Hierro y Sangre - Capítulo 62
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Capítulo 62: Capítulo 62: El Idioma de la Libertad
(EINAR)
Las puertas del salón principal se abrieron con un estrépito que hizo eco en las altas bóvedas de mármol. El aire aquí dentro no olía a pólvora ni a sudor, sino a sándalo y a ese rancio perfume de la aristocracia imperial que se cree intocable. Al fondo, tras un escritorio de caoba maciza, el Gobernador temblaba de forma patética. Tenía la túnica desarreglada y los pantalones manchados; el hombre que había enviado a cientos a la muerte estaba, literalmente, meándose de miedo.
—¡El… el Imperio enviará refuerzos! —chilló, señalando con un dedo tembloroso hacia las ventanas—. ¡Mis cuervos ya han salido! ¡Serán colgados por traición, todos y cada uno de ustedes y los duelistas!
Valka soltó una risa seca, ajustando el agarre de su espada mientras avanzábamos como una marea lenta e inevitable hacia él. —Mis hombres y mujeres son muy buenos arqueros, rata —respondió ella con desprecio—. Abatirán a cada uno de tus cuervos antes de que crucen la muralla. Nadie vendrá a salvarte.
—¡No me llevarán jamás! —gritó el tipo, acorralado contra su silla—. ¡No me capturarán con vida!
—En eso estamos de acuerdo —sentenció Valka, sus ojos brillando con una promesa de muerte—. No saldrás vivo de aquí, maldito cerdo.
El Gobernador se inclinó tras la silla, desapareciendo por un momento, y gritó con una desesperación que nos hizo detenernos: —¡ARIADNE! ¡SAL YA MALDITA SEA!
El aire se volvió gélido en un instante. Una puerta lateral se abrió de golpe y una mujer de presencia imponente, vestida con túnicas de un violeta profundo y ojos que brillaban con un magenta antinatural, se interpuso entre nosotros y el cobarde.
Valka arqueó una ceja, evaluando a la recién llegada. —Lindo vestido —dijo, y con un movimiento fluido arrojó una daga hacia el cuello de la mujer.
Ariadne ni siquiera se movió. Simplemente chasqueó los dedos y la daga se deshizo en una voluta de humo antes de tocarla. Con un movimiento elegante de sus manos, materializó una estaca de hielo puro en el aire que salió proyectada con la fuerza de un proyectil hacia Ulm.
—¡Ulm, cuidado! —gritó Aelnora.
La elfa corrió para cubrir al gigante, pero Valka reaccionó antes. Con un movimiento brusco, desprendió un escudo ornamental de bronce de una de las paredes. —¡Elfa! —rugió Valka, arrojando el escudo hacia Aelnora.
Aelnora lo atrapó en el aire, giró sobre su eje y proyectó su luz ancestral sobre el metal. La energía luminosa se desbordó por los bordes del escudo, formando una barrera de luz sólida que detuvo la estaca de hielo justo a tiempo. Ariadne, imperturbable, volvió a atacar, lanzando una nube de escarcha que golpeaba sin descanso la pared de luz de Aelnora.
—¡No la podré mantener mucho tiempo! —jadeó Aelnora, sus brazos temblando bajo la presión mágica.
Ulm no esperó instrucciones. Tomó otros dos escudos pesados de las paredes, los puso frente a él como si fueran las palas de un arado y cargó contra la bruja como un ariete viviente. Valka y Fenrir flanquearon por los costados, moviéndose como sombras letales.
Ariadne extendió los brazos, sus ojos magenta brillando con furia. Una onda de energía cinética estalló desde su cuerpo, arrojando a Valka y a Fenrir violentamente contra los muros laterales. Frente a ella, Ulm saltó soltando los escudos, uniendo sus enormes manos en el aire para caer con un golpe aplastante.
La bruja levantó la mirada para fulminar al gigante con un hechizo terminal, pero el sonido mecánico del guantelete de Einar resonó en la sala.
Thump.
Un virote salió disparado de mi garra y se clavó directamente en el pecho de la bruja. Ella bajó la mirada un segundo, aturdida, viendo la flecha que la atravesaba. Cuando volvió a mirar a Ulm, ya era tarde. El puño del gigante descendió como un martillo, impactando en su espalda y deshaciendo su espina dorsal contra el suelo de mármol. Cayó como un fardo de ropa vieja, acabada.
