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Hierro y Sangre - Capítulo 6

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  4. Capítulo 6 - 6 Capítulo 6 El corazón y el escudo
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6: Capítulo 6: El corazón y el escudo 6: Capítulo 6: El corazón y el escudo El amanecer no trajo sol, solo una luz gris y lechosa que se filtraba por las rendijas de la cabaña, revelando el polvo flotando en el aire gélido.

Einar ya estaba despierto.

Se movía con una urgencia frenética, atando mantas, asegurando provisiones de carne seca y llenando odres de agua.

Estaba empacando para huir.

Para desaparecer en la espesura antes de que el enemigo pudiera oler nuestro rastro.

Me senté en el borde del catre.

Mi costado protestó, un tirón agudo pero soportable.

La magia había hecho su trabajo durante la noche; la piel estaba cerrada, roja y tierna, pero ya no era una herida abierta.

—Tenemos que ir al este —dije, mi voz ronca por el sueño.

Einar se detuvo en seco, con una cuerda a medio anudar.

Se giró lentamente, mirándome como si me hubiera salido una segunda cabeza.

—¿Al este?

—repitió, incrédulo—.

Al este es donde está el humo, Aelnora.

Al este es donde está la muerte.

Nosotros vamos al oeste, hacia las montañas.

—Tenemos que ir al origen del humo.

Él soltó una risa áspera y tiró la cuerda sobre la mesa.

—Es una locura.

No, es un suicidio.

Ayer apenas podías levantar una cuchara y hoy quieres caminar hacia un incendio provocado por mercenarios de élite.

Me puse de pie.

El mundo osciló un segundo y luego se estabilizó.

Caminé hacia la ventana y abrí el postigo.

Allí estaba.

La columna negra seguía manchando el cielo, aunque ahora era mucho más tenue.

—Piénsalo, Einar —dije, girándome para enfrentarlo.

Usé mi tono de comandante, el que no admite dudas—.

Sean soldados o mercenarios, no se quedan a admirar su obra.

Golpean, queman y siguen moviéndose.

Si están barriendo el bosque, ya estarán kilómetros más lejos o más cerca de aquí, pero no en el fuego.

—Esa es una suposición táctica muy bonita —replicó él, cruzándose de brazos—.

¿Y si te equivocas?

¿Y si dejaron una retaguardia?

Estás herida.

Tu magia es una chispa, no una hoguera.

No aguantarás un combate real.

—Pero tú no estás herido —contraataqué, dando un paso hacia él—.

Eres rápido.

Letal.

Entre los dos, si nos emboscan, podremos resistir.

Einar negó con la cabeza, una y otra vez, como si tratara de sacudirse mis palabras.

—No.

Mi plan es vivir.

Mi plan es que tú vivas.

Ir allí es buscar problemas que no nos pertenecen.

—Si el humo viene de un pueblo…

—bajé la voz, suavizando el acero en mi tono—, puede haber gente ahí.

Sobrevivientes.

Gente escondida en sótanos que no se atreve a salir.

Vi cómo su mandíbula se tensaba.

El recuerdo de las niñas de cabello dorado y la familia carbonizada cruzó sus ojos.

Sabía que le dolía.

Y, cruelmente, decidí usar ese dolor.

—Ambos nos unimos al ejército para ayudar a la gente, ¿no es así, Einar ?

Para ser el escudo de los que no tienen armadura.

—¡No soy un soldado, Aelnora!

—gritó, su voz rebotando en las paredes de madera.

La ira repentina hizo que sus ojos brillaran—.

Lo sabes.

Dejé de serlo el día que me quité el uniforme y escupí sobre mi juramento.

No me vengas con discursos de honor.

El honor no salva a nadie.

El silencio que siguió fue denso.

Podía escuchar su respiración agitada y el viento silbando afuera.

Me acerqué más.

Ahora estaba lo suficientemente cerca para oler el tabaco de clavo y el jabón en su piel.

No retrocedió.

—Entonces no te lo pido como soldado, tienes razón, si hay heridos, el honor no va salvarlos —dije, mirándolo directamente a los ojos oscuros—.

No se lo pido al desertor que odia a la Corona.

Posé mi mano sobre su antebrazo.

El músculo bajo su camisa estaba duro como una roca.

—Se lo pido al cazador.

Al hombre que me encontró desangrándome en la nieve y, en lugar de rematarme o robarme, me cargó por kilómetros y gastó sus medicinas y comida en una desconocida.

Einar apartó la mirada, fijándola en la pared, pero no apartó el brazo.

—Si hay un alma que necesita ayuda bajo ese humo…

si hay alguien como esas niñas…

Dejé la frase en el aire.

No necesitaba terminarla.

Él cerró los ojos y soltó un suspiro largo, derrotado.

La tensión en sus hombros se deshizo, reemplazada por una resignación pesada.

—Maldita sea —murmuró.

Me miró de nuevo.

Había una mezcla de fastidio y una renuente admiración en su expresión.

—Tu corazón es más grande que tu escudo, elfa —dijo, sacudiendo la cabeza—.

Y tú necedad es tan dura como Justicia.

—¿Eso es un sí?

—pregunté, sintiendo una pequeña sonrisa tirar de la comisura de mis labios.

—Eso es un “vamos a morir y te lo echaré en cara en el infierno” —gruñó Einar, apartándose para agarrar su arco y lanzarme mi capa de viaje—.

Recoge tus cosas.

Si vamos a meternos en la boca del lobo, quiero hacerlo antes de que el rastro se enfríe.

Se detuvo un segundo antes de abrir la puerta, mirándome de reojo.

—Y si por pura suerte sobrevivimos, me debes una.

Atrapé la capa en el aire y la ajusté sobre mis hombros con una sonrisa afilada.

—Me viste desnuda, cazador.

Yo digo que estamos a mano.

—Decidiremos eso cuando sepamos que hay bajo el humo.

Asentí, tomando mi maza.

El peso del hierro negro se sintió familiar y reconfortante en mi mano.

—Gracias —dije.

—No me des las gracias todavía —respondió él, abriendo la puerta y dejando entrar el invierno—.

El camino no será nada fácil.

Salimos al bosque nevado, dejando atrás la seguridad de la cabaña.

El humo negro en el horizonte ya no era solo una amenaza.

Era un destino.

Y por primera vez en días, sentí que no caminaba hacia mi muerte, sino hacia mi redención.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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