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Hierro y Sangre - Capítulo 52

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Capítulo 52: Capítulo 52: Un buen hombre

La torre siempre se ha sentido fría, pero hoy el aire pesaba más que mi armadura de escamas de draco. Estaba terminando de ajustar las correas de mi peto, con movimientos mecánicos, intentando ignorar el nudo que tenía en la garganta. Escuché sus pasos. Ese ritmo ligero, casi imperceptible, que solo él tiene.

—¿Por qué no bajaste a comer, grandulona? —preguntó Einar. Su tono era casual, como si no hubiera pasado nada, como si no estuviéramos rompiéndonos en pedazos en silencio.

Ni siquiera me giré. Seguí apretando los cierres de mis guanteletes de cuero negro.

—No quería verte —respondí, y mi propia voz me sonó extraña, gélida.

Escuché cómo se acercaba un par de pasos. Pude sentir su presencia a mis espaldas, el leve rastro de bosque y metal que siempre lo acompaña.

—¿Hice algo que te ofendiera? —preguntó, con esa maldita calma que me dan ganas de gritar.

Me detuve en seco. Solté la correa y me giré, enfrentándolo. Sus figura suele ser imponente para cualquiera, pero desde mi gran altura, lo obligué a sostener mi mirada.

—No puedo seguir así, Einar. Te acercas, destrozas mis barreras y después te alejas como si nada. ¿Qué diablos quieres de mí… o conmigo? —Di un paso hacia él, invadiendo su espacio—. Necesito saber. Porque mientras más nos acercamos, más intentas huir.

Einar bajó la mirada. Esa máscara de hueso ocultaba parte de su expresión, pero su mandíbula estaba tensa.

—De verdad lo siento, Aelnora, pero no quiero hablar de eso —dijo en un susurro. Se dio la media vuelta para marcharse, como siempre. Como un cobarde.

No esta vez.

Antes de que diera un paso, mi mano izquierda se disparó. Lo agarré de la ropa, justo en el cuello, y lo jalé con toda la fuerza que la ira había acumulado en mi. Lo empujé hacia atrás, acorralándolo contra el muro de piedra de la torre. El impacto resonó en el silencio de la sala.

—No voy a dar un maldito paso fuera de esta torre sin saber qué diablos pasa contigo… con nosotros —le rugí, mi rostro a escasos centímetros del suyo—. Así que responde, Einar.

Él volvió a bajar la cabeza, evitándome. El fuego me subió por las venas. Cerré el puño y golpeé la pared justo al lado de su oreja. El crujido de la piedra bajo mi fuerza fue el único aviso.

—Diles a todos que se acabó la misión, Einar. Si no vas a hablar, no puedo seguir así. Me iré por mi cuenta. Mi objetivo era vengarme de Varic y el cabrón ya está muerto. Si la Inquisición viene, los haré pedazos yo sola. No puedo viajar contigo si no eres honesto conmigo.

Lo solté bruscamente. Me sentía agotada, vacía. Caminé hacia la salida, pero sentí una presión firme sobre mi mano. Me detuve en seco. Einar me sostenía con fuerza.

—Te menti… o más bien omití un detalle, Aelnora.

Me giré despacio, con el corazón martilleando contra las costillas.

—Te escucho, druida.

Él soltó un suspiro tan largo que pareció que una carga de toneladas se le caía de los hombros. Sus hombros se desplomaron.

—Vaya vida de mierda… Me uní al ejército cuando los rebeldes mataron a mis padres. Quería proteger a todos, soñaba con salvar al mundo y aun así… los Marcados…

—Lo recuerdo —lo interrumpí, apretando su mano entre las mías para que no se soltara—. Tu hermano Bjorn.

—Sí —respondió Einar, y su voz tembló—. Los Marcados que ahora sabemos que trabajan con el maldito ejército imperial… los mataron.

—¿Los mataron? —repetí, sintiendo un escalofrío.

—A mi hermano Bjorn, a su esposa Lorna, a su hijo Eigar… y… —Einar se quedó callado. Sus ojos se nublaron, perdiendo el foco—. Mierda, no he dicho su nombre en tanto tiempo… Mi esposa, Nereida.

Contuve la respiración. El silencio en la torre se volvió asfixiante.

—Los cuatro fueron asesinados por mercenarios mientras yo estaba ebrio, tirado en alguna posada de mierda. La noticia me llegó casi al mismo tiempo que la misión de limpieza… la familia del panadero.

Sentí que el suelo se movía bajo mis pies. Lo miré, viendo finalmente al hombre detrás de la máscara y el cinismo.

—Debí contarte antes, grandulona. La razón por la que llevaba diez años viviendo solo en el bosque es porque vivía con una herida abierta. Con un amor perdido clavado en el corazón, sin ganas de sentir nada por nadie nunca más… hasta que me topé con una hermosa elfa sangrando en la nieve.

Me miró con una melancolía que me dolió más que cualquier golpe de Varic.

—Lo siento, Aelnora. No puedo pasar por lo mismo una vez más. No puedo hacerte pasar por algo así. Nos arriesgamos, nos enfrentamos a la muerte todos los días. Debí dejar las cosas como estaban; somos un buen equipo, buenos compañeros… pero fui débil. Sentí cosas. Y si ya me da miedo perderte… no quiero pensar qué pasa si me acerco más a ti.

—No me perderás, Einar —dije con firmeza, dando un paso hacia él—. Sé cuidarme bien.

Él negó con la cabeza, una sonrisa triste apareciendo en sus labios.

—Aun si sobrevivimos, aun si derrocamos un puto imperio, Aelnora… aun si conquistamos el mundo entero y le damos una era de paz… yo ya viví al menos la mitad de mi vida. En la mitad que me queda seré cada vez más inútil. A ti te restan cientos de años. Me verás morir. No quiero esa vida de soledad y exilio que me autoimpuse… para ti. Deberías estar con alguien de tu especie, que te dé esos cientos de años de felicidad que te mereces. No con un humano estupido como yo.

Me dolió. Me dolió su lógica, su sacrificio innecesario y su terquedad.

—Lo siento, druida. Por todo. Por lo que viviste, por cómo te usó y traicionó el ejército… por Nereida, por tu familia. Pero tú no decides a quién puedo amar y a quién no.

Intenté acercarme, romper esa última distancia, pero él me esquivó con la agilidad que lo caracteriza.

—Por favor, Aelnora… querías una explicación, ya la tienes. Pero también tenemos una misión: acabar con el resto de los perros leales a Varic, la Inquisición y los Marcados.

Lo miré fijamente, tragándome el nudo en la garganta una vez más.

—¿Qué sientes por mí, Einar?

Él me sostuvo la mirada por un segundo eterno.

—Todo. Por eso no puedo permitirme hacerte daño acercándome más. Me disculpo por haber sido débil y haberte besado.

Suspiré. El peso en mi pecho no se fue, pero la rabia sí. Le solté un golpe seco en el hombro, no para herirlo, sino para sacarlo de ese pozo de autocompasión.

—Disculpa aceptada —dije, dándome la vuelta—. Apresúrate, Einar. La misión no espera.

Comencé a caminar por el pasillo, dejándolo atrás. En cuanto estuve segura de que no podía verme, me limpié las lágrimas que se me habían escapado con el dorso de la mano.

—Ese imbécil… —susurré para mí misma—, no puede decidir por mí. Es un estúpido.

Me recompuse. Enderecé la espalda, recuperé mi porte de clériga y bajé las escaleras. Al final del pasillo, Ulm me esperaba, apoyado en su inmenso pico de minero. Su sombra cubría media pared.

—Ya estoy lista —dije, con la voz más firme que pude encontrar.

Ulm ladeó la cabeza, su mirada de gigante buscando algo en mi rostro.

—¿Y Einar? —preguntó con su voz profunda.

—No tarda —respondí, ajustando mi martillo a la espalda—. ¿Falta algo más antes de partir?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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