Hierro y Sangre - Capítulo 55
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Capítulo 55: Capítulo 55: Pan y circo
Caminamos hacia la ciudad, cubriendo nuestros rostros y armas bajo las capas de viaje. Esperaba encontrar puestos de control rigurosos, interrogatorios, quizás impuestos de entrada. Pero Orodreth estaba abierta de par en par.
La ciudad era un caos de fiesta. Banderines rojos y dorados colgaban de los balcones. Músicos tocaban flautas y tambores en las esquinas, compitiendo con los gritos de los vendedores ambulantes que ofrecían carne asada, vino especiado y amuletos de la suerte.
—Esto está mal —murmuré, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura—. El Imperio tiene guarniciones a medio día de camino, hay guerra en el norte, y aquí… aquí parece que celebran el fin del mundo.
—Pan y circo —dijo Einar con asco. Sus ojos escaneaban la multitud, buscando amenazas entre los borrachos y los juerguistas—. Es la forma más vieja de control. Mantén la barriga llena y la mente distraída, y nadie notará las cadenas.
A medida que avanzábamos hacia la plaza central, noté algo inquietante. La alegría era frenética, casi desesperada. La gente reía demasiado fuerte, bebía demasiado rápido. Y entre la multitud, patrullas de soldados imperiales caminaban con una calma arrogante. No necesitaban imponer el orden; la ciudad se había rendido voluntariamente a cambio de la fiesta.
Llegamos a una taberna llamada La Espada Rota. El letrero colgaba de una sola cadena, chirriando. Dentro, el aire era una pared sólida de humo de tabaco y olor a cerveza agria.
Nos abrimos paso hasta la barra. Einar se quedó de pie, cubriendo mi espalda, mientras yo llamaba la atención del cantinero, un hombre con una cicatriz de quemadura en el cuello y ojos que habían visto demasiados inviernos.
—Dos cervezas —pedí con voz seca.
El hombre sirvió el líquido oscuro en jarras de madera astillada y las dejó frente a nosotros. Tomé un trago largo para limpiarme el polvo del camino antes de hablar.
—¿Por qué la algarabía en las calles? —pregunté, señalando con la cabeza hacia la puerta—. ¿Qué se festeja con tanto ímpetu?
El cantinero nos miró extrañado, como si acabáramos de salir de las entrañas de la tierra.
—¿No saben del torneo? —bufó, limpiando un vaso con un trapo sucio—. Mañana inician las rondas preliminares. Coronamos al mejor gladiador de estas tierras. Quien resulte ganador ostentará el título y vivirá en lujos absolutos por un año entero, bajo el ala del Gobernador.
Intercambié una mirada rápida con Einar.
—¿Quiénes compiten en el torneo? —pregunté, deslizando una moneda de plata sobre la madera pegajosa.
El hombre ni siquiera miró la moneda al principio. Estaba limpiando un vaso con un trapo que probablemente estaba más sucio que el suelo.
—Cualquiera con oro —dijo con voz rasposa—. Y cualquiera lo suficientemente idiota para creer que tiene una oportunidad.
Einar se inclinó hacia adelante, su voz saliendo como un siseo desde la capucha.
—¿Por qué sería idiota entrar?
El cantinero detuvo el trapo. Levantó la vista y nos escrutó. Sus ojos pasaron de mi altura inusual a la postura letal de Einar.
—No son de por aquí, ¿verdad? Se les nota en la ropa. No huelen a desesperación ni a vino barato.
Escupió al suelo y señaló hacia la ventana, en dirección a la gran arena de piedra que dominaba el centro de la ciudad.
—Este pueblo, Orodreth… solía ser el hogar de la Academia de Acero. La mejor escuela de duelistas del continente. Espadachines que podían cortar una gota de lluvia antes de que tocara el suelo. Orgullosos. Honorables.
—¿Qué pasó? —pregunté, aunque ya intuía la respuesta.
—Varic pasó —gruñó el hombre. La mención del nombre hizo que varios en la barra se tensaran, pero nadie intervino—. El ejército intentó reclutarlos. La Academia se negó; dijeron que servían al arte, no a tiranos.
El cantinero se inclinó sobre la barra, bajando la voz.
—Varic no aceptó el “no”. Atacó por la noche. No con honor, no en duelo. Usó mercenarios Marcados y magos de fuego. Quemaron los dormitorios con los aprendices dentro. Fue una carnicería.
