Hierro y Sangre - Capítulo 49
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Capítulo 49: Capítulo 49: Sombras en la Torre
El viento del norte me golpeó la cara, helado y constante, pero no me moví. Me apoyé en las almenas de la torre de vigilancia, dejando que el frío entumeciera mis mejillas. Era una caricia bienvenida, mucho más fácil de soportar que el calor asfixiante que sentía cada vez que estaba cerca de Einar.
Había pasado una semana desde que volvimos con Ulm y sus hombres. Una semana en la que el Fuerte del Amanecer había dejado de ser una ruina silenciosa para convertirse en algo… vivo.
Desde mi posición privilegiada, podía ver el patio iluminado por las antorchas. Los mineros que habían sobrevivido al viaje ya no parecían espectros famélicos. Habían comido carne de venado y pan caliente todos los días, y el color había vuelto a sus rostros. Algunos, los que se habían recuperado más rápido, estaban abajo ahora mismo, entrenando con Einar.
Escuché el choque de madera contra madera y la voz ronca del druida corrigiendo posturas.
—¡El escudo arriba, maldita sea! —ladraba—. Si fuera una espada de verdad, ya no tendrías oreja.
Sonreí levemente. Einar era un maestro duro, pero sus alumnos lo miraban con una devoción fanática. Para ellos, él no era solo un instructor; era el hombre que había matado a sus captores.
Mi mirada se desvió hacia la herrería. La chimenea escupía humo negro hacia el cielo estrellado.
Ulm no salía de allí. El gigante se pasaba el día entero con Aeris, hablando sobre densidades de roca y aleaciones. Incluso cuando la chica salía a caminar por el castillo para revisar los almacenes o buscar suministros, Ulm la seguía. Era como ver a una montaña escoltando a una flor. Iba siempre dos pasos detrás, en silencio, protegiéndola con su simple presencia.
Hace dos noches, pasé por el taller y los vi. Estaban sentados junto al fuego, cosiendo cuero para las nuevas armaduras. Las manos inmensas de Ulm manejaban la aguja con una delicadeza que contradecía su tamaño, y Aeris le sonreía con una tranquilidad que no le había visto nunca. Se entendían. Había una paz entre ellos que me provocó una punzada de envidia.
El fuerte estaba lleno de murmullos, de risas apagadas, del golpe rítmico del acero. Era extrañamente reconfortante. Entre todos habíamos organizado turnos de guardia en las torres, día y noche. Sabíamos que esto era solo una calma antes de la tormenta. Las sombras del Imperio y la Inquisición eran una amenaza real y, cuanto más poder ganáramos, más incómodos seríamos para ellos.
Por ahora, el plan era fortalecernos. Convertirnos en un hueso demasiado duro de roer.
Suspiré y volví a mirar al patio, buscando la figura de Einar entre las sombras.
Mañana saldríamos de nuevo. Einar había propuesto visitar un poblado al sur, famoso por su arena de combate. Creía que allí podríamos encontrar a alguien más adecuado para impartir el entrenamiento avanzado con espada, alguien especializado en ese tipo de armas, ya que él prefería las tácticas de guerrilla y yo… bueno, yo prefería aplastar cosas.
Me ajusté la capa, sintiendo el roce de la lana contra mi cuello.
Prefería estar aquí arriba, sola con el viento, a estar abajo con él.
No habíamos vuelto a hablar. De nada.
No hablamos de cómo lo cuidé cuando estaba destrozado por la fiebre mágica. No hablamos de esas noches en el camino, durmiendo acurrucados espalda contra espalda para no congelarnos. Y, por los dioses, no habíamos hablado del beso.
Me toqué los labios inconscientemente. Aún recordaba la presión, el sabor a clavo, la palmada descarada en el trasero que lo había iniciado todo.
Maldito druida.
Es muy orgulloso… o muy idiota.
Cuando parece que se acerca, cuando sus ojos se oscurecen y creo que va a decir algo, vuelve a dar un paso atrás. Se cierra como una ostra. Creo que oculta algo, o quizás teme que si cede, perderá ese control férreo que tanto valora. Pero el muy cabrón se las ingenia para que no estemos a solas por mucho tiempo. Siempre hay un mapa que revisar, una guardia que asignar o un arma que afilar.
Desvía la atención con una maestría que me enfurece.
Su frialdad quema más que el viento de la montaña.
Escuché pasos en la escalera de piedra a mis espaldas. Me giré rápido, con la mano en la maza, esperando ver a Einar.
Pero era uno de los mineros, un chico joven al que le faltaban dos dientes, trayendo un cuenco de estofado caliente.
—Mi señora Aelnora —dijo con reverencia—. El señor Ulm manda esto. Dice que el viento abre el apetito.
Relajé los hombros y tomé el cuenco. —Gracias. Dile al gigante que su memoria es tan buena como su brazo.
El chico bajó corriendo.
Me quedé sola de nuevo, sorbiendo el caldo caliente. Miré hacia el bosque negro que rodeaba nuestra fortaleza.
Una noche sola en la torre. Sin mapas, sin estrategias, sin la mirada confusa de un lobo que no sabe si quiere morder o lamer.
—Sí —susurré al viento—. Esto es lo mejor que me puede pasar en este momento.
Pero mientras lo decía, mis ojos volvieron a buscarlo en el patio, y supe que me estaba mintiendo a mí misma.
Terminé el estofado de un trago, sintiendo cómo el calor se asentaba en mi estómago, pero no en mi pecho. Ahí seguía el nudo, frío y apretado.
Abajo, Einar dio una palmada final y despachó a los hombres. Lo vi limpiar su espada con un trapo viejo, sus movimientos lentos y metódicos. Esa calma suya… a veces quería romperla a golpes solo para ver qué había debajo. Se quedó un momento allí, estático en medio del patio vacío, mirando a la nada. O quizás miraba hacia esta torre. No podía saberlo, y esa incertidumbre era lo que me estaba matando.
Golpeé la piedra helada de la almena con el puño cerrado.
No. Ya basta.
No voy a subir a ese caballo mañana sin respuestas. No voy a pasar otro viaje de dos días con su silencio llenando el aire, soportando la tortura de tenerlo tan cerca y sentirlo tan lejos. No voy a dormir otra noche a la intemperie preguntándome si su espalda contra la mía es un escudo para protegerme o una muralla para alejarme.
Mañana, antes de que salga el sol y carguemos los suministros para ir a buscar a ese nuevo maestro de espadas, lo voy a acorralar. Sin mapas de por medio, sin la presencia imponente de Ulm, sin la inocencia de Aeris actuando de amortiguador. Voy a arrancarle la verdad, aunque tenga que usar mi maza para romper ese caparazón de “comandante estoico” que se ha fabricado.
Necesito saber qué mierda pasa por su mente retorcida. Si tiene miedo, que lo diga. Si solo fui un consuelo en su momento de debilidad por la fiebre, que tenga los huevos de mirarme a la cara y admitirlo. Pero no emprenderé un viaje más a ciegas.
Dejé el cuenco vacío sobre el muro y vi cómo su figura solitaria desaparecía en la oscuridad de las barracas, huyendo de nuevo a su soledad.
—Duerme bien, druida —murmuré, sintiendo que la determinación reemplazaba a la melancolía, endureciéndose en mis venas como el acero que forjaban abajo—. Porque mañana no tendrás estrategia que te salve de mí.
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