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Hierro y Sangre - Capítulo 64

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Capítulo 64: Capítulo 64: La Sombra del Cuervo

(Aelnora)

El sol de la mañana golpeaba mis párpados como si fueran láminas de metal al rojo vivo. Cada paso sobre el camino empedrado enviaba una vibración punzante directamente a la base de mi cráneo, recordándome por qué los elfos de mi linaje solían evitar los excesos de los hombres. Pero mi castigo no era solo la resaca; era el arrepentimiento.

La imagen mental de Valka montando a Einar durante toda la noche me había perseguido entre cada jarra de anoche. Carajo, Aelnora, me recriminé, apretando los dientes mientras ajustaba el peso de venganza golpeteando en mi costado derecho. Te ahogaste toda la noche en una cerveza que sabía a orina de caballo, sola en una cantina mugrienta, preguntándote si ellos habían cogido. ¿Qué mierda estás haciendo?

Había inventado a un barbero inexistente por puro orgullo, y ahora el mundo daba vueltas mientras intentaba mantener una marcha digna. No podía perder la cabeza por un idiota y comenzar una guerra al mismo tiempo; era una distracción letal.

—Es una pena que no aceptaras mi invitación, druida —la voz de Valka resonó a mis espaldas con un cinismo que me revolvió el estómago—. La cama del gobernador era lo suficientemente grande para tres, pero supongo que prefieres la soledad.

Sentí la tensión en la espalda de Einar, que caminaba unos pasos por delante de mí. Junto a ella, una extraña sensación de alivio soltó el nudo que no sabía que cargaba en mis hombros: no había pasado. Einar era todo un caballero, o un imbécil; bajo circunstancias diferentes, mierda, incluso yo aceptaría una invitación a perderme entre los muslos de esa maldita guerrera. No me atreví a mirar su reacción. Me limité a clavar la vista en el horizonte, tan lejos de él cómo fuera posible, deseando que el frío de las montañas llegara pronto para entumecer mis pensamientos.

—Einar, si no te molesta, el primer viaje al fuerte con minerales quiero hacerlo yo con Valka —la voz de Ulm retumbó en el valle, sacándome de mis cavilaciones.

Valka no esperó la respuesta del druida.

—Dalo por hecho, Ulm —dijo ella, cambiando el tono a uno de camaradería mientras se emparejaba con él para darle un golpecito en el hombro—. Nadie en su sano juicio le diría que no a un gigante mestizo montado en un aterrador karkadann.

—¿Qué hay de los metales en las vetas más profundas? —pregunté, forzando la vista hacia el gigante.

Ulm me miró con una melancolía que suavizó sus facciones bruscas.

—No tienes de que preocuparte, trabajaré el doble a mi regreso, Aelnora, lo prometo. Solo será un viaje. Quiero verla. Quiero ir al fuerte a dejar esta primera carga de suministros para nuestra artífice antes de volver a lo profundo de las minas. Mi olfato es la mejor herramienta para encontrar para los metales raros más profundos y mis manos son las mejores para extraerlos de las rocas que los vieron nacer, pero el cerebro de Aeris es lo que los convertirá en nuestra salvación; no me cabe la menor duda.

—Es bueno ver que alguien aquí tiene los huevos para decir lo que quiere —ladró Valka con una sonrisa ladeada.

El gigante sacó una pequeña jaula vacía que colgaba del costado de Berg, el karkadann.

—Antes de partir le envié instrucciones —explicó señalando el armazón de madera—. Si Aeris replica la letra de Varic y usa su sello, el Imperio creerá que todo sigue bajo control. No tendrán motivos para visitar el fuerte. Nos comprará tiempo.

Iba a decir algo, a elogiar la inesperada astucia del gigante, cuando Valka interrumpió señalando al firmamento.

—Hablando de cuervos…

Uno de sus duelistas en la vanguardia se detuvo en seco, apuntando con un catalejo hacia el cielo grisáceo.

—¡jefe! —gritó el hombre—. El cuervo. Viene del noreste, lleva una trayectoria probable hacia la ciudad capital. En la pata lleva un mensaje… y el sello es de cera negra. La Inquisición.

Me quedé clavada en el sitio, ignorando por un segundo el martilleo de mi resaca. Entorné los ojos hacia el cielo grisáceo, haciendo cálculos mentales rápidos mientras el mundo parecía dejar de girar.

Noreste… desde esta posición… los Templos de Amathiel, pensé con un escalofrío que me recorrió la espina dorsal. La sede de la fe.

Vi cómo Einar se tensaba al instante. Sus hombros se encogieron y Fenrir, que trotaba a su lado, soltó un gruñido sordo que pareció nacer de las entrañas de la tierra.