Exhalé un aire que no sabía que estaba reteniendo. —Vaya suerte… era la última flecha.
Valka se incorporó, limpiándose la sangre del labio, mientras Fenrir se sacudía el polvo. Aelnora bajó el escudo de luz y se apoyó contra una columna, respirando con dificultad.
—Por suerte no era una bruja muy buena… —comentó Aelnora, mirándome con seriedad—. Nos serviría un mago para estos casos, ¿no crees?
Asentí, sintiendo el vacío de mi propio poder druídico. —Sí, Aelnora. Sería muy útil.
Aún no terminábamos de hablar cuando un sonido húmedo de carne desgarrándose nos interrumpió. Me giré y vi a Valka; su espada atravesaba al Gobernador de lado a lado. Ella lo miró morir con una sonrisa gélida, luego giró hacia mí y Aelnora.
—Los duelistas tienen familia —dijo Valka, sosteniendo la mirada firme en nosotros—. Todos serán libres de ir con ustedes al fuerte, quedarse a reconstruir la Academia de Acero aquí mismo o vivir en paz y tranquilidad con sus familias, eso no está a discusión .
Usó su bota para empujar el cadáver del Gobernador y liberar su hoja. —Yo iré con ustedes a su fuerte. Entrenaré a sus mineros, aunque dudo que sea necesario; nosotros solos podremos detener a cualquier destacamento que intente cobrar impuestos en las minas, como lo hicimos aquí.
Ulm se acercó y le dio una palmada amistosa a Valka en el hombro, casi derribándola. —Gracias, Valka. Serás de gran ayuda.
Aelnora la miró durante un largo segundo. Había una tregua silenciosa naciendo entre ellas, un respeto forjado en el combate. —Que así sea —sentenció la elfa—. Tus hombres, al igual que tú… son libres.
Me acerqué a la gran ventana del salón, esperando ver una ciudad en ruinas. Orodreth había ardido apenas hace unos minutos bajo el caos de la revuelta, pero lo que vi me detuvo el corazón de una forma distinta. No había saqueos descontrolados ni incendios devorando los barrios.
Abajo, los ciudadanos trabajaban hombro con hombro, formando cadenas humanas para pasar cubos de agua y apagar las llamas que habían alcanzado algunas casas cercanas a la arena. Los daños se habían mantenido al mínimo gracias al esfuerzo de la misma gente que, momentos antes, gritaba sedienta de sangre en las gradas.
La esperanza estaba renaciendo en un pueblo que se había embriagado de pan y circo durante años, y que ahora, sobrio y despierto, comenzaba a alzarse en las montañas. La tiranía había terminado, y la reconstrucción —la verdadera libertad— acababa de empezar.
(Einar)
La casa del gobernador de Orodreth, un edificio que durante años fue el epicentro del terror y la opulencia, se había transformado en un hormiguero de actividad febril. El silencio de sus pasillos alfombrados fue reemplazado por el eco de botas pesadas y el choque de cajas de madera. Bajo la supervisión de Aelnora, estábamos vaciando las arterias del Imperio.
No dejamos rincón sin saquear. Las despensas privadas, llenas de especias exóticas, carnes curadas y vinos que valían más que la vida de un mercader, fueron abiertas de par en par. Mientras Valka y sus duelistas organizaban la logística del transporte, yo me encargaba de la parte más difícil: la gente.
En la plaza principal, frente a la escalinata, repartimos la mayor parte de la riqueza acumulada. Fue un acto de justicia poética. Ver a los ciudadanos, aquellos que horas antes se embriagaban con el “pan y circo” del festival, recibir sacos de grano y monedas de oro con manos temblorosas, me dio una perspectiva amarga. La esperanza es un músculo que se atrofia si no se usa, y Orodreth estaba empezando a recordar cómo ejercitarlo.
Un grupo de civiles se detuvo frente a mí mientras cargaba un saco de harina en una carreta. Un hombre mayor, con la piel curtida por el sol y los ojos nublados por el escepticismo, me miró fijamente.
