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Hierro y Sangre - Capítulo 51

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Capítulo 51: Capítulo 51: Desafiar a los Dioses

(POV Aeris)

La aguja de hueso atravesó la piel de oso con un crujido seco, una y otra vez, marcando el ritmo de mis pensamientos febriles.

Era tarde, muy tarde. El fuego de la fragua se había reducido a brasas brillantes, pero yo sudaba como si estuviera al sol del mediodía. Y no era solo por el esfuerzo de coser tres capas de lana y piel curada.

Era por él.

Mientras mis manos trabajaban en el saco de dormir, mi mente traicionera volaba hacia las barracas. Imaginaba a Ulm intentando dormir en el suelo duro, con sus pies sobresaliendo de las mantas pequeñas. Imaginaba cómo este saco, que yo estaba fabricando con tanto esmero, envolvería su cuerpo masivo.

Me mordí el labio, sintiendo una punzada de calor en el bajo vientre. Dormirá envuelto en mi trabajo, pensé. Casi como si durmiera conmigo.

Sacudí la cabeza violentamente, avergonzada en la soledad del taller. Dejé la aguja y fui al barril de agua. Me eché un puñado de agua helada en la cara, dejando que goteara por mi cuello y se metiera bajo mi túnica, intentando apagar el incendio que me consumía por dentro.

—Concéntrate, Aeris —me regañé al reflejo oscuro del agua—. Eres una artífice, no una adolescente en celo.

Trabajé hasta que mis dedos sangraron un poco y la luz gris del amanecer empezó a filtrarse por las rendijas de madera.

Estaba listo. Un saco de dormir inmenso, impermeable por fuera, suave como una nube por dentro.

Abrí las puertas dobles del taller para dejar entrar el aire fresco de la mañana.

En el patio, la actividad ya había comenzado. Vi a Einar cruzando hacia los establos, revisando su equipo con esa eficiencia letal que lo caracteriza. Y allí estaba Ulm.

El gigante estaba cargando suministros. No había caballos cerca de él. Escuché a los hombres decir que irían a pie; no había bestia en el fuerte capaz de cargar a Ulm y su equipo sin doblar las patas, y él, orgulloso como es, se había negado rotundamente a ser arrastrado en un trineo como carga muerta.

Sus hombros anchos sostenían una mochila de cuero reforzado —otra de mis creaciones— que parecía llena de piedras, pero él la llevaba como si fueran plumas.

—¡Señor Einar! ¡Ulm! —los llamé, agitando la mano.

Einar se detuvo y cambió el rumbo hacia la herrería. Ulm lo siguió, sus pasos haciendo temblar ligeramente el suelo.

—¿Están listos? —preguntó Einar al entrar, su ojo sano escaneando la mesa de trabajo.

—Más que listos —dije, apartándome para revelar la Garra y la máscara sobre el maniquí.

Einar se acercó despacio. Tocó el hueso tallado de la máscara, admirando los grabados rúnicos y la fusión perfecta con el cuero y las pieles. Luego tomó el guantelete. Se lo ajustó en el brazo izquierdo. Encajaba como una segunda piel.

—Increíble… —murmuró, flexionando los dedos. La garra de hueso y cuero respondió al instante, fluida y silenciosa—. El peso es perfecto. Y siento la magia… siento que respira.

—Es obra maestra de Aeris —retumbó la voz de Ulm detrás de él. El gigante sonreía con orgullo, como si el logro fuera suyo—. Su cerebro es más grande y más útil que cualquiera de mis músculos. Yo solo golpeo cosas; ella las crea de la nada.

Lo miré, sintiendo que el corazón se me inflaba. Me acerqué a él y, sin pensarlo mucho, tomé su mano inmensa entre las mías. Era rasposa, caliente y dura.

—Tus manos también saben crear, Ulm —le dije suavemente, mirándolo a los ojos—. No seas modesto. Esos grabados son tuyos. Sin tu pulso, la magia no fluiría.