El hombre escupió al suelo con asco.
—Si tienen estómago para ello, pueden ver las ruinas de la Academia al norte del pueblo… Ahora es un puto atractivo turístico. El Imperio ofrece un recorrido guiado por las cenizas de nuestros muertos a cambio de un par de monedas.
Sentí la bilis subir por mi garganta. Einar permaneció inmóvil, como una estatua de hielo.
—¿Y hubo sobrevivientes? —preguntó Einar, con la voz fría.
—Los maestros que sobrevivieron… —continuó el cantinero, con los ojos brillando de rabia contenida— fueron encadenados. Ahora son los gladiadores de este maldito festival. El Imperio los usa para demostrar su poder. Dejan que los viajeros, los héroes locales o los idiotas borrachos se inscriban. La gente apuesta, las arcas del Imperio se llenan, y los estúpidos en las tribunas se vanaglorian gritando que “nuestros” gladiadores son invencibles.
Soltó una risa seca y cruel.
—Es un sistema perfecto. Un sistema roto que mantiene a los más estúpidos felices y a los mejores esclavizados. Nadie gana contra la casa. Nadie.
Hubo un silencio en la mesa. Podía escuchar los gritos de la multitud fuera de la taberna, y ahora me sonaban a lamentos.
Einar se movió. Sacó una pluma de su bolsa, mojó la punta en el tintero que estaba sobre el mostrador para las apuestas y señaló el pergamino de inscripciones abierto.
—Anótame.
El cantinero se quedó helado, con la boca entreabierta. Me miró a mí, luego a él.
—¿Acabas de escuchar lo que dije? ¿Te quieres morir? Solo me das la razón, extranjero: los idiotas mantienen al puto Imperio funcionando con su oro y sangre.
Einar terminó de garabatear un nombre falso para pelear en el torneo
Bjorn
Soltó la pluma sobre la madera. Le dedicó al hombre una sonrisa cínica, llena de dientes.
—Estúpido sería no apostar por mí, cantinero. Te recomiendo que lo hagas. Cuando gane, podrías pagar algunas mejoras para este lugar. Le vendría bien.
El cantinero negó con la cabeza, suena a nombre del norte, Bjorn debe ser un hueso duro de roer.
—El mas duro que conocerán— Respondió Einar o Bjorn, mejor dicho.
—Los combates inician al alba. Que los dioses se apiaden de tu alma, porque el “Jefe” de la arena no lo hará.
Salimos de la taberna. El aire fresco de la noche me golpeó la cara, pero no logró disipar el calor de mi furia. Caminamos unos metros hasta un callejón oscuro, lejos de los oídos curiosos. Lo agarré del brazo y lo giré con fuerza. Su brazo de hueso crujió bajo mi agarre, pero él no se quejó.
—¿Qué mierda haces, Einar? —le siseé, mi voz temblando de rabia—. Acabamos de llegar. Tenemos una misión: encontrar recursos, aliados, debilitar al Imperio. ¿Y tu plan es meterte en una arena suicida para alimentar el ego de un gobernador local?
Einar se quitó la capucha. Su rostro estaba serio, iluminado tenuemente por las antorchas lejanas.
—Escuchaste al tipo, Aelnora.
—Escuché que es una trampa mortal —repliqué.
—Escuché que tienen a los mejores espadachines del continente esclavizados —dijo él, con esa lógica fría y táctica que a veces me daban ganas de golpearlo—. El sistema mantiene felices a los estúpidos, pero no a los esclavos. Esos gladiadores… esos maestros de la Academia… si logramos romper sus cadenas, no solo liberamos a unos cuantos hombres.
Dio un paso hacia mí, y por primera vez en días, vi esa chispa de líder en su ojo.
—Si los liberamos y les devolvemos su honor, tendremos a los instructores perfectos para nuestro ejército. Son el inicio de la resistencia que necesitamos para defender las minas.
Me quedé mirándolo. Odiaba cuando tenía razón. Odiaba que estuviera dispuesto a arriesgar su vida tan a la ligera, como si fuera una moneda de cambio barata.
—Para liberarlos, primero tengo que estar dentro —continuó, su voz bajando de tono, volviéndose casi suave—. Tengo que ganarme su respeto en el único idioma que les han dejado: el acero.
Suspiré, soltando su brazo. La tensión entre nosotros seguía ahí, eléctrica y dolorosa, pero la misión… la misión siempre era prioridad.