Valka no perdió un segundo; ella había visto la cicatriz en el rostro de Einar y sabía lo que significaba. Soltó un silbido agudo, corto y letal. Uno de sus hombres se armó su arco corto y, con una precisión quirúrgica, atravesó al ave en pleno vuelo.

El cuervo cayó como una piedra unos metros por delante de nosotros. Valka se adelantó, recogió el cadáver y arrancó el pergamino con un movimiento brusco. El silencio que se apoderó de la caravana era espeso, solo roto por el resoplido de Berg, que ponía nervioso a Yunque.

Valka desenrolló el papel y leyó en voz alta, su voz perdiendo toda traza de burla:

“Al rey Sigmund, tercero en su nombre: El Alto Inquisidor demanda la ayuda y total e incondicional cooperación de todas sus tropas para dar con la ubicación de la clériga traidora y su acompañante. Los dioses exigen justicia. Esta es la oportunidad para mostrar que su Imperio no ha perdido la fe en la iglesia verdadera. Si tienen cualquier información de su desertora, es su divino deber entregarla de inmediato a la Inquisición. Firma: Aethis, sumo sacerdote del Gran Inquisidor Balthazaar.”

Un frío muy distinto al de la resaca me recorrió la columna. Nuestro enemigo ahora tenía un nombre; Balthazaar ya no era una sombra, era un hombre. Que, no solo estaba enviando soldados, estaba llamando a una cacería sagrada. Ya no éramos solo los rebeldes de Cruce del Sauce o los alborotadores de un asentamiento minero; éramos los asesinos de Varic y el objetivo principal de la fe ciega del Imperio.

—Balthazaar… —susurró Einar, tocando su máscara de hueso, pronunciando el nombre como si fuera una maldición.

—Bueno —Valka rompió el silencio, guardando la carta en su cinturón y mirando a Einar con una sonrisa feroz—. Parece que ya no somos simples renegados, dulzura. Somos celebridades.

Miré a Einar. Sus ojos ámbar buscaban refugio en los míos, pero yo aparté la vista, ocultándome tras mi máscara de frialdad y el dolor punzante de mi cabeza. La guerra ya no estaba en el horizonte; nos estaba respirando en la nuca, y yo seguía oliendo a cerveza barata y orgullo herido.

—¡A las minas, aceleren el paso! —ordené, mi voz sonando más firme de lo que me sentía—. Si quieren nuestra sangre para sus dioses, tendrán que venir a buscarla a la oscuridad.

(Einar)

Ulm regreso justo a tiempo para partir con nosotros, por suerte tenía un incansable karkadann. El fuerte quedó atrás como un cascarón vacío, un eco de lo que alguna vez intentamos llamar hogar. Llegamos al Colmillo de Wyvern con los carruajes crujiendo bajo el peso de los suministros y el cansancio calado en los huesos, pero el recibimiento no fue de júbilo. Las enormes puertas de hierro se abrieron para revelar un escenario de luto y acero.

Aelnora nos esperaba justo en el umbral. A su lado, una pira funeraria ya desprendía el olor dulce y metálico del embalsamamiento. Sobre la madera descansaba el cuerpo del duelista que no logró terminar el camino. La clériga caminó directamente hacia Valka, su rostro endurecido por la culpa y el viento.

—Esperamos a que llegaras —dijo Aelnora, su voz firme pero desprovista de su habitual altivez—. Es uno de los tuyos. Nos emboscó la Palma Roja en el camino.

Valka miró a la clériga y luego a la pira. Por un segundo, el sarcasmo que siempre definía su mandíbula desapareció, dejando ver a la capitana que sufre por cada baja.

—Gracias, clériga —respondió Valka, con una sobriedad que nos heló más que el clima.

Aelnora le entregó una antorcha encendida. Los duelistas formaron una fila perfecta, un muro de hombres y mujeres que golpearon sus pechos al unísono mientras el fuego consumía los restos de su hermano. No hubo rezos a los dioses del Imperio; solo el crepitar de la madera y el silencio de los que saben que el siguiente cuerpo en la pira podría ser el suyo.

Más tarde, el calor de la sala de guerra de la Dama de Hierro no logró disipar la frialdad de la mesa de negociaciones. Nos sentamos frente a ella, rodeados por sus consejeros. A su lado estaba un hombre enmascarado al que llamaban El Filo, cuyo atuendo y máscara eran casi un reflejo de los de la Dama, y un tercer individuo que hacía que mi piel se erizara: Raven.

Raven era una visión sacada de una pesadilla alquímica. Un Elfo cuyas cicatrices no eran simples marcas de batalla; eran surcos profundos que recorrían su torso y brazos, tatuados con runas que parecían pulsar con una vida propia. Su mirada, fría y analítica, nos pesaba como el plomo.

