Hierro y Sangre - Capítulo 65
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Capítulo 65: Capítulo 65: Magia de sangre
(Einar)
Ulm regreso justo a tiempo para partir con nosotros, por suerte tenía un incansable karkadann. El fuerte quedó atrás como un cascarón vacío, un eco de lo que alguna vez intentamos llamar hogar. Llegamos al Colmillo de Wyvern con los carruajes crujiendo bajo el peso de los suministros y el cansancio calado en los huesos, pero el recibimiento no fue de júbilo. Las enormes puertas de hierro se abrieron para revelar un escenario de luto y acero.
Aelnora nos esperaba justo en el umbral. A su lado, una pira funeraria ya desprendía el olor dulce y metálico del embalsamamiento. Sobre la madera descansaba el cuerpo del duelista que no logró terminar el camino. La clériga caminó directamente hacia Valka, su rostro endurecido por la culpa y el viento.
—Esperamos a que llegaras —dijo Aelnora, su voz firme pero desprovista de su habitual altivez—. Es uno de los tuyos. Nos emboscó la Palma Roja en el camino.
Valka miró a la clériga y luego a la pira. Por un segundo, el sarcasmo que siempre definía su mandíbula desapareció, dejando ver a la capitana que sufre por cada baja.
—Gracias, clériga —respondió Valka, con una sobriedad que nos heló más que el clima.
Aelnora le entregó una antorcha encendida. Los duelistas formaron una fila perfecta, un muro de hombres y mujeres que golpearon sus pechos al unísono mientras el fuego consumía los restos de su hermano. No hubo rezos a los dioses del Imperio; solo el crepitar de la madera y el silencio de los que saben que el siguiente cuerpo en la pira podría ser el suyo.
Más tarde, el calor de la sala de guerra de la Dama de Hierro no logró disipar la frialdad de la mesa de negociaciones. Nos sentamos frente a ella, rodeados por sus consejeros. A su lado estaba un hombre enmascarado al que llamaban El Filo, cuyo atuendo y máscara eran casi un reflejo de los de la Dama, y un tercer individuo que hacía que mi piel se erizara: Raven.
Raven era una visión sacada de una pesadilla alquímica. Un Elfo cuyas cicatrices no eran simples marcas de batalla; eran surcos profundos que recorrían su torso y brazos, tatuados con runas que parecían pulsar con una vida propia. Su mirada, fría y analítica, nos pesaba como el plomo.
La Dama de Hierro repitió el ultimátum que ya le había dado a Aelnora: el enemigo real es la Inquisición.
—Acepto —soltó Valka, reclinándose en su silla mientras escrutaba a la Dama y luego me lanzaba una mirada cargada de intención—. Mientras tenga donde dormir, con quién coger y a quién matar, estoy dentro.
—Yo tengo mis propios dioses —intervino Ulm, su voz retumbando como un trueno contenido—. Me gusta el culto de los gigantes y he visto de lo que la Inquisición es capaz. Estoy dentro.
—A donde vaya Ulm, voy yo —añadió Aeris de inmediato.
—No —interrumpió Aelnora con brusquedad—. Tu mente es demasiado valiosa, Aeris. Incluso más que nuestros músculos. No puedes arriesgarte en el frente.
La pequeña artífice no se amilanó. Se puso en pie, mirando a la clériga a los ojos.
—Si no puedo viajar y pelear con ustedes, entonces me iré.
—Y yo con ella —sentenció Ulm, colocando una mano protectora cerca de Aeris—. He visto las armas que puede crear. Debes dejarla pelear, Aelnora. Yo seré su escudo.
Aelnora soltó un bufido de frustración, pero asintió a regañadientes. Sabía que no podía forzar a nadie, y menos a un gigante y su artífice. Me tocó el turno a mí. Me llevé la mano al rostro y, con un gesto lento, me quité la máscara de hueso. La piel quemada, el rastro del horror que la inquisición dejó en mí, quedó expuesto bajo la luz de las antorchas.
—Nadie más será torturado como lo fui yo —dije, sintiendo la mirada de todos sobre mi cicatriz—. La porquería que dejó Varic en su camino puede esperar. La Dama de Hierro tiene razón: el objetivo debe ser Balthazaar y su maldito culto de la Palma Roja.
Noté que la Dama de Hierro se tensaba. Sus hombros se crisparon y su respiración pareció detenerse tras el metal.
—Es… horrible lo que te hicieron —dijo ella, su voz distorsionada por la máscara sonando extrañamente quebradiza.
Raven, sin embargo, no mostró compasión. Se inclinó hacia adelante, y pude ver cómo pequeñas gotas de sangre empezaban a brotar de sus cicatrices rúnicas.
—Tus motivos deben ser más puros que la venganza, druida —sentenció Raven—. Si tu sangre no busca la libertad… no nos sirves.
—Mi sangre busca muchas cosas —respondí, sosteniendo su mirada.
El mago se levantó. Ante nuestros ojos, la sangre que escapaba de su piel no cayó al suelo; se arremolinó en el aire, condensándose y solidificándose hasta formar una daga de un rojo cristalino y letal que tomó en sus manos.
—La sangre no miente, druida… te estaré observando.
—¿Qué clase de magia oscura es esa? —exclamó Aelnora, poniéndose en pie con la mano en el pomo de su arma—. Es una aberración.
Raven la miró con absoluto desdén.
—Aberración es tomar fuerza prestada del sol para reflejar su luz, clériga. Eso es aberrante y cobarde. Mi magia viene de mí. El poder viene de mí y el precio lo pago yo, no un núcleo mágico que se recarga descansando. Mi magia, aunque aterradora para algunos, es más pura que muchas que tú conoces. Es cuestión… de enfoque.
El Filo interrumpió la disputa con un gesto seco de su mano enguantada.
—Parece que está decidido. Nuestros hombres les mostrarán la forja, los laboratorios de alquimia y sus habitaciones. —Miró de mí hacia Valka con una inclinación de cabeza—. ¿Duerme con usted?
—Habitaciones separadas de ser posible —respondí de inmediato.
—Cobarde —murmuró Valka bajo su aliento, ignorando la cara de fastidio de Aelnora.
—Interesante dinámica la de su grupo —concluyó la Dama de Hierro, recuperando su compostura fría—. Bienvenidos a la verdadera resistencia.
Sus ojos (o lo que se adivinaba de ellos tras la máscara) volvieron a clavarse en los míos un segundo más de lo necesario. El Filo le tocó el brazo con una familiaridad que no esperaba.
—¿Nos vamos? Hay cosas por hacer, amor mío —le dijo él con voz suave.
La Dama asintió y ambos se retiraron, dejándonos con el mago de sangre. Raven se cruzó de brazos, su daga roja desapareciendo de nuevo en sus venas.
—Me quedaré cerca de ustedes —nos advirtió—. Una precaución. Considérenme parte del equipo.
Aelnora soltó un resoplido de pura frustración, mirando al techo como si buscara paciencia divina.
—Bienvenido al grupo, Raven… aunque no es como que tuviéramos otra opción.
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