Hierro y Sangre - Capítulo 5
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5: Capítulo 5: Humo Negro 5: Capítulo 5: Humo Negro Cuando Einar cruzó el umbral, trajo consigo el olor metálico de la sangre fresca y el frío mordiente del bosque.
Lanzó un conejo gordo sobre la mesa de madera.
La criatura aterrizó con un golpe sordo justo al lado de mi obra maestra: tres montones de tubérculos y zanahorias cortados en cubos perfectos, idénticos hasta el último milímetro.
La mesa no tenía mantel, pero la había frotado con un trapo húmedo hasta que la madera vieja casi brillaba.
Einar se detuvo, con la mano todavía en el cuchillo de caza que colgaba de su cinto.
Sus ojos oscuros pasaron del conejo muerto a las verduras.
—Simétrico —comentó, arqueando una ceja—.
Esperaba un desastre.
O trozos del tamaño de mi puño.
—La disciplina no se apaga cuando dejas el campo de batalla, Einar —respondí secamente desde el banco, limpiando mi pequeño cuchillo de cocina con la misma reverencia con la que limpiaría a Justicia—.
Si voy a cortar algo, lo haré con precisión.
Sea un cuello o una papa.
Él soltó un gruñido que podría haber sido de aprobación y sacó su cuchillo.
—Bien.
Porque el hambre no entiende de estética.
Sin más preámbulos, comenzó a trabajar.
No había ceremonia en sus movimientos.
Con un corte fluido, abrió el vientre del animal.
El sonido de la piel separándose de la carne, húmedo y pegajoso, llenó la pequeña cabaña.
Lo observé sin parpadear.
Había visto suficientes cuerpos abiertos como para que un conejo me revolviera el estómago.
Einar era eficiente.
Separó las vísceras con cuidado, apartando el hígado y el corazón, y guardó la piel en un saco de sal cerca de la puerta.
Nada se desperdiciaba.
Era la economía de la supervivencia pura.
Cuando la carne estuvo troceada y echada en la olla hirviendo junto con mis verduras perfectas, el aroma comenzó a cambiar el aire de la habitación.
Dejó de oler a muerte y empezó a oler a vida.
A continuidad.
Einar se limpió las manos ensangrentadas con un trapo y se sentó frente a mí.
Pero no se relajó.
La tensión que había visto en sus hombros cuando entró no había desaparecido con la promesa de comida caliente.
—Hay algo ahí fuera —dijo.
Su voz era baja, carente de la ironía habitual.
Dejé de frotar la mesa con el dedo.
—¿Rastros?
¿Huellas?
—Humo —corrigió él, mirando hacia la ventana oscurecida por la noche—.
A unos tres o cuatro kilómetros al este.
Pasando la cresta de los Pinos Rotos.
—Una fogata de campamento —desestimé, aunque sentí que mi pulso se aceleraba—.
Cazadores furtivos.
O viajeros perdidos.
Einar negó con la cabeza lentamente.
—Conozco el humo de leña, Aelnora.
Es gris, blanco, a veces azulado.
Esto era negro.
Denso.
Aceitoso.
Se alzaba en una columna recta, como una herida en el cielo.
Me tensé.
Humo negro.
Aceite y brea.
—Mercenarios —dije, la palabra saliendo como una maldición—.
Es el tipo de señal que dejan cuando atacan un puesto de avanzada o una aldea pequeña.
Queman los almacenes de grano.
Queman la grasa.
—O queman los cuerpos —añadió Einar con frialdad.
Nos miramos a través del vapor que subía de la olla.
La cabaña, que hace un momento parecía un refugio seguro, de repente se sintió como una trampa de madera.
—¿Crees que nos están buscando?
—pregunté.
—No lo sé.
—Einar sacó su bolsa de tabaco, pero no lió un cigarrillo.
Solo jugueteó con la bolsa, nervioso—.
