Hierro y Sangre - Capítulo 50
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Capítulo 50: Capítulo 50: Ecos de Algodón y Piedra
(POV Aeris)
La presencia de Ulm esta semana me ha mantenido ocupada. O, si soy honesta conmigo misma, deliciosamente distraída.
La noche afuera aullaba con el viento del norte, pero dentro de la herrería, el mundo se reducía al ritmo hipnótico del acero contra el acero.
Clang. Clang. Clang.
El martillo golpeó el yunque, pero mi atención no estaba en el acero al rojo vivo, sino en el hombre inmenso que estaba sentado en el banco de trabajo, iluminado por el resplandor naranja de la fragua.
Me apoyé contra la mesa de trabajo, con el cincel colgando flojo en mi mano, incapaz de apartar la vista de Ulm. Estaba terminando de aplanar la placa base para mejorar la armadura de Aelnora en el yunque. Cada vez que levantaba el martillo pesado, los músculos de su espalda y sus brazos se tensaban como cables de acero bajo una capa de sudor y hollín.
Era una visión primitiva. Pura fuerza controlada.
—El metal está cantando, pequeña artífice —dijo él sin dejar de golpear, su voz profunda compitiendo con el ruido—. ¿Escuchas la diferencia? Este hierro es terco, pero una vez que acepta la forma, no la suelta.
—Lo escucho —respondí, hipnotizada—. Es un tono más grave que el hierro de superficie.
Hablar de minerales con alguien que realmente los entiende es como beber agua fresca después de años de sequía. Nadie más en este fuerte, ni en kilómetros a la redonda, podría diferenciar el hierro de veta profunda —ese que canta cuando lo golpeas— del hierro superficial, más quebradizo y lleno de impurezas. Nadie más entendería por qué necesito que el cobre sea “dulce” y maleable para los mecanismos internos de mis granadas, o por qué el acero debe ser “amargo” para las hojas de corte.
Ulm lo entendía. No con palabras de libros, sino con las manos.
—La roca tiene memoria, pequeña artífice —me dijo con esa voz suya que retumba en el pecho y recorría mi cuerpo hasta perderse entre mis piernas—. Si la tratas con respeto, te protege. Si la golpeas con ira, se quiebra.
—Lo… lo escucho —respondí, sintiendo cómo el calor subía por mi cuello—. Es un tono más grave que el hierro de superficie.
Ulm dio un último golpe maestro, alisando una imperfección invisible, y sumergió la pieza en el barril de aceite. El silbido del vapor llenó el taller, y el olor acre se mezcló con el aroma a cuero y madera quemada.
Se secó la frente con el antebrazo y se giró hacia mí, dejando el martillo en su sitio con un clac sordo.
—La base está lista. Ahora necesita unirse al cuero —dijo, señalando el montón de correas y bolsas que yo había estado intentando ensamblar en mi banco de trabajo.
Me aparté un poco, frustrada.
—Mis dedos ya no sienten la aguja. Este cuero de uro es tan duro como la madera.
Ulm se acercó. Su inmensa sombra cubrió mi mesa, pero no sentí miedo, solo una calidez repentina.
—Déjame ver.
Se sentó en el taburete reforzado frente a mí, que crujió bajo su peso, y tomó la aguja de hueso y el hilo encerado. Parecían herramientas de juguete en sus manos, gigantescas y callosas, manos que hace un momento aplastaban metal al rojo vivo.
Contuve la respiración. Las va a romper, pensé.
Pero entonces, con una delicadeza pasmosa, sus dedos gruesos enhebraron el ojo de la aguja al primer intento.
—¿Por aquí? —preguntó, señalando la unión de las correas.
—Sí… —murmuré, mi voz saliendo más suave de lo que pretendía—. Justo ahí.
Sus manos eran gigantescas, del tamaño de palas de hornear, cubiertas de cicatrices y vello oscuro. Y, sin embargo, sostenían la aguja de hueso con una delicadeza que me dejaba sin aliento.
Empezamos a trabajar juntos en el silencio cómodo del taller. Él pasaba la aguja a través del cuero resistente sin esfuerzo, y yo tensaba el hilo y anudaba. Hombro con hombro. El calor que irradiaba su cuerpo era reconfortante, sólido.
Lo miré de reojo mientras cosíamos. Su barba estaba llena de virutas de metal, su rostro era una máscara de rudeza, pero sus ojos… sus ojos estaban llenos de una paciencia infinita.
Me sentí tonta. Increíblemente ingenua por haber suspirado días atrás por un lobo como Einar. El druida era fuego fatuo, un misterio inalcanzable que quemaba si te acercabas demasiado. Pero Ulm… Ulm era la tierra firme. Su exterior era roca pura, pero podría jurar que su interior estaba hecho de algodón.
—Tienes manos de gigante, Ulm —dije en voz baja, rompiendo el silencio mientras él apretaba una costura final—, pero tocas las cosas como si tuvieras miedo de romper el mundo.
Él se detuvo, la aguja suspendida en el aire. Me miró, y por un segundo, me pregunté si esas manos sabrían recorrer la piel de una mujer con la misma reverencia con la que trataban mis herramientas.
—El mundo es frágil, Aeris —respondió gravemente—. La fuerza no sirve de nada si destruyes lo que quieres proteger.
Terminó la última puntada y cortó el hilo con un cuchillo pequeño.
—El cuero está listo. Ahora…Dejemos la armadura de Aelnora para después y vamos a la parte difícil.