—¿Es esto el inicio de una rebelión? —preguntó, y el aire alrededor pareció congelarse—. Estamos cansados, forastero. Cansados de que el Imperio llene sus arcas con oro que huele a la sangre de nuestros hijos. Si se van mañana y los refuerzos llegan pasado mañana, solo habrán cavado nuestra fosa.
Me ajusté la máscara de hueso, sintiendo el sudor frío en mi nuca. Miré a Aelnora, que observaba desde lo alto de la escalinata, y luego a la multitud que esperaba una respuesta.
—No soy un libertador de cuentos —dije, y mi voz, distorsionada por el cráneo de animal, sonó más profunda de lo habitual—. Solo estamos devolviendo lo que les pertenece. Pero si este acto enciende la llama de la rebelión en sus pechos, con gusto ayudaré a que arda hasta que consuma cada cimiento del Imperio. Si se quedan, luchen para defender lo que les pertenece. Si no quieren solo defender, si quieren llevar su lucha al mismo imperio, vengan con nosotros. No prometo paz, pero prometo que no morirán de rodillas.
El murmullo que recorrió a la multitud no fue de alegría, sino de resolución. Para mi sorpresa, cerca de cuarenta civiles decidieron empacar sus vidas en fardos y unirse a nuestra caravana.
Mas tarde, nos reunimos en el gran salón de mapas del gobernador para definir el siguiente paso. Valka se adelantó, apoyando las manos sobre la mesa de caoba. Su rostro, aún manchado con el polvo de la arena, mostraba una seriedad que rara vez dejaba ver.
—Tengo noticias de mis muchachos —anunció Valka, mirando al grupo—. Treinta de mis hombres, incluyendo a Thormund, mi mano derecha. Se quedaran aquí, en Orodreth. Como les dije, son libres de elegir su destino y han decidido proteger su ciudad, a sus familias y reconstruir la Academia de Acero. No los culpo; alguien tiene que mantener el orden cuando nos hayamos ido. Llevaré a veinte conmigo a donde sea que vayas, Einar. Esos veinte son los que no tienen nada a qué volver, excepto al filo de sus espadas.
Ulm, que había estado escuchando en silencio, golpeó la mesa con un dedo del tamaño de una hogaza de pan. Su rostro se ensombreció al procesar la cifra.
—Veinte duelistas, un grupo de cuarenta civiles, cinco de mis hombres en tu fuerte y treinta hombres capaces de pelear en las minas… —Ulm movía sus dedos, contando en silencio—. No me dan las cuentas, Einar. No somos suficientes. Si el Imperio envía una legión, nos aplastarán en dos frentes.
Somos un blanco suficientemente grande para notarse, pero pequeño para resistir, no podemos dividirnos . Estamos celebrando una victoria que el Imperio nos hará pagar con creces si no somos inteligentes.
Aelnora frunció el ceño, cruzando los brazos sobre su pecho. —Podemos fortificar el fuerte, Ulm. He estado ideando defensas que…
—No es suficiente, Aelnora —la interrumpió el gigante con una calma que me dio escalofríos—. Tengo un plan. No volveremos al fuerte como una procesión de patos listos para el matadero. Iremos directo a la mina.
Valka levantó la vista con interés, arqueando una ceja.
—Propongo que vivamos en la montaña los próximos meses, en aproximadamente tres semanas, vendrán a cobrar su parte, sin sospecha alguna de la insurrección, nosotros estaremos listos, pero ellos no.
—Y cuando lleguen… dependiendo de su actitud, se irán con las manos vacías y malas noticias para el imperio o se quedarán sus cabezas en estacas adornando la entrada de la mina. Cual sea el caso nos da tiempo mientras mandan refuerzos a retomar la mina —continuó Ulm—. Minaremos todo lo que sea posible.
—Yo mismo me encargaré de las vetas profundas, las que guardan los metales que solo Aeris sabría aprovechar —dijo mirando a Aelnora—. Si los civiles y los duelistas ayudan, podemos secar un par de vetas de la mina antes de que el Imperio ataque por que el flujo de sus recursos se ha cortado. después…podemos sellar la mina con una explosión controlada.
Me acerqué a él, notando la tristeza oculta tras su resolución. —Ulm… ¿estás seguro? Sellar la mina significa bloquearla, quizás para siempre. Es tu hogar.
