Hierro y Sangre - Capítulo 58
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Capítulo 58: Capítulo 58: El Despertar del Huargo
(Aelnora)
Los guardias me empujaban, sus lanzas cruzadas eran una barrera infranqueable sin armar un escándalo que arruinaría la misión antes de empezar. Miré a la arena. Einar seguía allí, una estatua de carne rodeada de verdugos con manos rojas. Estaba perdido en su propia mente.
—Maldita sea, Einar —gruñí.
No podía saltar, pero no me quedaría de brazos cruzados. Me agaché y, con la rapidez de una depredadora, arranqué una piedra pequeña del suelo de las gradas. Me asomé por encima del hombro del sargento y la lancé con una puntería nacida de siglos de práctica.
La piedra voló trazando un arco perfecto y golpeó a Einar justo en un costado de la cabeza.
—¡DESPIERTA, IDIOTA! —grité.
Los guardias me empujaron con fuerza de vuelta a mi asiento, pero no me importó. Había visto el impacto.
(Einar / Bjorn)
El guantelete al rojo vivo estaba a centímetros de mi cara. El olor a carne quemada me ahogaba… hasta que un dolor agudo y seco me estalló en la sien.
El golpe de la piedra me sacó del trance de un sacudón. Mis ojos enfocaron la arena justo cuando el primer hombre de la palma roja descargaba su espada de madera hacia mi cráneo. Reaccioné por puro instinto, ladeando la cabeza. La madera me rozó la oreja, pero ya estaba de vuelta.
Bjorn había regresado.
El atacante, sorprendido por mi reacción súbita, no pudo evitar que le atrapara la muñeca. Le propiné un cabezazo que le rompió el tabique y, mientras caía, le arrebaté la daga de acero que ocultaba entre sus ropas.
En ese momento, un participante ajeno a la emboscada, un muchacho joven que buscaba gloria, intentó interferir atacando a uno de los hombres de la palma roja. No tuvo oportunidad. Uno de los inquisidores giró y le hundió una daga en el ojo frente a toda la multitud.
El coliseo soltó un suspiro de horror colectivo que duró apenas un segundo antes de que la otra mitad estallara en un aplauso frenético. La sangre real siempre vendía más que la madera.
—¡SE REABREN LAS APUESTAS! —rugió el organizador desde su palco, con los ojos brillando por la avaricia—. ¡Esta es ahora una ronda de vale todo! ¡Solo uno puede quedar en pie!
El caos se apoderó de las gradas. Corredores de apuestas empezaron a recorrer los asientos colectando monedas. En la arena, los cinco hombres se lanzaron contra mí al mismo tiempo.
El polvo se levantaba en nubes densas, ocultando gran parte de la acción. Era mi terreno.
Aprovechando la bruma de tierra, activé el mecanismo de mi guantelete. El siseo de la ballesta oculta fue imperceptible bajo los gritos. Un virote de acero voló y se hundió directamente en la frente del líder del grupo. El hombre cayó hacia atrás, muerto antes de tocar el suelo, su cuerpo desapareciendo rápidamente bajo la cortina de arena que levantaban los demás.
Los otros cuatro cerraron el círculo, pero yo ya no estaba allí.
Me deslicé bajo el tajo horizontal del segundo atacante, sintiendo el aire del arma pasar sobre mi nuca. Desde el suelo, hundí la daga arrebatada en su muslo y giré sobre mi propio eje, usando el impulso para barrerle la pierna de apoyo. Mientras caía, le arrebaté su espada de madera. Ahora tenía acero en la izquierda y roble pesado en la derecha.
El tercero y el cuarto cargaron en sincronía. Crucé mis armas para bloquear un golpe doble que habría aplastado mis costillas. El impacto me obligó a hincar una rodilla en la arena, pero Bjorn no retrocedía. Con un rugido gutural, empujé hacia arriba, desequilibrándolos, y clavé la punta de la espada de madera en el plexo solar del tercero. El aire abandonó sus pulmones en un silbido húmedo mientras sus ojos se ponían en blanco.
Sin darle tiempo a caer, utilicé su cuerpo como escudo contra la estocada del cuarto. El acero del inquisidor se hundió en la espalda de su propio compañero. Aproveché su momento de duda; solté la espada de madera, atrapé su brazo armado y lo giré hasta escuchar el crujido seco del hombro desencajándose. Antes de que terminara de gritar, le hundí la daga en el espacio entre la mandíbula y la oreja.
El quinto, el que tenía la palma más roja de todas, se detuvo a pocos pasos. Sus ojos reflejaban el terror de quien ve a un demonio despertar. Lanzó una puñalada desesperada, pero mi mano derecha, la de la garra oculta bajo el cuero, atrapó la hoja desnuda. El metal cortó el guante, pero no me importó. Tiré de él hacia mí, acortando la distancia hasta que nuestras narices se tocaron.
—Dile a tu dios que Bjorn envía sus saludos —le susurré.
Le hundí el pomo de la daga en la tráquea con la fuerza de un martillo. Cayó al suelo, sujetándose el cuello, ahogándose en su propia sangre mientras la arena se teñía de un rojo que no era pintura.
Entré en un estado de frenesí absoluto. El polvo se asentó lentamente, revelando la carnicería. Solo quedábamos dos de pie: yo, cubierto de la sangre de mis fantasmas, y el gordinflón que se burlaba de los gladiadores. El tipo estaba pálido, sosteniendo una daga con manos que temblaban como hojas al viento.
Lanzó un ataque burdo, un intento de estocada que un niño podría haber esquivado. Le propiné una patada brutal entre las piernas que lo levantó del suelo. El hombre cayó retorciéndose y chillando de dolor.
—¡Me rindo! ¡Me rindo! —gritaba entre sollozos, soltando el arma y orinándose de puro terror.
Me detuve. El frenesí empezó a bajar, dejando paso a una náusea gélida. Tiré la daga al piso manchado y miré fijamente al organizador en el palco. El público, al ver que la matanza se detenía, comenzó a abuchear con furia. Querían un degüello final.
—Parece que nuestro ganador se niega a matar —gritó el organizador con una sonrisa cínica, oliendo el oro de las nuevas apuestas—. No le dejaremos opción, ¿o sí?
—¡NOOOOO! —rugió la multitud como un solo animal sediento de sangre.
—Entonces… ¿quieren verlo contra un gladiador común o contra nuestra arma secreta? —El hombre hizo una pausa dramática, extendiendo los brazos hacia las puertas reforzadas—. ¡Contra el jefe!
De repente, el ambiente cambió. No hubo gritos al principio, sino un estruendo rítmico. Cientos de personas empezaron a golpear el suelo con los pies al unísono. Bum. Bum. Bum. El sonido hacía temblar la arena y mis propios huesos.
Y entonces, el grito estalló como un trueno que sacudió los cimientos del coliseo:
—¡VALKA! ¡VALKA! ¡VALKA! ¡VALKA!
Las pesadas rejas de hierro del túnel principal se levantaron lentamente, revelando una oscuridad profunda de la que emanaba un aura de pura violencia contenida.
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