Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Hierro y Sangre - Capítulo 54

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Hierro y Sangre
  4. Capítulo 54 - Capítulo 54: Capítulo 54: La farsa de la Joya de Hierro
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 54: Capítulo 54: La farsa de la Joya de Hierro

El viaje desde nuestro fuerte no fue solo un desplazamiento físico; fue una travesía a través de un desierto de palabras no dichas. Dejamos atrás la seguridad de los muros de piedra que habíamos reclamado como propios, pero llevábamos con nosotros los fantasmas de la discusión en la torre.

No había caballos. En este mundo, pocas bestias podrían soportar la marcha forzada de un grupo como el nuestro, y ninguna columna vertebral animal, salvo quizás las de las leyendas, podría cargar con el peso de Ulm. Así que caminamos. El sonido de nuestras botas contra la tierra endurecida se convirtió en el único reloj que marcaba el paso del tiempo.

Crunch, crunch, crunch. Un ritmo hipnótico y agotador.

La armadura, que en batalla se sentía como una segunda piel, durante la marcha se transformaba en una penitencia. Las correas de cuero de mi peto se clavaban en mis hombros, y el mango de mi martillo golpeaba rítmicamente contra mi espalda baja, un recordatorio constante de la violencia que siempre nos esperaba al final del camino.

Pero lo peor no era el peso del acero, sino el peso del silencio.

Einar caminaba a la vanguardia, siempre unos diez o quince metros por delante. Su figura, envuelta en esa capa raída que parecía tejida con sombras, no se giraba ni una sola vez. Fenrir trotaba a su lado, pegado a su pierna, como si el lobo entendiera que su amo necesitaba un escudo contra sus propios pensamientos más que contra cualquier enemigo físico.

Ulm y yo cerrábamos la marcha.

—Está castigándose a sí mismo, ¿sabes? —murmuró el gigante en la tercera tarde. Su voz era profunda, una vibración que sentí en el pecho más que en los oídos.

Me ajusté el guantelete, intentando ignorar el nudo en mi garganta.

—Es un experto en eso, Ulm. Lleva una década perfeccionando el arte de ser un mártir silencioso.

—No es martirio, pequeña elfa —corrigió Ulm con esa paciencia infinita que parecía sacar de las mismas rocas que solía picar—. Es miedo. El hombre que camina allá adelante no teme a diez soldados imperiales, pero le aterra la idea de mirarte a los ojos y ver que su tiempo se acaba mientras el tuyo apenas comienza.

—Es un estúpido —gruñí, pateando una piedra del camino.

—Lo es —concordó Ulm con una sonrisa triste que apenas se veía bajo su barba de piedra y musgo—. Pero es nuestro estúpido.

Las noches eran incómodas. Montábamos guardias por turnos, y el fuego, que debería ser un punto de reunión, se sentía como una frontera. Einar se sentaba en el borde de la luz, afilando esa nueva garra de hueso con una piedra de amolar, el sonido shhhk, shhhk, shhhk llenando el vacío.

Nunca me miraba. Yo limpiaba mi martillo con un trapo aceitado, y Ulm… Ulm simplemente miraba las estrellas, tarareando viejas canciones mineras que hablaban de oscuridad y diamantes.

Llevábamos cuatro días de marcha cuando el terreno cambió. Las montañas dieron paso a llanuras de pasto seco y tierra rojiza. Fue en un paso estrecho, flanqueado por rocas afiladas como dientes de dragón, donde nos topamos con ellos.

Un destacamento imperial.

Eran seis. No los oímos llegar porque el viento soplaba en nuestra contra, llevándose el ruido de sus armaduras. Aparecieron tras una curva del camino, una mancha de uniformes negros y plata sucia. Se detuvieron en seco al vernos. Nosotros hicimos lo mismo.

Mis dedos se cerraron sobre el mango de mi martillo por puro instinto. Sentí cómo la magia de luz comenzaba a chispear en mis venas, lista para quemar, para juzgar. Einar ya se había agazapado, su silueta desdibujándose, listo para saltar y destripar.

Pero entonces, la mano de Ulm, grande como una losa de sepultura, se posó suavemente sobre mi hombro.

—Espera —susurró.

Lo miré, incrédula.

—Son imperiales, Ulm.

—Míralos, Aelnora —insistió el gigante.

Obedecí. Y lo que vi me detuvo. No eran una guardia de elite. Eran reclutas. Niños, apenas hombres, con armaduras que les quedaban grandes y botas remendadas con cuerda. Había miedo en sus ojos. No el fanatismo de los inquisidores ni la malicia que da haber matado decenas de enemigos, sino el terror puro de quien sabe que está lejos de casa y frente a monstruos de leyenda.

—Si no nos atacan, no atacamos —sentenció Ulm, su voz firme—. No sabemos si entre ellos hay alguien como Einar fue alguna vez. Un inocente atrapado en un sistema corrupto, obligado a marchar por una causa que no entiende.

Einar, desde su posición adelantada, giró la cabeza ligeramente. Pude ver su ojo bueno clavado en el sargento del grupo, un hombre con cara de cansancio infinito.

La patrulla imperial se pegó al borde del camino, dejando el centro libre. Pasaron junto a nosotros. Contuvimos el aliento. El aire se volvió espeso, cargado del olor a sudor rancio, cuero barato y miedo. Podía escuchar el corazón de uno de los chicos latir desbocado cuando pasó cerca de Ulm.

Nadie desenvainó. Nadie habló. Sus miradas se cruzaron con las nuestras por un segundo infinito, un intercambio mudo de alivio y advertencia, antes de seguir su camino hacia el norte.

—Piedad —murmuró Einar cuando ya eran solo puntos en la distancia. Fue la primera palabra que dijo en días—. Espero que no nos arrepintamos de ella, gigante.

—La piedad nunca es un error, druida —respondió Ulm—. Solo es un riesgo.

El perfil de Orodreth, la Joya de Hierro, comenzó a recortarse contra el cielo del atardecer al día siguiente. No era una ciudad amurallada por el miedo, sino una urbe que brillaba con antorchas y estandartes de colores. Desde lejos, parecía una celebración.

Nos detuvimos en las ruinas de un viejo molino de viento a un par de kilómetros de las puertas. Las aspas rotas crujían con la brisa, proyectando sombras largas sobre el pasto.

Einar se quitó la capucha y miró a nuestros compañeros.

—Un huargo en las calles sería aterrador —dijo, rascando a Fenrir detrás de las orejas—. Y un gigante… bueno, tú no pasas desapercibido ni, aunque te disfraces de montaña, amigo mío.

Ulm soltó una risa grave y se dejó caer sentado sobre una piedra de moler abandonada. El suelo tembló levemente.

—Lo entiendo. Atraería demasiadas miradas antes de que estemos listos.

—Esperen aquí —ordené, revisando las correas de mi equipo—. Entraremos, evaluaremos la situación y buscaremos un lugar seguro o una estrategia. Si no volvemos al amanecer…

—Si no vuelven al amanecer, iré a buscarlos —interrumpió Ulm, y su tono dejó claro que, si eso pasaba, no quedaría mucha ciudad en pie—. Y Fenrir tiene hambre.

El lobo bostezó, mostrando una hilera de dientes capaces de partir un fémur. Einar asintió y, por un breve instante, sus ojos se encontraron con los míos.

—Vamos, grandulona.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo