Hierro y Sangre - Capítulo 67
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Capítulo 67: Capítulo 67: El Vacío del Roble
(Aelnora)
El eco. En las minas de Roble de Hierro, el eco era el único compañero que no te abandonaba, pero también era el más cruel de los jueces. Cada golpe de mi pico contra la veta de hierro devolvía un sonido seco, un latido metálico que me recordaba que, por mucha roca que arrancara, el vacío que sentía en el pecho no se llenaba. Mis hombros ardían, el sudor frío me recorría la espalda mezclándose con el polvo de piedra, y el olor a humedad empezaba a ser insoportable. Pero no me detenía. Detenerse significaba pensar. Y pensar significaba recordar la cara de Einar.
Lo encontré en uno de los túneles laterales, lejos del ruido de los hombres de Ulm. Estaba allí, de pie, mirando una veta de cuarzo como si buscara en ella un mapa que no existía. Su presencia sola ya me ponía los nervios de punta; era como un aura de estática que me erizaba los vellos de la nuca.
—Lo que dijiste cuando Valka estaba por irse… —comenzó él, sin girarse. Su voz era un gruñido bajo que retumbó en las paredes estrechas—. Fue innecesario, Aelnora.
Dejé caer el pico al suelo con un estrépito deliberado. Me sequé el sudor de la frente con el dorso de la mano, dejando una mancha de hollín en mi piel, y le dediqué mi mejor cara de fastidio.
—Innecesario es que te sigas resistiendo a lo evidente, Einar —respondí, cruzándome de brazos—. ¿Has notado cómo te devora con la mirada cada vez que entras en una habitación? Carajo, hasta yo azotaría esas nalgas suyas… si no la odiara tanto. Pero tú, tú pareces disfrutar de ese juego de mártir tentado. Es patético.
Einar finalmente se giró. Sus ojos ámbar brillaban con una luz peligrosa bajo la máscara de hueso. Dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio, pero no retrocedí. Nunca lo haría.
—Que tú la odies o que yo me la coja no beneficia en nada lo que estamos haciendo aquí, grandulona —soltó él, y el uso del apodo me dolió más que el insulto—. Debemos ser unidos. La cohesión es lo único que nos mantendrá vivos cuando la Inquisición encuentre este agujero.
—¿Unidos? —solté una carcajada amarga que el eco deformó hasta que pareció el ladrido de una hiena—. ¿No es eso exactamente lo que te aterra? Dime, Einar. ¿Qué carajo estás haciendo aquí todavía?
Me acerqué más, lo suficiente para oler el cuero de su armadura y ese aroma a pino y nieve que siempre lo acompañaba.
—Me salvaste en la nieve cuando era poco más que un cadáver congelado. Me ayudaste a recuperar el anillo de mi madre, a recuperar mi identidad. Me ayudaste a consumar mi venganza. Este bebé de aquí —dije, acariciando el mango de mi martillo de guerra que descansaba contra la pared— se hundió tanto en la cabeza de Varic que me tomó dos días quitar un diente que se quedó atorado en la madera. No Hay deudas por pagar. Ya nada te ata a mí, soldado. Tu guerra terminó.
Einar apretó la mandíbula, pero no dijo nada.
—Puedes volver tranquilo al bosque —continué, bajando la voz a un susurro venenoso—. Vuelve a tu cabaña, a tu autoexilio, a ese lugar donde nadie te ofrezca su corazón o su vagina. Donde puedas ser un fantasma en paz. La Inquisición me busca a mí. El Imperio me busca a mí. Tú solo eres un estorbo que no sabe si quiere ser un héroe o un ermitaño.
—No puedo alejarme, Aelnora —dijo él, y por un segundo vi una grieta en su armadura emocional.
—¡Pero te da más miedo acercarte! —le grité, y mi voz se quebró un poco, revelando la desesperación que intentaba ocultar—. Te quedas ahí, en el umbral, mirando cómo me hundo mientras tú te mantienes seco. ¡Eso es cobardía, Einar!
Él bajó la cabeza. El silencio que siguió fue tan pesado como la montaña sobre nosotros. Cuando volvió a hablar, su voz era apenas un susurro que me heló la sangre.
—No me iré sabiendo que estás en peligro. No puedo dejarte sola en esto.
—No estoy sola —respondí, recuperando mi frialdad—. Tengo a un cabrón gigante con un karkadann que vale por cien hombres. Tengo una artífice, Aeris… esa chica es un genio, algo inventará para hacer estallar las entrañas del Imperio desde adentro.
Si te vas, seguro esa perra de Valka y su gente correrán tras de ti, pero aun sin ellos, esta mina es un fuerte imposible de flanquear. Ulm y yo nos las arreglaremos.
Me acerqué hasta que mi pecho casi tocaba su cuerpo.
