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Hierro y Sangre - Capítulo 59

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Capítulo 59: Capítulo 59: Valka

(Einar)

El estruendo de los pies golpeando las gradas era rítmico, ensordecedor. Bum. Bum. Bum. El nombre del jefe se elevaba como un mantra de guerra: ¡VALKA! ¡VALKA! ¡VALKA!

Las puertas se abrieron por completo y entonces…ella emergió.

No era un gladiador tosco; era una visión de sensualidad letal. Vestía una armadura de placas negras que se ajustaba a su torso como una segunda piel, resaltando un escote que desafiaba la gravedad y la cordura de cualquier oponente. Debajo, una falda de tela carmesí se abría para revelar unas piernas poderosas, protegidas por grebas de acero que subían hasta sus muslos. Su cabello castaño caía en ondas salvajes sobre sus hombros, y en su mano derecha portaba una espada larga que sostenía con una facilidad insultante.

(Aelnora)

Desde mi asiento, sentí que la temperatura de la arena subía diez grados, y no era por el sol. Al ver la forma en que ella caminaba, con esa confianza depredadora, apreté los dientes.

—Esa perra se ve peligrosa —mascullé para mí misma.

(Einar)

La recorrí con la mirada, incapaz de evitar que mi ojo se detuviera más de lo debido en las curvas de su armadura. Ella lo notó de inmediato. Se detuvo a unos pasos de mí, apoyando la punta de su espada en la arena con elegancia.

—¿Esperabas a un hombre, dulzura? —preguntó con una voz que era puro terciopelo y veneno.

—No sabía qué esperar —respondí, tratando de recuperar mi enfoque.

Valka sonrió, una expresión que no llegó a sus ojos fríos.

—¡Ataca, pues! —me retó, haciendo un gesto con la mano libre.

—Vine a liberar a los gladiadores… como tú —dije en voz baja, esperando encontrar un rastro de empatía.

Ella asumió una posición defensiva perfecta, pero relajada. Señaló con la cabeza hacia las tribunas, que seguían gritando su nombre.

—Vivo llena de oro, comida y gloria, forastero. ¿Por qué habría de querer “libertad”?

—Tus hombres viven en jaulas —reclamé, señalando hacia las sombras de las fosas.

—Pues que se ganen mi rango entonces —respondió ella con un encogimiento de hombros—. Yo solo hablo el idioma del acero, y ni yo ni mis hombres iremos en busca de fantasías de libertad que no existen. Ahora, si quieres seguir esta conversación… gánate el derecho, guapo. En mi arena, la fuerza lo es todo. ¡Ataca!

Negué con la cabeza. No quería pelear con ella, no después de la carnicería anterior.

—No quiero hacerlo.

En un movimiento que mis ojos apenas pudieron registrar para una espada de ese tamaño, Valka se lanzó hacia delante. El acero brilló y sentí un ardor repentino en mi brazo izquierdo. Un corte superficial, pero preciso. Me quedé impresionado; ni siquiera vi venir el ataque. Asumí posición defensiva de inmediato mientras el público rugía en éxtasis.

—Vamos —dijo ella, lamiendo una gota de mi sangre que había saltado a su guantelete—. El próximo corte será en esas correas de cuero de tu máscara. Quiero ver tu rostro.

—Inténtalo —mascullé.

El duelo comenzó con un estallido de chispas. Valka no solo era rápida; era geométrica. Cada estocada suya obligaba a un bloqueo que me dejaba en una posición más precaria. Recuperé una espada corta de un cadáver cercano para compensar la fragilidad de mi madera, pero ella simplemente aumentó el ritmo.

Valka lanzó un tajo descendente que bloqueé cruzando ambas armas; el peso de su acero me obligó a flexionar las rodillas. Sin soltar la presión, ella giró la muñeca, enganchando mi espada corta con la guarda de la suya, y me obligó a girar como un trompo. Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, sentí su bota golpeando mi muslo, justo en el nervio. La pierna se me entumeció por un segundo.

—¿Quieres desafiar al Imperio y tienes a la Inquisición tras de ti? —dijo ella, bloqueando con desdén un contraataque mío—. Esto se pone interesante, dulzura.

Lanzó otro ataque. El duelo parecía parejo para los ojos de la multitud, pero yo lo sentía en mis huesos: ella estaba jugando conmigo. Esquivaba mis tajos con movimientos de cadera casi imperceptibles, dejando que mi acero pasara a milímetros de su piel solo para recordarme quién tenía el control. En un intercambio rápido, lanzó tres estocadas en punta a mi pecho; paré las dos primeras, pero la tercera me obligó a rodar por la arena para evitar que me atravesara el pulmón.

Mierda, está jugando conmigo, pensé mientras me ponía de pie, escupiendo tierra. Intenté un ataque de finta, pero ella pateó la arena hacia mi rostro. Cerré el ojo justo a tiempo.

—Pensé que los duelistas tenían honor —dije con rabia.

—Mientras no me liberes, soy una gladiadora, dulzura —respondió ella con una carcajada. Se lanzó en una pirueta, su falda roja ondeando como un capote, y su espada golpeó tres veces en el aire apenas a un cabello de distancia de mi cuerpo, logre esquivarla más por instinto que por habilidad.