—Está bien, druida —dije, ajustándome la capa—. Pero si mueres ahí dentro, te revivo solo para matarte yo misma.
Einar esbozó una media sonrisa, fugaz y afilada.
—Trato hecho. Ahora volvamos al molino. Tenemos que decirle a Ulm que mañana iremos al circo.
Bjorn, un homenaje de combate de Einar a su hermano caido, mostrara su fuerza en el torneo de Orodreth… ¿sera este un buen plan?
El camino de regreso al molino fue silencioso, pero esta vez no por tensión, sino por la gravedad de lo que habíamos hecho. Einar se había inscrito en una sentencia de muerte disfrazada de torneo, y yo seguía tratando de digerir la estupidez —o brillantez— de su plan.
Cuando llegamos a las ruinas, Ulm no estaba descansando. El gigante caminaba de un lado a otro, su silueta recortada contra la luna, visiblemente agitado. Fenrir estaba sentado, observando algo en la oscuridad con las orejas hacia atrás.
—Salí a estirar las piernas —dijo Ulm en cuanto nos vio, su voz retumbando bajo—. Fenrir y yo nos topamos con algo en las afueras. Una bodega que parecía abandonada. Pensé que sería un refugio más apto que este molino lleno de agujeros, así que entré a echar un vistazo.
El gigante se frotó la nuca, un gesto que en él parecía mover placas tectónicas.
—Adentro escuché a dos guardias hablando, decían algo sobre un torneo. Sus voces temblaban, Aelnora. No hablaban de hombres, hablaban de bestias. El almacén tenía al menos cinco jaulas con criaturas…
—¿Qué hiciste? —preguntó Einar, su ojo brillando con interés.
—Los dejé inconscientes —respondió Ulm con naturalidad—. Los amarré en una carreta de carga que parte al amanecer hacia otro pueblo. Cuando despierten, estarán lejos y confundidos. Liberé a cuatro de las criaturas, cosas pequeñas, lobos de las estepas y un oso joven… pero hubo una a la que no me pude acercar para soltarla.
Einar asintió lentamente.
—Bien hecho, Ulm. Los humanos y las criaturas somos lo suficientemente idiotas para decidir morir en una arena de combate buscando gloria, pero las bestias no tienen esa ventaja. Ellas no deben morir en espectáculos grotescos. Si una bestia va a la guerra, debe ser como mis lobos: por su manada, por un bien mayor, no por el entretenimiento de un gobernador y estúpido pueblo. Muéstrame a la bestia.
Ulm dudó un segundo.
—Sé que como druida tienes más empatía, Einar, pero esa cosa… bueno, tienes que verlo tú mismo.
Caminamos un par de minutos hacia las afueras, donde un viejo almacén de piedra se alzaba entre la maleza. Al entrar, el olor a almizcle y furia contenida me golpeó. En el fondo, sin barrotes de por medio, encadenado por el cuello con hierro reforzado, algo enorme se movía en las sombras.
Lo primero que vi fueron esos ojos azules, fulgurantes, brillando con un color y una ira antinatural en la oscuridad. La bestia dio un paso pesado hacia adelante, haciendo tensar las cadenas. Su piel escamosa tenía un tono azul pizarra, como si hubiera sido tallada en piedra helada. Se sostenía sobre seis patas musculosas que terminaban en garras romas, cada una del tamaño de un escudo de guerra. Su cabeza era ancha, una pesadilla de hueso y mandíbulas llenas de dientes de sierra.
Pero lo más impresionante era su lomo; tenía unas placas acorazadas anchas y planas, como si la naturaleza hubiera diseñado un trono de hueso vivo en su espalda o una defensa impenetrable. Y su cola… era un arma magnífica, del grueso de un garrote de troll y cubierta de púas que supuraban un líquido extraño, listas para barrer a cualquier enemigo.
—Por los dioses —susurré al reconocer la silueta acorazada—. Es un Karkadann. Y este es tan masivo… ¡carajo, incluso podría llevar a Ulm en su lomo!
Ulm soltó una risa nerviosa.
—Ni loco me acercaría de nuevo, mucho menos pretendería montarlo. Casi me arranca un brazo cuando intenté acercarme a sus cadenas.
Einar se adelantó, ignorando mi advertencia. Recorrió al animal con la vista, estudiando cada placa de su armadura natural. Se acercó un paso más y el animal, furioso, soltó un gruñido que hizo vibrar el suelo, lanzando zarpazos al aire que cortaron la oscuridad.