Ulm se puso rojo hasta las orejas bajo su barba. Apartó la mano despacio, con una delicadeza extrema, como si temiera romper el contacto o quemarse con mi piel.

Einar seguía admirando la Garra, abriendo y cerrando el mecanismo, completamente ajeno a la electricidad que crepitaba en el aire detrás de él.

—Ah, y esto es para ti —dije, girándome para ocultar mi propio sonrojo y entregándole a Ulm el rollo inmenso del saco de dormir.

Él lo tomó, sorprendido por el peso y la calidad de la piel. —Aeris… esto es…

—Para que no te congeles —interrumpí rápido—. Las noches en el camino son duras.

Ulm acarició la lana suave del interior y me miró con una intensidad que me hizo temblar las rodillas. —Gracias, pequeña artífice. Dormiré caliente pensando en ti.

Hubo un silencio repentino. Ulm parpadeó, dándose cuenta de lo que acababa de decir. —Eh… eso no sonó como lo pensaba. Lo que quiero decir es que… recordaré tu amabilidad… y el calor del taller…

Solté una risita nerviosa que rompió la tensión. —Disfrútalo, Ulm. Solo… disfrútalo.

—Lo haré —prometió él, abrazando el saco contra su pecho.

Einar levantó la vista del guantelete, mirándonos a ambos con el ceño fruncido, como si acabara de despertar de un trance. —¿Qué dijeron?

—Nada —respondió Ulm rápidamente, recuperando su postura estoica.

Miré hacia el patio vacío. —¿Dónde está la señora Aelnora? Quería decirle que su armadura reforzada y las mejoras para Venganza tardarán un poco más, pero estarán listas a su regreso. Quería despedirme de ella y desearle suerte.

—Decidió desayunar en su torre —dijo Ulm, mirando significativamente a Einar—. Creo que deberías ir por ella, druida. El camino es largo y un líder no debe hacer esperar a su segundo al mando.

Einar se encogió de hombros, ajustando la correa de su nuevo juguete. —No creo que sea necesario. Bajará cuando esté lista. Ya conoces a Aelnora.

Ulm dio un paso adelante, su sombra cubriendo a Einar. —Yo creo que sí es necesario —insistió con voz firme—. Ve por ella.

Einar lo miró, luego me miró a mí, y pareció captar finalmente que sobraba en la habitación. O quizás entendió la indirecta de Ulm sobre Aelnora.

—Está bien, está bien —bufó, levantando las manos—. Voy a la torre. No se muevan.

Einar salió del taller, sus botas resonando en la piedra.

En cuanto estuvimos solos, el aire cambió. Se volvió denso, cargado de palabras no dichas.

Volví a tomar la mano de Ulm. Esta vez él no la apartó. Me aferré a sus dedos callosos.

—Promete que regresarás con bien —le pedí, sintiendo que la garganta se me cerraba.

Ulm me miró con tristeza resignada. —Mi destino está en las manos de los dioses, Aeris. Volveré si es su voluntad.

Sentí una oleada de frustración. ¿Su voluntad? ¿Qué saben los dioses de lo que yo necesito? — pensé

Solté su mano bruscamente.

Arrastré un banco de madera hasta quedar frente a él y me subí de un salto. Ahora, mis ojos estaban a la altura de los suyos.

Puse mis manos a ambos lados de su cabeza, sintiendo la textura áspera de su barba y el calor de su piel. Lo obligué a mirarme fijamente.

—Si no es la voluntad de los dioses que vuelvas a mí… —susurré con fiereza—, desafíalos.

Me incliné y besé su frente. Un beso largo, apretado, sellando la promesa en su piel.

—Regresa con bien, por favor. Desafíalos a todos si hace falta, pero vuelve.

Ulm cerró los ojos un momento, y cuando los abrió, vi un fuego nuevo en ellos. Ya no era resignación. Era determinación.

—Lo haré —prometió, su voz ronca—. Si la situación lo requiere, desafiaré a los dioses. Lo prometo.