Se levantó del taburete y caminó hacia la mesa del fondo, donde descansaban los restos del Troll: la garra y el hueso craneal que debíamos convertir en la máscara de Einar.
Lo seguí. Esta era la parte que más me preocupaba.
Los materiales que habían tenido vida —hueso, tendón, escama— no eran el fuerte de Ulm; lo suyo era la roca y los minerales que nacían en sus profundidades. Y aunque mi deber era armar al druida lo antes posible, una parte egoísta de mí había querido alargar estos momentos. Quería seguir hablando de vetas de oro y nidos de plata con Ulm. Así que los nuevos juguetes de Einar demoraron un poco más de lo esperado.
—Los materiales para los artefactos de Einar son caprichosos —dije, pasándole las herramientas de tallado—. Einar nos dejó los diseños de las runas. Deben ser exactos para que la magia fluya, para que el artefacto se transforme con él. Si fallamos en un trazo, el hueso se astillará o la magia rebotará.
Ulm tomó el buril fino. Sus manos, que acababan de coser cuero, se ajustaron ahora para el trabajo de precisión de un joyero.
—La roca también tuvo vida alguna vez, hace eras —dijo él, acomodándose la lente de aumento en el ojo—. El hueso no es tan diferente. Solo hay que escuchar dónde quiere ser cortado.
Comenzó a tallar.
El sonido era un raspado suave, rítmico.
Scritch, scritch, scritch.
Virutas de polvo blanco caían sobre la mesa oscura. Los patrones complejos que Einar había dibujado empezaron a emerger en la superficie de la garra, espirales y nudos celtas perfectos bajo la mano firme de Ulm.
—¿Así está bien? —preguntó Ulm, sacándome de mis pensamientos.
Observé cómo trabajaba, cómo contenía la respiración en los giros más cerrados.
Yo temía arruinar el hueso con mi pulso nervioso, pero Ulm… Ulm tenía la estabilidad de una montaña
Sobre la superficie blanca y pulida de la Garra, las runas estaban talladas con una precisión quirúrgica
—Es perfecto —susurré, rozando el grabado con la yema del dedo—. Tienes manos de artista, Ulm.
Él soltó una risa grave, negando con la cabeza barbuda.
—Tengo manos de quien ha tenido que buscar vetas de diamante en la oscuridad sin romperlas, Aeris. Solo eso.
—Pues es suficiente —dije, sonriéndole.
Mañana por la mañana, este hombre partiría con Aelnora y Einar hacia lo desconocido. La idea de que se fuera, de que volviera al peligro sin mí, me dejó un hueco frío en el estómago que ni el calor de la fragua podía llenar.
Yo siempre me quedaba. La joven segura tras los muros. La que arregla, pero no actúa.
—En el próximo viaje —solté de repente, mi voz sonando demasiado fuerte en el silencio—. Iré con ustedes.
Ulm dejó la herramienta de tallado y me miró. Su ceño poblado se frunció ligeramente.
—El camino es duro, Aeris. Y la sangre mancha.
—La sangre se lava —repliqué, cruzándome de brazos—. Y mis inventos no sirven de nada si se quedan acumulando polvo aquí. He fabricado granadas de humo y cargas de clavos. Además, puedo abrir puertas que sus martillos no pueden derribar.
—La señora Aelnora se negará. Quiere mantenerte a salvo, como un pájaro en una jaula de hierro— Me respondió con seriedad férrea.
—Entonces convéncela tú —le pedí, dando un paso hacia él—. Últimamente, eres el único al que escucha cuando se pone terca.
Él sostuvo mi mirada unos segundos interminables, evaluando mi determinación. Luego, suspiró, un sonido como viento en una cueva, y asintió.
—Hablaré con ella. Le diré que yo seré tu escudo.
Se golpeó el pecho masivo con el puño cerrado.
—Nadie te tocará un pelo mientras yo respire, pequeña artífice. Tienes mi palabra.
Sentí un nudo en la garganta. No necesitaba caballeros brillantes ni lobos solitarios. Necesitaba esto, lo deseaba a él.
La noche había caído por completo. Ulm se estiró, y sus articulaciones crujieron ruidosamente. Limpió el polvo de hueso de la mesa con cuidado.
—Está terminado. La máscara y la garra están listas para el druida.
Miró hacia la puerta oscura.
—Debo descansar. Mañana salimos temprano.
—Ve —le dije, ocultando una sonrisa—. Yo… tengo que ordenar un poco antes de cerrar.
Se detuvo en el umbral, su inmensa figura recortada contra la noche.
—Descansa si puedes, Aeris. No te consumas en tu propio fuego.
Cuando la puerta se cerró tras él, solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.
Me quedé sola.
Pero no iba a descansar.
Saqué de debajo de mi mesa de trabajo un rollo enorme de pieles de oso y lana gruesa que había estado guardando. Ulm era demasiado grande para los catres de los barracones; había estado durmiendo en el suelo sobre mantas finas, con los pies colgando, sin quejarse ni una sola vez.
—Esta noche no hay descanso —murmuré, tomando las agujas más gruesas y el hilo de tripa.
Iba a fabricarle un saco de dormir. Uno enorme, cálido y resistente, digno de él. Quería que, allá afuera en el frío, o dentro de los muros del fuerte, cuando cerrara los ojos, sintiera que algo hecho por mis manos lo abrazaba y lo mantenía caliente.
Avivé la fragua una vez más para curtir la capa externa del cuero. Tenía trabajo que hacer.
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