Hierro y Sangre - Capítulo 56
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Capítulo 56: Capítulo 56: El Karkadann
El camino de regreso al molino fue silencioso, pero esta vez no por tensión, sino por la gravedad de lo que habíamos hecho. Einar se había inscrito en una sentencia de muerte disfrazada de torneo, y yo seguía tratando de digerir la estupidez —o brillantez— de su plan.
Cuando llegamos a las ruinas, Ulm no estaba descansando. El gigante caminaba de un lado a otro, su silueta recortada contra la luna, visiblemente agitado. Fenrir estaba sentado, observando algo en la oscuridad con las orejas hacia atrás.
—Salí a estirar las piernas —dijo Ulm en cuanto nos vio, su voz retumbando bajo—. Fenrir y yo nos topamos con algo en las afueras. Una bodega que parecía abandonada. Pensé que sería un refugio más apto que este molino lleno de agujeros, así que entré a echar un vistazo.
El gigante se frotó la nuca, un gesto que en él parecía mover placas tectónicas.
—Adentro escuché a dos guardias hablando, decían algo sobre un torneo. Sus voces temblaban, Aelnora. No hablaban de hombres, hablaban de bestias. El almacén tenía al menos cinco jaulas con criaturas…
—¿Qué hiciste? —preguntó Einar, su ojo brillando con interés.
—Los dejé inconscientes —respondió Ulm con naturalidad—. Los amarré en una carreta de carga que parte al amanecer hacia otro pueblo. Cuando despierten, estarán lejos y confundidos. Liberé a cuatro de las criaturas, cosas pequeñas, lobos de las estepas y un oso joven… pero hubo una a la que no me pude acercar para soltarla.
Einar asintió lentamente.
—Bien hecho, Ulm. Los humanos y las criaturas somos lo suficientemente idiotas para decidir morir en una arena de combate buscando gloria, pero las bestias no tienen esa ventaja. Ellas no deben morir en espectáculos grotescos. Si una bestia va a la guerra, debe ser como mis lobos: por su manada, por un bien mayor, no por el entretenimiento de un gobernador y estúpido pueblo. Muéstrame a la bestia.
Ulm dudó un segundo.
—Sé que como druida tienes más empatía, Einar, pero esa cosa… bueno, tienes que verlo tú mismo.
Caminamos un par de minutos hacia las afueras, donde un viejo almacén de piedra se alzaba entre la maleza. Al entrar, el olor a almizcle y furia contenida me golpeó. En el fondo, sin barrotes de por medio, encadenado por el cuello con hierro reforzado, algo enorme se movía en las sombras.
Lo primero que vi fueron esos ojos azules, fulgurantes, brillando con un color y una ira antinatural en la oscuridad. La bestia dio un paso pesado hacia adelante, haciendo tensar las cadenas. Su piel escamosa tenía un tono azul pizarra, como si hubiera sido tallada en piedra helada. Se sostenía sobre seis patas musculosas que terminaban en garras romas, cada una del tamaño de un escudo de guerra. Su cabeza era ancha, una pesadilla de hueso y mandíbulas llenas de dientes de sierra.
Pero lo más impresionante era su lomo; tenía unas placas acorazadas anchas y planas, como si la naturaleza hubiera diseñado un trono de hueso vivo en su espalda o una defensa impenetrable. Y su cola… era un arma magnífica, del grueso de un garrote de troll y cubierta de púas que supuraban un líquido extraño, listas para barrer a cualquier enemigo.
—Por los dioses —susurré al reconocer la silueta acorazada—. Es un Karkadann. Y este es tan masivo… ¡carajo, incluso podría llevar a Ulm en su lomo!
Ulm soltó una risa nerviosa.
—Ni loco me acercaría de nuevo, mucho menos pretendería montarlo. Casi me arranca un brazo cuando intenté acercarme a sus cadenas.
Einar se adelantó, ignorando mi advertencia. Recorrió al animal con la vista, estudiando cada placa de su armadura natural. Se acercó un paso más y el animal, furioso, soltó un gruñido que hizo vibrar el suelo, lanzando zarpazos al aire que cortaron la oscuridad.
—No podemos solo liberarlo, Einar —dije, llevando la mano a Venganza—. Si corre hacia la ciudad, tendríamos que matarlo antes de que aplaste a alguien. Y no sé quién mataría a quién primero.