La torre siempre se ha sentido fría, pero hoy el aire pesaba más que mi armadura de escamas de draco. Estaba terminando de ajustar las correas de mi peto, con movimientos mecánicos, intentando ignorar el nudo que tenía en la garganta. Escuché sus pasos. Ese ritmo ligero, casi imperceptible, que solo él tiene.

—¿Por qué no bajaste a comer, grandulona? —preguntó Einar. Su tono era casual, como si no hubiera pasado nada, como si no estuviéramos rompiéndonos en pedazos en silencio.

Ni siquiera me giré. Seguí apretando los cierres de mis guanteletes de cuero negro.

—No quería verte —respondí, y mi propia voz me sonó extraña, gélida.

Escuché cómo se acercaba un par de pasos. Pude sentir su presencia a mis espaldas, el leve rastro de bosque y metal que siempre lo acompaña.

—¿Hice algo que te ofendiera? —preguntó, con esa maldita calma que me dan ganas de gritar.

Me detuve en seco. Solté la correa y me giré, enfrentándolo. Sus figura suele ser imponente para cualquiera, pero desde mi gran altura, lo obligué a sostener mi mirada.

—No puedo seguir así, Einar. Te acercas, destrozas mis barreras y después te alejas como si nada. ¿Qué diablos quieres de mí… o conmigo? —Di un paso hacia él, invadiendo su espacio—. Necesito saber. Porque mientras más nos acercamos, más intentas huir.

Einar bajó la mirada. Esa máscara de hueso ocultaba parte de su expresión, pero su mandíbula estaba tensa.

—De verdad lo siento, Aelnora, pero no quiero hablar de eso —dijo en un susurro. Se dio la media vuelta para marcharse, como siempre. Como un cobarde.

No esta vez.

Antes de que diera un paso, mi mano izquierda se disparó. Lo agarré de la ropa, justo en el cuello, y lo jalé con toda la fuerza que la ira había acumulado en mi. Lo empujé hacia atrás, acorralándolo contra el muro de piedra de la torre. El impacto resonó en el silencio de la sala.

—No voy a dar un maldito paso fuera de esta torre sin saber qué diablos pasa contigo… con nosotros —le rugí, mi rostro a escasos centímetros del suyo—. Así que responde, Einar.

Él volvió a bajar la cabeza, evitándome. El fuego me subió por las venas. Cerré el puño y golpeé la pared justo al lado de su oreja. El crujido de la piedra bajo mi fuerza fue el único aviso.

—Diles a todos que se acabó la misión, Einar. Si no vas a hablar, no puedo seguir así. Me iré por mi cuenta. Mi objetivo era vengarme de Varic y el cabrón ya está muerto. Si la Inquisición viene, los haré pedazos yo sola. No puedo viajar contigo si no eres honesto conmigo.

Lo solté bruscamente. Me sentía agotada, vacía. Caminé hacia la salida, pero sentí una presión firme sobre mi mano. Me detuve en seco. Einar me sostenía con fuerza.

—Te menti… o más bien omití un detalle, Aelnora.

Me giré despacio, con el corazón martilleando contra las costillas.

—Te escucho, druida.

Él soltó un suspiro tan largo que pareció que una carga de toneladas se le caía de los hombros. Sus hombros se desplomaron.

—Vaya vida de mierda… Me uní al ejército cuando los rebeldes mataron a mis padres. Quería proteger a todos, soñaba con salvar al mundo y aun así… los Marcados…

—Lo recuerdo —lo interrumpí, apretando su mano entre las mías para que no se soltara—. Tu hermano Bjorn.

—Sí —respondió Einar, y su voz tembló—. Los Marcados que ahora sabemos que trabajan con el maldito ejército imperial… los mataron.

—¿Los mataron? —repetí, sintiendo un escalofrío.

—A mi hermano Bjorn, a su esposa Lorna, a su hijo Eigar… y… —Einar se quedó callado. Sus ojos se nublaron, perdiendo el foco—. Mierda, no he dicho su nombre en tanto tiempo… Mi esposa, Nereida.

