Hierro y Sangre - Capítulo 60
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Capítulo 60: Capítulo 60: Humo y Ceniza
(Einar)
El aire se sentía más frío de lo que recordaba, o quizá era solo la sensación del acero pasando a milímetros de mi piel. Valka no era una guerrera, era una coreógrafa del dolor. En un parpadeo, su espada larga siseó en un arco ascendente que no buscaba mi garganta ni mi pecho. Escuché el chasquido seco del cuero curtido rompiéndose justo al lado de mi oreja derecha, seguido de un tirón violento que me arrancó varios mechones de cabello desde la raíz.
Entonces, el peso que había protegido mi herida y mi cordura durante días desapareció. Escuché el golpe sordo de la máscara de hueso al chocar contra la arena.
El pánico me golpeó con más fuerza que cualquier maza imperial. Retrocedí de un salto, tropezando con mis propios pies, mientras mi mano izquierda subía por puro instinto para cubrir la mitad de mi rostro. Intenté ocultar la piel retorcida, ese mapa de odio y fuego que el sol de mediodía ahora lamía castigando sin piedad.
Sentía las miradas de los cientos de personas en las gradas como si fueran agujas incandescentes clavándose en mi carne quemada. El silencio que siguió a la caída de la máscara fue más ruidoso que cualquier abucheo.
Valka soltó una carcajada vibrante, una nota de triunfo que rebotó en los muros de piedra del coliseo.
—¡Vamos dulzura, te lo advertí! —exclamó con arrogancia, haciendo girar su espada en un molinete perfecto—. Los guerreros de verdad no ocultan las cicatrices de batalla. Muéstrale al mundo quién eres, deja de esconderte tras ese trozo de cráneo.
La furia, esa vieja amiga que siempre dormía bajo mi piel esperando una excusa para despertar, rugió con una potencia que me hizo vibrar los dientes. Bajé la mano lentamente, dejando que el aire de la arena secara el sudor de mi piel cicatrizada. Mi ojo izquierdo, el que estaba rodeado de piel muerta, se clavó en ella con una intensidad asesina.
—¡Esto no es de batalla! —rugí, y mi propia voz me sonó extraña, una mezcla de dolor antiguo y rabia presente—. ¡Me torturaron, maldita sea!
Di un paso hacia ella, ignorando el dolor de mis costillas. Levanté mi brazo izquierdo, el de la garra de cuero, y cerré el puño con tanta fuerza que los tendones protestaron.
—No solo me quemaron el rostro… ¡también me arrancaron un puto dedo!
Presioné la placa oculta en la palma de mi guantelete. El mecanismo de la ballesta siseó bajo el cuero, un sonido metálico y letal que fue sepultado por el rugido del público. El virote de acero voló a quemarropa, buscando su pecho, pero Valka demostró por qué era “el jefe”.
Con un movimiento de muñeca que desafiaba la lógica, giró su espada en un arco defensivo. El metal chocó contra el metal con un estallido de chispas y el proyectil salió desviado, clavándose profundamente en la arena a unos metros de ella.
Pero el esfuerzo la dejó abierta por una fracción de segundo. Sus pies no estaban bien plantados. No esperé. Me lancé hacia delante como un animal herido, olvidando cualquier rastro de “honor” o técnica refinada. Hundí el pomo de mi espada corta directamente en sus costillas, justo debajo de la placa pectoral.
Valka retrocedió tres pasos, soltando un gemido ahogado que rápidamente se transformó en una risa ronca, casi excitada.
—Ocultas juguetes… nada mal —dijo, recuperando el aliento mientras se sujetaba el costado—. Dejaste el honor de lado para golpearme. Aprendes rápido, dulzura. Me gusta que muerdas.
Ella volvió a la carga, pero el ritmo de mi corazón ya no era el de un hombre asustado. Era el de un depredador que recordaba su propósito. Me toqué el pecho con la mano ensangrentada, sintiendo el latido pesado contra mis costillas, y susurré hacia la naturaleza que el cemento y la sangre del coliseo intentaban sofocar:
—Fenrir…Ven a mí.
Valka se detuvo y frunció el ceño, confundida, pero antes de que pudiera soltar otro sarcasmo, el cielo sobre nosotros se transformó. Una nube negra y densa de esporas y esencia druídica, moviéndose de forma antinatural contra el viento, bajó como un halcón hambriento sobre la arena. Inhalé la mayor parte de la bruma fría, sintiendo cómo el aroma a bosque antiguo inundaba mis pulmones, mientras el resto de la nube se pegaba a mi piel como una costra de sombra, filtrándose por mis poros.