—No podemos solo liberarlo, Einar —dije, llevando la mano a Venganza—. Si corre hacia la ciudad, tendríamos que matarlo antes de que aplaste a alguien. Y no sé quién mataría a quién primero.
—Nadie morirá esta noche, Aelnora —respondió Einar sin apartar la vista de la bestia—. Ni el Karkadann, ni nosotros, mucho menos la gente del pueblo.
La criatura ladeó la cabeza, mirando a Einar con un odio inteligente. Einar hizo lo mismo, imitando el movimiento con una precisión inquietante.
—Es un macho joven —diagnostico el druida—. Y a juzgar por las cicatrices en sus patas y cuello, perdió la pelea contra un alfa. No tiene manada, lo cual explica cómo fue capturado. Estas bestias se mueven en grupos; un alfa con sus hembras y machos jóvenes. Pero de vez en cuando, un joven cree que puede reemplazar al líder. El perdedor es exiliado. Este muchacho de aquí subestimó al viejo que intentó derrocar.
—¿Qué propones, Einar? —preguntó Ulm.
—Que le demos una manada nueva. Si un alfa con suficiente fuerza lo acoge, será leal a la manada hasta la muerte.
—¿Y en dónde crees que vamos a encontrar una nueva manada de Karkadannes que no intente aplastar el pueblo entero, druida? —pregunté con escepticismo.
—¿Quién dijo que tienen que ser Karkadannes? —respondió Einar.
A su lado, Fenrir se levantó y se sacudió el polvo, acomodándose junto a su amo como si hubiera estado esperando este momento toda su vida.
—¡Ulm! —llamó Einar con voz firme.
El gigante se acercó de inmediato. Einar le hizo un gesto y Ulm se encorvó hasta que sus cabezas estuvieron a la misma altura. El druida le susurró algo al oído. Ulm abrió los ojos con sorpresa, pero asintió lentamente.
—Genial, el druida se volvió loco —susurré para mí misma.
Einar se giró hacia la bestia que bufaba en la oscuridad. Luego, me miró a mí.
—Nunca me preguntaste de dónde salió Fenrir —dijo con voz ronca.
Parpadeé, confundida por el cambio de tema.
—N…no…Supuse que siempre te había seguido a lo lejos, oculto en la espesura. Simplemente se mostró cuando tenía que hacerlo.
Einar soltó una risa seca.
—¿Y no te preguntaste por qué lo confundiste conmigo aquella primera vez en el cruce del sauce?
Asentí lentamente, la comprensión empezando a amanecer en mi mente, teñida de una inquietud fría.
—Sí, druida, pero… no entiendo… ¿Qué intentas decir?
—Que él no me sigue, Aelnora. Él es parte de mí. Él es… yo. Es una proyección física de mi lado más salvaje.
Einar extendió la mano hacia el lobo; Fenrir simplemente se deshizo. Su forma física colapsó en una columna de humo negro y denso, como tinta en agua. Einar comenzó a aspirar profundamente. Era como verlo fumar sus habituales cigarros de clavo, pero esta vez el humo no salía de él; se internaba en sus pulmones con violencia.
Su pecho se inflamo de forma antinatural. Crack. El sonido de sus costillas crujiendo bajo la presión de contener dos entes en un solo envase resonó en el silencio.
—Una cosa es escucharlo, saber que Einar puede adoptar una forma bestial… —pensé, retrocediendo un paso y llevándome la mano a la boca—… imaginarlo… pero verlo…
Cuando el humo entró por completo, la realidad pareció doblarse. El sonido de huesos rompiéndose y reorganizándose llenó el almacén con un eco seco.
Crack. Snap.
Pero eso solo fue el principio. A los huesos le siguió un sonido mucho peor: un ruido húmedo y grotesco, el de músculos y tendones desgarrándose y volviéndose a tejer a una velocidad antinatural, como carne cruda siendo estirada en un potro de tortura.
Einar gruñó, un sonido a medio camino entre humano y bestia, mientras su cuerpo convulsionaba violentamente. Gotas pesadas de sangre oscura brotaron de su piel estirada y cayeron sobre la paja sucia del suelo, manchando el polvo.
El rostro de Einar se distorsionó, llenándose de un pelaje negro como la noche sin estrellas. Su cuerpo entero cayó a cuatro patas, estirándose, sus ropas fundiéndose con la piel para convertirse en músculo y cuero. Y tal como lo había advertido, los artefactos de Aeris cambiaron con él.