—Nadie morirá esta noche, Aelnora —respondió Einar sin apartar la vista de la bestia—. Ni el Karkadann, ni nosotros, mucho menos la gente del pueblo.
La criatura ladeó la cabeza, mirando a Einar con un odio inteligente. Einar hizo lo mismo, imitando el movimiento con una precisión inquietante.
—Es un macho joven —diagnostico el druida—. Y a juzgar por las cicatrices en sus patas y cuello, perdió la pelea contra un alfa. No tiene manada, lo cual explica cómo fue capturado. Estas bestias se mueven en grupos; un alfa con sus hembras y machos jóvenes. Pero de vez en cuando, un joven cree que puede reemplazar al líder. El perdedor es exiliado. Este muchacho de aquí subestimó al viejo que intentó derrocar.
—¿Qué propones, Einar? —preguntó Ulm.
—Que le demos una manada nueva. Si un alfa con suficiente fuerza lo acoge, será leal a la manada hasta la muerte.
—¿Y en dónde crees que vamos a encontrar una nueva manada de Karkadannes que no intente aplastar el pueblo entero, druida? —pregunté con escepticismo.
—¿Quién dijo que tienen que ser Karkadannes? —respondió Einar.
A su lado, Fenrir se levantó y se sacudió el polvo, acomodándose junto a su amo como si hubiera estado esperando este momento toda su vida.
—¡Ulm! —llamó Einar con voz firme.
El gigante se acercó de inmediato. Einar le hizo un gesto y Ulm se encorvó hasta que sus cabezas estuvieron a la misma altura. El druida le susurró algo al oído. Ulm abrió los ojos con sorpresa, pero asintió lentamente.
—Genial, el druida se volvió loco —susurré para mí misma.
Einar se giró hacia la bestia que bufaba en la oscuridad. Luego, me miró a mí.
—Nunca me preguntaste de dónde salió Fenrir —dijo con voz ronca.
Parpadeé, confundida por el cambio de tema.
—N…no…Supuse que siempre te había seguido a lo lejos, oculto en la espesura. Simplemente se mostró cuando tenía que hacerlo.
Einar soltó una risa seca.
—¿Y no te preguntaste por qué lo confundiste conmigo aquella primera vez en el cruce del sauce?
Asentí lentamente, la comprensión empezando a amanecer en mi mente, teñida de una inquietud fría.
—Sí, druida, pero… no entiendo… ¿Qué intentas decir?
—Que él no me sigue, Aelnora. Él es parte de mí. Él es… yo. Es una proyección física de mi lado más salvaje.
Einar extendió la mano hacia el lobo; Fenrir simplemente se deshizo. Su forma física colapsó en una columna de humo negro y denso, como tinta en agua. Einar comenzó a aspirar profundamente. Era como verlo fumar sus habituales cigarros de clavo, pero esta vez el humo no salía de él; se internaba en sus pulmones con violencia.
Su pecho se inflamo de forma antinatural. Crack. El sonido de sus costillas crujiendo bajo la presión de contener dos entes en un solo envase resonó en el silencio.
—Una cosa es escucharlo, saber que Einar puede adoptar una forma bestial… —pensé, retrocediendo un paso y llevándome la mano a la boca—… imaginarlo… pero verlo…
Cuando el humo entró por completo, la realidad pareció doblarse. El sonido de huesos rompiéndose y reorganizándose llenó el almacén con un eco seco.
Crack. Snap.
Pero eso solo fue el principio. A los huesos le siguió un sonido mucho peor: un ruido húmedo y grotesco, el de músculos y tendones desgarrándose y volviéndose a tejer a una velocidad antinatural, como carne cruda siendo estirada en un potro de tortura.
Einar gruñó, un sonido a medio camino entre humano y bestia, mientras su cuerpo convulsionaba violentamente. Gotas pesadas de sangre oscura brotaron de su piel estirada y cayeron sobre la paja sucia del suelo, manchando el polvo.
El rostro de Einar se distorsionó, llenándose de un pelaje negro como la noche sin estrellas. Su cuerpo entero cayó a cuatro patas, estirándose, sus ropas fundiéndose con la piel para convertirse en músculo y cuero. Y tal como lo había advertido, los artefactos de Aeris cambiaron con él.
Cuando la transformación terminó, Einar ya no estaba.