La fatiga empezaba a pesarme. Mis pulmones ardían. Ella seguía provocándome, moviéndose con una gracia que distraía mis sentidos.

—¿Te distrae mi atuendo? Podría quitármelo para ti… si logras sobrevivir.

Me descuidé un segundo, procesando su provocación, y fue suficiente. Valka giró sobre sí misma y me golpeó con el pomo de su espada directamente en las costillas. Sentí el aire abandonar mis pulmones y retrocedí varios metros, tambaleándome. El mundo se volvió borroso por el dolor.

(Aelnora)

—¿Qué hace ese idiota? —susurré, viendo cómo Einar era dominado—. Lo van a matar si sigue así.

El plan no estaba funcionando. Einar no podía ganar este duelo de voluntades y yo no podía quedarme a ver cómo lo convertían en picadillo. Necesitábamos el caos ahora mismo.

—Ruido y caos le prometí a Ulm —dije, levantándome y escabulléndome hacia la salida de las gradas, evitando a los guardias que ahora estaban distraídos con la pelea.

Tenía que enviar la señal, pero ¿cómo? Busqué frenéticamente por los alrededores de la arena hasta que vi una carreta de suministros estacionada cerca de los túneles traseros. Llevaba una carga pesada de fuegos artificiales, destinados para la gran celebración de la noche.

—Bingo.

Eché a correr tras la carreta, mientras a mis espaldas, el rugido de la arena anunciaba que Valka se preparaba para el golpe final contra un Einar completamente abrumado

(Einar)

El aire se sentía más frío de lo que recordaba, o quizá era solo la sensación del acero pasando a milímetros de mi piel. Valka no era una guerrera, era una coreógrafa del dolor. En un parpadeo, su espada larga siseó en un arco ascendente que no buscaba mi garganta ni mi pecho. Escuché el chasquido seco del cuero curtido rompiéndose justo al lado de mi oreja derecha, seguido de un tirón violento que me arrancó varios mechones de cabello desde la raíz.

Entonces, el peso que había protegido mi herida y mi cordura durante días desapareció. Escuché el golpe sordo de la máscara de hueso al chocar contra la arena.

El pánico me golpeó con más fuerza que cualquier maza imperial. Retrocedí de un salto, tropezando con mis propios pies, mientras mi mano izquierda subía por puro instinto para cubrir la mitad de mi rostro. Intenté ocultar la piel retorcida, ese mapa de odio y fuego que el sol de mediodía ahora lamía castigando sin piedad.

Sentía las miradas de los cientos de personas en las gradas como si fueran agujas incandescentes clavándose en mi carne quemada. El silencio que siguió a la caída de la máscara fue más ruidoso que cualquier abucheo.

Valka soltó una carcajada vibrante, una nota de triunfo que rebotó en los muros de piedra del coliseo.

—¡Vamos dulzura, te lo advertí! —exclamó con arrogancia, haciendo girar su espada en un molinete perfecto—. Los guerreros de verdad no ocultan las cicatrices de batalla. Muéstrale al mundo quién eres, deja de esconderte tras ese trozo de cráneo.

La furia, esa vieja amiga que siempre dormía bajo mi piel esperando una excusa para despertar, rugió con una potencia que me hizo vibrar los dientes. Bajé la mano lentamente, dejando que el aire de la arena secara el sudor de mi piel cicatrizada. Mi ojo izquierdo, el que estaba rodeado de piel muerta, se clavó en ella con una intensidad asesina.

—¡Esto no es de batalla! —rugí, y mi propia voz me sonó extraña, una mezcla de dolor antiguo y rabia presente—. ¡Me torturaron, maldita sea!

Di un paso hacia ella, ignorando el dolor de mis costillas. Levanté mi brazo izquierdo, el de la garra de cuero, y cerré el puño con tanta fuerza que los tendones protestaron.

—No solo me quemaron el rostro… ¡también me arrancaron un puto dedo!

Presioné la placa oculta en la palma de mi guantelete. El mecanismo de la ballesta siseó bajo el cuero, un sonido metálico y letal que fue sepultado por el rugido del público. El virote de acero voló a quemarropa, buscando su pecho, pero Valka demostró por qué era “el jefe”.

Con un movimiento de muñeca que desafiaba la lógica, giró su espada en un arco defensivo. El metal chocó contra el metal con un estallido de chispas y el proyectil salió desviado, clavándose profundamente en la arena a unos metros de ella.

Pero el esfuerzo la dejó abierta por una fracción de segundo. Sus pies no estaban bien plantados. No esperé. Me lancé hacia delante como un animal herido, olvidando cualquier rastro de “honor” o técnica refinada. Hundí el pomo de mi espada corta directamente en sus costillas, justo debajo de la placa pectoral.

Valka retrocedió tres pasos, soltando un gemido ahogado que rápidamente se transformó en una risa ronca, casi excitada.

—Ocultas juguetes… nada mal —dijo, recuperando el aliento mientras se sujetaba el costado—. Dejaste el honor de lado para golpearme. Aprendes rápido, dulzura. Me gusta que muerdas.

