Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Hierro y Sangre - Capítulo 53

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Hierro y Sangre
  4. Capítulo 53 - Capítulo 53: Capítulo 53: El peso de los siglos
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 53: Capítulo 53: El peso de los siglos

Me detuve a mitad de la escalera, dejando que la oscuridad de la torre me tragara. El aire allí arriba olía a incienso viejo y a la sangre seca que se negaba a abandonar los muros de piedra, pero aquí, en el descanso entre los pisos, solo olía a polvo y a la humedad de la piedra que llevaba siglos sin ver el sol. Mi respiración era corta, un silbido errático que se mezclaba con el eco de mi propio corazón latiendo con una fuerza que no merecía.

Al final del pasillo, bajo el arco de piedra que conducía al patio, las voces subían como el humo de una hoguera que se apaga. Eran voces conocidas, pero en ese momento sonaban como juicios divinos. La voz de Ulm, un rugido sísmico que cortaba el aire con la pesadez de un hacha de ejecución.

—No estás bien, Aelnora —dijo el gigante. No era una pregunta; era una sentencia. Escuché el crujido de su peso al cambiar de posición—. Reconozco la tristeza; es una mirada muy común en las minas de las profundidades… donde los hombres olvidan el color del cielo. ¿Pasó algo con Einar?

Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula. Esperaba que ella lo mandara al demonio, que sacara ese orgullo de clériga y lo pusiera en su lugar. Pero el silencio que siguió fue más doloroso que cualquier insulto.

—Es un imbécil —respondió ella finalmente. Su voz no tenía el fuego de la batalla; era una brasa agonizante.

Ulm dejó escapar una risa corta, una vibración que sentí en las plantas de mis pies.

—Pero un imbécil al que amas, pequeña elfa.

El mundo pareció detenerse. Me quedé inmóvil, pegado a la pared fría, sintiéndome como el espía más despreciable del mundo. Mis dedos de carne se hundieron en la piedra, mientras que los dedos de mi brazo de hueso vivo se crisparon por instinto, raspando la pared con un siseo metálico que afortunadamente ellos no oyeron.

—Mierda… ¿soy tan obvia? —La voz de Aelnora sonó abatida, despojada de su armadura, de sus títulos y de su fuerza. Era solo una mujer herida por un hombre que no sabía cómo dejarse amar.

—Estoy seguro de que él siente lo mismo por ti, Aelnora —insistió el gigante, con esa fe ciega que los hombres de su tamaño suelen tener en el destino.

—Eso pensé… eso me demuestra… a veces —suspiró ella, y escuché el roce de su equipo pesado al ajustarse—. Pero siempre se aleja de nuevo. Él… lleva una carga muy pesada en su corazón. Además… es humano.

—¿Y eso qué tiene que ver? —Ulm subió el tono, genuinamente ofendido por la lógica de los “nacidos cortos”—. No me dirás que estás en contra del mestizaje, ¿verdad? Mírame a mí, Aelnora. Soy la prueba de que lo diferente puede ser fuerte.

Escuché una risa triste de Aelnora, un sonido que me rompió algo que ya estaba hecho trizas.

—Claro que no, Ulm, no seas ridículo. Como dije, él es un imbécil. Quiere cuidarme, protegerme de la idea de perderlo. Teme que uno de nosotros caiga en batalla.

—Eso no pasará —sentenció Ulm con la autoridad de una montaña—. Seremos un equipo imparable. Siempre los protegeré.

—Lo sé, grandote, lo sé. Pero Einar mencionó algo que no tengo forma de discutir… —Hubo una pausa, y supe que estaba llegando al núcleo de mi propia cobardía—. Aun si no caemos en batalla, no envejeceremos juntos. Él envejecerá junto a mí. Mi propia vejez me alcanzará cientos de años después de que él se haya ido… No quiere que su muerte, o su propia vida marchitándose frente a mis ojos, se conviertan en una carga para mí.

—Pero tú lo quieres. Tú lo elegiste, Aelnora. No elegiste a un elfo, lo elegiste a él.

—Sí, bueno, nuestro druida es necio. Supongo que eso lo ha mantenido vivo hasta ahora.

—¿Y entonces? —insistió el gigante—. ¿Simplemente dejarás que las cosas se queden así?

—Prefiero tenerlo de compañero que verlo partir, grandote. Mientras esté cerca… sigo teniendo un motivo para luchar. —Hizo una pausa, y el silencio se llenó de un entendimiento mutuo cuando añadió—: Lo entiendes, ¿no es así? Sé que miras a la pequeña artífice con otros ojos.

Ulm no necesitó más palabras. El silencio fue su respuesta.

—Sí, Aelnora. Sé de lo que hablas… En fin, todo está listo. Partiremos en cuanto el druida venga.

Escuché sus pasos alejarse. Las botas de cuero y escama de Aelnora chocando rítmicamente contra sus musleras, el retumbar pesado y rítmico de Ulm. Me quedé solo en la oscuridad. El peso de lo que acababa de escuchar me golpeó con la fuerza de un alud. Mis piernas cedieron.

Me desplomé en los escalones, sintiendo cómo el frío de la torre me subía por la columna. Las lágrimas, esas que me había prohibido derramar hace una década, brotaron sin control. No era un llanto de héroe; era el sollozo ahogado de un hombre que se sabe su propio verdugo.

—¿Qué mierda estoy haciendo? —me pregunté, odiando cada latido de mi corazón que contaba los segundos que me quedaban—. No puedo… no puedo… no…

De repente, sentí un peso cálido y áspero contra mi mejilla. Un hocico húmedo se hundió en mi cuello y un pelaje denso me envolvió. Fenrir. El viejo lobo había bajado en silencio, como siempre, encontrándome en mi momento más miserable. Gemía bajito, un sonido de preocupación que solo él y yo entendíamos.

—Tranquilo, viejo amigo —susurré, enterrando mis dedos de carne en su pelaje, mientras mi mano de hueso descansaba sobre su lomo—. Gracias por quedarte… gracias por la lealtad.

Fenrir me miró con sus ojos inteligentes, empujándome con la cabeza, obligándome a levantarme. Me aferré a él como un náufrago.

—No puedo lastimarla, amigo. ¿Lo entiendes? —le dije en un susurro roto, mirando fijamente la pared de piedra—. Le juré a los dioses que nadie más sufriría por mi culpa. Como ellos me hicieron sufrir por Nereida…

Ellos me desgarraron la vida cuando me la quitaron. No puedo permitir que Aelnora pase por ese infierno cuando mis huesos sean solo polvo y ella siga siendo joven. Prefiero que me odie ahora por ser un extraño, a que me llore durante siglos por haber sido su amor.

Me puse en pie con dificultad, apoyándome en la pared. Me miré las manos. Una era el recordatorio de la fragilidad humana; la otra, la de hueso vivo, era el recordatorio de que soy un injerto, una aberración que no pertenece a ningún mundo.

—Nadie sufrirá por mí —repetí, como un mantra para sellar mi corazón—. Lo juré ante los dioses que me condenaron a esta vida de soledad, y mantendré ese juramento, aunque me consuma por dentro.

Me limpié el rostro con el dorso de la mano, recuperando la máscara de hielo. Me puse recto, ajusté la capa y bajé el resto de la escalera. Al salir al patio, el aire del atardecer me golpeó la cara. Los encontré esperando. Aelnora estaba de espaldas, mirando hacia el horizonte con la barbilla en alto. Ulm me dedicó un asentimiento solemne, ocultando cualquier rastro de la conversación que acababa de tener.

Sin decir una palabra, me coloqué a la vanguardia. Fenrir se puso a mi lado, caminando con ese andar de depredador que compartíamos. Comenzamos a caminar hacia las tierras bajas, dejando atrás nuestro fuerte, pero llevando con nosotros una sombra mucho más larga y oscura que cualquier imperio.

El viaje desde nuestro fuerte no fue solo un desplazamiento físico; fue una travesía a través de un desierto de palabras no dichas. Dejamos atrás la seguridad de los muros de piedra que habíamos reclamado como propios, pero llevábamos con nosotros los fantasmas de la discusión en la torre.

No había caballos. En este mundo, pocas bestias podrían soportar la marcha forzada de un grupo como el nuestro, y ninguna columna vertebral animal, salvo quizás las de las leyendas, podría cargar con el peso de Ulm. Así que caminamos. El sonido de nuestras botas contra la tierra endurecida se convirtió en el único reloj que marcaba el paso del tiempo.

Crunch, crunch, crunch. Un ritmo hipnótico y agotador.

La armadura, que en batalla se sentía como una segunda piel, durante la marcha se transformaba en una penitencia. Las correas de cuero de mi peto se clavaban en mis hombros, y el mango de mi martillo golpeaba rítmicamente contra mi espalda baja, un recordatorio constante de la violencia que siempre nos esperaba al final del camino.

Pero lo peor no era el peso del acero, sino el peso del silencio.

Einar caminaba a la vanguardia, siempre unos diez o quince metros por delante. Su figura, envuelta en esa capa raída que parecía tejida con sombras, no se giraba ni una sola vez. Fenrir trotaba a su lado, pegado a su pierna, como si el lobo entendiera que su amo necesitaba un escudo contra sus propios pensamientos más que contra cualquier enemigo físico.

Ulm y yo cerrábamos la marcha.

—Está castigándose a sí mismo, ¿sabes? —murmuró el gigante en la tercera tarde. Su voz era profunda, una vibración que sentí en el pecho más que en los oídos.

Me ajusté el guantelete, intentando ignorar el nudo en mi garganta.

—Es un experto en eso, Ulm. Lleva una década perfeccionando el arte de ser un mártir silencioso.

—No es martirio, pequeña elfa —corrigió Ulm con esa paciencia infinita que parecía sacar de las mismas rocas que solía picar—. Es miedo. El hombre que camina allá adelante no teme a diez soldados imperiales, pero le aterra la idea de mirarte a los ojos y ver que su tiempo se acaba mientras el tuyo apenas comienza.

