Hierro y Sangre - Capítulo 66
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Capítulo 66: Capítulo 66: Piedras y Promesas
(Valka)
El camino hacia las Tierras de Nadie era una cicatriz abierta en medio de un paisaje que no le rendía cuentas a ningún rey. El barro se aferraba a las ruedas de los carruajes con una terquedad casi personal, como si la misma tierra intentara impedir que nos alejáramos de la seguridad —si es que así podía llamarse— de las minas de Roble de Hierro. El aire aquí afuera tenía un sabor distinto al vaho viciado de los túneles: olía a pino húmedo, a moho de roca y a ese frío cortante que te avisaba, sin sutilezas, que el invierno no estaba jugando.
Maniobré las riendas del primer carruaje, sintiendo cómo el cuero me quemaba las palmas a pesar de los guantes. Al costado de mi cinturón, el peso de los diamantes del capataz era una presencia constante, un bulto sólido y frío que me recordaba que la suerte de nuestra rebelión dependía de mi capacidad para convertir esas piedras en acero y voluntades.
—jefe, se le va a congelar la cara si sigue mirando al horizonte con esa expresión de haber masticado clavos —soltó Khor, rompiendo el silencio que solo el crujir de la madera y el trote pesado de los caballos se atrevía a habitar.
Khor era un duelista joven, de movimientos rápidos y ojos inquietos, alguien que todavía sentía la necesidad de llenar los silencios con palabras. No era como Thormund. Mi segundo al mando era sólido, predecible, un hombre que conocía cada rincón de mi cuerpo y que nunca hacía preguntas incómodas. Había pasado muchas noches en su cama buscando un refugio contra el frío, y aunque era un guerrero excepcional, siempre había algo… faltante.
—Tengo mucho en lo que pensar, Khor —respondí sin mirarlo, manteniendo los ojos fijos en los surcos del camino—. El mundo se está volviendo pequeño y nosotros estamos justo en el centro del mapa.
—Usted siempre está en el centro, jefe. El problema es quién la acompaña en ese centro —Khor se acomodó en el pescante, buscando una posición menos incómoda para su espalda—. Tengo que preguntarlo, porque los muchachos en el segundo carruaje también tienen curiosidad. ¿Qué diablos le ve a ese viejo? Al druida.
Solté una carcajada seca, que salió de mi garganta como un ladrido.
—Einar es diferente a Thormund o a cualquiera de ustedes, Khor —dije, y mi mente voló inevitablemente hacia las noches con mi segundo al mando. Thormund era técnico, eficiente, pero Einar… Einar era un volcán bajo una capa de hielo. Me preguntaba si, cuando finalmente se rompiera, sería más salvaje que Thormund. Sospechaba que sí—. Thormund es un buen soldado, pero Einar tiene esa mirada ámbar que parece que te está leyendo los pecados antes de que siquiera pienses en ellos. Se mueve como si supiera exactamente dónde te va a doler antes de que saques la daga. Es un bloque de hielo, sí, pero bajo ese mártir que pide perdón por respirar hay una bestia.
—¿Realmente vale la pena pelearse con la elfa de porcelana por alguien que parece que preferiría morir peleando a vivir disfrutando? —insistió el joven duelista.
Apreté las riendas un poco más de lo necesario. La mención de Aelnora me provocó una punzada de irritación en la nuca.
—Ya sentí su golpe, Khor. En Orodreth, cuando luchamos en la arena, sentí la fuerza de sus manos. No es la fuerza de un mercenario, es una furia contenida. Prefiero un lobo herido que a mil cachorros de arena lamiéndome las botas. Además, ver la cara de esa elfa cuando le escupo la verdad es un placer que ni todo el hierro de estas minas podría comprar. Ella cree que lo posee porque han compartido batallas; pero yo sé que él me desea, compartimos el instinto salvaje. La sabiduría de los elfos no sirve de nada cuando la sangre hierve.
La posada en el primer asentamiento libre de las Tierras de Nadie se llamaba “El Salto del Ciervo”. Era una estructura de madera grisácea que crujía con cada ráfaga de viento, oliendo a cerveza rancia, humo de turba y carne mal cocida. Para mis hombres era un palacio; para mí, era el lugar donde la soledad se volvía más pesada.
Me retiré a una habitación en el piso superior. Me despojé de la armadura con movimientos lentos, dejando que las piezas de metal y cuero cayeran al suelo. El frío de la habitación me golpeó la piel desnuda, pero mi mente estaba en otro lugar. Pensé en Thormund y en la seguridad de sus brazos, pero la imagen que persistía era la de Einar en la entrada de Roble de Hierro.
Me tendí en el catre, mirando las vigas del techo. Mis manos buscaron alivio, pero esta vez fue diferente. Cerré los ojos e imaginé que no era mi piel lo que tocaba, sino esa textura curtida de Einar. El deseo era un hambre física.
—Maldito druida —susurré.
Mi mirada se detuvo en mi daga de combate sobre la mesa coja. El pomo de acero era frío, redondeado. Lo tomé, sintiendo el metal gélido contra mi palma.
—Eso sería irresponsable —me dije a mí misma, rozando el acero—. Y peligroso. Exactamente como Einar. Servirá.
Dejé que la imaginación rellenara los huecos. En mi mente, las paredes de la posada se disolvían y volvía a estar en la penumbra de la mina. El frío del acero contra mi carne se convirtió en el recordatorio de lo que iba a reclamar tarde o temprano. Einar no sabía lo que le esperaba; Thormund era el pasado, pero el druida era el fuego que necesitaba para no congelarme en esta guerra.
A la mañana siguiente, el mercado del asentamiento era un caos organizado. Intercambié el primer puñado de diamantes con una eficiencia que dejó mudos a los mercaderes. El brillo de las piedras de nuestra mina abría voluntades más rápido que cualquier discurso. Para el mediodía, mis hombres ya estaban cargando las carretas con suministros: sacos de grano, pieles de oso y un cargamento de ballestas pesadas.
Lorian, el líder del asentamiento se acercó a mí. Era un hombre con el rostro marcado por cicatrices de viruela y ojos que habían visto demasiadas traiciones.
—No es común ver forasteros con las manos llenas de diamantes por aquí —dijo Lorian, evaluándome—. ¿De dónde vienes realmente, guerrera? ¿Y qué esperas hacer con tanto suministro de guerra?
Terminé de ajustar una cincha y me giré hacia él. Dejé que mi mano descansara sobre mi espada.
—Soy emisaria de las minas de Roble de Hierro —respondí, dejando que mi voz resonara para que sus hombres también la escucharan.
—¿Roble de Hierro? —Lorian soltó un escupitajo al barro—. El Imperio tiene ese lugar bajo un nudo corredizo. ¿Qué hay ahí ahora que justifique este comercio?
Me acerqué a él, invadiendo su espacio hasta que nuestras sombras se mezclaron.
—Ahí hay algo que Sigmund no puede comprar y que Varic no pudo enterrar —bajé la voz a un susurro—. ¿Sabes lo que pasa cuando matas de hambre a los hombres que sostienen tus cimientos? Que aprenden a usar los picos para romper cadenas.
Lorian guardó silencio, mirando las ballestas.
—Si lo que dices es cierto… si realmente han tomado las minas, el Imperio mandará una legión entera.
Le dediqué una sonrisa que era una declaración de guerra.
—Que la manden. Para cuando sus pies toquen los riscos, habremos convertido ese agujero en su tumba colectiva. Si quieres estar del lado que sostiene la pala y no del que está dentro del hoyo, ya sabes dónde encontrarnos.
Mientras los carruajes se ponían en marcha, vi a Lorian hablar con sus hombres. Sabía que no regresaría sola. Las Tierras de Nadie estaban llenas de proscritos que solo necesitaban una razón para empezar a degollar soldados imperiales.
—Vámonos, Khor —ordené—. Tenemos una rebelión que alimentar y una elfa a la que fastidiar.
El chasquido del látigo marcó el inicio del regreso. Mi mente ya estaba de vuelta en la mina, imaginando la cara de Einar cuando viera los nuevos reclutas que le traía de regalo.
(Aelnora)
El eco. En las minas de Roble de Hierro, el eco era el único compañero que no te abandonaba, pero también era el más cruel de los jueces. Cada golpe de mi pico contra la veta de hierro devolvía un sonido seco, un latido metálico que me recordaba que, por mucha roca que arrancara, el vacío que sentía en el pecho no se llenaba. Mis hombros ardían, el sudor frío me recorría la espalda mezclándose con el polvo de piedra, y el olor a humedad empezaba a ser insoportable. Pero no me detenía. Detenerse significaba pensar. Y pensar significaba recordar la cara de Einar.