Ella volvió a la carga, pero el ritmo de mi corazón ya no era el de un hombre asustado. Era el de un depredador que recordaba su propósito. Me toqué el pecho con la mano ensangrentada, sintiendo el latido pesado contra mis costillas, y susurré hacia la naturaleza que el cemento y la sangre del coliseo intentaban sofocar:

—Fenrir…Ven a mí.

Valka se detuvo y frunció el ceño, confundida, pero antes de que pudiera soltar otro sarcasmo, el cielo sobre nosotros se transformó. Una nube negra y densa de esporas y esencia druídica, moviéndose de forma antinatural contra el viento, bajó como un halcón hambriento sobre la arena. Inhalé la mayor parte de la bruma fría, sintiendo cómo el aroma a bosque antiguo inundaba mis pulmones, mientras el resto de la nube se pegaba a mi piel como una costra de sombra, filtrándose por mis poros.

Mi ojo detrás de la quemadura estalló en un brillo ámbar intenso, sobrenatural. Me lancé al ataque. Esta vez, Valka tuvo que emplearse a fondo. Mis espadazos llevaban el peso de un árbol cayendo. Ella intentó pararme con una serie de estocadas rápidas, pero yo ya no sentía el dolor de los cortes superficiales. Mi fuerza se duplicaba con cada segundo que pasaba bajo el trance.

—Vaya, Bjorn… tienes muchos trucos —murmuró ella, sus brazos temblando visiblemente al bloquear mis ataques—. Lástima que no puedas usarlos sin tu puta cabeza.

Lanzó un tajo horizontal con toda su fuerza, un golpe que debería haberme decapitado. El impacto contra mi espada corta hizo que mis huesos vibraran, pero no retrocedí ni un centímetro. Valka me miró con puro terror al notar que su acero, famoso por partir escudos, se había detenido en seco contra mi defensa. Yo era una roca.

—¡Brujería! —escupió, retrocediendo y jadeando—. ¡Es una puta trampa! Lo sabía… no hay libertad para gente como nosotros. Eres un jodido mago imperial enviado a recordarnos nuestro lugar.

Bajé mi arma lentamente, sintiendo el poder vibrar en mis venas, una energía que me hacía ver el mundo en tonos de ocre y sangre.

—Fui un imperial hasta que me usaron como su jodida herramienta… igual que te usan a ti —le solté, mi voz resonando con un eco gutural—. Venimos de matar a Varic en su propio fuerte. Liberamos las minas. No soy un imperial, ni un mago de esos que odias. Solo soy un druida que está por patearte el trasero por ser tan terca.

Valka se recompuso, su mirada cambiando de la sospecha a una mezcla peligrosa de desafío y algo que se parecía mucho al deseo de ser derrotada. Sus labios se curvaron en una mueca provocativa mientras se limpiaba el sudor de la frente.

—Hay varias cosas que se me ocurre que podrías hacerle a mi trasero, forastero, pero te aseguro que no lo vas a patear.

Lanzó un golpe desesperado que logré prever antes de que terminara de girar el hombro. Desvié su espada con un golpe seco de mi pomo, sacándola por completo de balance. Su cuerpo dio media vuelta por el impulso y quedó de espaldas a mí. No perdí el tiempo en diálogos. Lancé una potente patada frontal, directa y cargada de toda mi fuerza potenciada, justo donde le había prometido.

Valka voló dos metros antes de caer de bruces en la arena.

—Te lo advertí…dulzura —.Dije usando sus palabras en su contra.

El silencio en el coliseo fue absoluto. El tiempo pareció congelarse. Cientos de personas observaban, mudas, cómo su campeona invicta, la mujer que nunca había besado el polvo, estaba derrotada. Ella se incorporó lentamente, sentada en la arena, con el cabello cubriéndole parte del rostro, mirando hacia arriba con una mezcla de ira ardiente y una sonrisa de incredulidad.

Entonces, el cielo se desgarró.

¡BOOM!

Una explosión masiva sacudió los cimientos del coliseo, haciendo que el suelo bajo mis pies vibrara. Un sin fin de fuegos artificiales salieron disparados desde fuera de la arena, volando en todas direcciones, silbando como serpientes de fuego sobre las cabezas del público. Estallidos de rojo, verde y azul llenaron el aire de un humo denso de pólvora que empezó a inundar la arena como una niebla de guerra. Los gritos de pánico de los nobles reemplazaron los vítores.

—¿Pero qué mierda…? —exclamó Valka, cubriéndose los ojos de las chispas que caían del cielo.

Caminé hacia ella entre el caos de luces cromáticas y el humo asfixiante. No levanté mi espada; en su lugar, envainé la corta y le ofrecí la mano abierta, la mano a la que no le faltaba un dedo.

—Es la señal —dije con urgencia, mi ojo ámbar brillando entre la bruma—. Mi gente está por emboscar a los guardias en las puertas. Se acabó el espectáculo, Valka. ¿Estás conmigo o vas a esperar a que los imperiales incendien este lugar contigo dentro?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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