Hierro y Sangre - Capítulo 63
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Capítulo 63: Capítulo 63: El Banquete de las Sombras
(Einar)
La casa del gobernador de Orodreth, un edificio que durante años fue el epicentro del terror y la opulencia, se había transformado en un hormiguero de actividad febril. El silencio de sus pasillos alfombrados fue reemplazado por el eco de botas pesadas y el choque de cajas de madera. Bajo la supervisión de Aelnora, estábamos vaciando las arterias del Imperio.
No dejamos rincón sin saquear. Las despensas privadas, llenas de especias exóticas, carnes curadas y vinos que valían más que la vida de un mercader, fueron abiertas de par en par. Mientras Valka y sus duelistas organizaban la logística del transporte, yo me encargaba de la parte más difícil: la gente.
En la plaza principal, frente a la escalinata, repartimos la mayor parte de la riqueza acumulada. Fue un acto de justicia poética. Ver a los ciudadanos, aquellos que horas antes se embriagaban con el “pan y circo” del festival, recibir sacos de grano y monedas de oro con manos temblorosas, me dio una perspectiva amarga. La esperanza es un músculo que se atrofia si no se usa, y Orodreth estaba empezando a recordar cómo ejercitarlo.
Un grupo de civiles se detuvo frente a mí mientras cargaba un saco de harina en una carreta. Un hombre mayor, con la piel curtida por el sol y los ojos nublados por el escepticismo, me miró fijamente.
—¿Es esto el inicio de una rebelión? —preguntó, y el aire alrededor pareció congelarse—. Estamos cansados, forastero. Cansados de que el Imperio llene sus arcas con oro que huele a la sangre de nuestros hijos. Si se van mañana y los refuerzos llegan pasado mañana, solo habrán cavado nuestra fosa.
Me ajusté la máscara de hueso, sintiendo el sudor frío en mi nuca. Miré a Aelnora, que observaba desde lo alto de la escalinata, y luego a la multitud que esperaba una respuesta.
—No soy un libertador de cuentos —dije, y mi voz, distorsionada por el cráneo de animal, sonó más profunda de lo habitual—. Solo estamos devolviendo lo que les pertenece. Pero si este acto enciende la llama de la rebelión en sus pechos, con gusto ayudaré a que arda hasta que consuma cada cimiento del Imperio. Si se quedan, luchen para defender lo que les pertenece. Si no quieren solo defender, si quieren llevar su lucha al mismo imperio, vengan con nosotros. No prometo paz, pero prometo que no morirán de rodillas.
El murmullo que recorrió a la multitud no fue de alegría, sino de resolución. Para mi sorpresa, cerca de cuarenta civiles decidieron empacar sus vidas en fardos y unirse a nuestra caravana.
Mas tarde, nos reunimos en el gran salón de mapas del gobernador para definir el siguiente paso. Valka se adelantó, apoyando las manos sobre la mesa de caoba. Su rostro, aún manchado con el polvo de la arena, mostraba una seriedad que rara vez dejaba ver.
—Tengo noticias de mis muchachos —anunció Valka, mirando al grupo—. Treinta de mis hombres, incluyendo a Thormund, mi mano derecha. Se quedaran aquí, en Orodreth. Como les dije, son libres de elegir su destino y han decidido proteger su ciudad, a sus familias y reconstruir la Academia de Acero. No los culpo; alguien tiene que mantener el orden cuando nos hayamos ido. Llevaré a veinte conmigo a donde sea que vayas, Einar. Esos veinte son los que no tienen nada a qué volver, excepto al filo de sus espadas.
Ulm, que había estado escuchando en silencio, golpeó la mesa con un dedo del tamaño de una hogaza de pan. Su rostro se ensombreció al procesar la cifra.
—Veinte duelistas, un grupo de cuarenta civiles, cinco de mis hombres en tu fuerte y treinta hombres capaces de pelear en las minas… —Ulm movía sus dedos, contando en silencio—. No me dan las cuentas, Einar. No somos suficientes. Si el Imperio envía una legión, nos aplastarán en dos frentes.
Somos un blanco suficientemente grande para notarse, pero pequeño para resistir, no podemos dividirnos . Estamos celebrando una victoria que el Imperio nos hará pagar con creces si no somos inteligentes.
Aelnora frunció el ceño, cruzando los brazos sobre su pecho. —Podemos fortificar el fuerte, Ulm. He estado ideando defensas que…
—No es suficiente, Aelnora —la interrumpió el gigante con una calma que me dio escalofríos—. Tengo un plan. No volveremos al fuerte como una procesión de patos listos para el matadero. Iremos directo a la mina.
Valka levantó la vista con interés, arqueando una ceja.
—Propongo que vivamos en la montaña los próximos meses, en aproximadamente tres semanas, vendrán a cobrar su parte, sin sospecha alguna de la insurrección, nosotros estaremos listos, pero ellos no.