La Dama de Hierro repitió el ultimátum que ya le había dado a Aelnora: el enemigo real es la Inquisición.

—Acepto —soltó Valka, reclinándose en su silla mientras escrutaba a la Dama y luego me lanzaba una mirada cargada de intención—. Mientras tenga donde dormir, con quién coger y a quién matar, estoy dentro.

—Yo tengo mis propios dioses —intervino Ulm, su voz retumbando como un trueno contenido—. Me gusta el culto de los gigantes y he visto de lo que la Inquisición es capaz. Estoy dentro.

—A donde vaya Ulm, voy yo —añadió Aeris de inmediato.

—No —interrumpió Aelnora con brusquedad—. Tu mente es demasiado valiosa, Aeris. Incluso más que nuestros músculos. No puedes arriesgarte en el frente.

La pequeña artífice no se amilanó. Se puso en pie, mirando a la clériga a los ojos.

—Si no puedo viajar y pelear con ustedes, entonces me iré.

—Y yo con ella —sentenció Ulm, colocando una mano protectora cerca de Aeris—. He visto las armas que puede crear. Debes dejarla pelear, Aelnora. Yo seré su escudo.

Aelnora soltó un bufido de frustración, pero asintió a regañadientes. Sabía que no podía forzar a nadie, y menos a un gigante y su artífice. Me tocó el turno a mí. Me llevé la mano al rostro y, con un gesto lento, me quité la máscara de hueso. La piel quemada, el rastro del horror que la inquisición dejó en mí, quedó expuesto bajo la luz de las antorchas.

—Nadie más será torturado como lo fui yo —dije, sintiendo la mirada de todos sobre mi cicatriz—. La porquería que dejó Varic en su camino puede esperar. La Dama de Hierro tiene razón: el objetivo debe ser Balthazaar y su maldito culto de la Palma Roja.

Noté que la Dama de Hierro se tensaba. Sus hombros se crisparon y su respiración pareció detenerse tras el metal.

—Es… horrible lo que te hicieron —dijo ella, su voz distorsionada por la máscara sonando extrañamente quebradiza.

Raven, sin embargo, no mostró compasión. Se inclinó hacia adelante, y pude ver cómo pequeñas gotas de sangre empezaban a brotar de sus cicatrices rúnicas.

—Tus motivos deben ser más puros que la venganza, druida —sentenció Raven—. Si tu sangre no busca la libertad… no nos sirves.

—Mi sangre busca muchas cosas —respondí, sosteniendo su mirada.

El mago se levantó. Ante nuestros ojos, la sangre que escapaba de su piel no cayó al suelo; se arremolinó en el aire, condensándose y solidificándose hasta formar una daga de un rojo cristalino y letal que tomó en sus manos.

—La sangre no miente, druida… te estaré observando.

—¿Qué clase de magia oscura es esa? —exclamó Aelnora, poniéndose en pie con la mano en el pomo de su arma—. Es una aberración.

Raven la miró con absoluto desdén.

—Aberración es tomar fuerza prestada del sol para reflejar su luz, clériga. Eso es aberrante y cobarde. Mi magia viene de mí. El poder viene de mí y el precio lo pago yo, no un núcleo mágico que se recarga descansando. Mi magia, aunque aterradora para algunos, es más pura que muchas que tú conoces. Es cuestión… de enfoque.

El Filo interrumpió la disputa con un gesto seco de su mano enguantada.

—Parece que está decidido. Nuestros hombres les mostrarán la forja, los laboratorios de alquimia y sus habitaciones. —Miró de mí hacia Valka con una inclinación de cabeza—. ¿Duerme con usted?

—Habitaciones separadas de ser posible —respondí de inmediato.

—Cobarde —murmuró Valka bajo su aliento, ignorando la cara de fastidio de Aelnora.

—Interesante dinámica la de su grupo —concluyó la Dama de Hierro, recuperando su compostura fría—. Bienvenidos a la verdadera resistencia.

Sus ojos (o lo que se adivinaba de ellos tras la máscara) volvieron a clavarse en los míos un segundo más de lo necesario. El Filo le tocó el brazo con una familiaridad que no esperaba.

—¿Nos vamos? Hay cosas por hacer, amor mío —le dijo él con voz suave.

La Dama asintió y ambos se retiraron, dejándonos con el mago de sangre. Raven se cruzó de brazos, su daga roja desapareciendo de nuevo en sus venas.

—Me quedaré cerca de ustedes —nos advirtió—. Una precaución. Considérenme parte del equipo.

Aelnora soltó un resoplido de pura frustración, mirando al techo como si buscara paciencia divina.

—Bienvenido al grupo, Raven… aunque no es como que tuviéramos otra opción.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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