Mi ojo detrás de la quemadura estalló en un brillo ámbar intenso, sobrenatural. Me lancé al ataque. Esta vez, Valka tuvo que emplearse a fondo. Mis espadazos llevaban el peso de un árbol cayendo. Ella intentó pararme con una serie de estocadas rápidas, pero yo ya no sentía el dolor de los cortes superficiales. Mi fuerza se duplicaba con cada segundo que pasaba bajo el trance.
—Vaya, Bjorn… tienes muchos trucos —murmuró ella, sus brazos temblando visiblemente al bloquear mis ataques—. Lástima que no puedas usarlos sin tu puta cabeza.
Lanzó un tajo horizontal con toda su fuerza, un golpe que debería haberme decapitado. El impacto contra mi espada corta hizo que mis huesos vibraran, pero no retrocedí ni un centímetro. Valka me miró con puro terror al notar que su acero, famoso por partir escudos, se había detenido en seco contra mi defensa. Yo era una roca.
—¡Brujería! —escupió, retrocediendo y jadeando—. ¡Es una puta trampa! Lo sabía… no hay libertad para gente como nosotros. Eres un jodido mago imperial enviado a recordarnos nuestro lugar.
Bajé mi arma lentamente, sintiendo el poder vibrar en mis venas, una energía que me hacía ver el mundo en tonos de ocre y sangre.
—Fui un imperial hasta que me usaron como su jodida herramienta… igual que te usan a ti —le solté, mi voz resonando con un eco gutural—. Venimos de matar a Varic en su propio fuerte. Liberamos las minas. No soy un imperial, ni un mago de esos que odias. Solo soy un druida que está por patearte el trasero por ser tan terca.
Valka se recompuso, su mirada cambiando de la sospecha a una mezcla peligrosa de desafío y algo que se parecía mucho al deseo de ser derrotada. Sus labios se curvaron en una mueca provocativa mientras se limpiaba el sudor de la frente.
—Hay varias cosas que se me ocurre que podrías hacerle a mi trasero, forastero, pero te aseguro que no lo vas a patear.
Lanzó un golpe desesperado que logré prever antes de que terminara de girar el hombro. Desvié su espada con un golpe seco de mi pomo, sacándola por completo de balance. Su cuerpo dio media vuelta por el impulso y quedó de espaldas a mí. No perdí el tiempo en diálogos. Lancé una potente patada frontal, directa y cargada de toda mi fuerza potenciada, justo donde le había prometido.
Valka voló dos metros antes de caer de bruces en la arena.
—Te lo advertí…dulzura —.Dije usando sus palabras en su contra.
El silencio en el coliseo fue absoluto. El tiempo pareció congelarse. Cientos de personas observaban, mudas, cómo su campeona invicta, la mujer que nunca había besado el polvo, estaba derrotada. Ella se incorporó lentamente, sentada en la arena, con el cabello cubriéndole parte del rostro, mirando hacia arriba con una mezcla de ira ardiente y una sonrisa de incredulidad.
Entonces, el cielo se desgarró.
¡BOOM!
Una explosión masiva sacudió los cimientos del coliseo, haciendo que el suelo bajo mis pies vibrara. Un sin fin de fuegos artificiales salieron disparados desde fuera de la arena, volando en todas direcciones, silbando como serpientes de fuego sobre las cabezas del público. Estallidos de rojo, verde y azul llenaron el aire de un humo denso de pólvora que empezó a inundar la arena como una niebla de guerra. Los gritos de pánico de los nobles reemplazaron los vítores.
—¿Pero qué mierda…? —exclamó Valka, cubriéndose los ojos de las chispas que caían del cielo.
Caminé hacia ella entre el caos de luces cromáticas y el humo asfixiante. No levanté mi espada; en su lugar, envainé la corta y le ofrecí la mano abierta, la mano a la que no le faltaba un dedo.
—Es la señal —dije con urgencia, mi ojo ámbar brillando entre la bruma—. Mi gente está por emboscar a los guardias en las puertas. Se acabó el espectáculo, Valka. ¿Estás conmigo o vas a esperar a que los imperiales incendien este lugar contigo dentro?
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