Cuando la transformación terminó, Einar ya no estaba.
En su lugar, un Huargo Pesadilla se alzaba ante nosotros. Era el doble del tamaño de Fenrir, una verdadera montaña de músculo y furia primitiva. Su pelaje era del mismo negro azabache que el cabello del hombre que había sido segundos antes. Pero lo más aterrador no era su tamaño.
En su rostro, una placa de hueso blanco y pulido lleno de runas crecía como una máscara natural, cubriendo el lado exacto donde Einar tenía sus quemaduras humanas. Y en su pata delantera izquierda, la garra mecánica que Aeris había fabricado se había fusionado con la anatomía de la bestia, convirtiéndose en un arma de asedio biológica de hueso.
Era una visión de terror puro. Al menos hasta que Ulm habló.
—Feinar —dijo el gigante, asintiendo con convicción.
El lobo gigante giró su enorme cabeza hacia él y soltó un bufido que sonó sospechosamente a una queja humana, un resoplido de fastidio.
—¿Qué? —preguntó Ulm, encogiéndose de hombros—. Fenrir y Einar…Feinar. Tiene sentido.
Solté una carcajada nerviosa, histérica, incapaz de procesar el absurdo del momento. —Por los dioses, Ulm… no lo llames así.
El “Lobo-Einar” ignoró mi comentario y soltó un gruñido profundo que vibró en los dientes de todos los presentes. El Karkadann, esa bestia que minutos antes parecía capaz de derribar murallas se orinó del miedo.
El olor a amoníaco llenó el aire. La criatura bajó la cabeza hasta tocar el suelo sucio, ofreciendo el cuello y el vientre en señal de sumisión total ante el depredador alfa.
El huargo miró a Ulm. Sus ojos, ámbar y brillantes, conservaban intacta la inteligencia humana y táctica de Einar. Hizo un gesto brusco con el hocico hacia la bestia sometida.
Ulm se acercó con cautela. Extendió su mano enorme y acarició al Karkadann detrás de la oreja, donde la piel era más suave. El animal temblaba como un cachorro.
Con un movimiento fluido de sus músculos de piedra, Ulm agarró las cadenas que aprisionaban a la bestia y tiró. El hierro se partió con un chillido metálico.
En cuanto se sintió libre, el Karkadann saltó sobre Ulm.
—¡Cuidado! —grité, aferrando a Venganza, lista para aplastar el cráneo del animal.
Pero me detuve en seco. La bestia no estaba mordiendo, esperaba ver al animal arrancando el rostro del gigante a mordidas; lo que vi fue mucho más impresionante, la bestia estaba lamiendo la cara del gigante con una lengua rasposa y enorme, agradecida. Ulm reía bajo el peso del animal, dándole palmaditas en el lomo.
—Buen chico —decía el gigante, con la ternura de quien acaba de adoptar un perrito abandonado, ignorando que la “mascota” pesaba media tonelada—. Buen chico.
El lobo gigante se sentó sobre sus ancas traseras y, juro por los dioses, que la máscara de hueso parecía estar sonriendo. Segundos después, el lobo exhaló una nube de humo negro que lo envolvió por completo. Cuando la niebla se disipó, Einar y Fenrir estaban allí, separados de nuevo, aunque el druida parecía exhausto.
—Listo —dijo Einar, limpiándose una gota de sudor frío de la frente—. El Karkadann tiene nueva manada y Ulm nueva montura.
Ulm, desde el piso, jugando con la bestia, dijo entre risas:
—Estás completamente loco, druida. No creí que funcionaría. ¿”Acarícialo a mi señal”? Jaja, la próxima vez sé un poco más específico en tus planes.
—Eso fue impresionante, Einar —dije, sintiendo que mis manos aún temblaban ligeramente ante la demostración de poder.
Ulm se sentó, y el Karkadann se acomodó inmediatamente junto a él, como un guardián fiel.
—Y bien… —preguntó el gigante, aun sonriendo—. ¿Cómo les fue en el pueblo?
Einar y yo intercambiamos una mirada pesada. La sonrisa de Ulm se desvaneció un poco al ver nuestras expresiones.
—El torneo sobre el que hablaban los guardias, ese estúpido festival de peleas, Me inscribí. Mañana peleo —dijo Einar secamente—. Y tú tienes una bestia que entrenar, porque vamos a necesitarla.
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