—Es un estúpido —gruñí, pateando una piedra del camino.

—Lo es —concordó Ulm con una sonrisa triste que apenas se veía bajo su barba de piedra y musgo—. Pero es nuestro estúpido.

Las noches eran incómodas. Montábamos guardias por turnos, y el fuego, que debería ser un punto de reunión, se sentía como una frontera. Einar se sentaba en el borde de la luz, afilando esa nueva garra de hueso con una piedra de amolar, el sonido shhhk, shhhk, shhhk llenando el vacío.

Nunca me miraba. Yo limpiaba mi martillo con un trapo aceitado, y Ulm… Ulm simplemente miraba las estrellas, tarareando viejas canciones mineras que hablaban de oscuridad y diamantes.

Llevábamos cuatro días de marcha cuando el terreno cambió. Las montañas dieron paso a llanuras de pasto seco y tierra rojiza. Fue en un paso estrecho, flanqueado por rocas afiladas como dientes de dragón, donde nos topamos con ellos.

Un destacamento imperial.

Eran seis. No los oímos llegar porque el viento soplaba en nuestra contra, llevándose el ruido de sus armaduras. Aparecieron tras una curva del camino, una mancha de uniformes negros y plata sucia. Se detuvieron en seco al vernos. Nosotros hicimos lo mismo.

Mis dedos se cerraron sobre el mango de mi martillo por puro instinto. Sentí cómo la magia de luz comenzaba a chispear en mis venas, lista para quemar, para juzgar. Einar ya se había agazapado, su silueta desdibujándose, listo para saltar y destripar.

Pero entonces, la mano de Ulm, grande como una losa de sepultura, se posó suavemente sobre mi hombro.

—Espera —susurró.

Lo miré, incrédula.

—Son imperiales, Ulm.

—Míralos, Aelnora —insistió el gigante.

Obedecí. Y lo que vi me detuvo. No eran una guardia de elite. Eran reclutas. Niños, apenas hombres, con armaduras que les quedaban grandes y botas remendadas con cuerda. Había miedo en sus ojos. No el fanatismo de los inquisidores ni la malicia que da haber matado decenas de enemigos, sino el terror puro de quien sabe que está lejos de casa y frente a monstruos de leyenda.

—Si no nos atacan, no atacamos —sentenció Ulm, su voz firme—. No sabemos si entre ellos hay alguien como Einar fue alguna vez. Un inocente atrapado en un sistema corrupto, obligado a marchar por una causa que no entiende.

Einar, desde su posición adelantada, giró la cabeza ligeramente. Pude ver su ojo bueno clavado en el sargento del grupo, un hombre con cara de cansancio infinito.

La patrulla imperial se pegó al borde del camino, dejando el centro libre. Pasaron junto a nosotros. Contuvimos el aliento. El aire se volvió espeso, cargado del olor a sudor rancio, cuero barato y miedo. Podía escuchar el corazón de uno de los chicos latir desbocado cuando pasó cerca de Ulm.

Nadie desenvainó. Nadie habló. Sus miradas se cruzaron con las nuestras por un segundo infinito, un intercambio mudo de alivio y advertencia, antes de seguir su camino hacia el norte.

—Piedad —murmuró Einar cuando ya eran solo puntos en la distancia. Fue la primera palabra que dijo en días—. Espero que no nos arrepintamos de ella, gigante.

—La piedad nunca es un error, druida —respondió Ulm—. Solo es un riesgo.

El perfil de Orodreth, la Joya de Hierro, comenzó a recortarse contra el cielo del atardecer al día siguiente. No era una ciudad amurallada por el miedo, sino una urbe que brillaba con antorchas y estandartes de colores. Desde lejos, parecía una celebración.

Nos detuvimos en las ruinas de un viejo molino de viento a un par de kilómetros de las puertas. Las aspas rotas crujían con la brisa, proyectando sombras largas sobre el pasto.

Einar se quitó la capucha y miró a nuestros compañeros.

—Un huargo en las calles sería aterrador —dijo, rascando a Fenrir detrás de las orejas—. Y un gigante… bueno, tú no pasas desapercibido ni, aunque te disfraces de montaña, amigo mío.

Ulm soltó una risa grave y se dejó caer sentado sobre una piedra de moler abandonada. El suelo tembló levemente.

—Lo entiendo. Atraería demasiadas miradas antes de que estemos listos.

—Esperen aquí —ordené, revisando las correas de mi equipo—. Entraremos, evaluaremos la situación y buscaremos un lugar seguro o una estrategia. Si no volvemos al amanecer…

—Si no vuelven al amanecer, iré a buscarlos —interrumpió Ulm, y su tono dejó claro que, si eso pasaba, no quedaría mucha ciudad en pie—. Y Fenrir tiene hambre.

El lobo bostezó, mostrando una hilera de dientes capaces de partir un fémur. Einar asintió y, por un breve instante, sus ojos se encontraron con los míos.

—Vamos, grandulona.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo