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Hierro y Sangre - Capítulo 57

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Capítulo 57: Capítulo 57: La Palma Roja

(Aelnora)

Las fosas del coliseo olían a sudor rancio, cuero viejo y un miedo apenas disimulado que se te pegaba a la ropa. Era un hedor que conocía bien, pero aquí, mezclado con la humedad del sótano y la desesperanza de las jaulas, se sentía más pesado, casi sólido.

Observé a Einar. Estaba apartado del grupo, sopesando una espada de entrenamiento en su mano derecha con gesto crítico.

—Estoy más acostumbrado al peso del metal —murmuró para sí mismo, haciendo un par de molinetes que silbaron en el aire—. Esto es como golpear con una rama.

A nuestro alrededor, el caos reinaba. Veinte hombres, la mayoría mercenarios de baja estofa o hijos de comerciantes buscando gloria fácil, se paseaban inflando el pecho como gallos de pelea. Se burlaban de los gladiadores que los observaban en silencio desde el otro lado de las rejas de hierro, hombres marcados por cicatrices y una calma inquietante.

—”¡Hoy cenaré en la mesa del gobernador!” —gritaba un tipo con más barriga que músculo, señalando a un gladiador a través de los barrotes—. “¡Y tú me servirás el vino, esclavo!”

El gladiador ni siquiera parpadeó. Solo lo miró con la paciencia de quien ha visto morir a hombres mejores.

—Espero que Ulm esté listo y atento a la señal —susurré, ignorando a los idiotas—. Su nuevo amigo acorazado lo va a distraer mucho.

—Estarán bien, Aelnora —respondió Einar sin dejar de probar el equilibrio del arma—. Busca a algún gladiador al que no estén jodiendo estos imbéciles y ve qué puedes averiguar. Yo practicaré un poco.

Me acerqué a una celda alejada del alboroto. Dentro, un hombre mayor con la piel curtida limpiaba un guantelete.

—¿Por qué luchan? —pregunté en voz baja, aferrando los barrotes—. Son más, son mejores que estos payasos. Podrían rebelarse.

El gladiador me miró de reojo, con desdén. —Eso no es asunto tuyo, elfa.

Sentí la frustración subirme por la garganta. —Lo es si vengo a liberarte, imbécil.

El hombre detuvo sus movimientos en seco. Me miró, y vi el peso de cien derrotas en sus ojos. —No lo hagas —advirtió—. Nadie aquí te seguirá.

—¿Por qué? —insistí.

—Luchamos porque si no lo hacemos, el pueblo arde —respondió con voz rasposa, como piedras frotándose—. Si nos negamos, los magos de fuego del Imperio regresarán con órdenes de incendiar los barrios bajos desde las murallas. Nuestras familias están ahí fuera. Luchamos para que el pueblo apueste, o luchamos a muerte entre nosotros si el Gobernador ve algún indicio de rebelión. Es el precio de mantener al pueblo y a nuestras familias a salvo.

Me acerqué más, pegando mi rostro al hierro frío. —No vengo sola. Si los liberamos a todos, ustedes y mi gente podemos acabar con los soldados antes de que envíen cuervos a la capital. Además, Varic…

El sonido violento de las lanzas de los guardias golpeando el suelo de piedra cortó mis palabras como un hacha.

—¡Fuera acompañantes! —bramó el capitán—. ¡Las putas y los escuderos a las gradas! ¡El torneo comienza!

La oportunidad se esfumó. Miré hacia atrás una última vez, con el nombre del muerto en la punta de la lengua, pero los guardias ya nos empujaban hacia la salida.

Einar ya no me miraba; estaba de cara a la puerta de la arena. Ya no era el druida. Era Bjorn.

(POV Einar / Bjorn)

Cuando Aelnora desapareció por el túnel, el aire en la sala cambió. Me acerqué a los barrotes, ignorando a los otros participantes. Al otro lado, el gladiador con el que Aelnora había hablado se puso de pie.

—No eres como ellos —dijo el hombre—. Sostienes esa madera como si fuera una extensión de tu brazo.

—Y tú no eres un esclavo, eres un soldado esperando órdenes —respondí.

El hombre soltó una risa seca. —Vienes con ella. Si quieres que te sigamos, mis hermanos y yo, debes lograr tres cosas, extranjero: mostrar tu fuerza, asegurar que el pueblo está a salvo de Varic y su gente, y ganarte el respeto de nuestro líder, la única forma de hacerlo es ganarle en batalla.

—Varic murió —solté la bomba con frialdad.

El gladiador se tensó, acercándose a los barrotes hasta que sus nudillos se pusieron blancos. —¡Mientes! Una noticia así ya habría llegado a todos los territorios que conquisto.

—Mi amiga, la elfa que acaba de salir… le aplastó el cráneo con un martillo de guerra hace unas semanas. Varic es historia, además ¿por qué los gobernadores expandirían la noticia? Mira este lugar, el gobernador sigue organizando apuestas, puede fingir que le manda su parte a Varic y vivir aun con más opulencia.

Si los libero, pueden ayudarme a eliminar o expulsar al resto de los imperiales del pueblo. Tenemos un fuerte y minas llenas de metal para armar un ejército. Allá es diferente, el imperio mandara un destacamento a cobrar su cuota con o sin Varic pedirán acero para sus espadas, necesito armar y entrenar a los mineros.

El hombre procesó la información. Una chispa de esperanza violenta se encendió en su mirada. —Varic… ¿muerto? Por los dioses. Si eso es verdad… la mitad de mis hermanos en armas se quedará aquí defendiendo el pueblo. El imperio intentara volver tarde o temprano.

La otra mitad… te seguirá al infierno si hace falta. Eso, claro, si logras mostrarnos tu valía y convences al jefe. Ahora vete. Parece que el espectáculo está a punto de comenzar.

Las compuertas se abrieron. La luz del sol me cegó momentáneamente mientras caminaba hacia la arena.

El anunciador bramó desde el palco: —¡Ciudadanos de Orodreth! Debido a un lamentable… incidente en las afueras… las bestias salvajes destinadas para la primera ronda no están disponibles.

Escuché abucheos. Sonreí para mis adentros. Bien hecho, Ulm.

—¡Pero el espectáculo debe continuar! —gritó el hombre—. ¡Esta ronda será todos contra todos! Quien se rinda o quede inconsciente está fuera. Esta ronda no es a matar, pero recuerden que la Madre Muerte siempre ronda las arenas. ¡Que los dioses los guíen! ¡COMIENCEN!

El sonido de un cuerno marcó el inicio del caos.

No fue un duelo. Fue una pelea de bar. Los participantes se lanzaron unos contra otros. Yo me moví entre el polvo, analizando. Un hombre grande cargó hacia mí con un hacha de madera. Lo esquivé y conecté un golpe seco en su nuca. Cayó como un saco de patatas.

—¡Uno fuera! —bramó el anunciador.

Caminé por la arena, esquivando peleas torpes. Otro valiente me atacó con una lanza corta. Paré su estocada y le di un golpe cortante en la base del cuello. Se desplomó sin aire. De inmediato, esclavos corrieron a arrastrarlo fuera de la arena.

—¡Van cinco eliminados! —gritó la voz.

El polvo levantado nublaba la vista. Entrecerré el ojo bueno, buscando mi siguiente objetivo. Entonces lo vi.

A unos metros, un participante bloqueó el ataque de otro. No hubo forcejeo. El hombre giró su espada de madera y la clavó de punta directo en la tráquea de su oponente. El sonido fue húmedo, crujiente. El hombre golpeado cayó de rodillas escupiendo sangre oscura, muerto en segundos.

(POV Aelnora)

Desde las gradas, me puse de pie de un salto. Habían matado a un hombre en una ronda de exhibición.

Vi al asesino encararse con Einar. No estaba solo. Otros cuatro participantes dejaron sus peleas fingidas y caminaron hacia él, ignorando el resto del combate.

—¡Es una trampa! —grité, empujando a un noble que me bloqueaba el paso.

Corrí hacia la barandilla con la mano en la empuñadura de Venganza. Tenía que saltar. Tenía que sacarlo de ahí. Un escuadrón de guardias imperiales me cerró el paso al instante, cruzando sus lanzas.

—¡Nadie pasa! —ladró el sargento—. ¡Siéntese!

Miré hacia la arena con desesperación. Los cinco hombres rodeaban a Einar. Y entonces vi lo que ellos le mostraban. Sus palmas brillaban de un rojo intenso bajo el sol.

Einar se detuvo. Sus hombros se hundieron. Su espada bajó. No estaba en guardia; estaba paralizado.

—¡EINAAAAAR! —grité con toda la fuerza de mis pulmones, olvidando el nombre falso, olvidando el plan—. ¡DESPIERTA!

Pero él no se movió.

(POV Einar/ Bjorn)

El asesino caminó hacia mí, ignorando el caos a su alrededor. —La marca debería ser un honor, druida —dijo, su voz cortando el ruido de la multitud—. No deberías ocultarla bajo esa máscara de hueso.

El tipo levantó la mano izquierda, mostrando la palma abierta hacia mí. Estaba pintada de un rojo carmesí, brillante y viscoso.

—¿La recuerdas? —preguntó con una sonrisa torcida.

En ese instante, la realidad se fracturó. La pintura roja brilló bajo el sol y mi mente, traicionera y rota, la transformó. Ya no era una mano humana cubierta de pigmento; era el guantelete de hierro al rojo vivo que me había marcado para siempre, humeando, acercándose a mi rostro.

Retrocedí, tropezando con mis propios pies, respirando con dificultad como un animal acorralado. Mi espalda chocó contra algo sólido.

Me giré de golpe, esperando un muro, pero encontré a otro participante. Él me sonrió y levantó también su palma. Roja. Hirviendo.

Miré frenéticamente a mi alrededor, girando sobre mis talones. Uno, dos… cinco. Estaba rodeado. Cinco hombres. Cinco manos levantadas, manchadas de esa sangre simbólica que para mí era fuego puro.

Un zumbido agudo llenó mis oídos, ahogando los gritos del público. La arena desapareció. De repente, no estaba bajo el sol de Orodreth. Estaba de vuelta en la oscuridad de la celda. El aire se llenó del olor dulzón y repugnante de la carne humana quemada. Sentía el peso fantasma de las cadenas en mis muñecas. Veía esas mismas manos rojas sosteniendo las herramientas…

Me quedé paralizado, mi respiración se atoró en la garganta. Disociado. El “Bjorn” seguro y letal se desmoronó en un segundo, dejando al Einar roto expuesto a los chacales.

Los otros ocho participantes restantes seguían peleando desordenados alrededor de la emboscada, completamente ajenos a que, en el centro de la arena, una ejecución estaba a punto de comenzar.

El silencio sepulcral de mi mente se rompió únicamente por un grito desesperado que venía de las gradas, desgarrando la ilusión:

—¡EINAAAAAR! ¡DESPIERTA!

El primer hombre de la palma roja se lanzó hacia mí, y yo no levanté la espada.

(Aelnora)

Los guardias me empujaban, sus lanzas cruzadas eran una barrera infranqueable sin armar un escándalo que arruinaría la misión antes de empezar. Miré a la arena. Einar seguía allí, una estatua de carne rodeada de verdugos con manos rojas. Estaba perdido en su propia mente.

—Maldita sea, Einar —gruñí.

No podía saltar, pero no me quedaría de brazos cruzados. Me agaché y, con la rapidez de una depredadora, arranqué una piedra pequeña del suelo de las gradas. Me asomé por encima del hombro del sargento y la lancé con una puntería nacida de siglos de práctica.

La piedra voló trazando un arco perfecto y golpeó a Einar justo en un costado de la cabeza.

—¡DESPIERTA, IDIOTA! —grité.

Los guardias me empujaron con fuerza de vuelta a mi asiento, pero no me importó. Había visto el impacto.

(Einar / Bjorn)

El guantelete al rojo vivo estaba a centímetros de mi cara. El olor a carne quemada me ahogaba… hasta que un dolor agudo y seco me estalló en la sien.

El golpe de la piedra me sacó del trance de un sacudón. Mis ojos enfocaron la arena justo cuando el primer hombre de la palma roja descargaba su espada de madera hacia mi cráneo. Reaccioné por puro instinto, ladeando la cabeza. La madera me rozó la oreja, pero ya estaba de vuelta.

Bjorn había regresado.

El atacante, sorprendido por mi reacción súbita, no pudo evitar que le atrapara la muñeca. Le propiné un cabezazo que le rompió el tabique y, mientras caía, le arrebaté la daga de acero que ocultaba entre sus ropas.

En ese momento, un participante ajeno a la emboscada, un muchacho joven que buscaba gloria, intentó interferir atacando a uno de los hombres de la palma roja. No tuvo oportunidad. Uno de los inquisidores giró y le hundió una daga en el ojo frente a toda la multitud.

El coliseo soltó un suspiro de horror colectivo que duró apenas un segundo antes de que la otra mitad estallara en un aplauso frenético. La sangre real siempre vendía más que la madera.

—¡SE REABREN LAS APUESTAS! —rugió el organizador desde su palco, con los ojos brillando por la avaricia—. ¡Esta es ahora una ronda de vale todo! ¡Solo uno puede quedar en pie!

El caos se apoderó de las gradas. Corredores de apuestas empezaron a recorrer los asientos colectando monedas. En la arena, los cinco hombres se lanzaron contra mí al mismo tiempo.

