido y sucio. Un tajo a los tendones, una estocada al riñón. Dos cayeron antes de saber que estaban muertos.

El gigante aprovechó la distracción. Rugió y barrió con su pico, partiendo a dos hombres por la mitad.

Quedaban dos. Me miraron a mí, luego al gigante, luego al lobo que bajaba de la torre con el hocico rojo.

Soltaron las lanzas y corrieron hacia las montañas.

El gigante se giró hacia mí. Sus ojos estaban inyectados en sangre, salvajes, sin reconocimiento. Levantó el pico ensangrentado, listo para aplastarme. No distinguía amigos de enemigos en su frenesí ciego.

—¡Tranquilo, grandulón! —le grité, rodando por el suelo justo cuando el pico descendía.

El arma golpeó el barro donde yo había estado un segundo antes, haciendo temblar el suelo.

Me puse de pie de un salto, poniendo distancia entre nosotros, espada en mano, pero baja, en señal de no agresión.

—¡Calma! —ordené, usando mi voz de mando, la que usaba con las bestias—. ¡Los guardias están muertos!

El gigante se detuvo, respirando como un fuelle roto. Parpadeó, luchando por salir de la niebla roja de la batalla. Miró los cuerpos de los lanceros que yo había matado. Luego me miró a mí, a través de la maraña de pelo y mugre que era su cara.

Aelnora se acercó trotando, su martillo al hombro, salpicada de sangre ajena pero ilesa. Se detuvo a mi lado.

—Por los siete infiernos, Einar —dijo ella, mirando hacia arriba para ver la cara del minero—. Creo que hemos encontrado algo más duro que la roca.

El gigante nos miró a ambos, procesando la información lentamente. Finalmente, habló. Su voz era profunda, sísmica, como piedras moliéndose bajo tierra.

—No son… guardias.

Envainé mi espada con un movimiento seco y lo miré a los ojos.

—No —respondí—. Somos la rebelión que viene a derrocar el imperio. Un asentamiento a la vez.

—No —respondí—. Somos la rebelión que viene a derrocar el imperio. Un asentamiento a la vez.

Señalé los cuerpos de los soldados y luego a los mineros que empezaban a salir de sus escondites, mirándonos con temor y esperanza.

—Tú y tu gente son libres —sentencié, dejando que las palabras cayeran como martillazos—. Varic está muerto.

El gigante parpadeó, y por primera vez, el pico inmenso bajó hasta tocar el suelo. La noticia lo golpeó más fuerte que cualquier espada.

—¿Muerto? —repitió, y una sonrisa salvaje y llena de dientes sucios se abrió paso entre su barba enredada.

La mina ya no era una prisión. Era una fortaleza.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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