—Estoy seguro de que no quiero su hierro en espadas matando inocentes, Einar —respondió él, y sus ojos se clavaron en los míos con una honestidad brutal—. Es todo lo que necesito. Prefiero enterrar mi pasado antes que ver cómo lo usan para cimentar el futuro del Imperio.
Valka soltó una carcajada ronca y saltó del escritorio, caminando hacia mí con ese contoneo que parecía una advertencia y una invitación al mismo tiempo. Se detuvo a escasos centímetros, lo suficiente para que pudiera oler el rastro de la batalla.
—El grandote tiene razón —dijo, pasando un dedo enguantado por el borde de mi máscara—. Y para que el fuerte no se quede sin suministros, tú y yo podemos encargarnos de la ruta. Tu conoces cada atajo desde esas montañas hasta su fuerte y mi habilidad para la violencia es… bueno, ya la viste, dulzura.
—Podemos ir y venir con carretas pequeñas de la mina al fuerte cada ciertos días. Varios viajes discretos son mucho más seguros que uno solo al final cargado hasta los topes.
Me miró a los ojos, ignorando deliberadamente la presencia del resto. —Además, así pasamos más tiempo juntos, Einar. Tú y yo, en el camino… solos. Podrías enseñarme esos “trucos druídicos” con más detalle.
Sentí que el calor me subía por el cuello, pero antes de que pudiera responder, la voz de Aelnora cortó el aire como un látigo de hielo.
—Excelente plan, Valka —dijo la elfa, y su tono era tan artificialmente neutro que dolía—. Realmente práctico.
Con los inicios de un plan en mente y el ambiente cargados de tensión, todos comenzaron a salir de la habitación, todos menos Aelnora.
Ella se acercó, pero no para reclamarme. Se detuvo junto a una de las ventanas, mirando hacia el horizonte con una expresión de desapego que nunca le había visto.
—De hecho, Einar —continuó Aelnora, dándome la espalda—, deberías aprovechar. Ahí está lo que siempre quisiste, viejo lobo. Una humana que vivirá aproximadamente lo mismo que tú. Con más ganas de… intensidad que de una vida estable. Sin sentimientos complicados, sin el peso del amor, sin plazos de vida extralargos que solo traen luto.
—Aelnora, tú sabes que yo no… —empecé a decir, pero ella levantó una mano, cortándome en seco.
—Tú y yo no somos nada, Einar —dijo en voz alta, asegurándose de que Valka, que sonreía con malicia cerca de la puerta, pudiera escuchar cada palabra—. Eres libre de hacer lo que quieras con quien quieras. Yo haré lo mismo. Vi a un barbero lo suficientemente fornido y fuerte como para poder complacerme esta noche… —se detuvo un momento antes de salir del salón—. Mañana salimos hacia las sombras. Aprovecha tu última noche en la “civilización”.
Se dio la vuelta y salió del salón sin mirar atrás. Valka soltó un silbido bajo mientras se acercaba y se apoyó en mi hombro, su aliento rozando mi oreja. —Vaya, parece que la elfa tiene espinas. No te preocupes, dulzura. Yo soy mucho más fácil de llevar.
—De hecho, podrías llevarme a la cama ahora mismo —Dijo soltando las correas de su armadura entallada, descubriendo sus pechos firmes, sus pezones rozados eran una invitación demasiado tentadora.
—Gracias Valka, pero pasare esta noche solo —Respondí.
—Tercera puerta a la izquierda dulzura, por si cambias de opinión, Valka recogió su armadura y camino con los pechos expuestos hasta su habitación.
Esa noche, mientras los civiles cargaban las carretas y ensillaban a los caballos del gobernador y los duelistas afilaban sus armas, me quedé mirando la ciudad desde el balcón. A lo lejos, vi a Aelnora caminando por la plaza, su silueta plateada bajo la luna, alejándose hacia los barrios bajos. Sabía que sus palabras eran un escudo, una forma de protegerse del dolor, pero eso no evitaba que cada una de ellas se sintiera como un puñal en mi pecho. La vi entrando en uno de los edificios de la calle principal. La duda me comía por dentro casi tanto como la voz de Valka, tercera puerta a la izquierda, si Aelnora se esta divirtiendo, tal vez yo debería hacer lo mismo.
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