El viento soplaba hacia el norte, así que no pudieron olernos.
Pero si están barriendo el bosque en abanico…
—Nos encontrarán —terminé por él.
Me miré el costado.
La herida palpitaba, un recordatorio constante de mi debilidad.
Podía caminar, sí.
Podía cortar verduras con precisión geométrica.
Pero ¿podía correr tres kilómetros en la nieve profunda?
¿Podía levantar mi escudo y aguantar una carga?
—Sea quien sea —dijo Einar , poniéndose de pie y caminando hacia la ventana para cerrar el postigo de madera y atrancarlo—, no sé si van o vienen.
Pero sé que este lugar ya no es seguro.
Se giró hacia mí.
La luz del fuego proyectaba sombras largas en su rostro, haciéndolo parecer más viejo, más cansado.
—Tenemos que movernos pronto, Aelnora.
Esta noche descansamos, comemos hasta reventar y dormimos por turnos.
Mañana al alba, nos vamos.
—No estoy lista para pelear —admití.
Me costó decirlo.
Me costó horrores admitir vulnerabilidad frente a un humano.
—Entonces será mejor que recemos para que sean viajeros con muy mala suerte quemando su cena —replicó él, volviendo a la olla para remover el guiso—.
Porque si son los Perros de la Corona o mercenarios, dará lo mismo, no les importará si estás lista o no.
El olor del guiso llenó la cabaña, rico y sustancioso.
Pero mientras miraba el vapor ascender, solo podía pensar en esa otra columna de humo, negra y aceitosa, manchando el cielo invernal.
«La guerra nos había encontrado.
O tal vez, nunca nos había dejado ir».
Pensé —Cambiemos de tema mientras está listo el estofado —dije, buscando alejar los fantasmas de mi mente—.
Dime, Einar, ¿hace cuánto que no veías a una mujer desnuda?
¿Hubo alguna vez una mujer desnuda en esta cabaña?
Lo miré fijamente, arqueando una ceja.
—Porque, por los dioses, podría jurar que me observaste mucho más tiempo del necesario.
Einar no se inmutó, aunque dejó de revolver el guiso por un instante.
—¿Qué puedo decir, Aelnora?
Eres la primera elfa gigante que se desnuda bajo mi techo —se giró hacia mí con una franqueza brutal—.
Y sí, para ser una grandulona que podría matarme de un solo golpe, tienes un lindo trasero.
Solté una risa suave que aligeró la tensión del aire helado.
—Muy pocos han visto lo que tú, Einar.
Considérate afortunado.
Él sonrió de medio lado, volviendo su atención al fuego.
—El conejo huele bien.
Estará listo en unos minutos.
—No respondiste del todo, cazador —insistí, apoyándome contra la mesa de madera—.
¿Cuándo fue la última…?
Me interrumpió con un gesto brusco de la mano, aunque su voz no tenía filo.
—Hace mucho, grandulona.
Hace mucho que no siento el calor de una mujer.
Quizá una década.
Hizo una pausa, mirando las llamas danzar bajo la olla.
—Para ti eso sería un parpadeo, casi como lo que representa para mí esperar por este estofado…
Siempre me pregunté, elfa, ¿cómo es vivir tanto tiempo?
Sonreí ante su cambio de estrategia.
—Eres bueno evadiendo preguntas y flechas, pero no sabría decirte.
Apenas tengo poco más de cien años en este mundo.
Einar soltó un resoplido que pretendía ser una risa, sacudiendo la cabeza.
—Sí, bueno, yo ya estoy cerca de los cuarenta y estoy seguro de que es más de la mitad de lo que me tocará vivir.
Tomó un cucharón y comenzó a servir en cuencos de barro desgastados.
—Mil años es tiempo suficiente para amasar una fortuna, pero ni en tres de tus vidas probarás un mejor caldo de conejo que el mío.
—Me extendió el cuenco humeante—.
Ya está listo, así que a comer.
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