Lo encontré en uno de los túneles laterales, lejos del ruido de los hombres de Ulm. Estaba allí, de pie, mirando una veta de cuarzo como si buscara en ella un mapa que no existía. Su presencia sola ya me ponía los nervios de punta; era como un aura de estática que me erizaba los vellos de la nuca.
—Lo que dijiste cuando Valka estaba por irse… —comenzó él, sin girarse. Su voz era un gruñido bajo que retumbó en las paredes estrechas—. Fue innecesario, Aelnora.
Dejé caer el pico al suelo con un estrépito deliberado. Me sequé el sudor de la frente con el dorso de la mano, dejando una mancha de hollín en mi piel, y le dediqué mi mejor cara de fastidio.
—Innecesario es que te sigas resistiendo a lo evidente, Einar —respondí, cruzándome de brazos—. ¿Has notado cómo te devora con la mirada cada vez que entras en una habitación? Carajo, hasta yo azotaría esas nalgas suyas… si no la odiara tanto. Pero tú, tú pareces disfrutar de ese juego de mártir tentado. Es patético.
Einar finalmente se giró. Sus ojos ámbar brillaban con una luz peligrosa bajo la máscara de hueso. Dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio, pero no retrocedí. Nunca lo haría.
—Que tú la odies o que yo me la coja no beneficia en nada lo que estamos haciendo aquí, grandulona —soltó él, y el uso del apodo me dolió más que el insulto—. Debemos ser unidos. La cohesión es lo único que nos mantendrá vivos cuando la Inquisición encuentre este agujero.
—¿Unidos? —solté una carcajada amarga que el eco deformó hasta que pareció el ladrido de una hiena—. ¿No es eso exactamente lo que te aterra? Dime, Einar. ¿Qué carajo estás haciendo aquí todavía?
Me acerqué más, lo suficiente para oler el cuero de su armadura y ese aroma a pino y nieve que siempre lo acompañaba.
—Me salvaste en la nieve cuando era poco más que un cadáver congelado. Me ayudaste a recuperar el anillo de mi madre, a recuperar mi identidad. Me ayudaste a consumar mi venganza. Este bebé de aquí —dije, acariciando el mango de mi martillo de guerra que descansaba contra la pared— se hundió tanto en la cabeza de Varic que me tomó dos días quitar un diente que se quedó atorado en la madera. No Hay deudas por pagar. Ya nada te ata a mí, soldado. Tu guerra terminó.
Einar apretó la mandíbula, pero no dijo nada.
—Puedes volver tranquilo al bosque —continué, bajando la voz a un susurro venenoso—. Vuelve a tu cabaña, a tu autoexilio, a ese lugar donde nadie te ofrezca su corazón o su vagina. Donde puedas ser un fantasma en paz. La Inquisición me busca a mí. El Imperio me busca a mí. Tú solo eres un estorbo que no sabe si quiere ser un héroe o un ermitaño.
—No puedo alejarme, Aelnora —dijo él, y por un segundo vi una grieta en su armadura emocional.
—¡Pero te da más miedo acercarte! —le grité, y mi voz se quebró un poco, revelando la desesperación que intentaba ocultar—. Te quedas ahí, en el umbral, mirando cómo me hundo mientras tú te mantienes seco. ¡Eso es cobardía, Einar!
Él bajó la cabeza. El silencio que siguió fue tan pesado como la montaña sobre nosotros. Cuando volvió a hablar, su voz era apenas un susurro que me heló la sangre.
—No me iré sabiendo que estás en peligro. No puedo dejarte sola en esto.
—No estoy sola —respondí, recuperando mi frialdad—. Tengo a un cabrón gigante con un karkadann que vale por cien hombres. Tengo una artífice, Aeris… esa chica es un genio, algo inventará para hacer estallar las entrañas del Imperio desde adentro.
Si te vas, seguro esa perra de Valka y su gente correrán tras de ti, pero aun sin ellos, esta mina es un fuerte imposible de flanquear. Ulm y yo nos las arreglaremos.
Me acerqué hasta que mi pecho casi tocaba su cuerpo.
—Ya no te necesito, Einar. Me hace más daño tu presencia a medias que tu ausencia total. Si realmente no quieres lastimarme, si queda un gramo de ese honor que tanto pregonas, entonces toma una maldita decisión. O entras del todo, o te largas para siempre.
Einar soltó un suspiro pesado, pero antes de que pudiera abrir la boca, el sonido de unas garras rascando la piedra llegó desde el fondo del túnel.