Contuve la respiración. El silencio en la torre se volvió asfixiante.

—Los cuatro fueron asesinados por mercenarios mientras yo estaba ebrio, tirado en alguna posada de mierda. La noticia me llegó casi al mismo tiempo que la misión de limpieza… la familia del panadero.

Sentí que el suelo se movía bajo mis pies. Lo miré, viendo finalmente al hombre detrás de la máscara y el cinismo.

—Debí contarte antes, grandulona. La razón por la que llevaba diez años viviendo solo en el bosque es porque vivía con una herida abierta. Con un amor perdido clavado en el corazón, sin ganas de sentir nada por nadie nunca más… hasta que me topé con una hermosa elfa sangrando en la nieve.

Me miró con una melancolía que me dolió más que cualquier golpe de Varic.

—Lo siento, Aelnora. No puedo pasar por lo mismo una vez más. No puedo hacerte pasar por algo así. Nos arriesgamos, nos enfrentamos a la muerte todos los días. Debí dejar las cosas como estaban; somos un buen equipo, buenos compañeros… pero fui débil. Sentí cosas. Y si ya me da miedo perderte… no quiero pensar qué pasa si me acerco más a ti.

—No me perderás, Einar —dije con firmeza, dando un paso hacia él—. Sé cuidarme bien.

Él negó con la cabeza, una sonrisa triste apareciendo en sus labios.

—Aun si sobrevivimos, aun si derrocamos un puto imperio, Aelnora… aun si conquistamos el mundo entero y le damos una era de paz… yo ya viví al menos la mitad de mi vida. En la mitad que me queda seré cada vez más inútil. A ti te restan cientos de años. Me verás morir. No quiero esa vida de soledad y exilio que me autoimpuse… para ti. Deberías estar con alguien de tu especie, que te dé esos cientos de años de felicidad que te mereces. No con un humano estupido como yo.

Me dolió. Me dolió su lógica, su sacrificio innecesario y su terquedad.

—Lo siento, druida. Por todo. Por lo que viviste, por cómo te usó y traicionó el ejército… por Nereida, por tu familia. Pero tú no decides a quién puedo amar y a quién no.

Intenté acercarme, romper esa última distancia, pero él me esquivó con la agilidad que lo caracteriza.

—Por favor, Aelnora… querías una explicación, ya la tienes. Pero también tenemos una misión: acabar con el resto de los perros leales a Varic, la Inquisición y los Marcados.

Lo miré fijamente, tragándome el nudo en la garganta una vez más.

—¿Qué sientes por mí, Einar?

Él me sostuvo la mirada por un segundo eterno.

—Todo. Por eso no puedo permitirme hacerte daño acercándome más. Me disculpo por haber sido débil y haberte besado.

Suspiré. El peso en mi pecho no se fue, pero la rabia sí. Le solté un golpe seco en el hombro, no para herirlo, sino para sacarlo de ese pozo de autocompasión.

—Disculpa aceptada —dije, dándome la vuelta—. Apresúrate, Einar. La misión no espera.

Comencé a caminar por el pasillo, dejándolo atrás. En cuanto estuve segura de que no podía verme, me limpié las lágrimas que se me habían escapado con el dorso de la mano.

—Ese imbécil… —susurré para mí misma—, no puede decidir por mí. Es un estúpido.

Me recompuse. Enderecé la espalda, recuperé mi porte de clériga y bajé las escaleras. Al final del pasillo, Ulm me esperaba, apoyado en su inmenso pico de minero. Su sombra cubría media pared.

—Ya estoy lista —dije, con la voz más firme que pude encontrar.

Ulm ladeó la cabeza, su mirada de gigante buscando algo en mi rostro.

—¿Y Einar? —preguntó con su voz profunda.

—No tarda —respondí, ajustando mi martillo a la espalda—. ¿Falta algo más antes de partir?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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