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Hierro y Sangre - Capítulo 48

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  4. Capítulo 48 - Capítulo 48: Tazas de Juguete
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Capítulo 48: Tazas de Juguete

(POV Einar)

El silencio que sigue a la batalla siempre es más pesado que el ruido del combate.

Pasamos la tarde arrastrando cuerpos. Los nuestros —los mineros que cayeron en la primera carga— fueron colocados con cuidado sobre una pira de madera de entibación. Los otros, los soldados de Varic, fueron despojados de todo lo útil: cotas de malla, espadas, botas y capas. La muerte no perdona, y la guerra no permite desperdicios.

Cuando Aelnora sugirió dejar los cuerpos de los guardias para los lobos y los cuervos, el gigante nos detuvo con una mano alzada, grande como una pala.

—No —retumbó su voz—. Merecen ser juzgados en el más allá. En vida fueron malas personas, crueles y codiciosos, pero solo los dioses tienen poder sobre sus almas ahora. Hay que mandarlos a su juicio. Tráiganlos a la pira.

No discutí. Había una solemnidad en sus ojos oscuros que no admitía réplica. Así que quemamos a amigos y enemigos juntos, y el humo negro se elevó hacia el cielo gris, llevándose el olor a muerte del valle.

Al atardecer, mientras las llamas aún crepitaban y los mineros supervivientes descansaban, agotados y heridos, el gigante se acercó a nosotros. Se limpió las manos llenas de hollín en sus pantalones de cuero.

—Mi nombre es Ulm —dijo, ofreciendo una mano.

—Einar —respondí, estrechándola. Mi mano desapareció en la suya. —Aelnora —dijo ella, haciendo lo mismo.

—Vengan —nos invitó con un gesto de cabeza—. La oficina del capataz es el único lugar donde no entra el viento.

Lo seguimos hasta una pequeña estructura de madera adosada a la entrada de la mina. Por dentro, era un caos de papeles y herramientas, pero Ulm se movía con una familiaridad extraña.

Nos sentamos en bancos crujientes mientras él se dirigía a una pequeña estufa de hierro en la esquina. Lo observé con fascinación. Un hombre capaz de partir a otro por la mitad con un pico estaba ahora preparando té con una delicadeza absoluta.

Sus inmensas manos, cubiertas de vello y callos, sostenían la tetera de porcelana y las tazas diminutas como si fueran juguetes de una casa de muñecas. Servía el agua hirviendo sin derramar una gota, con movimientos precisos y suaves.

Nos entregó las tazas. Parecían dedales en sus enormes dedos.

Aelnora tomó un sorbo, mirándolo por encima del borde de la taza, incapaz de contener la curiosidad. —Jamás vi un humano de tal tamaño, Ulm. Ni siquiera los berserkers del norte tienen esa estructura.

Ulm soltó una risa suave que hizo vibrar las tablas del suelo. Se sentó en una silla reforzada que gimió bajo su peso. —¿Estás acostumbrada a mirar a todos hacia abajo, elfa?

Tomó su té, la taza desapareciendo casi por completo en su puño. —Mi padre era un gigante… uno de los verdaderos, de las cumbres —dijo, mirando el vapor—. Violó a mi madre humana cuando bajó a saquear una aldea. Él solo estaba de paso. Ella… ella no me quería. Me vio nacer, vio lo que era y el miedo la venció. Me abandonó en la entrada de esta mina cuando apenas era un bulto que lloraba.

Miró a su alrededor, a las paredes de roca y madera. —Los mineros viejos me criaron. Me enseñaron a picar antes que a hablar. Este ha sido mi mundo entero, toda mi vida. La mina es mi madre y mi padre. Por eso no podía dejar que el imperio la mandara a la mierda.

Hubo un silencio respetuoso. Aelnora bajó la mirada, avergonzada quizás por haber preguntado, pero Ulm no parecía molesto. Solo resignado.

Aproveché el momento para hablar de negocios. Le contamos todo. La muerte de Varic, la caída de Cruce del Sauce, la Inquisición pisándonos los talones y nuestra base en el Fuerte.

—Necesitamos aliados, Ulm —dije, dejando la taza vacía sobre la mesa—. Y tú necesitas armas y oro para mantener esta libertad. Pueden venir con nosotros. Tú y algunos de tus hombres que tengan la fuerza para aguantar el viaje. En el fuerte hay comida, camas de verdad y acero para forjar.

Ulm asintió lentamente, mesándose la barba. —Acepto. Iré con un par de mis capataces de confianza. Dejaré al resto aquí para proteger la entrada y cuidar a los heridos. Necesitamos suministros desesperadamente.

—Podemos establecer una ruta comercial —propuse—. Tenemos oro destinado para la liberación de los asentamientos. Podemos darles más de la cuota habitual a cambio de los metales que extraen aquí. Aeris, nuestra artífice, necesita minerales específicos.

—Sin el control del ejército, hay metales suficientes para compartir —dijo Ulm, pero su expresión se ensombreció—. Sin embargo, hay un problema.

Se inclinó hacia adelante, y su sombra cubrió la mesa. —Cuando el ejército note que el acero deja de llegar, mandarán gente a verificar la mina. La burocracia del imperio es lenta, pero implacable.

—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Aelnora.

—Acabamos de mandar un cargamento hace dos días —respondió Ulm—. El próximo destacamento vendrá aquí en un mes a cobrar la cuota. Debo reforzar la mina para entonces y estar aquí para pelear cuando lleguen.

Aelnora y yo intercambiamos una mirada. No hizo falta decir nada.

—Aquí estaremos, Ulm —dijimos casi al unísono.

—El imperio no va a retomar lo que le quitamos —añadió Aelnora, con fuego en los ojos—. Trae a más de tus hombres al fuerte. Tenemos toda una fortaleza en la que pueden comer y entrenar. Los prepararemos para cuando vuelvan.

Ulm sonrió de nuevo, y esta vez la sonrisa cubrió su rostro entro. —Me gusta cómo suena eso.

Levantó su taza diminuta en un brindis improvisado. —Por la libertad. Y por la sangre que costó.

Chocamos nuestras tazas con la suya.

Mientras bebía el último trago de té amargo, miré al gigante. Un bastardo abandonado, criado por la piedra, que acababa de liderar una revolución y ahora nos servía té con la gentileza de una abuela.

Asentí para mis adentros.

Era bueno ver que, en este mundo de hierro bañado en sangre, aún quedaban almas nobles en las que se podia confiar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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