—Y cuando lleguen… dependiendo de su actitud, se irán con las manos vacías y malas noticias para el imperio o se quedarán sus cabezas en estacas adornando la entrada de la mina. Cual sea el caso nos da tiempo mientras mandan refuerzos a retomar la mina —continuó Ulm—. Minaremos todo lo que sea posible.
—Yo mismo me encargaré de las vetas profundas, las que guardan los metales que solo Aeris sabría aprovechar —dijo mirando a Aelnora—. Si los civiles y los duelistas ayudan, podemos secar un par de vetas de la mina antes de que el Imperio ataque por que el flujo de sus recursos se ha cortado. después…podemos sellar la mina con una explosión controlada.
Me acerqué a él, notando la tristeza oculta tras su resolución. —Ulm… ¿estás seguro? Sellar la mina significa bloquearla, quizás para siempre. Es tu hogar.
—Estoy seguro de que no quiero su hierro en espadas matando inocentes, Einar —respondió él, y sus ojos se clavaron en los míos con una honestidad brutal—. Es todo lo que necesito. Prefiero enterrar mi pasado antes que ver cómo lo usan para cimentar el futuro del Imperio.
Valka soltó una carcajada ronca y saltó del escritorio, caminando hacia mí con ese contoneo que parecía una advertencia y una invitación al mismo tiempo. Se detuvo a escasos centímetros, lo suficiente para que pudiera oler el rastro de la batalla.
—El grandote tiene razón —dijo, pasando un dedo enguantado por el borde de mi máscara—. Y para que el fuerte no se quede sin suministros, tú y yo podemos encargarnos de la ruta. Tu conoces cada atajo desde esas montañas hasta su fuerte y mi habilidad para la violencia es… bueno, ya la viste, dulzura.
—Podemos ir y venir con carretas pequeñas de la mina al fuerte cada ciertos días. Varios viajes discretos son mucho más seguros que uno solo al final cargado hasta los topes.
Me miró a los ojos, ignorando deliberadamente la presencia del resto. —Además, así pasamos más tiempo juntos, Einar. Tú y yo, en el camino… solos. Podrías enseñarme esos “trucos druídicos” con más detalle.
Sentí que el calor me subía por el cuello, pero antes de que pudiera responder, la voz de Aelnora cortó el aire como un látigo de hielo.
—Excelente plan, Valka —dijo la elfa, y su tono era tan artificialmente neutro que dolía—. Realmente práctico.
Con los inicios de un plan en mente y el ambiente cargados de tensión, todos comenzaron a salir de la habitación, todos menos Aelnora.
Ella se acercó, pero no para reclamarme. Se detuvo junto a una de las ventanas, mirando hacia el horizonte con una expresión de desapego que nunca le había visto.
—De hecho, Einar —continuó Aelnora, dándome la espalda—, deberías aprovechar. Ahí está lo que siempre quisiste, viejo lobo. Una humana que vivirá aproximadamente lo mismo que tú. Con más ganas de… intensidad que de una vida estable. Sin sentimientos complicados, sin el peso del amor, sin plazos de vida extralargos que solo traen luto.
—Aelnora, tú sabes que yo no… —empecé a decir, pero ella levantó una mano, cortándome en seco.
—Tú y yo no somos nada, Einar —dijo en voz alta, asegurándose de que Valka, que sonreía con malicia cerca de la puerta, pudiera escuchar cada palabra—. Eres libre de hacer lo que quieras con quien quieras. Yo haré lo mismo. Vi a un barbero lo suficientemente fornido y fuerte como para poder complacerme esta noche… —se detuvo un momento antes de salir del salón—. Mañana salimos hacia las sombras. Aprovecha tu última noche en la “civilización”.
Se dio la vuelta y salió del salón sin mirar atrás. Valka soltó un silbido bajo mientras se acercaba y se apoyó en mi hombro, su aliento rozando mi oreja. —Vaya, parece que la elfa tiene espinas. No te preocupes, dulzura. Yo soy mucho más fácil de llevar.
—De hecho, podrías llevarme a la cama ahora mismo —Dijo soltando las correas de su armadura entallada, descubriendo sus pechos firmes, sus pezones rozados eran una invitación demasiado tentadora.
—Gracias Valka, pero pasare esta noche solo —Respondí.
—Tercera puerta a la izquierda dulzura, por si cambias de opinión, Valka recogió su armadura y camino con los pechos expuestos hasta su habitación.
Esa noche, mientras los civiles cargaban las carretas y ensillaban a los caballos del gobernador y los duelistas afilaban sus armas, me quedé mirando la ciudad desde el balcón. A lo lejos, vi a Aelnora caminando por la plaza, su silueta plateada bajo la luna, alejándose hacia los barrios bajos. Sabía que sus palabras eran un escudo, una forma de protegerse del dolor, pero eso no evitaba que cada una de ellas se sintiera como un puñal en mi pecho. La vi entrando en uno de los edificios de la calle principal. La duda me comía por dentro casi tanto como la voz de Valka, tercera puerta a la izquierda, si Aelnora se esta divirtiendo, tal vez yo debería hacer lo mismo.
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