Hierro y Sangre - Capítulo 61
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Capítulo 61: Capítulo 61: El Despertar de los Libres
(Einar / Bjorn)
La mano de Valka estaba caliente y cubierta de polvo, pero su agarre era firme como el acero. Me miró desde el suelo, con el cabello enmarañado y una chispa de fuego en sus ojos que no tenía nada que ver con la ira.
—Nadie me había tocado el trasero sin mi permiso y vivido para contarlo… —dijo, cerrando los dedos sobre mi mano—. Me gusta tu estilo, druida.
Antes de que pudiera procesar sus palabras o la intensidad de su mirada, tiró de mi mano con una fuerza sorprendente. Me obligó a inclinarme y, antes de que pudiera reaccionar, sus labios se estamparon contra los míos en un beso voraz, cargado de adrenalina y desafío. El mundo alrededor, con sus explosiones y gritos, pareció desvanecerse por un instante.
Se separó apenas unos centímetros, su respiración mezclándose con la mía. —Si me uno a ti, me debes una revancha —susurró con una sonrisa depredadora—. Sin magia… o sin ropa. Tú eliges, dulzura.
Me puse en pie de un salto, sintiendo el calor subiéndome a las mejillas y extendiéndose por mi cuello. Traté de ignorar el beso y el vuelco que me había dado el corazón, concentrándome en la realidad. Me agaché, recogí mi máscara de hueso de la arena y me la ajusté con dedos todavía temblorosos.
—Tenemos que movernos —dije, tratando de recuperar mi voz de mando—. Ahora.
Corrimos hacia el túnel que conducía al sótano de los gladiadores. Mientras descendíamos por las escaleras de piedra, le expliqué a gritos la situación: Ulm, la emboscada, la caída de Varic y el plan para retomar Orodreth. Valka no hizo preguntas; simplemente asintió, asimilando la información con la frialdad de una estratega.
Al llegar a las fosas, el ambiente era eléctrico. Los gladiadores estaban de pie, pegados a los barrotes, viendo el humo que se filtraba desde la arena. Valka se dirigió directamente al panel central de control, una serie de palancas y poleas oxidadas que mantenían las celdas cerradas.
Con un esfuerzo conjunto, tiró de la palanca principal. El estruendo del metal liberándose resonó como una campana de libertad. Cincuenta puertas de hierro se abrieron al unísono.
—¡Señoritas! —bramó Valka, su voz llenando el sótano como un trueno—. ¡Se acabaron las vacaciones y las peleas contra ebrios imbéciles! ¡Hoy peleamos de verdad! ¡Hoy recuperamos la libertad!
Los gladiadores salieron de sus celdas, recuperando sus armas reales de los armeros. Valka me señaló con su espada. —Este druida, su compañera elfa, un mestizo de gigante y un Karkadann son nuestros aliados. El Imperio cae hoy en Orodreth. ¡A las calles!
Normalmente, mi naturaleza me habría dictado impedir el derramamiento de sangre innecesario. Pero mientras veía a esos hombres y mujeres salir de las sombras, con los ojos inyectados en odio, comprendí que era inútil. Sabía lo que el Imperio les había hecho, el costo de sus cadenas. No se sentirían libres hasta haber hecho sangrar a cada soldado imperial que alguna vez se burló de ellos.
Salimos a las calles de Orodreth justo cuando el caos alcanzaba su punto álgido. El olor a pólvora de los fuegos artificiales se mezclaba con el humo de los primeros incendios. De repente, el suelo tembló.
—¡Mírame, Einaaaaaar! ¡Es increíble! —gritó una voz atronadora.
Ulm apareció doblando una esquina, montado sobre el lomo del karkadann. El mestizo de gigante reía como un niño mientras la bestia arrollaba a un par de soldados imperiales que intentaban formar una línea de defensa. El karkadann ni siquiera aminoró la marcha; los escudos imperiales se doblaron como papel bajo su peso.
—¿Einar? —preguntó, usando mi nombre real, ese que Aelnora había gritado desde las gradas cuando me ataco la palma roja.
Sentí un pinchazo de amargura. Suspiré, dejando que la verdad saliera por fin al aire libre.
—Sí, Einar… —respondí, mirándola fijamente—. Bjorn era el nombre de mi hermano. Pensé que usar su nombre me ayudaría a pasar desapercibido, a ser solo un guerrero más… pero parece que la maldita Inquisición nos habría encontrado en esa arena de cualquier forma.