En su lugar, un Huargo Pesadilla se alzaba ante nosotros. Era el doble del tamaño de Fenrir, una verdadera montaña de músculo y furia primitiva. Su pelaje era del mismo negro azabache que el cabello del hombre que había sido segundos antes. Pero lo más aterrador no era su tamaño.
En su rostro, una placa de hueso blanco y pulido lleno de runas crecía como una máscara natural, cubriendo el lado exacto donde Einar tenía sus quemaduras humanas. Y en su pata delantera izquierda, la garra mecánica que Aeris había fabricado se había fusionado con la anatomía de la bestia, convirtiéndose en un arma de asedio biológica de hueso.
Era una visión de terror puro. Al menos hasta que Ulm habló.
—Feinar —dijo el gigante, asintiendo con convicción.
El lobo gigante giró su enorme cabeza hacia él y soltó un bufido que sonó sospechosamente a una queja humana, un resoplido de fastidio.
—¿Qué? —preguntó Ulm, encogiéndose de hombros—. Fenrir y Einar…Feinar. Tiene sentido.
Solté una carcajada nerviosa, histérica, incapaz de procesar el absurdo del momento. —Por los dioses, Ulm… no lo llames así.
El “Lobo-Einar” ignoró mi comentario y soltó un gruñido profundo que vibró en los dientes de todos los presentes. El Karkadann, esa bestia que minutos antes parecía capaz de derribar murallas se orinó del miedo.
El olor a amoníaco llenó el aire. La criatura bajó la cabeza hasta tocar el suelo sucio, ofreciendo el cuello y el vientre en señal de sumisión total ante el depredador alfa.
El huargo miró a Ulm. Sus ojos, ámbar y brillantes, conservaban intacta la inteligencia humana y táctica de Einar. Hizo un gesto brusco con el hocico hacia la bestia sometida.
Ulm se acercó con cautela. Extendió su mano enorme y acarició al Karkadann detrás de la oreja, donde la piel era más suave. El animal temblaba como un cachorro.
Con un movimiento fluido de sus músculos de piedra, Ulm agarró las cadenas que aprisionaban a la bestia y tiró. El hierro se partió con un chillido metálico.
En cuanto se sintió libre, el Karkadann saltó sobre Ulm.
—¡Cuidado! —grité, aferrando a Venganza, lista para aplastar el cráneo del animal.
Pero me detuve en seco. La bestia no estaba mordiendo, esperaba ver al animal arrancando el rostro del gigante a mordidas; lo que vi fue mucho más impresionante, la bestia estaba lamiendo la cara del gigante con una lengua rasposa y enorme, agradecida. Ulm reía bajo el peso del animal, dándole palmaditas en el lomo.
—Buen chico —decía el gigante, con la ternura de quien acaba de adoptar un perrito abandonado, ignorando que la “mascota” pesaba media tonelada—. Buen chico.
El lobo gigante se sentó sobre sus ancas traseras y, juro por los dioses, que la máscara de hueso parecía estar sonriendo. Segundos después, el lobo exhaló una nube de humo negro que lo envolvió por completo. Cuando la niebla se disipó, Einar y Fenrir estaban allí, separados de nuevo, aunque el druida parecía exhausto.
—Listo —dijo Einar, limpiándose una gota de sudor frío de la frente—. El Karkadann tiene nueva manada y Ulm nueva montura.
Ulm, desde el piso, jugando con la bestia, dijo entre risas:
—Estás completamente loco, druida. No creí que funcionaría. ¿”Acarícialo a mi señal”? Jaja, la próxima vez sé un poco más específico en tus planes.
—Eso fue impresionante, Einar —dije, sintiendo que mis manos aún temblaban ligeramente ante la demostración de poder.
Ulm se sentó, y el Karkadann se acomodó inmediatamente junto a él, como un guardián fiel.
—Y bien… —preguntó el gigante, aun sonriendo—. ¿Cómo les fue en el pueblo?
Einar y yo intercambiamos una mirada pesada. La sonrisa de Ulm se desvaneció un poco al ver nuestras expresiones.
—El torneo sobre el que hablaban los guardias, ese estúpido festival de peleas, Me inscribí. Mañana peleo —dijo Einar secamente—. Y tú tienes una bestia que entrenar, porque vamos a necesitarla.
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