—Ya no te necesito, Einar. Me hace más daño tu presencia a medias que tu ausencia total. Si realmente no quieres lastimarme, si queda un gramo de ese honor que tanto pregonas, entonces toma una maldita decisión. O entras del todo, o te largas para siempre.
Einar soltó un suspiro pesado, pero antes de que pudiera abrir la boca, el sonido de unas garras rascando la piedra llegó desde el fondo del túnel.
Fenrir apareció trotando, con el pelaje negro sucio y la lengua fuera. Se detuvo a mi lado y soltó un bostezo largo, ignorando por completo la tensión que nos rodeaba. Se sentó sobre sus cuartos traseros y apoyó su cabeza en mi cuerpo, empujándome un poco con su hocico húmedo.
Solté una risa seca, sintiendo un alivio real mientras le rascaba detrás de las orejas.
—Siempre tan oportuno para defender a tu lado cobarde, pulgoso —dije, mirando a Einar a los ojos—. Me da gusto verte.
Fenrir simplemente resopló, soltando un vaho caliente contra mi armadura.
—Parece que ahora lo necesito más que en mi pelea contra Valka—dijo Einar, y su voz sonaba extrañamente hueca—. Pero ahora… ahora dices que ya no hay más por qué luchar. Dices que debo tomar una decisión, Aelnora.
Dio un paso hacia atrás, fundiéndose con las sombras del túnel.
—Pero eso es mentira, grandulona. La decisión ya la tomaste tú por mí hace tiempo.
Einar se dio la vuelta. Fenrir soltó un gruñido bajo, una despedida que pareció una advertencia, y lo siguió. Sus pasos no hacían ruido sobre la piedra, como si ya fueran fantasmas antes de abandonar el lugar. Los vi alejarse hasta que la oscuridad se los tragó por completo.
Me quedé allí, de pie en medio del túnel, con el corazón latiéndome en los oídos.
—¡Bien! —grité a la oscuridad—. ¡Vete! ¡Vuelve a tus árboles y a tu soledad! ¡No te necesitamos!
Tomé el pico y empecé a golpear la roca de nuevo. Golpe tras golpe. No me importaba la veta, solo quería destruir algo. Pasaron las horas. El sudor se secó en mi piel y fue reemplazado por una capa de polvo gris. Mis músculos gritaban de agonía, pero seguí hasta que mis manos no pudieron sostener el mango.
Cuando finalmente la fatiga pudo más que la rabia, solté la herramienta y caminé hacia los niveles superiores. El silencio en la mina se sentía diferente ahora. Más profundo. Más real.
Busqué a Einar en los barracones. No estaba. Fui a la entrada, donde los suministros del capataz estaban apilados. Tampoco. Un presentimiento helado empezó a reptar por mi estómago. Me acerqué a uno de los vigías que custodiaban la pesada puerta de madera de Roble de Hierro.
—¿Has visto al druida? —pregunté, intentando que mi voz no temblara.
El hombre, un joven minero que apenas empezaba a dejarse la barba, me miró con extrañeza.
—Salió hace horas, mi lady. Justo después de que terminara el turno de tarde.
—¿Con qué carruaje se fue? —pregunté, sintiendo que el aire me faltaba—. ¿Cuántos hombres lo acompañaban?
El vigía negó con la cabeza. —No se llevó caballos, ni carruajes. Salió solo. Bueno, solo con ese lobo gigante que caminaba a su lado. No llevaba más que su capa y su espada. No dijo a dónde iba, solo que ya no tenía nada que hacer aquí.
Me quedé petrificada. Salí a la boca de la mina, dejando que el viento helado de la noche me golpeara la cara. Miré hacia el bosque, hacia las sombras de los árboles que se mecían como gigantes burlones bajo la luna. No había rastro de él. Ni una huella, ni un sonido. Nada.
—Ese cobarde… —susurré, y sentí que las lágrimas, esas que me había prohibido derramar desde que cayó mi templo, empezaban a picarme los ojos—. Ese maldito cobarde de pocos huevos… Se fue.
Cerré el puño y, en un arranque de furia ciega, golpeé el muro de roca de la entrada. Una, dos, tres veces. El dolor físico fue un alivio momentáneo. Cuando bajé la mano, mis nudillos estaban sangrando, la piel levantada y la carne viva. La sangre roja y brillante destacaba contra la piedra gris de la mina.
Se había ido. Me había tomado la palabra. Me había dejado exactamente lo que le pedí: su ausencia. Y mientras miraba mi mano ensangrentada, me di cuenta de que el dolor de los nudillos no era nada comparado con el vacío ensordecedor que Einar había dejado en las entrañas de Roble de Hierro.
—Maldito seas, Einar —sollocé, hundiéndome en el suelo de piedra—. Maldito seas por hacerme caso.
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