Valka asintió lentamente, asimilando la confesión. Se acercó un paso y, antes de que pudiera preverlo, me dio una palmada sonora en el trasero, guiñándome un ojo con una audacia que me dejó descolocado. —No más secretos entre nosotros a partir de ahora, dulzura. Te veo en la casa del Gobernador y recuerda… sin cuartel.
—Allá nos vemos —respondí.
Nos separamos. Recorrí las calles en medio del caos, cazando patrullas imperiales antes de que pudieran agruparse. En el camino, vi a varios de los gladiadores de Valka actuando con una disciplina sorprendente; guiaban a los civiles a sus casas y protegían los callejones mientras acababan con los soldados que encontraban a su paso.
Mientras corría hacia la colina de la casa de gobierno, una figura familiar saltó desde un tejado y aterrizó a mi lado con la gracia de un gato. —Vaya festival, ¿no, Einar? —dijo Aelnora, limpiando la sangre de su daga.
—Es una locura —respondí, disparando un virote desde mi guantelete hacia un soldado que intentaba apuntarnos con una ballesta desde un balcón.
—¿Dónde está Ulm? —preguntó ella mientras seguíamos avanzando.
—Está aplastando soldados con su nuevo amigo —dije con una media sonrisa.
—¿Y Fenrir?
Me di un par de golpes secos en el pecho, sintiendo cómo el poder druídico aún vibraba bajo mi piel. —La batalla con Valka requería de mi poder completo… lo absorbí.
Aelnora desvió la mirada hacia un callejón cercano, donde un par de gladiadores despachaban a una patrulla imperial con una coordinación y maestría que solo se forja en la arena. Se detuvo un segundo, impresionada por la eficiencia de los tajos.
—Por lo que veo, lograste convencerla de luchar con nosotros —comentó ella, envainando una de sus dagas con un movimiento fluido.
—Algo así —respondí, levantando la vista hacia el cielo, donde una nueva ráfaga de luces cromáticas estallaba sobre los tejados de Orodreth—. Fuegos artificiales… buena señal, Aelnora.
Ella soltó una risa breve y cargada de satisfacción, observando el rastro de humo de colores que comenzaba a cubrir el sol.
—Le prometí caos a Ulm —dijo con una chispa de malicia en los ojos—. Y soy una mujer que cumple sus promesas. En fin, sigamos —dijo Aelnora, señalando una bifurcación—. Tú ve por esa calle, yo rodearé buscando civiles que evacuar. Nos vemos en la casa de gobierno.
Nos separamos de nuevo. Corrí con el corazón martilleando, el ojo ámbar detectando cada movimiento en las sombras. Cuando finalmente llegué a la escalinata de la casa del Gobernador, el escenario era imponente. Casi todos los dualistas de Valka ya estaban allí, resguardando la entrada y formando un semicírculo de acero que impedía cualquier refuerzo imperial.
Ulm llegó poco después, desmontando del karkadann. La bestia se sentó sobre sus cuartos traseros, bufando vapor, ante la mirada nerviosa de uno de los duelistas de Valka.
—Tranquilo —dijo Ulm, dándole una palmada al costado del karkadann y mirando al duelista—. , Berg no muerde. Si se pone ansioso, solo déjalo morder la pierna de un guardia.
Señaló un cadáver cercano y el gladiador tragó saliva, asintiendo.
Aelnora y Valka se unieron a nosotros en la base de la gran escalinata. Los cuatro avanzamos rumbo a la entrada principal, una formación de guerra que Orodreth nunca olvidaría. Antes de cruzar el umbral, exhalé con fuerza, liberando la energía acumulada en mi pecho. El humo salió de mis pulmones y se materializó en el suelo, tomando la forma de un lobo espectral de ojos brillantes.
Fenrir soltó un gruñido bajo que hizo vibrar el aire.
Valka se detuvo, mirando al lobo y luego a mí con una expresión de absoluto asombro que pronto se convirtió en una sonrisa de pura fascinación. —Me encantan tus trucos, druida —dijo, relamiéndose los labios.
Aelnora, a su lado, puso los ojos en blanco con una mirada desorbitada, claramente notando la tensión entre nosotros. —Por los dioses, busquen un hostal después de esto. Ahora, vamos a matar a un Gobernador.
Empujamos las puertas dobles de la casa de gobierno y entramos al corazón del nido de la serpiente.
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