El polvo se levantaba en nubes densas, ocultando gran parte de la acción. Era mi terreno.

Aprovechando la bruma de tierra, activé el mecanismo de mi guantelete. El siseo de la ballesta oculta fue imperceptible bajo los gritos. Un virote de acero voló y se hundió directamente en la frente del líder del grupo. El hombre cayó hacia atrás, muerto antes de tocar el suelo, su cuerpo desapareciendo rápidamente bajo la cortina de arena que levantaban los demás.

Los otros cuatro cerraron el círculo, pero yo ya no estaba allí.

Me deslicé bajo el tajo horizontal del segundo atacante, sintiendo el aire del arma pasar sobre mi nuca. Desde el suelo, hundí la daga arrebatada en su muslo y giré sobre mi propio eje, usando el impulso para barrerle la pierna de apoyo. Mientras caía, le arrebaté su espada de madera. Ahora tenía acero en la izquierda y roble pesado en la derecha.

El tercero y el cuarto cargaron en sincronía. Crucé mis armas para bloquear un golpe doble que habría aplastado mis costillas. El impacto me obligó a hincar una rodilla en la arena, pero Bjorn no retrocedía. Con un rugido gutural, empujé hacia arriba, desequilibrándolos, y clavé la punta de la espada de madera en el plexo solar del tercero. El aire abandonó sus pulmones en un silbido húmedo mientras sus ojos se ponían en blanco.

Sin darle tiempo a caer, utilicé su cuerpo como escudo contra la estocada del cuarto. El acero del inquisidor se hundió en la espalda de su propio compañero. Aproveché su momento de duda; solté la espada de madera, atrapé su brazo armado y lo giré hasta escuchar el crujido seco del hombro desencajándose. Antes de que terminara de gritar, le hundí la daga en el espacio entre la mandíbula y la oreja.

El quinto, el que tenía la palma más roja de todas, se detuvo a pocos pasos. Sus ojos reflejaban el terror de quien ve a un demonio despertar. Lanzó una puñalada desesperada, pero mi mano derecha, la de la garra oculta bajo el cuero, atrapó la hoja desnuda. El metal cortó el guante, pero no me importó. Tiré de él hacia mí, acortando la distancia hasta que nuestras narices se tocaron.

—Dile a tu dios que Bjorn envía sus saludos —le susurré.

Le hundí el pomo de la daga en la tráquea con la fuerza de un martillo. Cayó al suelo, sujetándose el cuello, ahogándose en su propia sangre mientras la arena se teñía de un rojo que no era pintura.

Entré en un estado de frenesí absoluto. El polvo se asentó lentamente, revelando la carnicería. Solo quedábamos dos de pie: yo, cubierto de la sangre de mis fantasmas, y el gordinflón que se burlaba de los gladiadores. El tipo estaba pálido, sosteniendo una daga con manos que temblaban como hojas al viento.

Lanzó un ataque burdo, un intento de estocada que un niño podría haber esquivado. Le propiné una patada brutal entre las piernas que lo levantó del suelo. El hombre cayó retorciéndose y chillando de dolor.

—¡Me rindo! ¡Me rindo! —gritaba entre sollozos, soltando el arma y orinándose de puro terror.

Me detuve. El frenesí empezó a bajar, dejando paso a una náusea gélida. Tiré la daga al piso manchado y miré fijamente al organizador en el palco. El público, al ver que la matanza se detenía, comenzó a abuchear con furia. Querían un degüello final.

—Parece que nuestro ganador se niega a matar —gritó el organizador con una sonrisa cínica, oliendo el oro de las nuevas apuestas—. No le dejaremos opción, ¿o sí?

—¡NOOOOO! —rugió la multitud como un solo animal sediento de sangre.

—Entonces… ¿quieren verlo contra un gladiador común o contra nuestra arma secreta? —El hombre hizo una pausa dramática, extendiendo los brazos hacia las puertas reforzadas—. ¡Contra el jefe!

De repente, el ambiente cambió. No hubo gritos al principio, sino un estruendo rítmico. Cientos de personas empezaron a golpear el suelo con los pies al unísono. Bum. Bum. Bum. El sonido hacía temblar la arena y mis propios huesos.

Y entonces, el grito estalló como un trueno que sacudió los cimientos del coliseo:

—¡VALKA! ¡VALKA! ¡VALKA! ¡VALKA!

Las pesadas rejas de hierro del túnel principal se levantaron lentamente, revelando una oscuridad profunda de la que emanaba un aura de pura violencia contenida.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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