Fenrir apareció trotando, con el pelaje negro sucio y la lengua fuera. Se detuvo a mi lado y soltó un bostezo largo, ignorando por completo la tensión que nos rodeaba. Se sentó sobre sus cuartos traseros y apoyó su cabeza en mi cuerpo, empujándome un poco con su hocico húmedo.
Solté una risa seca, sintiendo un alivio real mientras le rascaba detrás de las orejas.
—Siempre tan oportuno para defender a tu lado cobarde, pulgoso —dije, mirando a Einar a los ojos—. Me da gusto verte.
Fenrir simplemente resopló, soltando un vaho caliente contra mi armadura.
—Parece que ahora lo necesito más que en mi pelea contra Valka—dijo Einar, y su voz sonaba extrañamente hueca—. Pero ahora… ahora dices que ya no hay más por qué luchar. Dices que debo tomar una decisión, Aelnora.
Dio un paso hacia atrás, fundiéndose con las sombras del túnel.
—Pero eso es mentira, grandulona. La decisión ya la tomaste tú por mí hace tiempo.
Einar se dio la vuelta. Fenrir soltó un gruñido bajo, una despedida que pareció una advertencia, y lo siguió. Sus pasos no hacían ruido sobre la piedra, como si ya fueran fantasmas antes de abandonar el lugar. Los vi alejarse hasta que la oscuridad se los tragó por completo.
Me quedé allí, de pie en medio del túnel, con el corazón latiéndome en los oídos.
—¡Bien! —grité a la oscuridad—. ¡Vete! ¡Vuelve a tus árboles y a tu soledad! ¡No te necesitamos!
Tomé el pico y empecé a golpear la roca de nuevo. Golpe tras golpe. No me importaba la veta, solo quería destruir algo. Pasaron las horas. El sudor se secó en mi piel y fue reemplazado por una capa de polvo gris. Mis músculos gritaban de agonía, pero seguí hasta que mis manos no pudieron sostener el mango.
Cuando finalmente la fatiga pudo más que la rabia, solté la herramienta y caminé hacia los niveles superiores. El silencio en la mina se sentía diferente ahora. Más profundo. Más real.
Busqué a Einar en los barracones. No estaba. Fui a la entrada, donde los suministros del capataz estaban apilados. Tampoco. Un presentimiento helado empezó a reptar por mi estómago. Me acerqué a uno de los vigías que custodiaban la pesada puerta de madera de Roble de Hierro.
—¿Has visto al druida? —pregunté, intentando que mi voz no temblara.
El hombre, un joven minero que apenas empezaba a dejarse la barba, me miró con extrañeza.
—Salió hace horas, mi lady. Justo después de que terminara el turno de tarde.
—¿Con qué carruaje se fue? —pregunté, sintiendo que el aire me faltaba—. ¿Cuántos hombres lo acompañaban?
El vigía negó con la cabeza. —No se llevó caballos, ni carruajes. Salió solo. Bueno, solo con ese lobo gigante que caminaba a su lado. No llevaba más que su capa y su espada. No dijo a dónde iba, solo que ya no tenía nada que hacer aquí.
Me quedé petrificada. Salí a la boca de la mina, dejando que el viento helado de la noche me golpeara la cara. Miré hacia el bosque, hacia las sombras de los árboles que se mecían como gigantes burlones bajo la luna. No había rastro de él. Ni una huella, ni un sonido. Nada.
—Ese cobarde… —susurré, y sentí que las lágrimas, esas que me había prohibido derramar desde que cayó mi templo, empezaban a picarme los ojos—. Ese maldito cobarde de pocos huevos… Se fue.
Cerré el puño y, en un arranque de furia ciega, golpeé el muro de roca de la entrada. Una, dos, tres veces. El dolor físico fue un alivio momentáneo. Cuando bajé la mano, mis nudillos estaban sangrando, la piel levantada y la carne viva. La sangre roja y brillante destacaba contra la piedra gris de la mina.
Se había ido. Me había tomado la palabra. Me había dejado exactamente lo que le pedí: su ausencia. Y mientras miraba mi mano ensangrentada, me di cuenta de que el dolor de los nudillos no era nada comparado con el vacío ensordecedor que Einar había dejado en las entrañas de Roble de Hierro.
—Maldito seas, Einar —sollocé, hundiéndome en el suelo de piedra—. Maldito seas por hacerme caso.
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